domingo, 8 de marzo de 2026

Trump i el Lebensraum

 


Quan Adolf Hitler i el seu exèrcit desfilaren per la Ringstraße de Viena, els aclamà una gentada de desenes de milers. Hi veien el reunificador del poble de mateixa parla, una promesa de prosperitat, la mà forta que podria fer de nou gran el país. Hi ha diferències essencials entre eixe escenari i el que Donald Trump ha engegat al Veneçuela amb l’atac de dissabte 3 de gener. Ací no es tracta pas d’una annexió. Nicolás Maduro és un dictador feroç que ha fet de la corrupció, la tortura i la violència el seu modus operandi; del 2024 ençà es manté al poder de forma il·legítima. No els manca raó a milions de veneçolans que per tot arreu celebren la seua detenció. Com m’escriu un meu benvolgut amic, immigrant veneçolà a València: «Todo sea por un bien».

Tanmateix, no sembla gens clar que tot siga per a bé. La Constitució estatunidenca estableix que un atac militar ha de rebre el vistiplau en seu parlamentària. Trump no ha exposat els seus plans al congrés: sabia que no vindrien recolzats amb majoria suficient. Les raons que al·lega per a la intervenció resulten fal·laces. Ni els opiacis –com ara el fentanil– que han produït estralls a diverses ciutats estatunidenques no provenen majoritàriament de Veneçuela, ni el país caribeny posseeix cap poder per a desestabilitzar la seguretat nacional.

Trump vol imposar la pròpia llei al pati del darrere de casa. Li mou l’objectiu evident del guany. Vol el petroli veneçolà –de retruc, negat a la Xina– i, amb ell, espai vital per a l’economia estatunidenca. Vol Lebensraum. I ha optat per arrabassar-lo amb la violència. Vet ací una volta de femella a la doctrina Monroe i al corol·lari que hi afegí Theodor Roosevelt, el 1904, justament arran del bloqueig naval al Veneçuela. En l’Estratègia de Seguretat Nacional publicada el passat novembre es va recollir el «corol·lari de Trump a la doctrina Monroe». Aquest inclou «establir o expandir l’accés a indrets estratègicament importants» (p. 16).

Tot això succeeix dins d’una grollera barreja entre allò públic i allò privat. La roda de premsa rere la invasió no s’ha tingut a cap edifici del govern, sinó a la mansió de Trump en Mar-a-Lago. Lluny d’exposar un precís full de ruta, ha amollat que els Estats Units «will run Venezuela»: en prendran el control. N’hi ha prou amb comprovar com s’han desestabilitzat amples regions arran de les operacions estatunidenques a Afganistan o Iraq, i les esfereïdores conseqüències globals d’això, per a adonar-se de l’extrema perillositat de tals intervencions.

La ineptitud diplomàtica de Trump i del seu equip només té parangó amb el seu agosarament. Han fet ulls clucs a totes les normes vigents: les de la democràcia estatunidenca i les del dret internacional. S’acosten així, encara més, al Vladímir Putin que envaí Ucraïna en cerca de Lebensraum. Vet ací l’esglaiadora convergència entre dictadors d’ahir i ara.

Malauradament, la joia dels nostres germans veneçolans pot no trigar gaire a donar pas a la constatació del caos. Nosaltres els desitgem, de tot cor, el millor. A hores d’ara però, allò cert és que s’ha trepitjat la legalitat a la vista de tothom. I això no fa esperar res de bo.


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Article propi publicat al diari Levante (05/01/2026). 

 

Trump y el Lebensraum

 










Cuando Adolf Hitler y su ejército desfilaron por la Ringstraße de Viena, una multitud de decenas de miles los aclamó. En él veían al reunificador del pueblo de la misma lengua, una promesa de prosperidad; la mano fuerte que podría, de nuevo, hacer grande al país. Hay diferencias esenciales entre ese escenario y el que Donald Trump ha puesto en marcha en Venezuela con el ataque del sábado 3 de enero. No se trata ya aquí de una anexión. Nicolás Maduro es un dictador feroz que ha hecho de la corrupción, la tortura y la violencia su constante modo de actuar; desde el 2024 se mantiene en el poder de forma ilegítima. No les falta razón a millones de venezolanos que celebran su detención por todas partes del mundo. Como me escribe un querido amigo, inmigrante venezolano en Valencia: «Todo sea por un bien».

Sin embargo, no parece nada claro que todo sea para bien. La Constitución estadounidense establece que un ataque militar ha de recibir el visto bueno en sede parlamentaria. Trump no ha expuesto sus planes al congreso: sabía que no los respaldaría con mayoría suficiente. Las razones que alega para la intervención resultan falaces. Ni los opiáceos como el fentanilo, que han producido estragos en varias ciudades estadounidenses, provienen mayoritariamente de Venezuela, ni el país caribeño posee poder alguno para desestabilizar la seguridad nacional. 

Trump quiere imponer la propia ley en el patio de atrás de casa. Le mueve el objetivo evidente de la ganancia. Quiere el petróleo venezolano –que, de rebote, se le niega a China– y, con él, espacio vital para la economía estadounidense. Quiere Lebensraum. Y ha optado por arrebatarlo con la violencia. He aquí una vuelta de tuerca a la doctrina Monroe y al corolario que le añadió Theodor Roosevelt, en 1904, justamente a raíz del bloqueo naval a Venezuela. En la Estrategia de Seguretat Nacional publicada el pasado noviembre se recogió el «corolario de Trump a la doctrina Monroe». Éste incluye «establecer o expandir el acceso a enclaves estratégicamente importantes» (p. 16).

Todo ello sucede dentro de una grosera mezcla entre lo público y lo privado. Tras la invasión, la rueda de prensa no tuvo lugar en ningún edificio del gobierno, sino en la mansión de Trump en Mar-a-Lago. Lejos de exponer una precisa hoja de ruta, soltó que los Estados Unidos «will run Venezuela»: tomarán el control. Basta con comprobar cómo se han desestabilizado amplias regiones a raíz de las operaciones estadounidenses en Afganistán o Irak, y sus espeluznantes consecuencias globales, para darse cuenta de la extrema peligrosidad de tales intervenciones. 

La ineptitud diplomática de Trump y de su equipo sólo tiene parangón con su osadía. Han cerrado los ojos a todas las normas vigentes: las de la democracia estadounidense y las del derecho internacional. Se acercan así, aún más, al Vladimir Putin que invadió Ucrania en búsqueda de Lebensraum. He aquí la sobrecogedora convergencia entre dictadores de antes y de ahora.

Por desgracia, la alegría de nuestros hermanos venezolanos puede no tardar demasiado en dar paso a la constatación del caos. Nosotros les deseamos, de todo corazón, lo mejor. Ahora bien: en estos momentos, lo cierto es que se ha violado la legalidad a la vista de todo el mundo. Y eso no hace esperar nada bueno.


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Artículo propio publicado en el diario Levante (05/01/2026). 

domingo, 8 de febrero de 2026

El escándalo de la pobreza y la salida hegeliana




Text original en valencià

Mi querido Higinio Marín ha publicado recientemente un artículo en estas páginas: «El miedo obliga» (Levante-EMV, 07/09/2025). En pocas palabras, y en las mías, su tesis es que lo que no consiguió la ética lo logrará el miedo: el primer mundo no remediará el escándalo de la pobreza por convencimiento moral, sino para que no lo fagociten las masas empobrecidas. Con 'pobreza' no me refiero aquí sólo al hambre y a la carencia de bienes esenciales para la subsistencia biológica: también a la miseria cultural y al desposeimiento de derechos. La tesis de Marín concierne, entre otros, al fenómeno migratorio: será por miedo al inmigrante que los países pudientes se darán cuenta de veras de que hay que promover el tejido político y económico de los territorios de donde aquél proviene. Y es que «ante la inmigración no hay solución perdurable que no sea también una solución para todos: acabar con la pobreza que la causa».

Se trata de una idea enraizada en el pensamiento moderno. Yo diría que en el trasfondo se hallan, al menos, dos hilos conductores. Fue Immanuel Kant quien señaló cómo incluso la vertiente más oscura de la condición humana –no ya pan de ángel, sino leño retorcido– contribuye al progreso de la historia. Lo hace por una astucia de la razón entrelazada con la búsqueda de la propia subsistencia: la supervivencia del individuo sólo viene garantizada si nos encontramos al abrigo de la hostilidad. Se entrevé aquí el papel del miedo hobbesiano al que Marín alude. Ese hilo conductor se radicaliza en la epopeya hegeliana de la historia. Para Georg W. F. Hegel, el movimiento histórico implica negación, contraposición, conflicto; es de ese engranaje dramático que emerge una superación real y efectiva. La historia no deviene lineal sino dialécticamente.

El argumento expuesto por Marín parece conectar con ambos hilos conductores. Formaría parte de la narrativa histórica, aquí y ahora al menos, que lo que la concienciación moral no ha podido lograr –combatir el escándalo de la pobreza en su raíz– sea promovido por el miedo al inmigrante.

Y, sin embargo, creo que esa conexión sólo es aparente.

Para Kant, el progreso humano se da si la acción brota de una intención propiamente ética. Ahora bien, remediar la miseria por conveniencia no viene movido por tal intención. Se podría objetar –y tengo razones para creer que Marín no lo haría– que lo que interesa ahora es la dialéctica histórica y no el talante moral. No obstante, yo diría que ese movimiento narrativo –la promoción del tercer mundo a raíz del miedo al inmigrante– encubre una dialéctica inoperante. El motivo es que no procede del haberse hecho cargo de lo real, de un reconocimiento del otro: es pura autorreferencialidad, apariencia sin avance real, onanismo trumpiano. Se mueve en la mera superficie. Por eso, cuando se dice: «Puede ser que la historia nos conduzca hacia donde no habríamos ido por nosotros mismos», me parece que ese «hacia donde» no señala un lugar de superación y progreso, sino un mero tránsito hacia una involución: un espejismo.

La auténtica dialéctica implica hacerse cargo de lo otro, digerirlo en la conciencia histórica. La crisis migratoria es hija de la radicalización del marco neocapitalista y de sus vicios estructurales. El capitalismo salvaje arraiga en la dinámica de acumulación de bienes y poder, en la explotación del ser humano y de la naturaleza; por eso se opone a la vida, ahoga su pluralidad y agota sus capacidades. Superar la oposición entre vida y capitalismo extractivo quiere decir caminar hacia una cultura del reconocimiento, de la mutua pertenencia, que sólo puede enraizarse en la conciencia de que el otro es otro yo. Quiere decir luchar contra la alienación, pasar del yo al nosotros. Sin esa conciencia de cohumanidad no hay auténtica dialéctica ni progreso duradero: apenas ha pasado el miedo, caen las máscaras y se vuelve a lo de antes.

Y, sin embargo, otra manera de vivir es posible. La historia alberga ese corazón dialéctico movido por el reconocimiento del otro. Éste palpita más fuerte: y es que lo mueve la sangre de la humanidad entera, sin exclusiones de ningún tipo. El propio Marín lo ha puesto de relieve en otros lugares. La condición humana tiene una raíz más profunda que el miedo.

 

Artículo propio publicado en el diario Levante (23/09/2025, p. 4). En la imagen, fotomontaje de Josep Renau conservado en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM).