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Article propi publicat al diari Levante (05/01/2026).
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Article propi publicat al diari Levante (05/01/2026).
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Artículo propio publicado en el diario Levante (05/01/2026).
Mi querido Higinio Marín ha publicado recientemente un artículo en estas páginas: «El miedo obliga» (Levante-EMV, 07/09/2025). En pocas palabras, y en las mías, su tesis es que lo que no consiguió la ética lo logrará el miedo: el primer mundo no remediará el escándalo de la pobreza por convencimiento moral, sino para que no lo fagociten las masas empobrecidas. Con 'pobreza' no me refiero aquí sólo al hambre y a la carencia de bienes esenciales para la subsistencia biológica: también a la miseria cultural y al desposeimiento de derechos. La tesis de Marín concierne, entre otros, al fenómeno migratorio: será por miedo al inmigrante que los países pudientes se darán cuenta de veras de que hay que promover el tejido político y económico de los territorios de donde aquél proviene. Y es que «ante la inmigración no hay solución perdurable que no sea también una solución para todos: acabar con la pobreza que la causa».
Se trata de una idea enraizada en el pensamiento moderno. Yo diría que en el trasfondo se hallan, al menos, dos hilos conductores. Fue Immanuel Kant quien señaló cómo incluso la vertiente más oscura de la condición humana –no ya pan de ángel, sino leño retorcido– contribuye al progreso de la historia. Lo hace por una astucia de la razón entrelazada con la búsqueda de la propia subsistencia: la supervivencia del individuo sólo viene garantizada si nos encontramos al abrigo de la hostilidad. Se entrevé aquí el papel del miedo hobbesiano al que Marín alude. Ese hilo conductor se radicaliza en la epopeya hegeliana de la historia. Para Georg W. F. Hegel, el movimiento histórico implica negación, contraposición, conflicto; es de ese engranaje dramático que emerge una superación real y efectiva. La historia no deviene lineal sino dialécticamente.
El argumento expuesto por Marín parece conectar con ambos hilos conductores. Formaría parte de la narrativa histórica, aquí y ahora al menos, que lo que la concienciación moral no ha podido lograr –combatir el escándalo de la pobreza en su raíz– sea promovido por el miedo al inmigrante.
Y, sin embargo, creo que esa conexión sólo es aparente.
Para Kant, el progreso humano se da si la acción brota de una intención propiamente ética. Ahora bien, remediar la miseria por conveniencia no viene movido por tal intención. Se podría objetar –y tengo razones para creer que Marín no lo haría– que lo que interesa ahora es la dialéctica histórica y no el talante moral. No obstante, yo diría que ese movimiento narrativo –la promoción del tercer mundo a raíz del miedo al inmigrante– encubre una dialéctica inoperante. El motivo es que no procede del haberse hecho cargo de lo real, de un reconocimiento del otro: es pura autorreferencialidad, apariencia sin avance real, onanismo trumpiano. Se mueve en la mera superficie. Por eso, cuando se dice: «Puede ser que la historia nos conduzca hacia donde no habríamos ido por nosotros mismos», me parece que ese «hacia donde» no señala un lugar de superación y progreso, sino un mero tránsito hacia una involución: un espejismo.
La auténtica dialéctica implica hacerse cargo de lo otro, digerirlo en la conciencia histórica. La crisis migratoria es hija de la radicalización del marco neocapitalista y de sus vicios estructurales. El capitalismo salvaje arraiga en la dinámica de acumulación de bienes y poder, en la explotación del ser humano y de la naturaleza; por eso se opone a la vida, ahoga su pluralidad y agota sus capacidades. Superar la oposición entre vida y capitalismo extractivo quiere decir caminar hacia una cultura del reconocimiento, de la mutua pertenencia, que sólo puede enraizarse en la conciencia de que el otro es otro yo. Quiere decir luchar contra la alienación, pasar del yo al nosotros. Sin esa conciencia de cohumanidad no hay auténtica dialéctica ni progreso duradero: apenas ha pasado el miedo, caen las máscaras y se vuelve a lo de antes.
Y, sin embargo, otra manera de vivir es posible. La historia alberga ese corazón dialéctico movido por el reconocimiento del otro. Éste palpita más fuerte: y es que lo mueve la sangre de la humanidad entera, sin exclusiones de ningún tipo. El propio Marín lo ha puesto de relieve en otros lugares. La condición humana tiene una raíz más profunda que el miedo.
Artículo propio publicado en el diario Levante (23/09/2025, p. 4). En la imagen, fotomontaje de Josep Renau conservado en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM).
Article propi publicat al diari Levante (23/09/2025, p. 4). En la imatge, fotomuntatge de Josep Renau conservat a l'Institut Valencià d'Art Modern (IVAM).
Un espacio de resistencia: así consideran a la Universidad Donald Trump y los suyos. He aquí por qué pretenden ahogar a la rebelde Harvard denegando el acceso a los extranjeros o recortando sus fondos públicos. Trump ha logrado récords. Después de culpar a los gobiernos precedentes del pretendido declive de los Estados Unidos, sus falsedades, decisiones y omisiones han hundido la economía hasta niveles pandémicos; han generado una inseguridad social nunca vista desde la caza de brujas; han producido una desconfianza inédita entre los países aliados; han respaldado el bárbaro ataque de Vladimir Putin a Ucrania y al genocidio que Benyamin Netanjahu está llevando a cabo en Gaza.
La embestida a la Universidad reaviva una lucha secular entre civilización y barbarie. Para el tirano, el conocimiento encierra un peligro: acrece el poder de aquellos a los que quiere someter. Por ello hay que desprestigiar a la Universidad, como antes hubo que lanzar fango sobre la credibilidad de los medios de comunicación. A cambio, convienen redes sociales de amigos oligarcas, como Elon Musk; ya hemos podido darnos cuenta de hasta qué punto se trataba de amistad por conveniencia.
Con la DANA, Carlos Mazón se ha revelado como aprendiz de Trump. Ha culpado a otros: los técnicos, el gobierno actual, los anteriores. Se ha manifestado por elecciones anticipadas; él, que no se ha movido un ápice tras la manifestación más numerosa en la historia de la ciudad de Valencia. Y ha menospreciado el conocimiento, ya el mismo 29 de octubre. Mientras el jefe de la AEMET en Valencia, José Ángel Núñez, reiteraba con datos fehacientes el peligro a las puertas, Mazón afirmaba a mediodía que la DANA iba a virar hacia Cuenca. Mientras la rectora de la Universidad de Valencia, junto con el comité de emergencias, había decretado cerrar los campus a las 21:00 h. de la víspera, él lo tildaba de exagerado antes de irse a comer. Mientras a las 15 h. el servicio de meteorología de À Punt, dirigido por Victoria Rosselló, pedía a los telespectadores que no saliesen de casa, la alarma del Centro de Coordinación no llegaba hasta las 20:11 h.
La decisión de Mavi Mestre y de su comité disminuyó el caos y quién sabe cuántas muertes evitó. Los equipos de Núñez y Rosselló no lograron la influencia necesaria: cuál no sería su angustia al darse cuenta de que no les escuchaban. Ni la ciencia ni la Universidad ni los medios de comunicación fueron tenidos en cuenta.
En el trasfondo, la lucha por el poder. Perderlo resulta arriesgado cuando se tienen causas judiciales. Por ello, autócratas como Vladimir Putin, Benyamin Netanjahu y Donald Trump se aferran a él con uñas y dientes. Harían bien Carlos Mazón y su gobierno en dejar la Generalitat en un gesto digno de la honorabilidad del cargo. Y, sin embargo, no se trata sólo de dirigentes: hay élites que menosprecian la democracia. Todos ellos se encontrarán delante la Universidad, donde se promueve la libertad fundamentada en el conocimiento. En una cosa tienen razón: es un espacio de resistencia.
Un espai de resistència: així consideren la Universitat Donald Trump i els seus. Heus ací perquè pretenen ofegar la rebel Harvard tot denegant-hi l’accés a estrangers o retallant-ne els fondos públics. Trump ha assolit rècords. Després de culpar els governs precedents del pretès declivi dels Estats Units, les seues falsedats, decisions i omissions n’han enfonsat l’economia fins a nivells pandèmics; han generat una inseguretat social mai vista des de la caça de bruixes; han produït una desconfiança inèdita entre els països aliats; han donat suport al bàrbar atac de Vladímir Putin a Ucraïna i al genocidi que Benjamin Netanjahu duu endavant a Gaza.
L’envestida a la Universitat reviscola una lluita secular entre civilització i barbàrie. Per al tirà, el coneixement encerra un perill: acreix el poder d’aquells que vol sotmetre. Per ço cal desprestigiar la Universitat, com abans calgué llençar fang sobre la credibilitat dels mitjans de comunicació. A canvi, convenen xarxes socials d’oligarques amics, com ara Elon Musk; ja ens hem pogut adonar de fins a quin punt era amistat per conveniència.
Amb la DANA, Carlos Mazón s’ha revelat macip de Trump. Ha culpat altres: els tècnics, el govern actual, els anteriors. S’ha manifestat per eleccions anticipades; ell, que no s’ha mogut rere la manifestació més nombrosa en la història del Cap i casal. I ha menyspreat el coneixement, ja el mateix 29 d’octubre. Mentre el cap de l’AEMET a València, José Ángel Núñez, reiterava amb dades fefaents el perill a les portes, Mazón afirmava a migdia que la DANA havia de virar cap a Conca. Mentre la rectora de la Universitat de València, junt amb el comitè d’emergències, havia decretat tancar els campus a les 21:00 h. del vespre, ell ho titllava d’exagerat abans d’anar-se’n a dinar. Mentre a les 15 h. el servei de l’oratge d’À Punt, dirigit per Victòria Rosselló, pregava els espectadors de no eixir de casa, l’alarma del Centre de Coordinació no arribava fins a les 20:11 h.
La decisió de Mavi Mestre i del seu comitè minvà el caos i qui sap quantes morts evità. Els equips de Núñez i Rosselló no assoliren la influència necessària: quina no seria la seua angoixa en adonar-se que no els escoltaven. Ni la ciència ni la Universitat ni els mitjans foren tinguts en compte.
En el rerefons, la lluita pel poder. Perdre’l resulta arriscat quan hom té causes judicials. Per ço autòcrates com ara Vladímir Putin, Benjamin Netanjahu i Donald Trump s’hi aferren amb ungles i dents. Farien bé Carlos Mazón i el seu govern a deixar la Generalitat en un gest digne de l’honorabilitat del càrrec. I, tanmateix, no es tracta només de dirigents: hi ha elits que menyspreen la democràcia. Tots ells es trobaran davant la Universitat, on es promou la llibertat fonamentada en el coneixement. En una cosa tenen raó: és un espai de resistència.
La guerra es espejismo del regreso. Se piensa que favorecerá la vuelta a una situación previa –existida de
hecho o idealizada– que se desea ardientemente. Pero una vez estalla la guerra,
ese paraíso no llega nunca. En la primera guerra mundial, los jóvenes del
imperio austrohúngaro, inflamados de patriotismo, iban al frente pensando que
en pocas semanas volverían a casa; en la segunda, Adolf Hitler maquinó una
invasión relámpago que resolvería una delirante exigencia de espacio para la
raza aria; el 24 de febrero de 2022, Vladímir Putin anunció a sus conciudadanos
una operación estratégica que tardaría poco en tener éxito. Como dice Judith
Holofernes en una de sus canciones, “No sé cómo se acaba una guerra, / sólo
cómo se empieza”. Se siguen de ella hileras de muertos, poblaciones macilentas
y exhaustas, daños ingentes, desesperanza.
La guerra es espejismo de la paz. En su obra Sobre la
paz perpetua (1795), Immanuel Kant subrayó que una de las condiciones
ineludibles para poner las bases de la paz se encuentra en el modo de hacer la
guerra: las hostilidades no han de llegar a ser tales que imposibiliten la
confianza mutua. Romper los acuerdos, maltratar a los prisioneros o humillar a
las poblaciones vencidas siembra el germen de un nuevo conflicto. Así, las
reparaciones exigidas a Alemania tras la primera guerra mundial abonaron el
resentimiento de donde surgió el populismo nacionalsocialista. He aquí un
ejemplo paradigmático de cómo los conflictos bélicos generan su descendencia a
través del rencor de los vencidos; un rencor, sin embargo, difícilmente
evitable.
La guerra es espejismo de una causa humanitaria. En el mejor de los casos, con ella se defiende la vida y la dignidad de
personas queridas que, con razón, no se puede dejar en la estacada. Sin
embargo, en el otro bando también hay personas –militares y civiles– que se han
visto arrastradas a una situación de lucha. Las armas se descargan siempre
sobre seres humanos que en su mayor parte no han decidido empezar el conflicto.
Por ello son numerosos los relatos de militares que han visto con pavor las
propias manos manchadas de sangre de inocentes. Las memorias de Ron Kovic a
raíz de su participación en la guerra del Vietnam, llevadas al cine por Oliver
Stone en Nacido el 4 de julio (1989), constituyen un botón de muestra de
esa toma de conciencia.
Como sucede en los espejismos, en el caso de la guerra
justa hay una franja intermedia. Algunas guerras responden a situaciones donde
no reaccionar daría lugar a una injusticia aún más terrible. Hoy diríamos que
se trata de los conflictos iniciados por potencias totalitarias que persiguen
someter a sangre y fuego, hasta la aniquilación incluso, a determinadas
poblaciones. Por ello existe una venerable doctrina, cultivada desde la
Antigüedad y articulada en la Edad Media, sobre las condiciones que ha de
cumplir la legítima defensa.
Como en otros asuntos, el metro de platino iridiado se
halla en la obra de Tomás de Aquino. Son diversos los requisitos para que una
guerra pueda venir considerada legítima: entre ellos, que se trate de una de
defensa; que se desarrolle con probabilidad de éxito y como último recurso; que
se empleen medios proporcionales; que termine tan pronto como sea posible
restaurar la paz.
A esta luz, la invasión
de Ucrania por el gobierno de Putin no puede ser considerada justa bajo ningún
punto de vista. Se trata de un ataque desproporcionado, impulsado por un
delirante sueño imperial según el cual Rusia estaría encabezando la lucha
contra el perverso Occidente. Tampoco es justa la guerra desencadenada por el
gobierno de Benjamin Netanjahu en Palestina. Aunque constituye una reacción a
un execrable atentado terrorista de Hamás en el que murieron 850 israelíes, la
desproporción de los medios empleados –que ya han costado la vida a más de 45
000 palestinos– le ha privado de legitimidad hace ya tiempo. En ambos casos,
además, el encarnizamiento en la prosecución añade crueldad.
La doctrina mencionada permite moverse en el espacio de
niebla entre la oscuridad y la luz. Con ella se ha buscado hacer cuentas con la
realidad del mal en el mundo. De ahí que contraponer las políticas de defensa
al pacifismo resulte superficial. Una guerra tal sirve para evitar males
mayores –¿qué habría pasado si Hitler hubiese ganado la segunda guerra mundial?–
y constituye, pues, un mal menor. Sin embargo, no es en sí misma un bien que
haya de ser perseguido.
La reflexión teológica, en cuyo marco nació dicha doctrina, ofrece otras pistas. La vida de Jesús
muestra una vara de medida diferente. Su respuesta a una pregunta de Poncio
Pilato sirve como botón de muestra. Cínicamente interrogado sobre la inacción
de los suyos –si él era rey, por qué sus soldados no venían a auxiliarlo–,
Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). El bien no se
difunde imponiéndose por la fuerza. Es ajeno a la violencia; edifica y no
destruye. El bien deseable por sí mismo es la paz. Y, por ello,
“bienaventurados los que trabajan por la paz” (Mt 5, 9). Desde aquí se puede
enlazar con la teología de la paz en san Francisco de Asís, Bartolomé de las
Casas o Erasmo de Rotterdam y, en época más reciente, con autores como Dietrich
Bonhoeffer, Carl Friedrich von Weizsäcker, Eberhard Jüngel y Jürgen Moltmann, o
con el magisterio del Papa Francisco.