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miércoles, 19 de agosto de 2026

Tienes una prioridad nacional en el Congo

 



Article original en valencià


Desde hace un tiempo, el lenguaje político ha recuperado el campo semántico de la prioridad nacional. Prioridades siempre ha habido, como disponer de abastecimiento alimentario, de fuentes de energía o de medios para garantizar la seguridad. Lo novedoso es agudizar el contraste de todo ello con elementos externos, parasitarios, que habrían venido a fagocitar los recursos: los inmigrantes. 

Fue Donald Trump quien, con el lema electoral «America First», popularizó el concepto. Siguieron deportaciones masivas y el desmantelamiento de USAID, la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional («Vots que poden matar», Levante-EMV, 09/07/2025: traducción aquí). En nuestro país, el vocero de este discurso es VOX, lo cual explica su animadversión hacia las instituciones que apoyan la acogida de inmigrantes. En 2024, el portavoz de VOX en la Comisión de cooperación internacional, José Alcaraz, defendió descolgarse de la Agenda 2030 de la ONU, que incluye 169 medidas para erradicar la pobreza y contrarrestar el cambio climático.

Y, sin embargo, la acogida a los inmigrantes genera riqueza. El informe Funcas La inmigración en España: retos, impacto y políticas pone en evidencia cómo desde el año 2022 la mitad del crecimiento del PIB, a la avanzadilla de Europa, se debe a la aportación laboral de los recién llegados. Según datos de enero recogidos por el INE, la Comunidad valenciana lidera la recepción de inmigrantes, en torno a un 20% de la población. La regularización en marcha permitirá que muchos puedan trabajar en condiciones legales y que aporten así su propia contribución a través de los impuestos.

Pero todo eso no convencerá a quienes están envenenados por la retórica xenófoba. Ésta rechaza la presencia de lo extraño, la diferencia cultural y el diferente color de la piel («No blanc ni negre: ésser humà», Levante-EMV, 28/02/2026: traducción aquí). Quizá deberían adoptar otro punto de vista.

El pasado 17 de mayo, la Organización Mundial de la Salud declaró un brote del virus Ébola en el Congo. Hacía meses que ya circulaba; los sistemas de detección, erosionados por la financiación decreciente, llegaron tarde. Se trata de la cepa Bundibugyo, para la cual no hay vacuna, y el brote se extiende por África central. La República Democrática del Congo, casi cinco veces más grande que España y con más de ciento cinco millones de habitantes, es heredera del Estado esclavista establecido durante la dominación belga. Desde que se independizó, en 1960, no ha dejado de sufrir guerras civiles. A pesar de sus reservas de cobalto, se halla entre los quince países más pobres del mundo. Cuando Trump escenificó el acuerdo entre Congo y Ruanda en la casa Blanca, respaldando así su aspiración al Nobel de la Paz, su gobierno ya había desmantelado USAID.

Las epidemias amenazan a todo el mundo. En un contexto de movilidad global, la propagación de un virus está siempre al acecho. Así que lo del Congo es prioritario. Ahora bien, ¿cómo queremos resolverlo? Si no permitiésemos que los inmigrantes, con su trabajo aquí, contribuyeran a sus economías de origen, y si no contribuyésemos nosotros por medio de la ayuda humanitaria, condenaríamos a los más pobres a hundirse en su propia miseria. Ésa sería también nuestra miseria, en todos los sentidos.

Sin embargo, se trata sobre todo de una cuestión de dignidad. En su visita a España, y después de la recepción en el Palacio real, el primer lugar donde se dirigió Robert Prevost, Papa León XIV, fue un centro de acogida de Cáritas. Allí escuchó, entre otros, el testimonio de un joven senegalés sobre su propia llegada: «Me sentía solo. Había dejado todo atrás y no sabía ni por dónde empezar. Pero encontré personas que me acogieron, me miraron con respeto y me hicieron sentir que mi vida importaba». ¿Qué prioridad puede haber por encima de ésta...?

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Artículo propio publicado en el diario Levante
, Valencia, 18 de junio de 2026, p. 4. En la imagen, una proyección cartográfica de la ubicación de la República Democrática del Congo (fuente: Wikipedia)


Tens una prioritat nacional al Congo



Traducción al castellano


D’un temps ençà, el llenguatge polític ha recuperat el camp semàntic de la prioritat nacional. De prioritats sempre n’hi ha hagut, com ara disposar d’abastiment alimentari, de fonts d’energia o de mitjans per a garantir la seguretat. Allò nou és emfasitzar-ne el contrast amb elements externs, parasitaris, que haurien vingut a fagocitar els recursos: els immigrants.

A popularitzar el concepte fou Donald Trump amb el lema electoral «America First». En seguiren deportacions massives i el desmantellament d’USAID, l’Agència Estatunidenca per al Desenvolupament Internacional («Vots que poden matar», Levante-EMV, 09/07/2025). A casa nostra, el discurs ve esventat per VOX. Això n’explica l’animadversió envers les institucions que donen suport a l’acollida als immigrants. El 2024, el portaveu de VOX a la Comissió de cooperació internacional, José Alcaraz, defensà despenjar-se de l’Agenda 2030 de l’ONU, que inclou 169 mesures per a erradicar la pobresa i contrarestar el canvi climàtic.

I, tanmateix, l’acollida als immigrants genera riquesa. L’informe Funcas La immigració a Espanya: reptes, impacte i polítiques palesa com, del 2022 ençà, la meitat del creixement del PIB –capdavanter a la UE– es deu a l’aportació laboral dels nouvinguts. Segons dades de gener recollides per l’INE, la comunitat valenciana lidera la recepció d’immigrants, circa un 20% de la població. La regularització en marxa permetrà que molts puguen treballar en condicions legals i aporten així la pròpia contribució via impostos.

Això no convencerà els enverinats per la retòrica xenòfoba. Aquesta rebutja la presència d’allò estrany, la diferència cultural i el diferent color de la pell («No blanc ni negre: ésser humà», Levante-EMV, 28/02/2026). Tal vegada haurien d’adoptar doncs altre punt de vista.

El passat 17 de maig, l’OMS declarà un brot del virus Ebola al Congo. Circulava ja mesos abans; els sistemes de detecció, minvats pel finançament decreixent, hi arribaren tard. Es tracta de la soca Bundibugyo, per a la qual no hi ha vacuna, i el brot s’escampa per l’Àfrica central. La República Democràtica del Congo, quasi cinc vegades més extensa que Espanya i amb més de cent-cinc milions d’habitants, és hereva de l’Estat esclavista establert durant la dominació belga. Des que s’independitzà, el 1960, no ha deixat de patir guerres civils. Malgrat les seues reserves de cobalt, es troba entre els quinze països més pobres del món. Quan Trump escenificà l’acord entre Congo i Ruanda a la Casa Blanca –tot recolzant-hi la seua aspiració al Nobel de la Pau–, el seu govern ja havia desmantellat l’USAID.

Les epidèmies amenacen tothom. En un context de mobilitat global, la propagació d’un virus és sempre a l’aguait. Allò del Congo és doncs prioritari. Ara bé, com ho volem resoldre? Si no permetérem que els immigrants, amb el seu treball ací, contribuïren a les seues economies d’origen, i si no hi contribuírem nosaltres mitjançant l’ajut humanitari, condemnaríem els més pobres a enfonsar-se en la pròpia misèria. Eixa seria també la nostra misèria, en tots els sentits.

Tanmateix, es tracta sobretot d’una qüestió de dignitat. En la seua visita a Espanya, i després de la recepció al Palau reial, el primer lloc on s’ha adreçat Robert Prevost, Papa Lleó XIV, ha sigut un centre d’acollida de Càritas. Allà escoltà, entre altres, el testimoni d’un jove senegalès sobre la seua pròpia arribada: «Em sentia perdut i sol. Havia deixat tot enrere. No sabia per on començar. Vaig trobar però persones que m’acolliren, em miraren amb respecte i em feren sentir que la meua vida importava». Quina prioritat pot haver per damunt d’aquesta...?

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Article propi publicat al diari Levante
, València, 18 de juny del 2026, p. 4. Imatge: projecció cartogràfica de la ubicació de la República Democràtica del Congo (font: Wikipedia)


domingo, 14 de junio de 2026

Yo pienso en mí mismo como ser humano

   

El vuelo de una bandada de pájaros compone un prodigioso concierto visual, fruto de la evolución biológica. En el mundo antiguo, la gente miraba a menudo el vuelo de las aves. La ornitomancia servía para interpretar si portaban o no buenos augurios, si habría suerte o si llegarían desgracias. En todo ello se presagiaba la conexión etológica entre el comportamiento animal y las alteraciones del medio ambiente, mezclado con borrosas nociones de conexión cósmica. 

Donald Trump ha concitado a su alrededor una heterogénea bandada de pajarracos de la peor clase. Unos y otros han desparramado malos augurios a diestro y siniestro: desde casa propia –con unos niveles de polarización nunca vistos desde la guerra del Vietnam hasta nuestros días, y con miedo en no pocos grupos sociales– hasta los vecinos y los aliados tradicionales, con la vuelta de una manía pseudoimperial. Asistir a las evoluciones de esa serie de pajarracos permite barruntar sus pautas, sus giros, las alianzas y los parecidos con la ultraderecha (ver “Ultradreta: l’antítesi del trellat”, Cresol, 25/172, julio-septiembre de 2024, pp. 10-11).

La reciente polémica entre Elon Musk e Irene Montero nos da un botón de muestra. El hombre más rico del mundo es el mismo que, en su flirteo con Trump, ha desmantelado la Agencia Estadounidense para el Desarrollo, con la previsible consecuencia de hasta catorce millones de muertos de aquí a 2030 (ver “Votos que pueden matar”, Levante-EMV, 09/06/2025). Cuando Montero felicita al gobierno de España por el proyecto de regularizar medio millón de inmigrantes –que, como evidencian organismos nacionales e internacionales, contribuirán a la riqueza del país– y por el rechazo implícito de fascismo y racismo, Musk reacciona con una invectiva que revela su ignorancia o su malicia. Ahora bien, ¿cómo se había enterado él de las declaraciones de Montero...? A través de un post publicado en X por Eva Vlaardingerbroek, jurista y política holandesa conocida por oponerse a las vacunas y al feminismo. El pasado 1 de febrero, Vlaardingerbroek escribió: «Esta mujer, que está llamando a reemplazar a la gente Blanca, está casada con un hombre Blanco y tiene tres niños Blancos. Ese nivel de traición –no ya a tu propia gente, sino a tus propios niños– sólo puede ser calificado de patología estrema o pura maldad, o de ambos».

La desnudez de lo que dice llama la atención (y también la mayúscula en el adjetivo White, “Blanco”). Sin disimulos, sin avergonzarse, exalta el color de la piel. No la verdad, no la dignidad o la justicia: la piel (Blanca). Como si nunca hubiera habido reivindicación de los derechos humanos, lucha contra el esclavismo, abominio del racismo. Es la voz primitiva la que lo regurgita: hay que defender a la tribu.

Este discurso halla en nuestra casa su espejo. En España, y según el estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicado en septiembre de 2024, la inmigración ascendió ese año al primer lugar de las preocupaciones ciudadanas. Seguidamente, una encuesta monográfica realizada por el Instituto 40dB para el diario El País y la cadena SER desglosaba la correlación entre la inquietud por el fenómeno migratorio y las adhesiones políticas: mientras el 29% de los votantes del PSOE consideraban preocupante la presencia extranjera, la cifra ascendía al 73% entre los votantes de VOX. En febrero de este año, el líder de este partido, Santiago Abascal, ha atacado duramente a las instituciones que apoyan la iniciativa legislativa popular de regularizar a más de medio millón de inmigrantes –en particular, a la Iglesia católica–, acusándolas de ser cómplices de la inmigración ilegal por afán de lucro.

En las Cortes valencianas, la complicidad de PP y VOX ha permitido aprobar, en el pasado octubre, un Plan de Estadística 2025-2028 en el que se diferenciarán los datos de la población autóctona e inmigrante en ámbitos como el uso de las emergencias sanitarias, las donaciones de sangre o la aportación neta al Estado. Se trata de un planteamiento tramposo. Los datos procedentes de ese filtrado tendrían relevancia política si se cumpliesen ciertos presupuestos: por ejemplo, que todos los grupos de población partiesen de las mismas condiciones sociosanitarias; o que las personas inmigrantes no estuviesen cubriendo sectores laborales que, de otro modo, quedarían desatendidos. El informe Funcas La inmigración en España: retos, impacto y políticas, presentado el pasado 12 de febrero, señala cómo la mitad del crecimiento del PIB desde 2022 –que pone a nuestro país a la cabeza de la Unión Europea– se debe a la contribución laboral de la población inmigrante. Según datos de enero recogidos por el Instituto Nacional de Estadística, la comunidad valenciana lidera la recepción de inmigrantes. La presencia de personas nacidas en otros países –en torno al 20% de la población– tiene lugar en un marco favorable, reflejado en los estudios de opinión. Sin embargo, no hemos de pensar que el tejido social resulte impermeable; en particular, el segmento de población juvenil que ve obstaculizado su progreso –per ejemplo, a raíz del encarecimiento de alquiler y vivienda– constituye el caladero de votos del discurso xenófobo.

Vlaardingerbroek, Abascal y los suyos confunden la Humanidad con la tribu, la civilización con el color de la piel. El resultado es la defensa de un darwinismo social que nos retrotrae a pájaros de mal augurio. Y, sin embargo, otro discurso es posible.

En el film de Stanley Kramer Adivina quién viene a cenar esta noche, y en un duro y memorable diálogo, el protagonista se encara con su padre. Ambos son negros. El hijo está encarnado por Sidney Poitier, quien se distinguió por su lucha contra los prejuicios sociales. «Tú piensas en ti mismo como hombre de color», le dice al padre, «yo pienso en mí mismo como hombre». A duras penas se puede sintetizar mejor una verdad fundacional de la civilización, tal y como la conocemos y la queremos. No blanco ni negro: ser humano.


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Artículo propio publicado en la revista
 Cresol, Valencia (abril-junio 2026), pp. 16-17. En la imagen, un estudio de manos realizado por Leonardo da Vinci hacia el 1490 y conservado en la Royal Collection de Londres


Jo pense en mi mateix com a ésser humà

  

El vol d’una bandada d’ocells compon un prodigiós concert visual, fruit de l’evolució biològica. En el món antic, hom es mirava sovint el vol dels ocells. L’ornitomància servia per a interpretar si portaven o no bons auguris, si hi hauria sort o arribarien desgràcies. En tot això es presagiava la connexió etològica entre el comportament animal i les alteracions del medi ambient, barrejada amb boiroses nocions de connexió còsmica.

Donald Trump ha concitat al seu voltant una heterogènia bandada d’ocellots de la pitjor mena. Uns i altres han escampat mals auguris a tot arreu: des de casa pròpia –amb uns nivells de polarització mai vistos des la guerra del Vietnam ençà, i amb por en no pocs grups socials– fins als veïns i als aliats tradicionals, amb el retorn d’una dèria pseudoimperial. Assistir a les evolucions d’eixe reguitzell d’ocellots permet albirar-ne les pautes, els girs, les aliances i les semblances amb la ultradreta (veure “Ultradreta: l’antítesi del trellat”, Cresol, 25/172, juliol-setembre 2024, pp. 10-11).

La recent polèmica entre Elon Musk i Irene Montero ens en dóna un botó de mostra. L’home més ric del món és el mateix que, en el seu flirteig amb Trump, ha desmantellat l’Agència Estatunidenca per al Desenvolupament, amb la previsible conseqüència de fins a catorze milions de morts d’ací al 2030 (veure “Vots que poden matar”, Levante-EMV, 09/06/2025). Quan Montero felicita el govern d’Espanya pel projecte de regularitzar mig milió d’immigrants –que, com palesen organismes nacionals i internacionals, contribuiran a la riquesa del país– i pel rebuig implícit de feixisme i racisme, Musk reacciona amb una invectiva que revela la seua ignorància o la seua malícia. Ara bé, com s’havia assabentat ell de les declaracions de Montero...? Mitjançant un post publicat a X per Eva Vlaardingerbroek, jurista i política holandesa coneguda per oposar-se als vaccins i al feminisme. Passat 1 de febrer, Vlaardingerbroek escrigué: «Aquesta dona, que està cridant a reemplaçar la gent Blanca, està casada amb un home Blanc i té tres nens Blancs. Eixe nivell de traïdoria –no ja a la teua pròpia gent, sinó als teus propis nens– sols pot ser qualificat de patologia extrema o pura maldat, o d’ambdós».

La nuesa del que diu crida l’atenció (i també la majúscula en l’adjectiu White, “Blanc”). Sense embolcalls, sense avergonyir-se’n, exalta el color de la pell. No la veritat, no la dignitat o la justícia: la pell (Blanca). Com si mai no hi haguera hagut cap reivindicació dels drets humans, cap lluita contra l’esclavisme, cap abomini del racisme. És la veu primitiva a regurgitar-ho: cal defensar la tribu.

Aquest discurs troba el seu mirall a casa nostra. A l’Estat espanyol, i segons l’estudi del Centre d’Investigacions Sociològiques (CIS) fet públic el setembre del 2024, la immigració ascendí eixe any al primer lloc de les preocupacions ciutadanes. Tot seguit, una enquesta monogràfica sobre la immigració, realitzada per l’Institut 40dB per al diari El País i la cadena SER, desglossava la correlació entre la inquietud pel fenomen migratori i les adhesions polítiques: mentre el 29% dels votants del PSOE consideraven preocupant la presència estrangera, la xifra ascendia al 73% entre els votants de VOX. En febrer d’enguany, el líder d’aquest partit, Santiago Abascal, ha atacat durament les institucions que recolzen la iniciativa legislativa popular de regularitzar mig milió d’immigrants –en particular, l’Església catòlica–, tot acusant-les de ser còmplices de la immigració il·legal per afany de lucre.

A les Corts valencianes, la complicitat de PP i VOX ha permès aprovar, el passat octubre, un Pla d’Estadística 2025-2028 en què es diferenciarà dades de població autòctona i immigrant en àmbits com ara l’ús de les emergències sanitàries, les donacions de sang o l’aportació neta a l’Estat. Es tracta d’un plantejament trampós. Les dades procedents d’eixe triatge tindrien rellevància política si s’acomplissin certs pressuposts, com ara que tots els grups de població partiren de les mateixes condicions sociosanitàries o que les persones immigrants no estigueren cobrint sectors laborals que altrament romandrien desatesos. L’informe Funcas La immigració a Espanya: reptes, impacte i polítiques, presentat el passat 12 de febrer, assenyala com la meitat del creixement del PIB del 2022 ençà –que converteix el nostre país en capdavanter a la Unió Europea– es deu a la contribució laboral de la població immigrant. Segons dades de gener recollides per l’Institut Nacional d’Estadística, la comunitat valenciana lidera la recepció d’immigrants. La presència de persones nascudes a altres països –al voltant del 20% de la població– s’esdevé en un marc favorable, reflectit als estudis d’opinió. Tanmateix, no hem de pensar que el teixit social siga impermeable; en particular, el segment de població juvenil que veu entrebancat el seu progrés –per exemple, arran de l’encariment de lloguer i habitatge– constitueix el calador de vots del discurs xenòfob.

Vlaardingerbroek, Abascal i els seus confonen la humanitat amb la tribu, la civilització amb el color de la pell. El resultat és la defensa d’un darwinisme social que ens retrotrau a ocells de mal auguri. I, tanmateix, altre discurs és possible.

Al film de Stanley Kramer Endevina qui ve a sopar, el protagonista s’encara amb son pare en un dur i memorable diàleg. Ambdós són negres. El fill ve encarnat per Sidney Poitier, qui es distingí per la seua lluita contra els prejudicis socials. «Tu penses en tu mateix com a home de color», li diu al pare, «jo pense en mi mateix com a home». Amb prou feines es pot sintetitzar millor una veritat fundacional de la civilització, tal i com la coneixem i com la volem. No blanc ni negre: ésser humà.


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Article propi publicat a la 
revista Cresol, Valencia (abril-juny 2026), pp. 16-17. En la imatge, estudi de mans realitzat per Leonardo da Vinci envers el 1490 i conservat a la Royal Collection de Londres


domingo, 8 de marzo de 2026

Trump i el Lebensraum

 


Quan Adolf Hitler i el seu exèrcit desfilaren per la Ringstraße de Viena, els aclamà una gentada de desenes de milers. Hi veien el reunificador del poble de mateixa parla, una promesa de prosperitat, la mà forta que podria fer de nou gran el país. Hi ha diferències essencials entre eixe escenari i el que Donald Trump ha engegat al Veneçuela amb l’atac de dissabte 3 de gener. Ací no es tracta pas d’una annexió. Nicolás Maduro és un dictador feroç que ha fet de la corrupció, la tortura i la violència el seu modus operandi; del 2024 ençà es manté al poder de forma il·legítima. No els manca raó a milions de veneçolans que per tot arreu celebren la seua detenció. Com m’escriu un meu benvolgut amic, immigrant veneçolà a València: «Todo sea por un bien».

Tanmateix, no sembla gens clar que tot siga per a bé. La Constitució estatunidenca estableix que un atac militar ha de rebre el vistiplau en seu parlamentària. Trump no ha exposat els seus plans al congrés: sabia que no vindrien recolzats amb majoria suficient. Les raons que al·lega per a la intervenció resulten fal·laces. Ni els opiacis –com ara el fentanil– que han produït estralls a diverses ciutats estatunidenques no provenen majoritàriament de Veneçuela, ni el país caribeny posseeix cap poder per a desestabilitzar la seguretat nacional.

Trump vol imposar la pròpia llei al pati del darrere de casa. Li mou l’objectiu evident del guany. Vol el petroli veneçolà –de retruc, negat a la Xina– i, amb ell, espai vital per a l’economia estatunidenca. Vol Lebensraum. I ha optat per arrabassar-lo amb la violència. Vet ací una volta de femella a la doctrina Monroe i al corol·lari que hi afegí Theodor Roosevelt, el 1904, justament arran del bloqueig naval al Veneçuela. En l’Estratègia de Seguretat Nacional publicada el passat novembre es va recollir el «corol·lari de Trump a la doctrina Monroe». Aquest inclou «establir o expandir l’accés a indrets estratègicament importants» (p. 16).

Tot això succeeix dins d’una grollera barreja entre allò públic i allò privat. La roda de premsa rere la invasió no s’ha tingut a cap edifici del govern, sinó a la mansió de Trump en Mar-a-Lago. Lluny d’exposar un precís full de ruta, ha amollat que els Estats Units «will run Venezuela»: en prendran el control. N’hi ha prou amb comprovar com s’han desestabilitzat amples regions arran de les operacions estatunidenques a Afganistan o Iraq, i les esfereïdores conseqüències globals d’això, per a adonar-se de l’extrema perillositat de tals intervencions.

La ineptitud diplomàtica de Trump i del seu equip només té parangó amb el seu agosarament. Han fet ulls clucs a totes les normes vigents: les de la democràcia estatunidenca i les del dret internacional. S’acosten així, encara més, al Vladímir Putin que envaí Ucraïna en cerca de Lebensraum. Vet ací l’esglaiadora convergència entre dictadors d’ahir i ara.

Malauradament, la joia dels nostres germans veneçolans pot no trigar gaire a donar pas a la constatació del caos. Nosaltres els desitgem, de tot cor, el millor. A hores d’ara però, allò cert és que s’ha trepitjat la legalitat a la vista de tothom. I això no fa esperar res de bo.


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Article propi publicat al diari Levante (05/01/2026). 

 

Trump y el Lebensraum

 










Cuando Adolf Hitler y su ejército desfilaron por la Ringstraße de Viena, una multitud de decenas de miles los aclamó. En él veían al reunificador del pueblo de la misma lengua, una promesa de prosperidad; la mano fuerte que podría, de nuevo, hacer grande al país. Hay diferencias esenciales entre ese escenario y el que Donald Trump ha puesto en marcha en Venezuela con el ataque del sábado 3 de enero. No se trata ya aquí de una anexión. Nicolás Maduro es un dictador feroz que ha hecho de la corrupción, la tortura y la violencia su constante modo de actuar; desde el 2024 se mantiene en el poder de forma ilegítima. No les falta razón a millones de venezolanos que celebran su detención por todas partes del mundo. Como me escribe un querido amigo, inmigrante venezolano en Valencia: «Todo sea por un bien».

Sin embargo, no parece nada claro que todo sea para bien. La Constitución estadounidense establece que un ataque militar ha de recibir el visto bueno en sede parlamentaria. Trump no ha expuesto sus planes al congreso: sabía que no los respaldaría con mayoría suficiente. Las razones que alega para la intervención resultan falaces. Ni los opiáceos como el fentanilo, que han producido estragos en varias ciudades estadounidenses, provienen mayoritariamente de Venezuela, ni el país caribeño posee poder alguno para desestabilizar la seguridad nacional. 

Trump quiere imponer la propia ley en el patio de atrás de casa. Le mueve el objetivo evidente de la ganancia. Quiere el petróleo venezolano –que, de rebote, se le niega a China– y, con él, espacio vital para la economía estadounidense. Quiere Lebensraum. Y ha optado por arrebatarlo con la violencia. He aquí una vuelta de tuerca a la doctrina Monroe y al corolario que le añadió Theodor Roosevelt, en 1904, justamente a raíz del bloqueo naval a Venezuela. En la Estrategia de Seguretat Nacional publicada el pasado noviembre se recogió el «corolario de Trump a la doctrina Monroe». Éste incluye «establecer o expandir el acceso a enclaves estratégicamente importantes» (p. 16).

Todo ello sucede dentro de una grosera mezcla entre lo público y lo privado. Tras la invasión, la rueda de prensa no tuvo lugar en ningún edificio del gobierno, sino en la mansión de Trump en Mar-a-Lago. Lejos de exponer una precisa hoja de ruta, soltó que los Estados Unidos «will run Venezuela»: tomarán el control. Basta con comprobar cómo se han desestabilizado amplias regiones a raíz de las operaciones estadounidenses en Afganistán o Irak, y sus espeluznantes consecuencias globales, para darse cuenta de la extrema peligrosidad de tales intervenciones. 

La ineptitud diplomática de Trump y de su equipo sólo tiene parangón con su osadía. Han cerrado los ojos a todas las normas vigentes: las de la democracia estadounidense y las del derecho internacional. Se acercan así, aún más, al Vladimir Putin que invadió Ucrania en búsqueda de Lebensraum. He aquí la sobrecogedora convergencia entre dictadores de antes y de ahora.

Por desgracia, la alegría de nuestros hermanos venezolanos puede no tardar demasiado en dar paso a la constatación del caos. Nosotros les deseamos, de todo corazón, lo mejor. Ahora bien: en estos momentos, lo cierto es que se ha violado la legalidad a la vista de todo el mundo. Y eso no hace esperar nada bueno.


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Artículo propio publicado en el diario Levante (05/01/2026). 

domingo, 27 de julio de 2025

Vots que poden matar

  










Una cançó d’Ana Belén recreava el poder salvífic i destructiu alhora de l’aigua: «Aguas que mueven molinos / son las mismas aguas que pueden matar» (Planeta agua, del disc Ana en Río). Està en l’ordre de les coses que sovint ens mostren eixos dos vessants. Una de les moltes realitats d’eixa mena són els vots que es depositen en les urnes electorals: amb ells es pot promoure la vida; amb ells es pot infligir la mort.
El 20 de gener d’enguany, Donald Trump prengué possessió del càrrec de president dels Estats Units per segona vegada. L’havia votat el 49,80% de l’electorat. Es tractà d’una majoria ajustada: el 48,32% donà suport a la candidata demòcrata, Kamala Harris. Això, sobre una participació global del 64,1%: més d’un terç de la població censada no acudí a votar. Trump tornà al poder amb rancúnia no vetllada contra aquells que entrebancaren la seua primera legislatura, la que a aquestes mateixes pàgines vaig relacionar amb un esbojarrat aprenentatge (“Donald Trump, aprenent de bruixot”, Levante-EMV, 16/01/2021). Aquesta segona legislatura està duent-se a terme sense pietat cap a propis i estranys, amb el deliberat propòsit de bandejar qualsevol espai crític de resistència, des de la judicatura fins a la Universitat (veure “Trump i Mazón, contra el coneixement”, Levante-EMV, 30/06/2025).
Tanmateix, la càrrega mortífera dels vots que li han dut al poder s’està palesant ara. Amb l’encàrrec de dur a terme una retallada financera en les institucions de l’Estat, Elon Musk encetà el procés de desmantellament de diversos serveis; entre ells, l’Agència Estatunidenca per al Desenvolupament Internacional (en les sigles en anglès, USAID). La major part dels programes de la USAID han sigut tancats per exhauriment dels fondos a l’abast. Segons una recerca de The New York Times duta a terme amb funcionaris de l’agència que mantenen l’anonimat, sols els projectes en marxa més urgents haurien sigut represos; i açò, a instàncies del secretari d’Estat, Marco Rubio. Musk abandonà la seua tasca el 30 de maig; el dany però ja era fet. Tot plegat, llavors seguien actius només 891 programes dels 6.256 que hi havia el gener (“What remains of U.S.A.I.D.?”, The New York Times, 22/06/2025).
La revista científica The Lancet ha publicat una estimació de les conseqüències d’eixe desmantellament (“Evaluating the impact of two decades of USAID interventions and projecting the effects ofdefunding [...]”, 30/06/2025). Eren molts els projectes que s’hi finançaven: d’ajut a la infància, de suport sanitari, de seguretat alimentària, d’acollida als refugiats... L’estudi, signat per investigadores i investigadors d’Espanya, Estats Units, Brasil i Moçambic, projecta un escenari esborronador. Si no es reverteix la deriva, d’ací al 2030 podrien morir al voltant de catorze milions de persones en els països en vies de desenvolupament; d’elles, entre quatre i cinc milions podrien ser nenes i nens menors de cinc anys.
Vet ací perquè la cimera de Nacions Unides celebrada a Sevilla resulta transcendental. Cal trobar vies comunes per a socórrer milions d’éssers humans que pateixen mals extrems. Es tracta de pal·liar el deliri a què ha donat peu un allau de vots que, com en cascada, han reviscolat un dels pitjors malsons del segle. Trump i els seus macips de bruixot han desfermat forces gràvides de barbàrie: vots que poden matar.

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Article propi publicat al diari Levante (09/07/2025, p. 3). En la imatge, "Invasió" (2008), fotomuntatge de Martha Rosler de la sèrie Casa bonica: portant la guerra a la llar (Institut Valencià d'Art Modern). 






Votos que pueden matar

   










Una canción de Ana Belén recreaba el poder salvífico y, a la vez, destructivo del agua: «Aguas que mueven molinos / son las mismas aguas que pueden matar» (Planeta agua, del disco Ana en Río). Se halla en el orden de las cosas que, a menudo, nos muestren esas dos vertientes. Una de las muchas realidades de ese tipo son los votos que se depositan en las urnas electorales: con ellos se puede promover la vida; con ellos se puede infligir la muerte.
El 20 de enero de este año, Donald Trump tomó posesión del cargo de presidente de Estados Unidos por segunda vez. Le votó el 49,80% del electorado. Se trató de una mayoría ajustada: el 48,32% apoyaba a la candidata demócrata, Kamala Harris. Ello, sobre una participación global del 64,1%: más de un tercio de la población censada no acudió a votar. Trump regresó al poder con un rencor no velado contra quienes pusieron trabas a su primera legislatura, la que en estas mismas páginas relacioné con un aprendizaje delirante (“Trump, aprendiz de brujo”, Levante-EMV, 16/01/2021). Esta segunda legislatura está llevándose a cabo sin piedad hacia propios y extraños, con el deliberado propósito de poner al margen cualquier espacio crítico de resistencia, desde la judicatura hasta la Universidad (ver “Trump i Mazón, contra el coneixement”, Levante-EMV, 30/06/2025).
Sin embargo, la carga mortífera de los votos que le han llevado al poder se está evidenciando ahora. Con el encargo de llevar a cabo un recorte financiero en las instituciones del Estado, Elon Musk puso en marcha el desmantelamiento de distintos servicios; entre ellos, la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (en las siglas en inglés, USAID). Al agotarse los fondos a disposición, la mayor parte de los programas de USAID han sido clausurados. Según una investigación de The New York Times realizada entre funcionarios de la agencia, que mantienen el anonimato, se habrían recuperado sólo los proyectos en marcha más urgentes; y esto, a instancias del secretario de Estado, Marco Rubio. Musk abandonó su tarea el 30 de mayo; pero el daño ya estaba hecho. En ese momento, y en cifras globales, sólo seguían activos 891 programas de los 6.256 que existían en enero (“What remains of U.S.A.I.D.?”, The New York Times, 22/06/2025).
La revista científica The Lancet ha publicado una estimación de las consecuencias de dicho desmantelamiento (“Evaluating the impact of two decades of USAID interventions and projecting the effects of defunding [...]”, 30/06/2025). Eran muchos los proyectos que se financiaban: de ayuda a la infancia, de apoyo sanitario, de seguridad alimenticia, de acogida a los refugiados... El estudio, firmado por investigadoras e investigadores de España, Estados Unidos, Brasil i Mozambique, proyecta un escenario escalofriante: si no se revierte la deriva, desde ahora hasta 2030 podrían morir en torno a catorce millones de personas en los países en vías de desarrollo; entre ellas, entre cuatro y cinco millones podrían ser niñas y niños menores de cinco años.
He aquí por qué la cumbre de Naciones Unidas celebrada en Sevilla resulta trascendental. Hay que encontrar vías conjuntas para socorrer a millones de seres humanos que padecen males extremos. Se trata de paliar el delirio a que ha dado lugar una oleada de votos que, como en cascada, han reavivado una de las peores pesadillas del siglo. Trump y sus aprendices de brujo han desencadenado fuerzas grávidas de barbarie: votos que pueden matar.

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Artículo propio publicado en el diario Levante (09/07/2025, p. 3). En la imagen, "Invasión" (2008), fotomontaje de Martha Rosler de la serie Casa hermosa: trayendo la guerra al hogar (Instituto Valenciano de Arte Moderno). 






sábado, 28 de junio de 2025

No nos acostumbremos a la barbarie

 

 






En el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) se exponen valiosos fotomontajes de la artista estadounidense Martha Rosler. Uno de los más llamativos pertenece a la serie Casa hermosa: llevando la guerra al hogar. Se titula La cortina gris [he ilustrado con él la entrada previa]. Representa a una joven sofisticadamente vestida –al modo de una estrella clásica de Hollywood– que, con una gran sonrisa, descorre una cortina: detrás se puede ver una hilera de soldados, fuego, destrucción; en un rincón, una mujer harapienta y herida llora de rodillas. Los detalles nos permiten presentir la tragedia. La escena conmueve, produce pavor. Cuántas veces nuestro mundo deslumbrante oculta el sufrimiento de los últimos, de los olvidados.
Eurovisión se ha convertido en uno de los acontecimientos musicales globales más estimulantes. Todo contribuye a hacer de él un gran espectáculo: la conexión en directo de decenas de países, la osadía técnica de las puestas en escena, la ceremonia de las votaciones... Me encanta el desfile de lenguas, de registros culturales, en una competición incruenta y festiva que ha sustituido a las guerras cíclicas en nuestra vieja Europa. Me emociona desde el principio, cuando suena la maravillosa sintonía basada en el Te Deum de Marc-Antoine Charpentier.
Desde su primera edición, en 1956, el festival se ha consolidado como espacio de concordia y promoción de la tolerancia. Desde el 2022, su organizadora, la Unión Europea de Radiodifusión (UER), veta la participación de Rusia con un argumento: ante la invasión de Ucrania por parte del gobierno de Vladimir Putin, la televisión estatal rusa se ha convertido en una herramienta de propaganda y se ha coartado el libre periodismo. Cada año, la ausencia de Rusia nos recuerda que no estamos de acuerdo con el horror de muerte y sufrimiento desencadenado por su delirio imperialista. No es mucho, pero constituye un gesto simbólico grávido de dignidad. 

A raíz de un miserable ataque terrorista de la organización pro-palestina Hamás a Israel, el 2023, el gobierno de Benjamin Netanjahu inició una desproporcionada ofensiva a Gaza, ya devenida catástrofe humanitaria. Se trata de aniquilar a una población entera y de deportar a sus supervivientes; no resulta desencaminado hablar de limpieza étnica y genocidio. Ante el cinismo de Donald Trump, que ha respaldado el proyecto de deportación, y ante la blanda reacción de muchos países, está siendo el gobierno de España, en la estela de la Corte penal internacional, el que encabeza la reclamación de justicia para Palestina. Esto nos honra como país.
Entre medias, Israel sigue participando en Eurovisión como si nada. Más aún: en las últimas dos ediciones, el televoto le ha beneficiado, dejándolo a un paso del galardón. He aquí el porqué: las tendencias que consideran el ataque a Gaza mera legítima defensa –y las críticas a Israel, expresión de antisemitismo– emplean el televoto como arma ideológica. Así, la presidenta de OK diario, cercano a VOX, hizo promoción explícita a favor de Israel; la vicesecretaria de educación del PP publicó un post donde afirmaba que "un año más" votaría por Israel "sin haber escuchado la canción".
Pues bien: al ver a las solistas israelitas que han interpretado los temas de las dos últimas ediciones, no puedo evitar el escalofrío. Pienso en el fotomontaje de Martha Rosler. El entorno futurista y las vestimentas sofisticadas, como nuevas de brillantes, no pueden esconder los miles de cadáveres bajo los escombros, mujeres, niños y niñas, hombres, la mayor parte civiles, que han muerto a raíz de los bombardeos: ya más de 50.000 personas.

Frente al malestar creciente expresado en varios de los países participantes en Eurovisión –encabezados por España y Bélgica–, el director de la UER, Martin Green, ha afirmado en una carta abierta que se toma seriamente las quejas. Así que ha hecho revisar el procedimiento técnico del televoto y ha constatado que es del todo transparente. Sobre el tema de fondo, ninguna referencia. Recordemos que en el artículo 1.2.2 del reglamento del festival se explicita que "no se permiten letras, discursos o gestos de naturaleza política o equivalente".
Sin embargo, que Israel participe como si nada es un acto político. Esconderse tras los detalles técnicos es un acto político. Cerrar los ojos es un acto político. Se trata, eso sí, de una política indecente. Hará bien RTVE si prosigue su línea crítica, más aún: hará bien si no participa en el festival mientras lo haga Israel y prosiga la masacre en Gaza. Con ello, claro, no se conseguirá mucho. Las mujeres palestinas seguirán gritando al cielo mientras sus niños mueren en el miedo y la suciedad y esas otras mujeres –las estrellas de Israel– cantan envueltas de sofisticación y luz en el auditorio del festival. Pero no queremos acostumbrarnos. 
Hay que actuar a favor de las víctimas. La responsabilidad de los gobiernos es enorme; la historia les pedirá cuentas, como lo hizo a los criminales nazis que ahora imita el gobierno de Netanjahu. También nosotros podemos hacer gestos: por ejemplo, dejar de comprar productos de empresas de Israel (ver www.bdsmovement.net/es). Y, como mínimo, todas y todos tenemos la palabra para oponernos a esta locura.
No miremos a otro lado. No debemos acostumbrarnos a la barbarie.

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En la imagen, mensaje emitido por RTVE antes de la retransmisión del festival de Eurovisión, el pasado 17 de mayo.

No acostumem-nos a la barbàrie

 









Al l’Institut Valencià d’Art Modern s’exposen valuosos fotomuntatges de l’artista estatunidenca Martha Rosler. Un dels més cridaners pertany a la sèrie Casa bonica: portant la guerra a la llar. Es titula La cortina grisa [he il·lustrat amb ell l'entrada prèvia]. Representa una jove sofisticadament vestida –al mode d’una estrela clàssica de Hollywood– que amb un gran somriure descorre una cortina: darrere es pot veure una filera de soldats, foc, destrucció; a un racó, una dona esparracada i ferida plora en genolls. Els detalls ens permeten pressentir la tragèdia. L’escena commou, fa feredat. Quantes vegades el nostre món enlluernador amaga el patiment dels darrers, dels oblidats. 
Eurovisió s’ha convertit en un dels esdeveniments musicals globals més engrescadors. Tot contribueix a fer-ne un gran espectacle: la connexió en directe de desenes de països, l’agosarament tècnic de les posades en escena, la cerimònia de les votacions... M’encanta la desfilada de llengües, de registres culturals, en una competició incruenta i festiva que ha substituït les guerres cícliques a la nostra vella Europa. M’emociona des del principi, quan sona la meravellosa sintonia basada en el Te Deum de Marc-Antoine Charpentier.
Des de la seua primera edició, el 1956, el festival s’ha consolidat com a espai de concòrdia i promoció de la tolerància. Del 2022 ençà, la seua organitzadora, la Unió Europea de Radiodifusió (UER), hi veta la participació de Rússia amb un argument: front la invasió d’Ucraïna per part del govern de Vladímir Putin, la televisió estatal russa ha esdevingut eina de propaganda i s’ha coartat el periodisme lliure. Cada any, l’absència de Rússia ens recorda que no estem d’acord amb l'horror de mort i patiment desfermada pel seu deliri imperialista. No és molt, però constitueix un gest simbòlic gràvid de dignitat. 

Arran d’un miserable atac terrorista de l’organització pro-palestina Hamàs a Israel, el 2023, el govern de Benjamin Netanjahu encetà una desproporcionada ofensiva a Gaza ja esdevinguda catàstrofe humanitària. Es tracta d’anihilar una població sencera i deportar-ne els sobrevivents; no resulta foraviat parlar de neteja ètnica i genocidi. Front el cinisme de Donald Trump –que ha recolzat el projecte de deportació– i davant la tova reacció de molts països, està sent el govern d’Espanya, en el deixant de la Cort Penal internacional, a encapçalar la reclamació de justícia per a Palestina. Ço ens honra com a país.
En l’entremig, Israel segueix participant en Eurovisió com si no res. Més encara: en les darreres dues edicions, el televot l’ha beneficiat, tot deixant-lo a un pas del guardó. Vet ací perquè: les tendències que consideren l’atac a Gaza mera legítima defensa –i les crítiques a Israel, expressió d’antisemitisme– empren el televot com a arma ideològica. Així, la presidenta d’OK diario, proper a VOX, va fer-ne promoció explícita a favor d’Israel; la vice-secretària d’educació del PP publicà un post on afirmava que “un any més” votaria per Israel “sense haver-ne escoltat la cançó”. 
Doncs bé: en veure les solistes israelianes que han interpretat els temes de les dues darreres edicions, no puc evitar l’esgarrifança. Pense al fotomuntatge de Martha Rosler. L’entorn futurista i les sofisticades vestimentes, brillants com de trinca, no poden amagar els milers de cadàvers sota escombraries, dones, nens i homes, la major part civils, que han mort arran dels bombardejos: ja més de 50.000 persones. 

Front el malestar creixent expressat a diversos dels països participants en Eurovisió –encapçalats per Espanya i Bèlgica–, el director de la UER, Martin Green, ha afirmat en una carta oberta que es pren amb seriositat les queixes. Llavors ha fet revisar el procediment tècnic del televot i ha constatat que és del tot transparent. Al voltant del tema de fons, cap referència. Recordem que a l’article 1.2.2 del reglament del festival s’explicita que “no es permeten lletres, discursos o gestos de natura política o semblant”.
Tanmateix, que Israel hi participe com si no res és un acte polític. Amagar-se rere els detalls tècnics és un acte polític. Fer ulls clucs és un acte polític. Es tracta però d’una política indecent. Farà bé RTVE a prosseguir la seua línia crítica, més encara: farà bé a no participar en el festival mentre ho faça Israel i prosseguisca la massacre a Gaza. Amb això, clar, no s’aconseguirà molt. Les dones palestines seguiran cridant al cel mentre els seus infants moren en la por i la brutícia i eixes altres dones –les estreles d’Israel– canten envoltades de sofisticació i llum a l’auditori del festival. Però no volem acostumar-nos-hi. 
Cal actuar a favor de les víctimes. La responsabilitat dels governs és enorme; la història hi demanarà comptes, com ho feu als criminals nazis que ara imita el govern de Netanjahu. També nosaltres podem fer gestos: per exemple, deixar de comprar productes d’empreses israelianes (veure www.bdsmovement.net/es). I, si més no, totes i tots tenim la paraula per a oposar-nos a aquesta bogeria.
No mirem cap a altre lloc. Hom no ha d’acostumar-se a la barbàrie.

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En la imatge, missatge emès per RTVE abans de la retransmissió del festival d'Eurovisió, passat 17 de maig.

domingo, 13 de abril de 2025

El sombrío espejismo de la guerra justa

 

  











Un espejismo promete algo que no existe. En el desierto, es anuncio del agua de la que se tiene urgente necesidad. Pero se trata solo de una apariencia, de una visión halagadora que encubre el vacío. Nos engaña.

 

La guerra es espejismo del regreso. Se piensa que favorecerá la vuelta a una situación previa –existida de hecho o idealizada– que se desea ardientemente. Pero una vez estalla la guerra, ese paraíso no llega nunca. En la primera guerra mundial, los jóvenes del imperio austrohúngaro, inflamados de patriotismo, iban al frente pensando que en pocas semanas volverían a casa; en la segunda, Adolf Hitler maquinó una invasión relámpago que resolvería una delirante exigencia de espacio para la raza aria; el 24 de febrero de 2022, Vladímir Putin anunció a sus conciudadanos una operación estratégica que tardaría poco en tener éxito. Como dice Judith Holofernes en una de sus canciones, “No sé cómo se acaba una guerra, / sólo cómo se empieza”. Se siguen de ella hileras de muertos, poblaciones macilentas y exhaustas, daños ingentes, desesperanza.

La guerra es espejismo de la paz. En su obra Sobre la paz perpetua (1795), Immanuel Kant subrayó que una de las condiciones ineludibles para poner las bases de la paz se encuentra en el modo de hacer la guerra: las hostilidades no han de llegar a ser tales que imposibiliten la confianza mutua. Romper los acuerdos, maltratar a los prisioneros o humillar a las poblaciones vencidas siembra el germen de un nuevo conflicto. Así, las reparaciones exigidas a Alemania tras la primera guerra mundial abonaron el resentimiento de donde surgió el populismo nacionalsocialista. He aquí un ejemplo paradigmático de cómo los conflictos bélicos generan su descendencia a través del rencor de los vencidos; un rencor, sin embargo, difícilmente evitable.

 

La guerra es espejismo de una causa humanitaria. En el mejor de los casos, con ella se defiende la vida y la dignidad de personas queridas que, con razón, no se puede dejar en la estacada. Sin embargo, en el otro bando también hay personas –militares y civiles– que se han visto arrastradas a una situación de lucha. Las armas se descargan siempre sobre seres humanos que en su mayor parte no han decidido empezar el conflicto. Por ello son numerosos los relatos de militares que han visto con pavor las propias manos manchadas de sangre de inocentes. Las memorias de Ron Kovic a raíz de su participación en la guerra del Vietnam, llevadas al cine por Oliver Stone en Nacido el 4 de julio (1989), constituyen un botón de muestra de esa toma de conciencia.

Como sucede en los espejismos, en el caso de la guerra justa hay una franja intermedia. Algunas guerras responden a situaciones donde no reaccionar daría lugar a una injusticia aún más terrible. Hoy diríamos que se trata de los conflictos iniciados por potencias totalitarias que persiguen someter a sangre y fuego, hasta la aniquilación incluso, a determinadas poblaciones. Por ello existe una venerable doctrina, cultivada desde la Antigüedad y articulada en la Edad Media, sobre las condiciones que ha de cumplir la legítima defensa.

Como en otros asuntos, el metro de platino iridiado se halla en la obra de Tomás de Aquino. Son diversos los requisitos para que una guerra pueda venir considerada legítima: entre ellos, que se trate de una de defensa; que se desarrolle con probabilidad de éxito y como último recurso; que se empleen medios proporcionales; que termine tan pronto como sea posible restaurar la paz.

 

A esta luz, la invasión de Ucrania por el gobierno de Putin no puede ser considerada justa bajo ningún punto de vista. Se trata de un ataque desproporcionado, impulsado por un delirante sueño imperial según el cual Rusia estaría encabezando la lucha contra el perverso Occidente. Tampoco es justa la guerra desencadenada por el gobierno de Benjamin Netanjahu en Palestina. Aunque constituye una reacción a un execrable atentado terrorista de Hamás en el que murieron 850 israelíes, la desproporción de los medios empleados –que ya han costado la vida a más de 45 000 palestinos– le ha privado de legitimidad hace ya tiempo. En ambos casos, además, el encarnizamiento en la prosecución añade crueldad.

La doctrina mencionada permite moverse en el espacio de niebla entre la oscuridad y la luz. Con ella se ha buscado hacer cuentas con la realidad del mal en el mundo. De ahí que contraponer las políticas de defensa al pacifismo resulte superficial. Una guerra tal sirve para evitar males mayores –¿qué habría pasado si Hitler hubiese ganado la segunda guerra mundial?– y constituye, pues, un mal menor. Sin embargo, no es en sí misma un bien que haya de ser perseguido.

 

La reflexión teológica, en cuyo marco nació dicha doctrina, ofrece otras pistas. La vida de Jesús muestra una vara de medida diferente. Su respuesta a una pregunta de Poncio Pilato sirve como botón de muestra. Cínicamente interrogado sobre la inacción de los suyos –si él era rey, por qué sus soldados no venían a auxiliarlo–, Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). El bien no se difunde imponiéndose por la fuerza. Es ajeno a la violencia; edifica y no destruye. El bien deseable por sí mismo es la paz. Y, por ello, “bienaventurados los que trabajan por la paz” (Mt 5, 9). Desde aquí se puede enlazar con la teología de la paz en san Francisco de Asís, Bartolomé de las Casas o Erasmo de Rotterdam y, en época más reciente, con autores como Dietrich Bonhoeffer, Carl Friedrich von Weizsäcker, Eberhard Jüngel y Jürgen Moltmann, o con el magisterio del Papa Francisco.

La paz no se construye por medio de la guerra. Las sociedades modernas han de crear las condiciones, sí, para defenderse en caso de ataque; las instancias políticas deben actuar de forma realista, sin escatimar recursos; si llega el caso, han de emplearlos de manera proporcionada y reparando en la población civil de todas las partes en conflicto. Socorrer a los seres queridos es honesto y valeroso: se trata entonces de una legítima defensa. No obstante, y a la misma vez, dicha defensa constituye el momento dialéctico de una realidad perversa, que hay que abordar en su raíz. Por sí misma, la guerra produce destrucción, pone obstáculos a la paz y conculca la dignidad humana. No existe la guerra justa: se trata sólo de un sombrío espejismo.

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Artículo propio publicado en la revista Cresol (enero-marzo de 2025, páginas 26-27). En la imagen, obra de Martha Rosler perteneciente a la serie Casa hermosa. Llevando la guerra al hogar (House Beautiful. Bringing the War Home, 1967-1972, Instituto Valenciano de Arte Moderno).


jueves, 27 de marzo de 2025

L'ombrívol miratge de la guerra justa

  












Un miratge promet quelcom que no existeix. Al desert, és l’anunci de l’aigua de la qual hom té fretura urgent. Però constitueix una mera semblança, una visió afalagadora que amaga el buit. Ens enganya.

La guerra és miratge del retorn. Hom pensa que afavorirà la tornada d’una situació prèvia –existida o idealitzada– que desitja ardentment. Però un cop esclata, eixe paradís mai no arriba. En la primera guerra mundial els joves de l’imperi austrohongarès, abrandats de patriotisme, anaven al front tot pensant que en poques setmanes tornarien a casa; en la segona, Adolf Hitler maquinà una invasió llampec que resoldria una delirant exigència d’espai per a la raça ària; el 24 de febrer del 2022, Vladímir Putin anuncià als seus conciutadans una operació estratègica que trigaria poc a reeixir. Com diu Judith Holofernes en una seua cançó, “No sé com s’acaba una guerra, / només com s’enceta”. En deriven reguitzells de morts, poblacions esquifides i exhaustes, danys ingents, desesperança.
La guerra és miratge de la pau. En la seua obra Cap a la pau perpètua (1795), Immanuel Kant subratllà que una de les condicions ineludibles per a posar les bases de la pau es troba ja en el mode de fer la guerra: les hostilitats no han d’esdevenir tals que facen impossible la confiança mútua. El trencament dels acords, el maltractament dels presoners o la humiliació de les poblacions vençudes sembren el germen d’un nou conflicte. Així, les reparacions exigides a Alemanya rere la primera guerra mundial varen adobar el ressentiment d’on va sorgir el populisme nacionalsocialista. Heus ací un exemple paradigmàtic de com els conflictes bèl·lics generen la seua descendència mitjançant la rancúnia dels vençuts; una rancúnia però difícilment evitable.

La guerra és miratge d’una causa humanitària. En el millor dels casos, amb ella es defensa la vida i la dignitat de persones benvolgudes, que amb raó no es pot deixar en l’estacada. Tanmateix, a l’altre bàndol hi ha també persones –militars i civils– que s’han vist arrossegades a una situació de lluita. Les armes es descarreguen sempre sobre éssers humans que en la seua major part no han decidit encetar el conflicte. Per ço són nombrosos els relats de militars que han vist amb esglai les pròpies mans tacades de sang d’innocents. Les memòries de Ron Kovic arran de la seua participació en la guerra del Vietnam, dutes al cinema per Oliver Stone en Nascut el 4 de juliol (1989), constitueixen un botó de mostra d’eixa presa de consciència.
Com succeeix als miratges, en el cas de la guerra hi ha una franja intermèdia. Hi ha guerres que responen a situacions en què no reaccionar donaria lloc a una injustícia encara més esgarrifosa. A hores d’ara diríem que es tracta dels conflictes iniciats per potències totalitàries que persegueixen el sotmetiment de poblacions a sang i foc i fins i tot el seu anorreament. Per ço existeix una venerable doctrina, conreada des de l’Antiguitat i articulada en l’Edat mitjana, sobre les condiciones que ha de complir la legítima defensa.
Com en altres assumptes, el metre de platí irídic es troba a l’obra de Tomàs d’Aquino. Són diversos els requisits per a que una guerra puga venir considerada legítima: entre ells, tractar-se d’una de defensa; ser duta endavant amb probabilitat d’èxit i com a darrer recurs; emprar mitjans proporcionals; cloure’s tan aviat com siga possible restaurar la pau.

A aquesta llum, la invasió d’Ucraïna pel govern de Putin no pot ser considerada justa sota cap punt de vista. Es tracta d’un atac desproporcionat, impulsat per un esbojarrat somni imperial segons el qual Rússia estaria encapçalant la lluita contra el pervers Occident. Tampoc no és justa la guerra duta endavant pel govern de Benjamin Netanjahu a Palestina. Tot i constituir la reacció a un execrable atemptat terrorista de Hamàs on moriren 850 israelians, la desproporció dels mitjans emprats –que ja han costat la vida a més de 45 000 palestins– fa temps que n’ha llevat tota legitimitat. En ambdós casos, a més a més, l’acarnissament en la prossecució hi afegeix crueltat.
La doctrina esmentada permet moure’s en l’espai de boira entre la foscor i la llum. Amb ella s’ha pretès fer els comptes amb la realitat del mal en el món. D’ací que contraposar les polítiques de defensa al pacifisme resulti superficial. Una guerra tal serveix per a evitar mals majors –què hauria succeït si Hitler hagués guanyat?– i constitueix doncs un mal menor. Ara bé: no és en si mateixa un bé que haja de ser perseguit.

La reflexió teològica en el marc de la qual va néixer dita doctrina ofereix altres pistes. La vida de Jesús mostra una vara de mesura diversa. La seua resposta a una pregunta de Ponç Pilat serveix a tall de botó de mostra. Cínicament interrogat sobre la inacció dels seus –si ell era rei, per què els seus soldats no venien a auxiliar-lo–, Jesús respongué: “El meu regne no és dels d’aquest món” (Jn 18, 36). El bé no es difon imposant-se per la força. És aliè a la violència; edifica i no destrueix. El bé desitjable per si mateix és la pau. I, per ço, “benaurats els que treballen per la pau” (Mt 5, 9). Per ací es pot enllaçar amb la teologia de la pau en sant Francesc d’Assís, Bartolomé de Las Casas o Erasme de Rotterdam i, en època més recent, amb autors com ara Dietrich Bonhoeffer, Carl Friedrich von Weizsäcker, Eberhard Jüngel i Jürgen Moltmann o amb el magisteri del papa Francesc.
La pau no es construeix mitjançant la guerra. Les societats modernes han de crear, sí, les condicions per a defensar-se en cas d’atac; les instàncies polítiques han d’actuar de forma realista, sense escatimar-hi recursos; si hi arriba el cas, han d’emprar-los de mode proporcionat i parant esment a la població civil de totes les parts en conflicte. Socórrer els éssers estimats és honest i valerós: es tracta llavors d’una defensa legítima. Tanmateix, i alhora, dita defensa constitueix un moment dialèctic d’una realitat perversa, que cal abordar en les seves arrels. La guerra en si mateixa produeix destrucció, posa entrebancs a la pau i conculca la dignitat humana. No hi ha guerra justa: es tracta només d’un ombrívol miratge.

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Article propi publicat a la revista Cresol (gener-marz del 2025, pàgines 26-27). En la imatge, obra de Martha Rosler pertanyent a la sèrie Casa bonica. Portant la guerra a la llar (House Beautiful. Bringing the War Home, 1967-1972, Institut Valencià d'Art Modern).