domingo, 8 de marzo de 2026

Trump i el Lebensraum

 


Quan Adolf Hitler i el seu exèrcit desfilaren per la Ringstraße de Viena, els aclamà una gentada de desenes de milers. Hi veien el reunificador del poble de mateixa parla, una promesa de prosperitat, la mà forta que podria fer de nou gran el país. Hi ha diferències essencials entre eixe escenari i el que Donald Trump ha engegat al Veneçuela amb l’atac de dissabte 3 de gener. Ací no es tracta pas d’una annexió. Nicolás Maduro és un dictador feroç que ha fet de la corrupció, la tortura i la violència el seu modus operandi; del 2024 ençà es manté al poder de forma il·legítima. No els manca raó a milions de veneçolans que per tot arreu celebren la seua detenció. Com m’escriu un meu benvolgut amic, immigrant veneçolà a València: «Todo sea por un bien».

Tanmateix, no sembla gens clar que tot siga per a bé. La Constitució estatunidenca estableix que un atac militar ha de rebre el vistiplau en seu parlamentària. Trump no ha exposat els seus plans al congrés: sabia que no vindrien recolzats amb majoria suficient. Les raons que al·lega per a la intervenció resulten fal·laces. Ni els opiacis –com ara el fentanil– que han produït estralls a diverses ciutats estatunidenques no provenen majoritàriament de Veneçuela, ni el país caribeny posseeix cap poder per a desestabilitzar la seguretat nacional.

Trump vol imposar la pròpia llei al pati del darrere de casa. Li mou l’objectiu evident del guany. Vol el petroli veneçolà –de retruc, negat a la Xina– i, amb ell, espai vital per a l’economia estatunidenca. Vol Lebensraum. I ha optat per arrabassar-lo amb la violència. Vet ací una volta de femella a la doctrina Monroe i al corol·lari que hi afegí Theodor Roosevelt, el 1904, justament arran del bloqueig naval al Veneçuela. En l’Estratègia de Seguretat Nacional publicada el passat novembre es va recollir el «corol·lari de Trump a la doctrina Monroe». Aquest inclou «establir o expandir l’accés a indrets estratègicament importants» (p. 16).

Tot això succeeix dins d’una grollera barreja entre allò públic i allò privat. La roda de premsa rere la invasió no s’ha tingut a cap edifici del govern, sinó a la mansió de Trump en Mar-a-Lago. Lluny d’exposar un precís full de ruta, ha amollat que els Estats Units «will run Venezuela»: en prendran el control. N’hi ha prou amb comprovar com s’han desestabilitzat amples regions arran de les operacions estatunidenques a Afganistan o Iraq, i les esfereïdores conseqüències globals d’això, per a adonar-se de l’extrema perillositat de tals intervencions.

La ineptitud diplomàtica de Trump i del seu equip només té parangó amb el seu agosarament. Han fet ulls clucs a totes les normes vigents: les de la democràcia estatunidenca i les del dret internacional. S’acosten així, encara més, al Vladímir Putin que envaí Ucraïna en cerca de Lebensraum. Vet ací l’esglaiadora convergència entre dictadors d’ahir i ara.

Malauradament, la joia dels nostres germans veneçolans pot no trigar gaire a donar pas a la constatació del caos. Nosaltres els desitgem, de tot cor, el millor. A hores d’ara però, allò cert és que s’ha trepitjat la legalitat a la vista de tothom. I això no fa esperar res de bo.


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Article propi publicat al diari Levante (05/01/2026). 

 

Trump y el Lebensraum

 










Cuando Adolf Hitler y su ejército desfilaron por la Ringstraße de Viena, una multitud de decenas de miles los aclamó. En él veían al reunificador del pueblo de la misma lengua, una promesa de prosperidad; la mano fuerte que podría, de nuevo, hacer grande al país. Hay diferencias esenciales entre ese escenario y el que Donald Trump ha puesto en marcha en Venezuela con el ataque del sábado 3 de enero. No se trata ya aquí de una anexión. Nicolás Maduro es un dictador feroz que ha hecho de la corrupción, la tortura y la violencia su constante modo de actuar; desde el 2024 se mantiene en el poder de forma ilegítima. No les falta razón a millones de venezolanos que celebran su detención por todas partes del mundo. Como me escribe un querido amigo, inmigrante venezolano en Valencia: «Todo sea por un bien».

Sin embargo, no parece nada claro que todo sea para bien. La Constitución estadounidense establece que un ataque militar ha de recibir el visto bueno en sede parlamentaria. Trump no ha expuesto sus planes al congreso: sabía que no los respaldaría con mayoría suficiente. Las razones que alega para la intervención resultan falaces. Ni los opiáceos como el fentanilo, que han producido estragos en varias ciudades estadounidenses, provienen mayoritariamente de Venezuela, ni el país caribeño posee poder alguno para desestabilizar la seguridad nacional. 

Trump quiere imponer la propia ley en el patio de atrás de casa. Le mueve el objetivo evidente de la ganancia. Quiere el petróleo venezolano –que, de rebote, se le niega a China– y, con él, espacio vital para la economía estadounidense. Quiere Lebensraum. Y ha optado por arrebatarlo con la violencia. He aquí una vuelta de tuerca a la doctrina Monroe y al corolario que le añadió Theodor Roosevelt, en 1904, justamente a raíz del bloqueo naval a Venezuela. En la Estrategia de Seguretat Nacional publicada el pasado noviembre se recogió el «corolario de Trump a la doctrina Monroe». Éste incluye «establecer o expandir el acceso a enclaves estratégicamente importantes» (p. 16).

Todo ello sucede dentro de una grosera mezcla entre lo público y lo privado. Tras la invasión, la rueda de prensa no tuvo lugar en ningún edificio del gobierno, sino en la mansión de Trump en Mar-a-Lago. Lejos de exponer una precisa hoja de ruta, soltó que los Estados Unidos «will run Venezuela»: tomarán el control. Basta con comprobar cómo se han desestabilizado amplias regiones a raíz de las operaciones estadounidenses en Afganistán o Irak, y sus espeluznantes consecuencias globales, para darse cuenta de la extrema peligrosidad de tales intervenciones. 

La ineptitud diplomática de Trump y de su equipo sólo tiene parangón con su osadía. Han cerrado los ojos a todas las normas vigentes: las de la democracia estadounidense y las del derecho internacional. Se acercan así, aún más, al Vladimir Putin que invadió Ucrania en búsqueda de Lebensraum. He aquí la sobrecogedora convergencia entre dictadores de antes y de ahora.

Por desgracia, la alegría de nuestros hermanos venezolanos puede no tardar demasiado en dar paso a la constatación del caos. Nosotros les deseamos, de todo corazón, lo mejor. Ahora bien: en estos momentos, lo cierto es que se ha violado la legalidad a la vista de todo el mundo. Y eso no hace esperar nada bueno.


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Artículo propio publicado en el diario Levante (05/01/2026). 

domingo, 8 de febrero de 2026

El escándalo de la pobreza y la salida hegeliana




Text original en valencià

Mi querido Higinio Marín ha publicado recientemente un artículo en estas páginas: «El miedo obliga» (Levante-EMV, 07/09/2025). En pocas palabras, y en las mías, su tesis es que lo que no consiguió la ética lo logrará el miedo: el primer mundo no remediará el escándalo de la pobreza por convencimiento moral, sino para que no lo fagociten las masas empobrecidas. Con 'pobreza' no me refiero aquí sólo al hambre y a la carencia de bienes esenciales para la subsistencia biológica: también a la miseria cultural y al desposeimiento de derechos. La tesis de Marín concierne, entre otros, al fenómeno migratorio: será por miedo al inmigrante que los países pudientes se darán cuenta de veras de que hay que promover el tejido político y económico de los territorios de donde aquél proviene. Y es que «ante la inmigración no hay solución perdurable que no sea también una solución para todos: acabar con la pobreza que la causa».

Se trata de una idea enraizada en el pensamiento moderno. Yo diría que en el trasfondo se hallan, al menos, dos hilos conductores. Fue Immanuel Kant quien señaló cómo incluso la vertiente más oscura de la condición humana –no ya pan de ángel, sino leño retorcido– contribuye al progreso de la historia. Lo hace por una astucia de la razón entrelazada con la búsqueda de la propia subsistencia: la supervivencia del individuo sólo viene garantizada si nos encontramos al abrigo de la hostilidad. Se entrevé aquí el papel del miedo hobbesiano al que Marín alude. Ese hilo conductor se radicaliza en la epopeya hegeliana de la historia. Para Georg W. F. Hegel, el movimiento histórico implica negación, contraposición, conflicto; es de ese engranaje dramático que emerge una superación real y efectiva. La historia no deviene lineal sino dialécticamente.

El argumento expuesto por Marín parece conectar con ambos hilos conductores. Formaría parte de la narrativa histórica, aquí y ahora al menos, que lo que la concienciación moral no ha podido lograr –combatir el escándalo de la pobreza en su raíz– sea promovido por el miedo al inmigrante.

Y, sin embargo, creo que esa conexión sólo es aparente.

Para Kant, el progreso humano se da si la acción brota de una intención propiamente ética. Ahora bien, remediar la miseria por conveniencia no viene movido por tal intención. Se podría objetar –y tengo razones para creer que Marín no lo haría– que lo que interesa ahora es la dialéctica histórica y no el talante moral. No obstante, yo diría que ese movimiento narrativo –la promoción del tercer mundo a raíz del miedo al inmigrante– encubre una dialéctica inoperante. El motivo es que no procede del haberse hecho cargo de lo real, de un reconocimiento del otro: es pura autorreferencialidad, apariencia sin avance real, onanismo trumpiano. Se mueve en la mera superficie. Por eso, cuando se dice: «Puede ser que la historia nos conduzca hacia donde no habríamos ido por nosotros mismos», me parece que ese «hacia donde» no señala un lugar de superación y progreso, sino un mero tránsito hacia una involución: un espejismo.

La auténtica dialéctica implica hacerse cargo de lo otro, digerirlo en la conciencia histórica. La crisis migratoria es hija de la radicalización del marco neocapitalista y de sus vicios estructurales. El capitalismo salvaje arraiga en la dinámica de acumulación de bienes y poder, en la explotación del ser humano y de la naturaleza; por eso se opone a la vida, ahoga su pluralidad y agota sus capacidades. Superar la oposición entre vida y capitalismo extractivo quiere decir caminar hacia una cultura del reconocimiento, de la mutua pertenencia, que sólo puede enraizarse en la conciencia de que el otro es otro yo. Quiere decir luchar contra la alienación, pasar del yo al nosotros. Sin esa conciencia de cohumanidad no hay auténtica dialéctica ni progreso duradero: apenas ha pasado el miedo, caen las máscaras y se vuelve a lo de antes.

Y, sin embargo, otra manera de vivir es posible. La historia alberga ese corazón dialéctico movido por el reconocimiento del otro. Éste palpita más fuerte: y es que lo mueve la sangre de la humanidad entera, sin exclusiones de ningún tipo. El propio Marín lo ha puesto de relieve en otros lugares. La condición humana tiene una raíz más profunda que el miedo.

 

Artículo propio publicado en el diario Levante (23/09/2025, p. 4). En la imagen, fotomontaje de Josep Renau conservado en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM). 

 

lunes, 8 de diciembre de 2025

L'escàndol de la pobresa i l'eixida hegeliana







El meu benvolgut Higinio Marín ha publicat recentment un article a aquestes pàgines: «El miedo obliga» (Levante-EMV, 07/09/2025). Ras i curt, i en les meues paraules, la seua tesi és que allò que no va assolir l’ètica ho aconseguirà la por: el primer món no posarà remei a l’escàndol de la pobresa per convenciment moral, sinó per a que no el fagociten les masses empobrides. Amb ‘pobresa’ em referisc ací no només a la fam i la manca de bens essencials per a la subsistència biològica; també a la misèria cultural i al desposseïment de drets. La tesi de Marín concerneix, entre altres, el fenomen migratori: serà per por a l’immigrant que els països benestants s’adonaran de debò que cal promoure el teixit polític i econòmic dels territoris d’eixida dels emigrants. Doncs «ante la inmigración no hay solución perdurable que no sea tambien una solución para todos: acabar con la pobreza que la causa».

           Es tracta d’una idea arrelada al pensament modern. Jo diria que en el rerefons n’hi ha almenys dos fils. Fou Immanuel Kant a assenyalar com fins i tot el vessant més fosc de la condició humana –no ja pa d’àngel, sinó fusta retorçuda– contribueix al progrés de la història. Ho fa per una astúcia de la raó entrellaçada amb la cerca de la pròpia subsistència: la supervivència de l’individu sols ve garantida si hom es troba a l’abric de l’hostilitat. Ací s’albira el paper de la por hobbessiana esmentada per Marín. Eixe fil ve radicalitzat en l’epopeia hegeliana de la història. Per a Georg W. F. Hegel, el moviment històric implica negació, contraposició, conflicte; és d’eixe engranatge dramàtic que emergeix una superació real i efectiva. La història no s’esdevé linealment sinó dialècticament.

           L’argument exposat per Marín sembla connectar amb ambdós fils. Faria part de la narrativa històrica, almenys ací i ara, que allò que la conscienciació moral no ha pogut assolir –doncs combatre l’escàndol de la pobresa a la seua arrel– vinga promogut per la por a l’immigrant.

           I, tanmateix, crec que eixa connexió és sols una semblança.

           Per a Kant, només hi ha progrés humà si l’acció brolla d’una intenció pròpiament ètica. Ara bé, posar remei a la misèria per conveniència no ve mogut per una tal intenció. Es podria objectar –i tinc raons per a creure que Marín no ho faria– que allò que interessa ara és la dialèctica històrica i no pas el seu tarannà moral. Nogensmenys, jo diria que eixe moviment narratiu –la promoció del tercer món arran de la por a l’immigrant– encobreix una dialèctica inoperant. El motiu és que no prové d’un fer-se càrrec d’allò real, d’un reconeixement de l’altre: és pura auto-referencialitat, aparença sense avanç real, onanisme trumpià. Es mou en la mera superfície. Per això, quan es diu: «Puede ser que la historia nos conduzca hacia donde no habríamos ido por nosotros mismos», em sembla que eixe «hacia donde» no assenyala un lloc de superació i progrés, sinó un mer trànsit cap a una involució: un miratge.

          La veritable dialèctica comporta fer-se càrrec d’allò altre, digerir-lo en la consciència històrica. La crisi migratòria és filla de la radicalització del marc neocapitalista i dels seus vicis estructurals. El capitalisme salvatge s’arrela a la dinàmica d’acumulació de bens i poder, a l’explotació de l’ésser humà i de la natura; per açò s’oposa a la vida, n’ofega la pluralitat i n’exhaureix les capacitats. Superar l’oposició entre vida i capitalisme extractiu vol dir anar cap a una cultura del reconeixement, de la mútua pertinença, la qual només es pot arrelar a la consciència que l’altre és un altre jo. Vol dir lluitar contra l’alienació, passar del jo al nosaltres. Sense eixa consciència de co-humanitat no hi ha veritable dialèctica ni progrés durador: a penes ha passat la por, cauen les màscares i es torna a allò previ.

          Tanmateix, altra manera de viure és possible. La història cobeja eixe cor dialèctic, mogut pel reconeixement de l’altre. Aquest bateja més fort: i és que el mou la sang de la humanitat sencera, sense exclusions de cap mena. El propi Marín l’ha posat en relleu a altres llocs. La condició humana té una arrel més pregona que la por.
 

Article propi publicat al diari Levante (23/09/2025, p. 4). En la imatge, fotomuntatge de Josep Renau conservat a l'Institut Valencià d'Art Modern (IVAM). 

 

sábado, 20 de septiembre de 2025

Trump y Mazón, contra el conocimiento



    







Un espacio de resistencia: así consideran a la Universidad Donald Trump y los suyos. He aquí por qué pretenden ahogar a la rebelde Harvard denegando el acceso a los extranjeros o recortando sus fondos públicos. Trump ha logrado récords. Después de culpar a los gobiernos precedentes del pretendido declive de los Estados Unidos, sus falsedades, decisiones y omisiones han hundido la economía hasta niveles pandémicos; han generado una inseguridad social nunca vista desde la caza de brujas; han producido una desconfianza inédita entre los países aliados; han respaldado el bárbaro ataque de Vladimir Putin a Ucrania y al genocidio que Benyamin Netanjahu está llevando a cabo en Gaza.

    La embestida a la Universidad reaviva una lucha secular entre civilización y barbarie. Para el tirano, el conocimiento encierra un peligro: acrece el poder de aquellos a los que quiere someter. Por ello hay que desprestigiar a la Universidad, como antes hubo que lanzar fango sobre la credibilidad de los medios de comunicación. A cambio, convienen redes sociales de amigos oligarcas, como Elon Musk; ya hemos podido darnos cuenta de hasta qué punto se trataba de amistad por conveniencia.

    Con la DANA, Carlos Mazón se ha revelado como aprendiz de Trump. Ha culpado a otros: los técnicos, el gobierno actual, los anteriores. Se ha manifestado por elecciones anticipadas; él, que no se ha movido un ápice tras la manifestación más numerosa en la historia de la ciudad de Valencia. Y ha menospreciado el conocimiento, ya el mismo 29 de octubre. Mientras el jefe de la AEMET en Valencia, José Ángel Núñez, reiteraba con datos fehacientes el peligro a las puertas, Mazón afirmaba a mediodía que la DANA iba a virar hacia Cuenca. Mientras la rectora de la Universidad de Valencia, junto con el comité de emergencias, había decretado cerrar los campus a las 21:00 h. de la víspera, él lo tildaba de exagerado antes de irse a comer. Mientras a las 15 h. el servicio de meteorología de À Punt, dirigido por Victoria Rosselló, pedía a los telespectadores que no saliesen de casa, la alarma del Centro de Coordinación no llegaba hasta las 20:11 h. 

    La decisión de Mavi Mestre y de su comité disminuyó el caos y quién sabe cuántas muertes evitó. Los equipos de Núñez y Rosselló no lograron la influencia necesaria: cuál no sería su angustia al darse cuenta de que no les escuchaban. Ni la ciencia ni la Universidad ni los medios de comunicación fueron tenidos en cuenta.

    En el trasfondo, la lucha por el poder. Perderlo resulta arriesgado cuando se tienen causas judiciales. Por ello, autócratas como Vladimir Putin, Benyamin Netanjahu y Donald Trump se aferran a él con uñas y dientes. Harían bien Carlos Mazón y su gobierno en dejar la Generalitat en un gesto digno de la honorabilidad del cargo. Y, sin embargo, no se trata sólo de dirigentes: hay élites que menosprecian la democracia. Todos ellos se encontrarán delante la Universidad, donde se promueve la libertad fundamentada en el conocimiento. En una cosa tienen razón: es un espacio de resistencia.


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Artículo propio publicado en el diario Levante (03/07/2025, p. 4). En la imagen, una instantánea que capté durante la manifestación que tuvo lugar en la capital valenciana el 9 de noviembre de 2024. 



Trump i Mazón, contra el coneixement

 


    







Un espai de resistència: així consideren la Universitat Donald Trump i els seus. Heus ací perquè pretenen ofegar la rebel Harvard tot denegant-hi l’accés a estrangers o retallant-ne els fondos públics. Trump ha assolit rècords. Després de culpar els governs precedents del pretès declivi dels Estats Units, les seues falsedats, decisions i  omissions n’han enfonsat l’economia fins a nivells pandèmics; han generat una inseguretat social mai vista des de la caça de bruixes; han produït una desconfiança inèdita entre els països aliats; han donat suport al bàrbar atac de Vladímir Putin a Ucraïna i al genocidi que Benjamin Netanjahu duu endavant a Gaza.

    L’envestida a la Universitat reviscola una lluita secular entre civilització i barbàrie. Per al tirà, el coneixement encerra un perill: acreix el poder d’aquells que vol sotmetre. Per ço cal desprestigiar la Universitat, com abans calgué llençar fang sobre la credibilitat dels mitjans de comunicació. A canvi, convenen xarxes socials d’oligarques amics, com ara Elon Musk; ja ens hem pogut adonar de fins a quin punt era amistat per conveniència.

    Amb la DANA, Carlos Mazón s’ha revelat macip de Trump. Ha culpat altres: els tècnics, el govern actual, els anteriors. S’ha manifestat per eleccions anticipades; ell, que no s’ha mogut rere la manifestació més nombrosa en la història del Cap i casal. I ha menyspreat el coneixement, ja el mateix 29 d’octubre. Mentre el cap de l’AEMET a València, José Ángel Núñez, reiterava amb dades fefaents el perill a les portes, Mazón afirmava a migdia que la DANA havia de virar cap a Conca. Mentre la rectora de la Universitat de València, junt amb el comitè d’emergències, havia decretat tancar els campus a les 21:00 h. del vespre, ell ho titllava d’exagerat abans d’anar-se’n a dinar. Mentre a les 15 h. el servei de l’oratge d’À Punt, dirigit per Victòria Rosselló, pregava els espectadors de no eixir de casa, l’alarma del Centre de Coordinació no arribava fins a les 20:11 h. 

    La decisió de Mavi Mestre i del seu comitè minvà el caos i qui sap quantes morts evità. Els equips de Núñez i Rosselló no assoliren la influència necessària: quina no seria la seua angoixa en adonar-se que no els escoltaven. Ni la ciència ni la Universitat ni els mitjans foren tinguts en compte.  

    En el rerefons, la lluita pel poder. Perdre’l resulta arriscat quan hom té causes judicials. Per ço autòcrates com ara Vladímir Putin, Benjamin Netanjahu i Donald Trump s’hi aferren amb ungles i dents. Farien bé Carlos Mazón i el seu govern a deixar la Generalitat en un gest digne de l’honorabilitat del càrrec. I, tanmateix, no es tracta només de dirigents: hi ha elits que menyspreen la democràcia. Tots ells es trobaran davant la Universitat, on es promou la llibertat fonamentada en el coneixement. En una cosa tenen raó: és un espai de resistència.


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Article propi publicat al diari Levante (03/07/2025, p. 4). En la imatge, una instantània que vaig captar en la manifestació celebrada el 9 de novembre del 2024 al Cap i Casal. 

domingo, 27 de julio de 2025

Vots que poden matar

  










Una cançó d’Ana Belén recreava el poder salvífic i destructiu alhora de l’aigua: «Aguas que mueven molinos / son las mismas aguas que pueden matar» (Planeta agua, del disc Ana en Río). Està en l’ordre de les coses que sovint ens mostren eixos dos vessants. Una de les moltes realitats d’eixa mena són els vots que es depositen en les urnes electorals: amb ells es pot promoure la vida; amb ells es pot infligir la mort.
El 20 de gener d’enguany, Donald Trump prengué possessió del càrrec de president dels Estats Units per segona vegada. L’havia votat el 49,80% de l’electorat. Es tractà d’una majoria ajustada: el 48,32% donà suport a la candidata demòcrata, Kamala Harris. Això, sobre una participació global del 64,1%: més d’un terç de la població censada no acudí a votar. Trump tornà al poder amb rancúnia no vetllada contra aquells que entrebancaren la seua primera legislatura, la que a aquestes mateixes pàgines vaig relacionar amb un esbojarrat aprenentatge (“Donald Trump, aprenent de bruixot”, Levante-EMV, 16/01/2021). Aquesta segona legislatura està duent-se a terme sense pietat cap a propis i estranys, amb el deliberat propòsit de bandejar qualsevol espai crític de resistència, des de la judicatura fins a la Universitat (veure “Trump i Mazón, contra el coneixement”, Levante-EMV, 30/06/2025).
Tanmateix, la càrrega mortífera dels vots que li han dut al poder s’està palesant ara. Amb l’encàrrec de dur a terme una retallada financera en les institucions de l’Estat, Elon Musk encetà el procés de desmantellament de diversos serveis; entre ells, l’Agència Estatunidenca per al Desenvolupament Internacional (en les sigles en anglès, USAID). La major part dels programes de la USAID han sigut tancats per exhauriment dels fondos a l’abast. Segons una recerca de The New York Times duta a terme amb funcionaris de l’agència que mantenen l’anonimat, sols els projectes en marxa més urgents haurien sigut represos; i açò, a instàncies del secretari d’Estat, Marco Rubio. Musk abandonà la seua tasca el 30 de maig; el dany però ja era fet. Tot plegat, llavors seguien actius només 891 programes dels 6.256 que hi havia el gener (“What remains of U.S.A.I.D.?”, The New York Times, 22/06/2025).
La revista científica The Lancet ha publicat una estimació de les conseqüències d’eixe desmantellament (“Evaluating the impact of two decades of USAID interventions and projecting the effects ofdefunding [...]”, 30/06/2025). Eren molts els projectes que s’hi finançaven: d’ajut a la infància, de suport sanitari, de seguretat alimentària, d’acollida als refugiats... L’estudi, signat per investigadores i investigadors d’Espanya, Estats Units, Brasil i Moçambic, projecta un escenari esborronador. Si no es reverteix la deriva, d’ací al 2030 podrien morir al voltant de catorze milions de persones en els països en vies de desenvolupament; d’elles, entre quatre i cinc milions podrien ser nenes i nens menors de cinc anys.
Vet ací perquè la cimera de Nacions Unides celebrada a Sevilla resulta transcendental. Cal trobar vies comunes per a socórrer milions d’éssers humans que pateixen mals extrems. Es tracta de pal·liar el deliri a què ha donat peu un allau de vots que, com en cascada, han reviscolat un dels pitjors malsons del segle. Trump i els seus macips de bruixot han desfermat forces gràvides de barbàrie: vots que poden matar.

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Article propi publicat al diari Levante (09/07/2025, p. 3). En la imatge, "Invasió" (2008), fotomuntatge de Martha Rosler de la sèrie Casa bonica: portant la guerra a la llar (Institut Valencià d'Art Modern). 






Votos que pueden matar

   










Una canción de Ana Belén recreaba el poder salvífico y, a la vez, destructivo del agua: «Aguas que mueven molinos / son las mismas aguas que pueden matar» (Planeta agua, del disco Ana en Río). Se halla en el orden de las cosas que, a menudo, nos muestren esas dos vertientes. Una de las muchas realidades de ese tipo son los votos que se depositan en las urnas electorales: con ellos se puede promover la vida; con ellos se puede infligir la muerte.
El 20 de enero de este año, Donald Trump tomó posesión del cargo de presidente de Estados Unidos por segunda vez. Le votó el 49,80% del electorado. Se trató de una mayoría ajustada: el 48,32% apoyaba a la candidata demócrata, Kamala Harris. Ello, sobre una participación global del 64,1%: más de un tercio de la población censada no acudió a votar. Trump regresó al poder con un rencor no velado contra quienes pusieron trabas a su primera legislatura, la que en estas mismas páginas relacioné con un aprendizaje delirante (“Trump, aprendiz de brujo”, Levante-EMV, 16/01/2021). Esta segunda legislatura está llevándose a cabo sin piedad hacia propios y extraños, con el deliberado propósito de poner al margen cualquier espacio crítico de resistencia, desde la judicatura hasta la Universidad (ver “Trump i Mazón, contra el coneixement”, Levante-EMV, 30/06/2025).
Sin embargo, la carga mortífera de los votos que le han llevado al poder se está evidenciando ahora. Con el encargo de llevar a cabo un recorte financiero en las instituciones del Estado, Elon Musk puso en marcha el desmantelamiento de distintos servicios; entre ellos, la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (en las siglas en inglés, USAID). Al agotarse los fondos a disposición, la mayor parte de los programas de USAID han sido clausurados. Según una investigación de The New York Times realizada entre funcionarios de la agencia, que mantienen el anonimato, se habrían recuperado sólo los proyectos en marcha más urgentes; y esto, a instancias del secretario de Estado, Marco Rubio. Musk abandonó su tarea el 30 de mayo; pero el daño ya estaba hecho. En ese momento, y en cifras globales, sólo seguían activos 891 programas de los 6.256 que existían en enero (“What remains of U.S.A.I.D.?”, The New York Times, 22/06/2025).
La revista científica The Lancet ha publicado una estimación de las consecuencias de dicho desmantelamiento (“Evaluating the impact of two decades of USAID interventions and projecting the effects of defunding [...]”, 30/06/2025). Eran muchos los proyectos que se financiaban: de ayuda a la infancia, de apoyo sanitario, de seguridad alimenticia, de acogida a los refugiados... El estudio, firmado por investigadoras e investigadores de España, Estados Unidos, Brasil i Mozambique, proyecta un escenario escalofriante: si no se revierte la deriva, desde ahora hasta 2030 podrían morir en torno a catorce millones de personas en los países en vías de desarrollo; entre ellas, entre cuatro y cinco millones podrían ser niñas y niños menores de cinco años.
He aquí por qué la cumbre de Naciones Unidas celebrada en Sevilla resulta trascendental. Hay que encontrar vías conjuntas para socorrer a millones de seres humanos que padecen males extremos. Se trata de paliar el delirio a que ha dado lugar una oleada de votos que, como en cascada, han reavivado una de las peores pesadillas del siglo. Trump y sus aprendices de brujo han desencadenado fuerzas grávidas de barbarie: votos que pueden matar.

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Artículo propio publicado en el diario Levante (09/07/2025, p. 3). En la imagen, "Invasión" (2008), fotomontaje de Martha Rosler de la serie Casa hermosa: trayendo la guerra al hogar (Instituto Valenciano de Arte Moderno). 






sábado, 28 de junio de 2025

No nos acostumbremos a la barbarie

 

 






En el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) se exponen valiosos fotomontajes de la artista estadounidense Martha Rosler. Uno de los más llamativos pertenece a la serie Casa hermosa: llevando la guerra al hogar. Se titula La cortina gris [he ilustrado con él la entrada previa]. Representa a una joven sofisticadamente vestida –al modo de una estrella clásica de Hollywood– que, con una gran sonrisa, descorre una cortina: detrás se puede ver una hilera de soldados, fuego, destrucción; en un rincón, una mujer harapienta y herida llora de rodillas. Los detalles nos permiten presentir la tragedia. La escena conmueve, produce pavor. Cuántas veces nuestro mundo deslumbrante oculta el sufrimiento de los últimos, de los olvidados.
Eurovisión se ha convertido en uno de los acontecimientos musicales globales más estimulantes. Todo contribuye a hacer de él un gran espectáculo: la conexión en directo de decenas de países, la osadía técnica de las puestas en escena, la ceremonia de las votaciones... Me encanta el desfile de lenguas, de registros culturales, en una competición incruenta y festiva que ha sustituido a las guerras cíclicas en nuestra vieja Europa. Me emociona desde el principio, cuando suena la maravillosa sintonía basada en el Te Deum de Marc-Antoine Charpentier.
Desde su primera edición, en 1956, el festival se ha consolidado como espacio de concordia y promoción de la tolerancia. Desde el 2022, su organizadora, la Unión Europea de Radiodifusión (UER), veta la participación de Rusia con un argumento: ante la invasión de Ucrania por parte del gobierno de Vladimir Putin, la televisión estatal rusa se ha convertido en una herramienta de propaganda y se ha coartado el libre periodismo. Cada año, la ausencia de Rusia nos recuerda que no estamos de acuerdo con el horror de muerte y sufrimiento desencadenado por su delirio imperialista. No es mucho, pero constituye un gesto simbólico grávido de dignidad. 

A raíz de un miserable ataque terrorista de la organización pro-palestina Hamás a Israel, el 2023, el gobierno de Benjamin Netanjahu inició una desproporcionada ofensiva a Gaza, ya devenida catástrofe humanitaria. Se trata de aniquilar a una población entera y de deportar a sus supervivientes; no resulta desencaminado hablar de limpieza étnica y genocidio. Ante el cinismo de Donald Trump, que ha respaldado el proyecto de deportación, y ante la blanda reacción de muchos países, está siendo el gobierno de España, en la estela de la Corte penal internacional, el que encabeza la reclamación de justicia para Palestina. Esto nos honra como país.
Entre medias, Israel sigue participando en Eurovisión como si nada. Más aún: en las últimas dos ediciones, el televoto le ha beneficiado, dejándolo a un paso del galardón. He aquí el porqué: las tendencias que consideran el ataque a Gaza mera legítima defensa –y las críticas a Israel, expresión de antisemitismo– emplean el televoto como arma ideológica. Así, la presidenta de OK diario, cercano a VOX, hizo promoción explícita a favor de Israel; la vicesecretaria de educación del PP publicó un post donde afirmaba que "un año más" votaría por Israel "sin haber escuchado la canción".
Pues bien: al ver a las solistas israelitas que han interpretado los temas de las dos últimas ediciones, no puedo evitar el escalofrío. Pienso en el fotomontaje de Martha Rosler. El entorno futurista y las vestimentas sofisticadas, como nuevas de brillantes, no pueden esconder los miles de cadáveres bajo los escombros, mujeres, niños y niñas, hombres, la mayor parte civiles, que han muerto a raíz de los bombardeos: ya más de 50.000 personas.

Frente al malestar creciente expresado en varios de los países participantes en Eurovisión –encabezados por España y Bélgica–, el director de la UER, Martin Green, ha afirmado en una carta abierta que se toma seriamente las quejas. Así que ha hecho revisar el procedimiento técnico del televoto y ha constatado que es del todo transparente. Sobre el tema de fondo, ninguna referencia. Recordemos que en el artículo 1.2.2 del reglamento del festival se explicita que "no se permiten letras, discursos o gestos de naturaleza política o equivalente".
Sin embargo, que Israel participe como si nada es un acto político. Esconderse tras los detalles técnicos es un acto político. Cerrar los ojos es un acto político. Se trata, eso sí, de una política indecente. Hará bien RTVE si prosigue su línea crítica, más aún: hará bien si no participa en el festival mientras lo haga Israel y prosiga la masacre en Gaza. Con ello, claro, no se conseguirá mucho. Las mujeres palestinas seguirán gritando al cielo mientras sus niños mueren en el miedo y la suciedad y esas otras mujeres –las estrellas de Israel– cantan envueltas de sofisticación y luz en el auditorio del festival. Pero no queremos acostumbrarnos. 
Hay que actuar a favor de las víctimas. La responsabilidad de los gobiernos es enorme; la historia les pedirá cuentas, como lo hizo a los criminales nazis que ahora imita el gobierno de Netanjahu. También nosotros podemos hacer gestos: por ejemplo, dejar de comprar productos de empresas de Israel (ver www.bdsmovement.net/es). Y, como mínimo, todas y todos tenemos la palabra para oponernos a esta locura.
No miremos a otro lado. No debemos acostumbrarnos a la barbarie.

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En la imagen, mensaje emitido por RTVE antes de la retransmisión del festival de Eurovisión, el pasado 17 de mayo.

No acostumem-nos a la barbàrie

 









Al l’Institut Valencià d’Art Modern s’exposen valuosos fotomuntatges de l’artista estatunidenca Martha Rosler. Un dels més cridaners pertany a la sèrie Casa bonica: portant la guerra a la llar. Es titula La cortina grisa [he il·lustrat amb ell l'entrada prèvia]. Representa una jove sofisticadament vestida –al mode d’una estrela clàssica de Hollywood– que amb un gran somriure descorre una cortina: darrere es pot veure una filera de soldats, foc, destrucció; a un racó, una dona esparracada i ferida plora en genolls. Els detalls ens permeten pressentir la tragèdia. L’escena commou, fa feredat. Quantes vegades el nostre món enlluernador amaga el patiment dels darrers, dels oblidats. 
Eurovisió s’ha convertit en un dels esdeveniments musicals globals més engrescadors. Tot contribueix a fer-ne un gran espectacle: la connexió en directe de desenes de països, l’agosarament tècnic de les posades en escena, la cerimònia de les votacions... M’encanta la desfilada de llengües, de registres culturals, en una competició incruenta i festiva que ha substituït les guerres cícliques a la nostra vella Europa. M’emociona des del principi, quan sona la meravellosa sintonia basada en el Te Deum de Marc-Antoine Charpentier.
Des de la seua primera edició, el 1956, el festival s’ha consolidat com a espai de concòrdia i promoció de la tolerància. Del 2022 ençà, la seua organitzadora, la Unió Europea de Radiodifusió (UER), hi veta la participació de Rússia amb un argument: front la invasió d’Ucraïna per part del govern de Vladímir Putin, la televisió estatal russa ha esdevingut eina de propaganda i s’ha coartat el periodisme lliure. Cada any, l’absència de Rússia ens recorda que no estem d’acord amb l'horror de mort i patiment desfermada pel seu deliri imperialista. No és molt, però constitueix un gest simbòlic gràvid de dignitat. 

Arran d’un miserable atac terrorista de l’organització pro-palestina Hamàs a Israel, el 2023, el govern de Benjamin Netanjahu encetà una desproporcionada ofensiva a Gaza ja esdevinguda catàstrofe humanitària. Es tracta d’anihilar una població sencera i deportar-ne els sobrevivents; no resulta foraviat parlar de neteja ètnica i genocidi. Front el cinisme de Donald Trump –que ha recolzat el projecte de deportació– i davant la tova reacció de molts països, està sent el govern d’Espanya, en el deixant de la Cort Penal internacional, a encapçalar la reclamació de justícia per a Palestina. Ço ens honra com a país.
En l’entremig, Israel segueix participant en Eurovisió com si no res. Més encara: en les darreres dues edicions, el televot l’ha beneficiat, tot deixant-lo a un pas del guardó. Vet ací perquè: les tendències que consideren l’atac a Gaza mera legítima defensa –i les crítiques a Israel, expressió d’antisemitisme– empren el televot com a arma ideològica. Així, la presidenta d’OK diario, proper a VOX, va fer-ne promoció explícita a favor d’Israel; la vice-secretària d’educació del PP publicà un post on afirmava que “un any més” votaria per Israel “sense haver-ne escoltat la cançó”. 
Doncs bé: en veure les solistes israelianes que han interpretat els temes de les dues darreres edicions, no puc evitar l’esgarrifança. Pense al fotomuntatge de Martha Rosler. L’entorn futurista i les sofisticades vestimentes, brillants com de trinca, no poden amagar els milers de cadàvers sota escombraries, dones, nens i homes, la major part civils, que han mort arran dels bombardejos: ja més de 50.000 persones. 

Front el malestar creixent expressat a diversos dels països participants en Eurovisió –encapçalats per Espanya i Bèlgica–, el director de la UER, Martin Green, ha afirmat en una carta oberta que es pren amb seriositat les queixes. Llavors ha fet revisar el procediment tècnic del televot i ha constatat que és del tot transparent. Al voltant del tema de fons, cap referència. Recordem que a l’article 1.2.2 del reglament del festival s’explicita que “no es permeten lletres, discursos o gestos de natura política o semblant”.
Tanmateix, que Israel hi participe com si no res és un acte polític. Amagar-se rere els detalls tècnics és un acte polític. Fer ulls clucs és un acte polític. Es tracta però d’una política indecent. Farà bé RTVE a prosseguir la seua línia crítica, més encara: farà bé a no participar en el festival mentre ho faça Israel i prosseguisca la massacre a Gaza. Amb això, clar, no s’aconseguirà molt. Les dones palestines seguiran cridant al cel mentre els seus infants moren en la por i la brutícia i eixes altres dones –les estreles d’Israel– canten envoltades de sofisticació i llum a l’auditori del festival. Però no volem acostumar-nos-hi. 
Cal actuar a favor de les víctimes. La responsabilitat dels governs és enorme; la història hi demanarà comptes, com ho feu als criminals nazis que ara imita el govern de Netanjahu. També nosaltres podem fer gestos: per exemple, deixar de comprar productes d’empreses israelianes (veure www.bdsmovement.net/es). I, si més no, totes i tots tenim la paraula per a oposar-nos a aquesta bogeria.
No mirem cap a altre lloc. Hom no ha d’acostumar-se a la barbàrie.

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En la imatge, missatge emès per RTVE abans de la retransmissió del festival d'Eurovisió, passat 17 de maig.

domingo, 13 de abril de 2025

El sombrío espejismo de la guerra justa

 

  











Un espejismo promete algo que no existe. En el desierto, es anuncio del agua de la que se tiene urgente necesidad. Pero se trata solo de una apariencia, de una visión halagadora que encubre el vacío. Nos engaña.

 

La guerra es espejismo del regreso. Se piensa que favorecerá la vuelta a una situación previa –existida de hecho o idealizada– que se desea ardientemente. Pero una vez estalla la guerra, ese paraíso no llega nunca. En la primera guerra mundial, los jóvenes del imperio austrohúngaro, inflamados de patriotismo, iban al frente pensando que en pocas semanas volverían a casa; en la segunda, Adolf Hitler maquinó una invasión relámpago que resolvería una delirante exigencia de espacio para la raza aria; el 24 de febrero de 2022, Vladímir Putin anunció a sus conciudadanos una operación estratégica que tardaría poco en tener éxito. Como dice Judith Holofernes en una de sus canciones, “No sé cómo se acaba una guerra, / sólo cómo se empieza”. Se siguen de ella hileras de muertos, poblaciones macilentas y exhaustas, daños ingentes, desesperanza.

La guerra es espejismo de la paz. En su obra Sobre la paz perpetua (1795), Immanuel Kant subrayó que una de las condiciones ineludibles para poner las bases de la paz se encuentra en el modo de hacer la guerra: las hostilidades no han de llegar a ser tales que imposibiliten la confianza mutua. Romper los acuerdos, maltratar a los prisioneros o humillar a las poblaciones vencidas siembra el germen de un nuevo conflicto. Así, las reparaciones exigidas a Alemania tras la primera guerra mundial abonaron el resentimiento de donde surgió el populismo nacionalsocialista. He aquí un ejemplo paradigmático de cómo los conflictos bélicos generan su descendencia a través del rencor de los vencidos; un rencor, sin embargo, difícilmente evitable.

 

La guerra es espejismo de una causa humanitaria. En el mejor de los casos, con ella se defiende la vida y la dignidad de personas queridas que, con razón, no se puede dejar en la estacada. Sin embargo, en el otro bando también hay personas –militares y civiles– que se han visto arrastradas a una situación de lucha. Las armas se descargan siempre sobre seres humanos que en su mayor parte no han decidido empezar el conflicto. Por ello son numerosos los relatos de militares que han visto con pavor las propias manos manchadas de sangre de inocentes. Las memorias de Ron Kovic a raíz de su participación en la guerra del Vietnam, llevadas al cine por Oliver Stone en Nacido el 4 de julio (1989), constituyen un botón de muestra de esa toma de conciencia.

Como sucede en los espejismos, en el caso de la guerra justa hay una franja intermedia. Algunas guerras responden a situaciones donde no reaccionar daría lugar a una injusticia aún más terrible. Hoy diríamos que se trata de los conflictos iniciados por potencias totalitarias que persiguen someter a sangre y fuego, hasta la aniquilación incluso, a determinadas poblaciones. Por ello existe una venerable doctrina, cultivada desde la Antigüedad y articulada en la Edad Media, sobre las condiciones que ha de cumplir la legítima defensa.

Como en otros asuntos, el metro de platino iridiado se halla en la obra de Tomás de Aquino. Son diversos los requisitos para que una guerra pueda venir considerada legítima: entre ellos, que se trate de una de defensa; que se desarrolle con probabilidad de éxito y como último recurso; que se empleen medios proporcionales; que termine tan pronto como sea posible restaurar la paz.

 

A esta luz, la invasión de Ucrania por el gobierno de Putin no puede ser considerada justa bajo ningún punto de vista. Se trata de un ataque desproporcionado, impulsado por un delirante sueño imperial según el cual Rusia estaría encabezando la lucha contra el perverso Occidente. Tampoco es justa la guerra desencadenada por el gobierno de Benjamin Netanjahu en Palestina. Aunque constituye una reacción a un execrable atentado terrorista de Hamás en el que murieron 850 israelíes, la desproporción de los medios empleados –que ya han costado la vida a más de 45 000 palestinos– le ha privado de legitimidad hace ya tiempo. En ambos casos, además, el encarnizamiento en la prosecución añade crueldad.

La doctrina mencionada permite moverse en el espacio de niebla entre la oscuridad y la luz. Con ella se ha buscado hacer cuentas con la realidad del mal en el mundo. De ahí que contraponer las políticas de defensa al pacifismo resulte superficial. Una guerra tal sirve para evitar males mayores –¿qué habría pasado si Hitler hubiese ganado la segunda guerra mundial?– y constituye, pues, un mal menor. Sin embargo, no es en sí misma un bien que haya de ser perseguido.

 

La reflexión teológica, en cuyo marco nació dicha doctrina, ofrece otras pistas. La vida de Jesús muestra una vara de medida diferente. Su respuesta a una pregunta de Poncio Pilato sirve como botón de muestra. Cínicamente interrogado sobre la inacción de los suyos –si él era rey, por qué sus soldados no venían a auxiliarlo–, Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). El bien no se difunde imponiéndose por la fuerza. Es ajeno a la violencia; edifica y no destruye. El bien deseable por sí mismo es la paz. Y, por ello, “bienaventurados los que trabajan por la paz” (Mt 5, 9). Desde aquí se puede enlazar con la teología de la paz en san Francisco de Asís, Bartolomé de las Casas o Erasmo de Rotterdam y, en época más reciente, con autores como Dietrich Bonhoeffer, Carl Friedrich von Weizsäcker, Eberhard Jüngel y Jürgen Moltmann, o con el magisterio del Papa Francisco.

La paz no se construye por medio de la guerra. Las sociedades modernas han de crear las condiciones, sí, para defenderse en caso de ataque; las instancias políticas deben actuar de forma realista, sin escatimar recursos; si llega el caso, han de emplearlos de manera proporcionada y reparando en la población civil de todas las partes en conflicto. Socorrer a los seres queridos es honesto y valeroso: se trata entonces de una legítima defensa. No obstante, y a la misma vez, dicha defensa constituye el momento dialéctico de una realidad perversa, que hay que abordar en su raíz. Por sí misma, la guerra produce destrucción, pone obstáculos a la paz y conculca la dignidad humana. No existe la guerra justa: se trata sólo de un sombrío espejismo.

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Artículo propio publicado en la revista Cresol (enero-marzo de 2025, páginas 26-27). En la imagen, obra de Martha Rosler perteneciente a la serie Casa hermosa. Llevando la guerra al hogar (House Beautiful. Bringing the War Home, 1967-1972, Instituto Valenciano de Arte Moderno).


jueves, 27 de marzo de 2025

L'ombrívol miratge de la guerra justa

  












Un miratge promet quelcom que no existeix. Al desert, és l’anunci de l’aigua de la qual hom té fretura urgent. Però constitueix una mera semblança, una visió afalagadora que amaga el buit. Ens enganya.

La guerra és miratge del retorn. Hom pensa que afavorirà la tornada d’una situació prèvia –existida o idealitzada– que desitja ardentment. Però un cop esclata, eixe paradís mai no arriba. En la primera guerra mundial els joves de l’imperi austrohongarès, abrandats de patriotisme, anaven al front tot pensant que en poques setmanes tornarien a casa; en la segona, Adolf Hitler maquinà una invasió llampec que resoldria una delirant exigència d’espai per a la raça ària; el 24 de febrer del 2022, Vladímir Putin anuncià als seus conciutadans una operació estratègica que trigaria poc a reeixir. Com diu Judith Holofernes en una seua cançó, “No sé com s’acaba una guerra, / només com s’enceta”. En deriven reguitzells de morts, poblacions esquifides i exhaustes, danys ingents, desesperança.
La guerra és miratge de la pau. En la seua obra Cap a la pau perpètua (1795), Immanuel Kant subratllà que una de les condicions ineludibles per a posar les bases de la pau es troba ja en el mode de fer la guerra: les hostilitats no han d’esdevenir tals que facen impossible la confiança mútua. El trencament dels acords, el maltractament dels presoners o la humiliació de les poblacions vençudes sembren el germen d’un nou conflicte. Així, les reparacions exigides a Alemanya rere la primera guerra mundial varen adobar el ressentiment d’on va sorgir el populisme nacionalsocialista. Heus ací un exemple paradigmàtic de com els conflictes bèl·lics generen la seua descendència mitjançant la rancúnia dels vençuts; una rancúnia però difícilment evitable.

La guerra és miratge d’una causa humanitària. En el millor dels casos, amb ella es defensa la vida i la dignitat de persones benvolgudes, que amb raó no es pot deixar en l’estacada. Tanmateix, a l’altre bàndol hi ha també persones –militars i civils– que s’han vist arrossegades a una situació de lluita. Les armes es descarreguen sempre sobre éssers humans que en la seua major part no han decidit encetar el conflicte. Per ço són nombrosos els relats de militars que han vist amb esglai les pròpies mans tacades de sang d’innocents. Les memòries de Ron Kovic arran de la seua participació en la guerra del Vietnam, dutes al cinema per Oliver Stone en Nascut el 4 de juliol (1989), constitueixen un botó de mostra d’eixa presa de consciència.
Com succeeix als miratges, en el cas de la guerra hi ha una franja intermèdia. Hi ha guerres que responen a situacions en què no reaccionar donaria lloc a una injustícia encara més esgarrifosa. A hores d’ara diríem que es tracta dels conflictes iniciats per potències totalitàries que persegueixen el sotmetiment de poblacions a sang i foc i fins i tot el seu anorreament. Per ço existeix una venerable doctrina, conreada des de l’Antiguitat i articulada en l’Edat mitjana, sobre les condiciones que ha de complir la legítima defensa.
Com en altres assumptes, el metre de platí irídic es troba a l’obra de Tomàs d’Aquino. Són diversos els requisits per a que una guerra puga venir considerada legítima: entre ells, tractar-se d’una de defensa; ser duta endavant amb probabilitat d’èxit i com a darrer recurs; emprar mitjans proporcionals; cloure’s tan aviat com siga possible restaurar la pau.

A aquesta llum, la invasió d’Ucraïna pel govern de Putin no pot ser considerada justa sota cap punt de vista. Es tracta d’un atac desproporcionat, impulsat per un esbojarrat somni imperial segons el qual Rússia estaria encapçalant la lluita contra el pervers Occident. Tampoc no és justa la guerra duta endavant pel govern de Benjamin Netanjahu a Palestina. Tot i constituir la reacció a un execrable atemptat terrorista de Hamàs on moriren 850 israelians, la desproporció dels mitjans emprats –que ja han costat la vida a més de 45 000 palestins– fa temps que n’ha llevat tota legitimitat. En ambdós casos, a més a més, l’acarnissament en la prossecució hi afegeix crueltat.
La doctrina esmentada permet moure’s en l’espai de boira entre la foscor i la llum. Amb ella s’ha pretès fer els comptes amb la realitat del mal en el món. D’ací que contraposar les polítiques de defensa al pacifisme resulti superficial. Una guerra tal serveix per a evitar mals majors –què hauria succeït si Hitler hagués guanyat?– i constitueix doncs un mal menor. Ara bé: no és en si mateixa un bé que haja de ser perseguit.

La reflexió teològica en el marc de la qual va néixer dita doctrina ofereix altres pistes. La vida de Jesús mostra una vara de mesura diversa. La seua resposta a una pregunta de Ponç Pilat serveix a tall de botó de mostra. Cínicament interrogat sobre la inacció dels seus –si ell era rei, per què els seus soldats no venien a auxiliar-lo–, Jesús respongué: “El meu regne no és dels d’aquest món” (Jn 18, 36). El bé no es difon imposant-se per la força. És aliè a la violència; edifica i no destrueix. El bé desitjable per si mateix és la pau. I, per ço, “benaurats els que treballen per la pau” (Mt 5, 9). Per ací es pot enllaçar amb la teologia de la pau en sant Francesc d’Assís, Bartolomé de Las Casas o Erasme de Rotterdam i, en època més recent, amb autors com ara Dietrich Bonhoeffer, Carl Friedrich von Weizsäcker, Eberhard Jüngel i Jürgen Moltmann o amb el magisteri del papa Francesc.
La pau no es construeix mitjançant la guerra. Les societats modernes han de crear, sí, les condicions per a defensar-se en cas d’atac; les instàncies polítiques han d’actuar de forma realista, sense escatimar-hi recursos; si hi arriba el cas, han d’emprar-los de mode proporcionat i parant esment a la població civil de totes les parts en conflicte. Socórrer els éssers estimats és honest i valerós: es tracta llavors d’una defensa legítima. Tanmateix, i alhora, dita defensa constitueix un moment dialèctic d’una realitat perversa, que cal abordar en les seves arrels. La guerra en si mateixa produeix destrucció, posa entrebancs a la pau i conculca la dignitat humana. No hi ha guerra justa: es tracta només d’un ombrívol miratge.

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Article propi publicat a la revista Cresol (gener-marz del 2025, pàgines 26-27). En la imatge, obra de Martha Rosler pertanyent a la sèrie Casa bonica. Portant la guerra a la llar (House Beautiful. Bringing the War Home, 1967-1972, Institut Valencià d'Art Modern).