El vuelo de una bandada de pájaros compone un prodigioso concierto visual, fruto de la evolución biológica. En el mundo antiguo, la gente miraba a menudo el vuelo de las aves. La ornitomancia servía para interpretar si portaban o no buenos augurios, si habría suerte o si llegarían desgracias. En todo ello se presagiaba la conexión etológica entre el comportamiento animal y las alteraciones del medio ambiente, mezclado con borrosas nociones de conexión cósmica.
Donald Trump ha concitado a su alrededor una heterogénea bandada de pajarracos de la peor clase. Unos y otros han desparramado malos augurios a diestro y siniestro: desde casa propia –con unos niveles de polarización nunca vistos desde la guerra del Vietnam hasta nuestros días, y con miedo en no pocos grupos sociales– hasta los vecinos y los aliados tradicionales, con la vuelta de una manía pseudoimperial. Asistir a las evoluciones de esa serie de pajarracos permite barruntar sus pautas, sus giros, las alianzas y los parecidos con la ultraderecha (ver “Ultradreta: l’antítesi del trellat”, Cresol, 25/172, julio-septiembre de 2024, pp. 10-11).
La reciente polémica entre Elon Musk e Irene Montero nos da un botón de muestra. El hombre más rico del mundo es el mismo que, en su flirteo con Trump, ha desmantelado la Agencia Estadounidense para el Desarrollo, con la previsible consecuencia de hasta catorce millones de muertos de aquí a 2030 (ver “Votos que pueden matar”, Levante-EMV, 09/06/2025). Cuando Montero felicita al gobierno de España por el proyecto de regularizar medio millón de inmigrantes –que, como evidencian organismos nacionales e internacionales, contribuirán a la riqueza del país– y por el rechazo implícito de fascismo y racismo, Musk reacciona con una invectiva que revela su ignorancia o su malicia. Ahora bien, ¿cómo se había enterado él de las declaraciones de Montero...? A través de un post publicado en X por Eva Vlaardingerbroek, jurista y política holandesa conocida por oponerse a las vacunas y al feminismo. El pasado 1 de febrero, Vlaardingerbroek escribió: «Esta mujer, que está llamando a reemplazar a la gente Blanca, está casada con un hombre Blanco y tiene tres niños Blancos. Ese nivel de traición –no ya a tu propia gente, sino a tus propios niños– sólo puede ser calificado de patología estrema o pura maldad, o de ambos».
La desnudez de lo que dice llama la atención (y también la mayúscula en el adjetivo White, “Blanco”). Sin disimulos, sin avergonzarse, exalta el color de la piel. No la verdad, no la dignidad o la justicia: la piel (Blanca). Como si nunca hubiera habido reivindicación de los derechos humanos, lucha contra el esclavismo, abominio del racismo. Es la voz primitiva la que lo regurgita: hay que defender a la tribu.
Este discurso halla en nuestra casa su espejo. En España, y según el estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicado en septiembre de 2024, la inmigración ascendió ese año al primer lugar de las preocupaciones ciudadanas. Seguidamente, una encuesta monográfica realizada por el Instituto 40dB para el diario El País y la cadena SER desglosaba la correlación entre la inquietud por el fenómeno migratorio y las adhesiones políticas: mientras el 29% de los votantes del PSOE consideraban preocupante la presencia extranjera, la cifra ascendía al 73% entre los votantes de VOX. En febrero de este año, el líder de este partido, Santiago Abascal, ha atacado duramente a las instituciones que apoyan la iniciativa legislativa popular de regularizar a más de medio millón de inmigrantes –en particular, a la Iglesia católica–, acusándolas de ser cómplices de la inmigración ilegal por afán de lucro.
En las Cortes valencianas, la complicidad de PP y VOX ha permitido aprobar, en el pasado octubre, un Plan de Estadística 2025-2028 en el que se diferenciarán los datos de la población autóctona e inmigrante en ámbitos como el uso de las emergencias sanitarias, las donaciones de sangre o la aportación neta al Estado. Se trata de un planteamiento tramposo. Los datos procedentes de ese filtrado tendrían relevancia política si se cumpliesen ciertos presupuestos: por ejemplo, que todos los grupos de población partiesen de las mismas condiciones sociosanitarias; o que las personas inmigrantes no estuviesen cubriendo sectores laborales que, de otro modo, quedarían desatendidos. El informe Funcas La inmigración en España: retos, impacto y políticas, presentado el pasado 12 de febrero, señala cómo la mitad del crecimiento del PIB desde 2022 –que pone a nuestro país a la cabeza de la Unión Europea– se debe a la contribución laboral de la población inmigrante. Según datos de enero recogidos por el Instituto Nacional de Estadística, la comunidad valenciana lidera la recepción de inmigrantes. La presencia de personas nacidas en otros países –en torno al 20% de la población– tiene lugar en un marco favorable, reflejado en los estudios de opinión. Sin embargo, no hemos de pensar que el tejido social resulte impermeable; en particular, el segmento de población juvenil que ve obstaculizado su progreso –per ejemplo, a raíz del encarecimiento de alquiler y vivienda– constituye el caladero de votos del discurso xenófobo.
Vlaardingerbroek, Abascal y los suyos confunden la Humanidad con la tribu, la civilización con el color de la piel. El resultado es la defensa de un darwinismo social que nos retrotrae a pájaros de mal augurio. Y, sin embargo, otro discurso es posible.
En el film de Stanley Kramer Adivina quién viene a cenar esta noche, y en un duro y memorable diálogo, el protagonista se encara con su padre. Ambos son negros. El hijo está encarnado por Sidney Poitier, quien se distinguió por su lucha contra los prejuicios sociales. «Tú piensas en ti mismo como hombre de color», le dice al padre, «yo pienso en mí mismo como hombre». A duras penas se puede sintetizar mejor una verdad fundacional de la civilización, tal y como la conocemos y la queremos. No blanco ni negro: ser humano.
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Artículo propio publicado en la revista Cresol, Valencia (abril-junio 2026), pp. 16-17. En la imagen, un estudio de manos realizado por Leonardo da Vinci hacia el 1490 y conservado en la Royal Collection de Londres.


