lunes, 31 de marzo de 2008

Orgullo

Las vacaciones suelen interrumpir el ritmo de las tareas cotidianas. Sin embargo, durante las pasadas vacaciones (Semana Santa, Fiestas de Primavera en Murcia) he mantenido el hábito de entrar a los blogs de mis amigos. Ahí estaban los Miguel Ángeles (Hernández y Cobacho) y Leo. Vuelvo a entrar en sus blogs con una especie de orgullo amistoso. Y cuánto reconforta entrar a sus hogares virtuales y encontrarlos habitados.

lunes, 24 de marzo de 2008

Nos va la vida en ello


Cuando en España –lunes de Resurrección– enmudecen las saetas y el fragor de las procesiones, no puedo evitar reflexionar sobre los fastos recientes. Viendo alguna retransmisión de las procesiones, observé en mí alguna pulsión subrepticiamente incrédula. Y es que la hipérbole despierta en mí una tendencia visceral al equilibrio que puede llegar a ser iconoclasta. Pero ese tipo de excesos no deja de ser, al fin y al cabo, manifestación de un folklore disculpable. Más serio es que realmente se crea lo que se dice. ¡Cuántas declaraciones de amor filial! ¡Cuántas muestras –se afirma– de profunda fe! ¡Y qué impresionante panorama... si todas fueran ciertas! Si así fuese, nuestro país rebosaría de verdaderos santos. De hombres y mujeres que con su fe trasladarían montañas y harían germinar, aquí y ahora, el Reino de Dios en una increíble, magnífica floración. Pero no es así. Nuestra sociedad –como todas las sociedades del mundo– está entreverada de grandezas y miserias, de heroicidades y bajezas. Si cabe, las últimas décadas están mostrando una triste tendencia hacia el individualismo en sus distintas facetas (egoísta, hedonista o nacionalista, todas ellas vertientes de una misma indiferencia ante lo ajeno); frente a esa tendencia, el auge de las ONGs y de la solidaridad con el Tercer Mundo –por ejemplo– sigue siendo un índice esperanzador en la dirección opuesta. Tira y afloja: la lucha interna en el seno de nuestras vidas y de nuestras colectividades. Esto es lo real. En el almibarado recital de los últimos días hay paja que está destinada a arder en la hoguera de las dificultades cotidianas; y, mezclada con la paja, hay mucha fe robusta que se alimenta del misterio de la Pasión de Cristo. También hay fe vacilante, quebradiza, que encuentra en esas manifestaciones de religiosidad un sustento adecuado y necesario. La ciudad terrena y la ciudad de Dios se hallan íntima e indisolublemente entrelazadas en la Historia, y como tales desfilan por nuestras calles al acercarse la Primavera. Pero, en realidad, todo comienza cuando la Semana termina. Más allá del Domingo de Resurrección. Cuando los ecos de las procesiones enmudecen. Creo sinceramente que el Resucitado desea habitar entre nosotros para darnos, tal y como prometió, vida en abundancia. Día a día. La vida donada por Cristo el Viernes Santo. Ahí está la clave. Y ahí sí que nos la jugamos: nos va la vida en ello.

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En la imagen: detalle del Descendimiento pintado por Roger van der Weyden hacia 1435 (Museo Nacional del Prado, Madrid).

lunes, 10 de marzo de 2008

Incontinencia


Regreso de Granada en jornada electoral, después de vivir un estupendo fin de semana con queridos familiares y amigos. Este 9 de marzo ha estado marcado por las elecciones generales (y, de nuevo, por la reciente incursión del terrorismo en la democracia española, tras el asesinato de Isaías Carrasco en Mondragón). Noche electoral. Me desagrada profundamente cierto espectáculo que solemos presenciar en estas ocasiones. Se desencadena cuando el escrutinio de votos está ya avanzado. Algunos candidatos se muestran, sin rubor alguno, encantados de haberse conocido: de haber logrado atraer la atención del electorado, de haber vencido en tales y tales parámetros estadísticos, de haber sabido representar elevados intereses y anhelos... Toda una muestra de arrogante incontinencia verbal, de triunfalismo chabacano. Como si lo fundamental en unos comicios democráticos fuesen los cabezas de lista de los partidos -más aún: los partidos mismos-. Como si lo que realmente importara no fuese la confianza depositada por los electores y el sagrado sentido de responsabilidad que sus representantes contraen con ellos. Me gustó, por este motivo, la emocionada arenga de Rosa Díez: supo colocar en primer plano lo que nunca debería salir de él: el interés colectivo de los votantes. Cuando uno se fija demasiado en sí mismo, termina por vérsele el plumero.

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En la imagen: José Luis Rodríguez Zapatero, durante su alocución en la noche electoral del 09/03/2008. Fuente: http://www.psoe.es.

martes, 4 de marzo de 2008

Debatir en un espejismo



Entramos en la semana previa a las elecciones generales en España. Ayer fue retransmitido por televisión y radio el segundo de los debates previstos entre los candidatos que los partidos mayoritarios presentan a la presidencia. No es que yo considere que este tipo de debates no sirven para nada: al contrario, poseen incluso un no desdeñable interés para el análisis político. Sin embargo, no puedo evitar pensar que son un espejismo – un escaparate en el que se refleja una cierta interpretación de la realidad (la de los dos partidos mayoritarios), con un objetivo estratégico (convencer a los indecisos) y herramientas precisas (no sólo datos y argumentos, sino también seducción retórica). Debatir e intercambiar opiniones forma parte de la esencia de nuestra tradición cultural; con ello se persigue la verdad de las cosas y el interés común. Ahora bien, ¿realmente se debatió ayer (o el lunes pasado)? ¿Hubo un sincero intercambio de ideas? ¿No se trató más bien de discursos paralelos, que apenas se rozaban, o que sólo lo hacían para sustraer monición al enemigo? Y, muy especialmente en el caso de Rodríguez Zapatero, ¿no estaba inclinada la balanza del lado de la retórica, de la seducción huera, de la ausencia de argumento…? El espectáculo de ambos partidos, arrogándose una incontestable victoria apenas concluido el debate, producía vergüenza ajena. Con esos mimbres no resulta posible establecer una auténtica comunidad comunicativa, ni abrir espacios a lo público. Más bien al contrario: se compartimenta la política en espacios tribales, con el resultado de que se dificulta el consenso y se aleja a los ciudadanos de la cosa pública. ‘Diálogo’ y ‘consenso’ son términos fundamentales en democracia; precisamente por eso resulta tan grave el vaciamiento de contenido que han sufrido esos conceptos durante la última legislatura. La erosión de las instituciones políticas –que no constituye un fenómeno reciente, pero que en España ha avanzado con rapidez– alcanza tales cotas que ningún resultado electoral, sea el que sea, servirá para paliarla. Tengo claro a quién orientaré mi voto el 9 de marzo, pero no se me oculta que la mía no será más que una opción por el mal menor. El mal mayor –la corrupción de la vida política y, por ende, de la convivencia– no se resolverá en las urnas. Sólo comenzará a remitir cuando la sociedad civil se haga cargo de la responsabilidad, cuando las personas y las agrupaciones se pongan de acuerdo para buscar sincera y activamente el bien en los asuntos de interés común. Cuando los ciudadanos asuman, en primera persona, el reto de construir el espacio público: a diario, y no una vez cada cuatro años.

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En la imagen: José Luis Rodríguez Zapatero, Olga Viza (moderadora) y Mariano Rajoy en el inicio del debate transmitido el 03/03/2008. Fuente: http://www.flickr.com.

miércoles, 20 de febrero de 2008

A la sombra de los otros


Hace poco estuve en Liechtenstein. Me habían invitado a dar una conferencia en la Academia Internacional de Filosofía; la conferencia tuvo lugar el primer día de febrero, ante un auditorio realmente internacional. La Academia tiene su sede en Bendern, un pueblecito situado al norte del país.

En Liechtenstein, hablar de distancias es muy relativo. Desde la terraza del hostal en el que me alojaba, a la que se abrían los ventanales del restaurante, se podía divisar casi una panorámica íntegra del hermoso valle en el que se asienta el Principado: flanqueado por sendas cordilleras agrestes, en las que la nieve refulgía al sol invernal de jornadas inusitadamente luminosas. Al sur del valle se encuentra Vaduz, la capital con su castillito y sus príncipes (Hans Adam y Marie). Liechtenstein cuenta con poco más de treinta y seis mil habitantes y muchos miles de fundaciones extranjeras. Al país se llega en automóvil o en autobús; no dispone de estación de tren, ni de aeropuerto – hace uso de las estaciones y de los aeropuertos de los países cercanos, en particular de Suiza. En realidad, los habitantes de Liechtenstein disfrutan de los servicios que les ofrecen sus vecinos en multitud de ámbitos importantes: además de los transportes, también los centros universitarios o las cadenas de televisión, por poner algunos ejemplos. Se podría decir que es un diminuto y hermoso Estado parásito – lo cual puede tener más connotaciones que las meramente peyorativas.

Durante el trayecto en automóvil desde Bendern hasta la estación de tren de Sargans (Suiza), ya de vuelta, pensaba en esto mientras contemplaba las cumbres nevadas. Todos somos, en cierto sentido, parásitos de los demás. Nuestro ser entero –cuerpo, mente, espíritu– es deudor de infinitud de servicios prestados. Debemos lo bueno que somos: a nuestros padres, a nuestra familia, a nuestros amigos, a las instituciones de la sociedad que nos acoge. Se trata de una deuda imposible de amortizar; una deuda que sólo con amor se paga. Crecemos a la sombra de los demás.

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En la imagen: panorámica del castillo de los príncipes de Liechtenstein (fotografía de Volkmar K. Wentzel, fuente: www3.nationalgeographic.com).

jueves, 24 de enero de 2008

Lujos de la vida


Hay momentos en los que la docencia se muestra como lo que es y debiera ser: como la tarea de un buscador de tesoros o – por decirlo con la gráfica expresión de Bergman – de un buscador de perlas. Algunos alumnos y alumnas se convierten en verdaderos descubrimientos. Hoy he conversado largamente con uno de ellos, ahora ex alumno y amigo. Varios de los grandes temas de la historia del pensamiento han ido desgranándose con toda naturalidad; y es que la filosofía está enraizada en la vida. Así que he adelantado el post del próximo lunes – día en el que suelo publicar mi entrada semanal en el blog – para festejarlo.

Uno de los temas de nuestro tiempo es la autenticidad de la vida. A raíz de la revolución científica, la sociedad occidental ha experimentado un progreso inaudito en el ámbito de las ciencias naturales y de su aplicación técnica. Ahora bien, ese progreso ha dado lugar a formas de vida altamente industrializadas en las que las mediaciones sociales (normativas, administrativas, urbanas, mediáticas…) han venido a ocupar un papel muy relevante. Muchas personas – sobre todo muchos jóvenes – perciben con cierta angustia la presión de lo social (por ejemplo, de la mentalidad consumista). En clase he notado que esa presión mueve a no pocos a desconfiar de su libertad, a abandonarse a una especie de “determinismo social” que les lleva a contemplar su vida como algo extraño, inmanejable; como si, en realidad, no fuese propia, como si les estuviera siendo enajenada, alienada.

Mi admirado Andrés Ibáñez ha tratado este asunto en un reciente “Comunicado” de ABCD, titulado “Nadie vive su vida”. Lo ilustra con versos de Rilke: “Nadie vive su vida. / Los hombres son azar, voces, fragmentos, / rutinas, miedos, alguna felicidad pequeña, / disfraz desde la infancia…” Me viene a la mente la hermosa escena de esa irregular película de Bergman, Escenas de un matrimonio, en la que la protagonista (encarnada por Liv Ullmann) desvela una íntima perplejidad: no sabe quién es. Desde pequeña ha ido acostumbrándose a ser quien los demás querían que fuese, a disfrazarse de mil modos para conseguir el afecto de los otros… y ahora no tiene la más pálida idea de quién es. Sólo imágenes. Recuerdos en blanco y negro.

¿Quién soy yo? Y, directamente relacionada con esta pregunta, ¿qué debo hacer? ¿Qué va a ser de mí? Cuando Kant presenta el elenco de las preguntas fundamentales (que en parte coinciden con las anteriores), las remite a una cuestión última y omniabarcante: ¿Qué es el hombre? Julián Marías ha hecho notar que este interrogativo es la versión abstracta y cosificante de la pregunta existencial: ¿Quién soy yo...? De nuevo el enigma. Y este enigma no se resuelve desde la mesa de un escritorio: a él se contesta con la vida. Yo me construyo. En el marco que me establecen mis límites, claro está. Soy tarea. El ser humano es el único cuya existencia es siempre y esencialmente tarea; para sí mismo, el animal no es tarea sino cuerpo, cosa. Yo me proyecto y me edifico a través de la reflexión y de la libertad. El ser humano es “causa de sí mismo” (causa sui) – decía Edith Stein, recogiendo la expresión escolástica. Condenado a ser libre (Sartre); con la salvedad – puntualizaba Marcel – de que la libertad no es automática, de que hay que construirla activamente (si no, se convierte en una caricatura de sí misma). Está en la entraña de lo humano – y así lo experimentan con viveza muchos jóvenes – el preocuparse por todo ello.

Desde luego, hay veces en las que la docencia es un lujo.

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El artículo citado de Andrés Ibáñez apareció en ABCD (suplemento cultural de Abc) el sábado 12/01/2008, p. 20. En Internet se halla disponible una reciente conferencia en la que Julián Marías desarrollaba algunas de sus ideas sobre la persona humana, en diálogo con Kant y otros autores. En la imagen, un fotograma de Persona (Ingmar Bergman, 1966).

lunes, 21 de enero de 2008

Algo que se esconde tras la niebla


Recientemente vi de nuevo Lo que el viento se llevó. Admira comprobar lo bien que ha envejecido esta película. Más aún si se compara con la factura de otras (grandes) producciones del momento. Tanto la planificación como el montaje hacen gala de una destreza cinematográfica que aún hoy fascina (con la excepción, a mi modo de ver, de la manía por la omnipresente música ambiental, regusto quizá de la época muda del cinematógrafo). Por otra parte, la estructura psicológica de los personajes logra niveles notables de penetración. ¿Quién no ha contemplado con cierta complicidad la sagaz ambición de la encantadora Escarlata O’Hara...? Se trata de un personaje perfilado en gamas de gris, como la vida misma: capaz de heroísmo altruista – arriesga su vida en defensa de Melania Hamilton y de su hijo – pero también de abyecta bajeza – no duda en contratar a presidiarios en régimen esclavista con tal de abaratar los precios en su recién estrenada serrería. Asistimos a su pasión imposible por Ashley Wilkes, a sus casamientos sin amor, a sus devaneos con el capitán Butler, a la decadencia y recuperación de Tara.

Hay una escena que me llama poderosamente la atención. Escarlata ha contraído (terceras) nupcias con Rhett Butler; deja definitivamente atrás el espectro del hambre y la incertidumbre, y se siente protegida por un hombre que le concede todos los caprichos. Sin embargo, no deja de sufrir pesadillas. En sus sueños – le dice a Rhett – corre y corre detrás de algo que se esconde tras la niebla, algo que no alcanza a encontrar... Hermosa alegoría. La felicidad es algo así. Ni siquiera en los planteamientos materialistas – que hoy encuentran notable predicamento en nuestro país, de la mano de divulgadores como Punset – la felicidad llega a ser concebida como una magnitud fisiológica o neurológica aferrable. No puede serlo: se trata de una realidad existencial humana; como tal, pende del hilo de nuestra libertad... y de las circunstancias. Pero el sólo hecho de que el ser humano se plantee la cuestión de la felicidad resulta enormemente significativo.

Sólo las personas – o: los seres dotados de reflexividad – pueden proyectar su vida sobre el horizonte del futuro. Sólo la existencia humana admite ficciones – como la libertad o el amor – por cuya prosecución el hombre se supera a sí mismo. Hans Vaihinger reflexionó ampliamente sobre el valor de esas ficciones en su obra La filosofía del “como si” (1904). Las consideraba privadas de toda existencia real e incluía entre ellas conceptos tan dispares como ‘materia’, ‘alma’ o ‘Dios’. No estoy de acuerdo con él en esa visión positivista. Sin embargo, sí me parece acertado el enorme valor que concede a la ficción en la existencia humana. Existen ideas, horizontes teóricos y prácticos, que nos mueven a la acción y nos ayudan a ser más de lo que somos. Con independencia de que se logre alcanzar o no el horizonte anhelado, su búsqueda nos hace mejores. Es aquí donde se enmarca el concepto de ‘felicidad’. Buscando la felicidad – la vida lograda, la vida auténtica – ponemos en juego lo mejor de nosotros mismos. Aunque ella juegue al escondite con nosotros. En sustraerla a las sombras (en desvelarla), el ser humano cincela su mejor obra de arte: su propia existencia. Sin esa tarea y sin ese esfuerzo, también su propia vida permanecería oculta tras la niebla.
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En la imagen: Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó (Victor Fleming / Sam Wood / George Cukor, Estados Unidos 1939).

lunes, 14 de enero de 2008

Juan Nadie


[Juan Nadie es el título español de una película de Frank Capra: Meet John Doe. Se trata de un film emocionante y sugerente. El editorial de enero de Unidad en la pluralidad está inspirado en ese personaje: "Despierta, Juan Nadie". Bien vale ese editorial para poner letra a a pensamientos y acciones de las últimas semanas.]

"En una emblemática película, un joven desahuciado se convertía, de la noche a la mañana, en una estrella mediática. Y lo hacía encarnando el prototipo de gente corriente, de hombre de la calle o Juan Nadie. Su primer discurso radiofónico era todo un programa; millones de personas lo imitarían a partir de entonces. Vale la pena reproducir algunos de sus párrafos. “Voy a hablar de nosotros,” comenzaba, “la gente normal: los Juan Nadie. Si les preguntaran cómo es el Juan Nadie corriente, no podrían decirlo porque... es un millón de cosas. Es el señor grande y es el señor pequeño, es ignorante y es sabio; es esencialmente honrado, pero tiene un grado de ladrón dentro de sí. Rara vez entra en una cabina telefónica sin mirar en la ranura por si alguien se ha dejado diez céntimos. Es el hombre para quien redactan los anuncios, aquél a quien todo el mundo vende cosas, aquél que siempre acaba pagando el pato, y es la mayor fuerza del mundo. Sí señor, somos una gran familia los Juan Nadie. Somos los mansos que teníamos que heredar la Tierra.”

Los Juan Nadie están en todas partes y han existido desde siempre: “hemos construido las pirámides, hemos visto a Cristo crucificado, extraído metales para los emperadores romanos, navegado en la carabelas de Colón (...). Sí señor, hemos estado allí aportando nuestro grano de arena desde los inicios de la Historia del mundo, y en nuestra lucha por la libertad hemos golpeado la lona muchas veces, pero siempre hemos vuelto a la lucha porque somos el pueblo y somos fuertes. (...) La gente libre podemos cambiar el mundo”, decía Juan Nadie, “si nos lo proponemos. Sé que muchos de ustedes se preguntan: ¿Qué puedo hacer?, sólo soy un pobre hombre, yo no cuento.– Pues se equivocan”. Pero “tenemos que actuar todos juntos y lanzarnos. No podremos ganar el juego si no hacemos un trabajo de equipo, y ahí es donde aparece cada Juan Nadie. Depende de él el unirse a su compañero, y su compañero de equipo, amigos míos, es la persona que tiene al lado. Su vecino es una persona terriblemente importante (...) Para la mayoría de ustedes, su vecino es un extraño... Pero ahora ya no puede ser extraño nadie que forme parte de su equipo. Así que derriben esos setos que les separan. Derríbenlos, y derribarán todos los odios y prejuicios. (...) Sí, amigos míos: los mansos heredarán la Tierra cuando los Juan Nadie comiencen a amar a sus vecinos. Y será mejor que empiecen ahora: no esperen a que el juego se suspenda por falta de luz. Despierta, Juan Nadie. Eres la esperanza del mundo.” [De Juan Nadie (Meet John Doe, Estados Unidos 1941), dirigida por Frank Capra con guión de Robert Riskin.]

Siempre es la hora de los Juan Nadie. Ellos – nosotros – estamos siempre a punto de perecer y a punto de conseguir la victoria. Sin embargo, corren tiempos especialmente decisivos para los Juan Nadie españoles. Hemos recibido una enorme herencia, un patrimonio fabuloso: desde el acervo cultural (en nuestra tradición filosófica, jurídica, científica, literaria o artística) hasta el tesoro depositado en nuestras manos con la transición a la democracia y el establecimiento de un régimen de libertades. Por su relevancia histórica, su riqueza cultural y su posición económica, España está llamada a jugar un papel importante en el concierto de las naciones, en la construcción de la paz y en la solidaridad con los más pobres del mundo.

Sin embargo, esta alta tarea contrasta lamentablemente con el estado de la política nacional. Dominada por los intereses de las regiones; desorientada por polémicas artificiales ligadas a intereses de minorías; confundida por una retórica ambigua en la que sólo cuenta la imagen – y no la verdad y la honradez –, la política española ha alcanzado niveles de mediocridad que no resisten la comparación con otras democracias europeas.

Es preciso que los Juan Nadie españoles frenemos esta deriva. No se trata ahora de aferrarse a las diferencias que nos separan (y cuyos efectos devastadores pudimos experimentar en el pasado siglo). Se trata de invertir el proceso de degeneración que afecta a los ámbitos vitales de nuestra sociedad: en primer lugar, a la educación, trágicamente devaluada por leyes erráticas; en segundo lugar, a la convivencia, envenenada por los egoísmos regionalistas y por los delirios de grupos violentos amparados por la pasividad del Ejecutivo (o por su connivencia interesada); en tercer lugar, a la vivienda, abandonada a la especulación de promotores e instituciones de préstamo; en cuarto lugar, a la seguridad, puesta en juego por la incapacidad de nuestros gestores de afrontar con éxito las nuevas formas de delincuencia; en quinto lugar, a las propias formas de convivencia política, corrompidas por la descalificación y por la retórica engañosa. Todo ello halla su fiel reflejo en la pérdida de fuerza moral de España en la escena internacional, paralela a nuestra escandalosa cercanía a algunos de los regímenes totalitarios más crueles e hipócritas del planeta: Cuba, China o Venezuela, por ejemplo.

Se nos preguntará – como al Juan Nadie de la película de Capra – qué podemos hacer al respecto. Podemos hacer mucho. En primer lugar, generar la reflexión en las altas instancias del partido en el poder. El PSOE ha perdido el norte de su vocación política. Y lo ha hecho a causa de la inexperiencia, de la ineptitud y – en algunos casos – de la manifiesta falta de honradez del actual equipo de gobierno. Es urgente que el partido socialista, que representa a millones de españoles que se sienten legítimamente identificados con su concepción de la política, reoriente el rumbo de sus decisiones y atienda al bien común – en lugar de seguir políticas de imagen que apenas encubren una lamentable ausencia de ideas y de iniciativas reales de futuro.

Esto se puede lograr con el voto. En esta coyuntura es preciso que los votantes de izquierda deriven su voto hacia fuerzas actualmente más solventes. En particular, podrán hacerlo sin dificultades ideológicas optando por la Unión de Progreso y Democracia liderada por Rosa Díez y Fernando Savater. Es muy deseable que el Partido Popular gane las elecciones – con mayoría absoluta o sin ella – y que introduzca reformas legales que garanticen el cambio de rumbo. En particular, es urgente que se ponga freno al egoísmo desmesurado de los políticos nacionalistas, para evitar el aumento de la desigualdad entre las comunidades autónomas y una sangría económica que favorece programas sectarios y profundamente antidemocráticos en Cataluña y País Vasco o en Galicia y Baleares. Urge recuperar la credibilidad de la clase política en España. Del mismo modo, es necesario que nuestro país reanude relaciones normales y responsables con sus aliados democráticos, y que abandone las connivencias con dictaduras bananeras o totalitarismos asiáticos. Todo eso será posible con un cambio de rumbo, en el que los votantes de izquierda juegan un papel decisivo.

Los Juan Nadie sólo heredarán la Tierra si se unen. Por encima de las disputas ideológicas – que un nuevo concepto de política debe ayudarnos a superar – se encuentra la unión en la búsqueda del bien común. No es difícil aterrizar ese concepto – bien común – en algunos objetivos concretos: (1) educación de calidad que contribuya a la promoción real de nuestros jóvenes; (2) solidaridad entre las regiones; (3) accesibilidad de una vivienda digna; (4) seguridad en nuestras calles; (5) responsabilidad social de nuestros políticos; (6) lucha contra el totalitarismo en el orden internacional. Es hora de despertar. Y las urnas son el aldabonazo. Es nuestra la responsabilidad, y nuestra la esperanza."

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Editorial de Unidad en la pluralidad, 5 (2008), pp. 2-3. En la imagen: Gary Cooper y Barbara Stanwyck en Meet John Doe (Frank Capra, EEUU 1941).

martes, 8 de enero de 2008

Tiempo humano


La lectura depara, en ocasiones, grandes sorpresas. Una de ellas consiste en descubrir tesoros compartidos. Hay veces en las que se lee a un autor para descubrir, con emoción, que ha transitado por los mismos caminos que uno mismo, que ha albergado las mismas dudas y preocupaciones, que contempla los mismos paisajes intelectuales o espirituales. A menudo experimento esa sensación leyendo la columna semanal de Andrés Ibáñez en ABCD. Este sábado nos ha regalado algunas reflexiones sobre las edades del hombre y el tiempo (muy apropiado, tratándose del primer sábado del año). “La ansiedad es la maldición de la juventud”, escribe Ibáñez. Y la caracteriza como el deseo irrefrenable de ver cosas, conocer gente, hacer, lograr, triunfar, entrar. Me reconozco en ese diagnóstico: se trata de la aspiración a conquistar horizontes lejanos; y es uno de los motores de la Historia. “A partir de los cuarenta años, aparece otro nuevo tipo de maldición: la desilusión. Ambas, ansiedad y desilusión, se complementan. La primera surge de la convicción de que somos seres únicos, la segunda del descubrimiento de que somos seres como los demás. (...) El joven debe aprender a vencer su propia ansiedad, y el hombre y la mujer maduros a vencer su desilusión”.

En la segunda parte del artículo, Ibáñez afronta algunas reflexiones sobre la ambigüedad del tiempo: “Me asombra que ‘media hora’, por ejemplo, designe el mismo ‘tiempo’ que dura la quinta sinfonía de Beethoven y el ‘tiempo’ de hacer una tortilla de patatas. ¿Cómo pueden ambas medidas ser la misma?” Afirma a continuación que “ese tiempo lineal, medido con números y organizado de manera consecutiva como a lo largo de una cinta métrica, tiene muy poco que ver con la forma en que nuestra psique vive y registra las cosas”. Por ese motivo, “no creo que el tiempo tenga mucho que ver con nuestra realidad interna”. Creo no poder estar de acuerdo con Ibáñez en este punto. Por supuesto que ese tiempo lineal – lo he llamado “extensivo” en otros lugares – no tiene demasiado que ver con las vivencias humanas. Pero es que el tiempo humano no se identifica con esa métrica; ésta, a lo sumo, es la esquematización geométrico-matemática del discurrir. El tiempo humano no es extensivo, es “intensivo”. En cada instante de mi presente está contenido todo el tiempo anterior y se halla proyectado mi futuro.

Aquí vuelvo a coincidir con Ibáñez, que termina su artículo refiriéndose a una vivencia – la nostalgia – con la que viene a refrendar esta segunda concepción del tiempo. “Solemos interpretar la nostalgia como la tristeza por lo perdido, pero también hay una nostalgia del presente, como la hay del futuro. Tener nostalgia es sentir que hay una forma más profunda y verdadera de vivir que se nos escapa”. Me viene a la memoria lo que Albert Schweitzer escribió sobre Johann Sebastian Bach. Encuentro enseguida la cita en un hermoso libro, destinado al público juvenil, que Everest dedicó a Bach con motivo del tercer aniversario de su nacimiento (1985). A pesar de ser aún un niño, leer aquella cita me impresionó vivamente: “Este hombre sano y robusto,” decía Schweitzer, “que vivía rodeado por el afecto de una gran familia, que era la encarnación misma de la energía y de la afectividad, que tenía incluso una pronunciada afición por el humorismo, sentía en el fondo de su alma el intenso deseo, el ansia anhelante, la Sehnsucht del descanso eterno, y conocía, como jamás ser humano la ha conocido, la nostalgia de la muerte. Nunca esa nostalgia de la muerte ha sido traducida en música de una manera tan conmovedora”. Esa vivencia – la del anhelo de plenitud – demuestra con rotundidad que la experiencia humana del tiempo va más allá de la temporalidad de las cosas o de los estados de conciencia de los animales. Gracias a ella, el mundo vivido y lo porvenir se funden en nosotros, como realidades que fructifican o como semillas latentes. Ambas convergen en nuestro presente: el único momento del que realmente disponemos. El presente: momento, como señala Ibáñez, en el que “siempre estamos en la plenitud de la vida, porque siempre estamos vivos”.
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En la imagen: “La persistencia de la memoria”, de Salvador Dalí (1931, Museum of Modern Art, Nueva York).

miércoles, 2 de enero de 2008

Fin de año en Madrid


- Creo que Dios se enfada si pasas ante el color púrpura en el campo sin fijarte en él.
- ¿Quieres decir que hay que amar a todo como dice la Biblia?
- Sí Celie, todo quiere ser amado.


Vuelvo a Murcia en el Talgo, después de pasar un hermoso día con amigos en Madrid. Durante el viaje almuerzo un sándwich en el vagón-cafetería y leo la prensa. Los periódicos dedican sus portadas a la fiesta de la familia celebrada en la madrileña plaza de Colón. Cada diario aporta su particular coloratura, en una sana pluralidad informativa. Sin embargo, la versión de El país me parece chirriante. Se prodiga en encasillamientos ideológicos que en poco o en nada contribuyen a que el lector entienda lo que allí sucedió; por otra parte, en su editorial critica que aquella concentración tuviera un carácter “político”, como si eso añadiese un matiz vergonzante al asunto (¡qué necesario es que nos ocupemos de la polis, que nos preocupemos de las condiciones que posibilitan la convivencia!). Mención especial merece el tratamiento gráfico. El mundo o Abc reproducen numerosas imágenes que recogen lo que esa mañana vimos en Colón, en la Castellana, Recoletos y aledaños: familias, familias y más familias con sus hijos, caminando, orando, celebrando. En cambio, El país opta por tres fotografías: una, en tonos sombríos, con una panorámica de la plaza; las otras dos, desangeladas imágenes de grupos de obispos en hilera. Ningún plano próximo a los protagonistas del acontecimiento, como si el hecho de que miles de familias se hubiesen desplazado a Madrid desde tantos puntos de la geografía española no tuviese relevancia ni suscitase interrogantes; como si aquella mañana no hubiese sido un colorista maremágnum de jóvenes y adultos en fiesta. El periodismo nos ha de ayudar a entender qué pasa y por qué pasa; ejercido responsable e inteligentemente, posee un gran poder formativo, ayuda a construir la persona y la convivencia. Construido sobre la base de consignas acríticas y del desprecio de lo ajeno, deforma la visión del mundo y destruye. Que 2008 nos traiga consigo una mirada limpia, edificante.

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En la imagen: fotograma de El color púrpura, de Steven Spielberg (EEUU, 1985).

lunes, 24 de diciembre de 2007

24 de diciembre



Las Navidades son como los chaparrones de verano: te pillan desprevenido y ponen a prueba tu indumentaria. Claro que sabemos de antemano que viene la Navidad, y nos preparamos de distintas maneras; pero no se improvisa las situaciones vitales, y por mucho tiempo de que dispongamos no podemos planificarlas con antelación. La vida es como es. Estos días nos hallan con el dolor por Fran, nuestro amigo y hermano, que padece un prolongado proceso cancerígeno en la cama del hospital. Ayer me comunicaron que otra persona entrañable, Juan Torres, había tenido un accidente de coche en una carretera helada de Holanda; por la noche había muerto. Provi y Juanita: madres en cruz, que componen la sobrecogedora imagen de una Piedad rediviva. Todo ello contrasta agudamente con la imagen navideña que se transmite a través de las películas que las cadenas de televisión proyectan estos días, o con los estereotipos que muestran los medios en general: no, no todo va bien en Navidades, ni la Humanidad se encuentra en condiciones de disfrutar de la plenitud de una paz lograda o de una estabilidad conseguida. Quizá precisamente por eso, muchas mentes pensantes renuncian a celebrar estas fiestas: les parecen de un buenismo ingenuamente irresponsable, casi insoportable. Estoy de acuerdo. No ha lugar a optimismos empalagosos, no podemos – ni debemos – olvidar el mal, el sufrimiento de los inocentes y la corrupta arrogancia de los poderosos. Cierto. Pero es que la Navidad tiene que ver precisamente con todo eso. Punto por punto. En el nacimiento de Jesucristo están concentrados, en una sorprendente convergencia histórica, todos los dramas: el sufrimiento sin culpa, de su familia y de los neonatos betlehemitas; la soberbia del mundo, camuflada de piedad en el tirano Herodes; el anhelo y la promesa de redención, encarnada en el propio Niño; hay lugar incluso para la silenciosa falta de comprensión – en María y en José, que guardarían esos acontecimientos a la espera de poder comprender. La Madre sostiene al Niño en sus brazos, y compone con su gesto el anuncio de un nuevo abrazo: el de María al Cristo muerto en la cruz. El nacimiento anticipa la redención. Esta Navidad sí tiene que ver con la vida. Vale la pena celebrarla, con el espíritu henchido por el deseo y la esperanza.
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En la imagen: Kari Sylwan y Harriet Andersson en Gritos y susurros, dirigida por Ingmar Bergman (1973).


lunes, 17 de diciembre de 2007

Ocuparse de


El sábado pasado estuvimos de relaciones públicas. Presentamos en sociedad nuestra asociación “Ciudadanos por la unidad” y la revista, editada por “Ciudadanos”, Unidad en la pluralidad. Fue un acto hermoso, tanto por lo que allí se dijo como por el agradecido público y el marco arquitectónico (el palacete Ruano, situado en el centro de Lorca). La conferencia inaugural corrió a cargo de nuestro querido Enrique. En el editorial programático, publicado en el primer número de Unidad, afirmábamos que la revista tiene una intención eminentemente política; comentando esa frase, Enrique reparó en que, en nuestro contexto social, a quien dice eso se le pregunta casi de forma automática a qué partido pertenece – cosa que contraviene el espíritu mismo del compromiso político.

Me parece que dio en el clavo de uno de los grandes males que afligen a nuestra convivencia: identificar política con partidismo, con parcialidad y con pugna. Sin embargo, la política hace referencia a algo de mayor raigambre: el cuidado de la polis, de la ciudad. No se trata sólo – por importante que esto pueda ser – de un cierto interés por el marco que nos permite vivir en paz y desarrollarnos como colectivo y como individuos. El cuidado es un fenómeno propiamente humano, tal y como han puesto de manifiesto con especial finura pensadores como Heidegger y, en España, Ortega y Gasset o Marías. El ser humano se cuida de las cosas, se ocupa y se pre-ocupa de ellas.

Una de las palabras más hermosas de la lengua castellana recoge ese espíritu: esmero. El hombre y la mujer son capaces de esmerarse. No sólo hacen y deshacen, conocen y actúan sino que hacen, buscan el conocimiento y obran (o, al menos, son capaces de hacerlo) con esmero. Esta característica presupone un cierto modo de estar en el mundo, como ser reflexivo y ético. Esmero. Se trata de la palabra con la que se cierra un hermoso film de Zhang Yimou, Ni uno menos. Y qué esmerado resulta el modo en que el chinito aquel escribe esa palabra, en hermosos caracteres de filigrana, sobre la pizarra de su clase. La empresa política, en nuestros días, precisa de ese cuidado y de ese esmero.

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“Ciudadanos por la unidad” edita mensualmente la revista Unidad en la pluralidad. Con una tirada de 5.000 ejemplares, Unidad se distribuye tanto gratuitamente como a través de suscripción. La presentación de “Ciudadanos” tuvo lugar en Lorca el 15/12/2007. Martin Heidegger presentó la cura (Sorge) como característica originaria de lo humano en Ser y tiempo, obra publicada por primera vez en Halle a. d. Saale (Alemania) en 1927. La imagen procede del film Ni uno menos (1999), uno de los títulos más conocidos internacionalmente del cineasta de origen taiwanés Zhang Yimou.

lunes, 10 de diciembre de 2007

La humanidad del diálogo


Hoy hemos tenido un seminario científico ruspante, como dicen los italianos. O sea: con garra. Ha sido plenamente interdisciplinar. Hasta el final hemos perseverado Iñaki Vázquez (Antropología social y cultural), José Ignacio Rico (ídem), José Luís García Madrid (Fisioterapia), Enrique Arroyas (Comunicación), José Pedro Fuster (Humanidades) y yo. Después de un inicio sereno y de un cortés intercambio inicial de impresiones, el seminario se ha convertido en una batalla campal de las ideas, con el sonido de fondo de Las valquirias de Wagner. Y es que todo giraba en torno a Hannah Arendt, su concepto de la política y la relación entre verdad, historia y deliberación pública. ¡Ahí es nada!

Cada vez estoy más convencido de la necesidad de diálogo intelectual. Suena a banalidad, y debería serlo. Sin embargo, nuestro mundo académico se ha convertido en un columbario de compartimentos estancos. Como si la realidad estuviese compuesta de fragmentos y no fuera ese mundo común y compartido nuestro. En el origen de ese despiece se encuentra el proceso de especialización espoleado por la revolución científica del siglo XVII. Ante la especialización creciente, el esfuerzo de integración requiere cada vez más empeño. Y resulta ineludible: la realidad es una, y nuestra vida es unitaria; sólo si integramos lo disperso podemos hacerlo nuestro. El resto es información, pero no conocimiento (estupenda la reflexión de Leo sobre conocimiento y nuevas tecnologías en su blog Sobre ciencia y comunicación).

De manera que el intercambio de hoy ha sido sumamente provechoso. Además, entender por qué otra persona sostiene una posición contraria a la propia es muy formativo. Significa aprender a comprender. El diálogo con los libros resulta muy útil, y también lo es la confrontación con personas de carne y hueso. Construye. En el fondo, en el diálogo abierto nos encontramos todos. El problema viene cuando no hay diálogo, cuando se pasa por alto la diferencia intelectual. Lamentablemente, creo que esto último sucede muy a menudo en la Universidad española. Existe una saturación formal de información, pero poco intercambio real – y, por lo tanto, poco conocimiento. Fomentar el pensamiento crítico en el diálogo es una prioridad, comenzando por nuestras instituciones universitarias.

Enrique ha propuesto una continuación de nuestro debate, bajo el título “Ciudadanía y multiculturalismo. ¿Debemos invadir Somalia?” Me parece una provocación en toda regla. Y de las mejores: provoca a pensar. Cosa que, a fin de cuentas, forma parte de nuestro modo específico de insertarnos en la realidad. Dicho sea con Heidegger: el ser humano es el único cuya forma de ser parte siempre de una comprensión del mundo. Luego lo de esta mañana ha sido una muestra (más) de humanidad.

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Hannah Arendt (1906-1975) cursó estudios en Königsberg, Berlín y Marburgo: tres ciudades clave de la historia intelectual de Alemania - el Königsberg de Kant, el Berlín de Von Humboldt, Fichte, Hegel, Planck o Einstein y el Marburgo de la escuela neokantiana que lleva ese mismo nombre. Debido a la ley antisemita de 1933, fue inhabilitada para impartir docencia en la Universidad alemana. Se trasladó por ello a París, donde colaboró con la resistencia. Ante la ocupación nazi huyó en 1941 a Estados Unidos. Entre sus obras destacan Los orígenes del totalitarismo (1951) y Eichmann en Jerusalén, una antología de artículos publicados en The New Yorker con motivo del juicio a Otto Adolf Eichmann por crímenes de guerra contra el pueblo judío (1961). Es en esta última obra donde reflexiona sobre la banalidad del mal, dando lugar a un intenso debate que llega hasta nuestros días... y hasta nuestro seminario de esta mañana.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Sobre la mirada

















El pasado lunes mantuve una muy interesante conversación con Enrique. Hizo él referencia a la banda sonora de una película, en la que aparecía una versión musical del salmo 32: Exultate iusti in Domino. Como sobre otros temas, Enrique tiene una asombrosa cultura por lo que a las BSO se refiere. Pues bien, el pensamiento contenido en ese versículo me llama poderosamente la atención. Exultate iusti. A primera vista parecería tratarse de una exhortación algo moralista, un tanto fatua, dirigida a la élite de los selectos que lo hacen todo “como Dios manda”: ésos pueden y deben – parécese decir – regocijarse en el Señor. Casi se los imagina uno en sus mullidos sillones, exultando en la plenitud de sus carnes blandas y fumando un habano castrista con la satisfacción del deber cumplido – cual comerciantes exitosos que contemplan su buena estrella como signo de la predestinación divina (Calvino dixit, Weber completavit). Justos aburguesados, a fin de cuentas. Ahora bien, la exhortación del salmo no tiene mucho que ver con ese tipo de conciencias aquietadas, y Dios no parece poder ser esa especie de macrobanquero (aun sin gomina) que reparte beneficios a sus accionistas fieles. Como suele ocurrir, la tendencia – muy humana por otra parte – a traducir el hecho cristiano en los moldes de la retribución moral espontánea (do ut des) nos juega una mala pasada. Exultate iusti in Domino. ¿Qué significa “exultar en el Señor”…? Para la mentalidad veterotestamentaria, implica hacer memoria de las obras cumplidas por Dios en la Historia (general de la Humanidad) y en la historia (particular del individuo). Ahora bien, para hacer esa anamnesis – para contemplar – se precisa una cierta cualidad de la mirada: si tu ojo está sano, todo será luminoso (Lc 6, 22). ¿Cómo llamaremos a esa cualidad? ¿“Pureza” quizá…? Pero entonces nos arriesgaríamos a caer de nuevo en las redes del capitalismo moral: los puros (quizá, sobre todo, en materia sexual) serían los magnates del parqué. ¿“Rectitud” entonces? Correríamos el mismo riesgo. Quizá sea mejor acudir a situaciones que describan lo que las palabras sólo (equívocamente) sugieren. En A los que aman, Isabel Coixet presenta un personaje femenino que me resultó impactante. En trance de muerte, la protagonista alude al modo en que ha vivido: ‘quise que mi vida fuera luminosa, pero todo en torno a mí era oscuridad’. Una vida luminosa. La importancia de la mirada limpia sobre el mundo. Wim Wenders ha dedicado una película (irregular y maravillosa) a este asunto: Tan lejos, tan cerca (continuación de El cielo sobre Berlín). Muchos hombres – dice Natassia Kinski, transmutada en ángel sentado sobre la Puerta de Brandenburgo – han perdido la mirada adecuada sobre el mundo; por ese motivo, se han convertido en seres oscuros, que no contemplan nada y no escuchan a nadie (si tu ojo es oscuro, ¡qué oscuridad no habrá en ti!). Mirar con pureza el mundo implica, entre otras cosas, estar abierto al asombro. Como un niño. Hace poco se lo comentaba a mis alumnos: sólo alguien que se acerca a la realidad con la limpieza desprejuiciada de un niño puede siquiera plantearse las grandes preguntas. Porque plantearse los interrogantes últimos (como quién es el ser humano o quién soy yo) implica desmarcarse de las rutinas creadas por los hábitos teóricos y prácticos. Peter Handke lo expresa muy bellamente: cuando el niño era niño, era el tiempo de las grandes preguntas (“¿Por qué yo soy yo y no soy tú? ¿Por qué estoy aquí y no allá? ¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio? ¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño? ¿Existe de verdad el mal y gente que en verdad es mala…?”). Los que dan cabida a esa mirada limpia experimentan el asombro y la alegría. Remitiéndose a Bach, Bergman habla en sus memorias de lo que denomina su alegría: el gozo que ha experimentado en el contacto con las cosas, y que sólo pareció fallarle alguna vez al final de su vida (“Dios mío, no dejes que pierda mi alegría”). Qué importante es la limpieza de la mirada. Quien la tiene exulta, y es bienaventurado. Exultate iusti in Domino. Esa exultación está relacionada con la moralidad en su sentido más hondo. Entraña una “fe racional” en la inteligibilidad del mundo, que a su vez constituye la base para un talante moral. Y esta idea sí que pertenece a la “albañilería kantiana” (gracias, Ángel). Quien vive de ese modo – escribe Kant – cree para obrar rectamente, obra rectamente para creer con alegría. Exultad, justos, en el Señor. Et gloriamini omnes recti corde.

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El poema de Peter Handke “La canción de la niñez” (Das Lied vom Kindsein) está traducido al español por Gabriela Fanzone y disponible en red (http://www.seikilos.com.ar/Handke.html). Fue incluido por Wim Wenders en El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin); impagable resulta escuchar a Bruno Ganz recitando esos versos (mp3 disponible también en esa página). La cita de Ingmar Bergman proviene de su libro Linterna mágica (Tusquets editores, Barcelona 2001, p. 53). El pasaje kantiano procede del poema que Kant dedicó a Theodor Christoph Lilienthal tras el fallecimiento de éste el 17 de marzo de 1782: “Profunda oscuridad cubre lo que sigue tras la muerte; / de lo que nos corresponde hacer: sólo de eso estamos ciertos. / No hay muerte que pueda arrebatar la esperanza a quien – como Lilienthal – / cree para obrar rectamente, obra rectamente para creer con alegría.” (Ak XVII 397). En la imagen: Natassia Kinski en Tan lejos, tan cerca (In weiter Ferne, so nah!, 1993).

martes, 27 de noviembre de 2007

Mónadas con ventanas


Qué hermoso es tener una ventana abierta al mundo. Eso sí, cada cual llama a su ventana como quiere. Y su denominación suele decir mucho del que se asoma a ella. Ahí tenemos a mi estimado Ángel, responsable delictivo de un blog sobresaliente – a veces por su hilaridad, a veces por su redacción – llamado (ojo al dato) “Está la cosa muy mala”. No sé si ese título se debe a una pulsión esencialmente pesimista o a la tendencia del autor a ironizar sobre todo ente que se preste (o no) a ello. Y ahí tenemos a nuestro otro querubín, Miguel Ángel, con su “No (ha) lugar”. Miguel Ángel está acostumbrado a las filigranas de la sintaxis postmoderna, que despliega de forma envolvente en su blog. Se trata, como en el caso anterior, de un blog altamente adictivo, por lo que recomiendo al lector que se abstenga de aficionarse (en realidad, esto es publicidad subliminal). ¿Y qué dirán ellos de mi título…? Como si lo estuviera oyendo. Se lamentarán: es que Pedro Jesús es un kantiano. Con su reproche quedarán resumidos dos siglos de prejuicios contra el pensamiento del filósofo de Königsberg, tachado de purista maniático y de sistemático sin alma. Bueno. Reconozco que el título de este blog es mucho menos brillante que los antes citados; por ser, resulta hasta academicista. Pero en fin, al menos aporta un matiz positivo frente a tanto veto. Puede ser cierto que está la cosa muy mala y que no ha lugar a muchas efusividades, pero también lo es que tenemos por delante una tarea constructiva. Por cierto, todo escéptico demuestra una íntima incoherencia en el acto mismo de proclamar su lema: en el fondo, y a pesar de todo, cree en la comunicabilidad de lo que piensa y en la utilidad de expresarlo. Estoy seguro de que estas últimas consideraciones agradarán mucho a nuestra querida Leonarda, autora de otro blog de título enjuto: “Sobre ciencia y comunicación”. Está Leo muy preocupada por otra labor arquitectónica, a saber, la edificación de la Universidad española (casa común de salas espaciosas e intrincados pasillos, a veces magnífica en sus alhajas y veces amenazando ruina por las esquinas). A cada blog, su tarea.

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En la imagen: René Magritte, "La condición humana" (1933). De ésta y algunas otras obras de Magritte ha realizado Jacinto Rivera de Rosales una interesante interpretación: "Magritte y lo trascendental", Sileno 16 (2004) 19-25. Disponible en línea [en caché].