domingo, 14 de junio de 2026

Yo pienso en mí mismo como ser humano

   

El vuelo de una bandada de pájaros compone un prodigioso concierto visual, fruto de la evolución biológica. En el mundo antiguo, la gente miraba a menudo el vuelo de las aves. La ornitomancia servía para interpretar si portaban o no buenos augurios, si habría suerte o si llegarían desgracias. En todo ello se presagiaba la conexión etológica entre el comportamiento animal y las alteraciones del medio ambiente, mezclado con borrosas nociones de conexión cósmica. 

Donald Trump ha concitado a su alrededor una heterogénea bandada de pajarracos de la peor clase. Unos y otros han desparramado malos augurios a diestro y siniestro: desde casa propia –con unos niveles de polarización nunca vistos desde la guerra del Vietnam hasta nuestros días, y con miedo en no pocos grupos sociales– hasta los vecinos y los aliados tradicionales, con la vuelta de una manía pseudoimperial. Asistir a las evoluciones de esa serie de pajarracos permite barruntar sus pautas, sus giros, las alianzas y los parecidos con la ultraderecha (ver “Ultradreta: l’antítesi del trellat”, Cresol, 25/172, julio-septiembre de 2024, pp. 10-11).

La reciente polémica entre Elon Musk e Irene Montero nos da un botón de muestra. El hombre más rico del mundo es el mismo que, en su flirteo con Trump, ha desmantelado la Agencia Estadounidense para el Desarrollo, con la previsible consecuencia de hasta catorce millones de muertos de aquí a 2030 (ver “Votos que pueden matar”, Levante-EMV, 09/06/2025). Cuando Montero felicita al gobierno de España por el proyecto de regularizar medio millón de inmigrantes –que, como evidencian organismos nacionales e internacionales, contribuirán a la riqueza del país– y por el rechazo implícito de fascismo y racismo, Musk reacciona con una invectiva que revela su ignorancia o su malicia. Ahora bien, ¿cómo se había enterado él de las declaraciones de Montero...? A través de un post publicado en X por Eva Vlaardingerbroek, jurista y política holandesa conocida por oponerse a las vacunas y al feminismo. El pasado 1 de febrero, Vlaardingerbroek escribió: «Esta mujer, que está llamando a reemplazar a la gente Blanca, está casada con un hombre Blanco y tiene tres niños Blancos. Ese nivel de traición –no ya a tu propia gente, sino a tus propios niños– sólo puede ser calificado de patología estrema o pura maldad, o de ambos».

La desnudez de lo que dice llama la atención (y también la mayúscula en el adjetivo White, “Blanco”). Sin disimulos, sin avergonzarse, exalta el color de la piel. No la verdad, no la dignidad o la justicia: la piel (Blanca). Como si nunca hubiera habido reivindicación de los derechos humanos, lucha contra el esclavismo, abominio del racismo. Es la voz primitiva la que lo regurgita: hay que defender a la tribu.

Este discurso halla en nuestra casa su espejo. En España, y según el estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicado en septiembre de 2024, la inmigración ascendió ese año al primer lugar de las preocupaciones ciudadanas. Seguidamente, una encuesta monográfica realizada por el Instituto 40dB para el diario El País y la cadena SER desglosaba la correlación entre la inquietud por el fenómeno migratorio y las adhesiones políticas: mientras el 29% de los votantes del PSOE consideraban preocupante la presencia extranjera, la cifra ascendía al 73% entre los votantes de VOX. En febrero de este año, el líder de este partido, Santiago Abascal, ha atacado duramente a las instituciones que apoyan la iniciativa legislativa popular de regularizar a más de medio millón de inmigrantes –en particular, a la Iglesia católica–, acusándolas de ser cómplices de la inmigración ilegal por afán de lucro.

En las Cortes valencianas, la complicidad de PP y VOX ha permitido aprobar, en el pasado octubre, un Plan de Estadística 2025-2028 en el que se diferenciarán los datos de la población autóctona e inmigrante en ámbitos como el uso de las emergencias sanitarias, las donaciones de sangre o la aportación neta al Estado. Se trata de un planteamiento tramposo. Los datos procedentes de ese filtrado tendrían relevancia política si se cumpliesen ciertos presupuestos: por ejemplo, que todos los grupos de población partiesen de las mismas condiciones sociosanitarias; o que las personas inmigrantes no estuviesen cubriendo sectores laborales que, de otro modo, quedarían desatendidos. El informe Funcas La inmigración en España: retos, impacto y políticas, presentado el pasado 12 de febrero, señala cómo la mitad del crecimiento del PIB desde 2022 –que pone a nuestro país a la cabeza de la Unión Europea– se debe a la contribución laboral de la población inmigrante. Según datos de enero recogidos por el Instituto Nacional de Estadística, la comunidad valenciana lidera la recepción de inmigrantes. La presencia de personas nacidas en otros países –en torno al 20% de la población– tiene lugar en un marco favorable, reflejado en los estudios de opinión. Sin embargo, no hemos de pensar que el tejido social resulte impermeable; en particular, el segmento de población juvenil que ve obstaculizado su progreso –per ejemplo, a raíz del encarecimiento de alquiler y vivienda– constituye el caladero de votos del discurso xenófobo.

Vlaardingerbroek, Abascal y los suyos confunden la Humanidad con la tribu, la civilización con el color de la piel. El resultado es la defensa de un darwinismo social que nos retrotrae a pájaros de mal augurio. Y, sin embargo, otro discurso es posible.

En el film de Stanley Kramer Adivina quién viene a cenar esta noche, y en un duro y memorable diálogo, el protagonista se encara con su padre. Ambos son negros. El hijo está encarnado por Sidney Poitier, quien se distinguió por su lucha contra los prejuicios sociales. «Tú piensas en ti mismo como hombre de color», le dice al padre, «yo pienso en mí mismo como hombre». A duras penas se puede sintetizar mejor una verdad fundacional de la civilización, tal y como la conocemos y la queremos. No blanco ni negro: ser humano.


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Artículo propio publicado en la revista
 Cresol, Valencia (abril-junio 2026), pp. 16-17. En la imagen, un estudio de manos realizado por Leonardo da Vinci hacia el 1490 y conservado en la Royal Collection de Londres


Jo pense en mi mateix com a ésser humà

  

El vol d’una bandada d’ocells compon un prodigiós concert visual, fruit de l’evolució biològica. En el món antic, hom es mirava sovint el vol dels ocells. L’ornitomància servia per a interpretar si portaven o no bons auguris, si hi hauria sort o arribarien desgràcies. En tot això es presagiava la connexió etològica entre el comportament animal i les alteracions del medi ambient, barrejada amb boiroses nocions de connexió còsmica.

Donald Trump ha concitat al seu voltant una heterogènia bandada d’ocellots de la pitjor mena. Uns i altres han escampat mals auguris a tot arreu: des de casa pròpia –amb uns nivells de polarització mai vistos des la guerra del Vietnam ençà, i amb por en no pocs grups socials– fins als veïns i als aliats tradicionals, amb el retorn d’una dèria pseudoimperial. Assistir a les evolucions d’eixe reguitzell d’ocellots permet albirar-ne les pautes, els girs, les aliances i les semblances amb la ultradreta (veure “Ultradreta: l’antítesi del trellat”, Cresol, 25/172, juliol-setembre 2024, pp. 10-11).

La recent polèmica entre Elon Musk i Irene Montero ens en dóna un botó de mostra. L’home més ric del món és el mateix que, en el seu flirteig amb Trump, ha desmantellat l’Agència Estatunidenca per al Desenvolupament, amb la previsible conseqüència de fins a catorze milions de morts d’ací al 2030 (veure “Vots que poden matar”, Levante-EMV, 09/06/2025). Quan Montero felicita el govern d’Espanya pel projecte de regularitzar mig milió d’immigrants –que, com palesen organismes nacionals i internacionals, contribuiran a la riquesa del país– i pel rebuig implícit de feixisme i racisme, Musk reacciona amb una invectiva que revela la seua ignorància o la seua malícia. Ara bé, com s’havia assabentat ell de les declaracions de Montero...? Mitjançant un post publicat a X per Eva Vlaardingerbroek, jurista i política holandesa coneguda per oposar-se als vaccins i al feminisme. Passat 1 de febrer, Vlaardingerbroek escrigué: «Aquesta dona, que està cridant a reemplaçar la gent Blanca, està casada amb un home Blanc i té tres nens Blancs. Eixe nivell de traïdoria –no ja a la teua pròpia gent, sinó als teus propis nens– sols pot ser qualificat de patologia extrema o pura maldat, o d’ambdós».

La nuesa del que diu crida l’atenció (i també la majúscula en l’adjectiu White, “Blanc”). Sense embolcalls, sense avergonyir-se’n, exalta el color de la pell. No la veritat, no la dignitat o la justícia: la pell (Blanca). Com si mai no hi haguera hagut cap reivindicació dels drets humans, cap lluita contra l’esclavisme, cap abomini del racisme. És la veu primitiva a regurgitar-ho: cal defensar la tribu.

Aquest discurs troba el seu mirall a casa nostra. A l’Estat espanyol, i segons l’estudi del Centre d’Investigacions Sociològiques (CIS) fet públic el setembre del 2024, la immigració ascendí eixe any al primer lloc de les preocupacions ciutadanes. Tot seguit, una enquesta monogràfica sobre la immigració, realitzada per l’Institut 40dB per al diari El País i la cadena SER, desglossava la correlació entre la inquietud pel fenomen migratori i les adhesions polítiques: mentre el 29% dels votants del PSOE consideraven preocupant la presència estrangera, la xifra ascendia al 73% entre els votants de VOX. En febrer d’enguany, el líder d’aquest partit, Santiago Abascal, ha atacat durament les institucions que recolzen la iniciativa legislativa popular de regularitzar mig milió d’immigrants –en particular, l’Església catòlica–, tot acusant-les de ser còmplices de la immigració il·legal per afany de lucre.

A les Corts valencianes, la complicitat de PP i VOX ha permès aprovar, el passat octubre, un Pla d’Estadística 2025-2028 en què es diferenciarà dades de població autòctona i immigrant en àmbits com ara l’ús de les emergències sanitàries, les donacions de sang o l’aportació neta a l’Estat. Es tracta d’un plantejament trampós. Les dades procedents d’eixe triatge tindrien rellevància política si s’acomplissin certs pressuposts, com ara que tots els grups de població partiren de les mateixes condicions sociosanitàries o que les persones immigrants no estigueren cobrint sectors laborals que altrament romandrien desatesos. L’informe Funcas La immigració a Espanya: reptes, impacte i polítiques, presentat el passat 12 de febrer, assenyala com la meitat del creixement del PIB del 2022 ençà –que converteix el nostre país en capdavanter a la Unió Europea– es deu a la contribució laboral de la població immigrant. Segons dades de gener recollides per l’Institut Nacional d’Estadística, la comunitat valenciana lidera la recepció d’immigrants. La presència de persones nascudes a altres països –al voltant del 20% de la població– s’esdevé en un marc favorable, reflectit als estudis d’opinió. Tanmateix, no hem de pensar que el teixit social siga impermeable; en particular, el segment de població juvenil que veu entrebancat el seu progrés –per exemple, arran de l’encariment de lloguer i habitatge– constitueix el calador de vots del discurs xenòfob.

Vlaardingerbroek, Abascal i els seus confonen la humanitat amb la tribu, la civilització amb el color de la pell. El resultat és la defensa d’un darwinisme social que ens retrotrau a ocells de mal auguri. I, tanmateix, altre discurs és possible.

Al film de Stanley Kramer Endevina qui ve a sopar, el protagonista s’encara amb son pare en un dur i memorable diàleg. Ambdós són negres. El fill ve encarnat per Sidney Poitier, qui es distingí per la seua lluita contra els prejudicis socials. «Tu penses en tu mateix com a home de color», li diu al pare, «jo pense en mi mateix com a home». Amb prou feines es pot sintetitzar millor una veritat fundacional de la civilització, tal i com la coneixem i com la volem. No blanc ni negre: ésser humà.


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Article propi publicat a la 
revista Cresol, Valencia (abril-juny 2026), pp. 16-17. En la imatge, estudi de mans realitzat per Leonardo da Vinci envers el 1490 i conservat a la Royal Collection de Londres


miércoles, 1 de abril de 2026

Postales de Alejandría en Valencia

 


Hace unos meses bromeábamos con una querida amiga. Nos imaginábamos qué aspecto tendría Cleopatra en la producción Julio César en Egipto, prevista para febrero y marzo en el Palau de les Arts. Visto el gusto del coliseo valenciano por las escenografías minimalistas y rompedoras, Cleopatra aparecería quizá —se nos ocurría— como secretaria en la oficina de un tal César. No podíamos barruntar que sería más o menos así: en su primera aparición en el escenario, la encarnación de la diosa Isis viste un sencillo traje de chaqueta y baila en torno a una silla de ruedas tipo oficina. 

Empezado el espectáculo, las opciones escenográficas —a caballo entre baile veneciano de máscaras, diseño de Christian Lacroix, y mobiliario funcional— no harían presagiar más que un correcto espectáculo musical. Sin embargo, la representación procede en un auténtico crescendo. Una de las progresiones más asombrosas a las que he asistido, al nivel de las mejores producciones de la Staatsoper de Viena.

Bien pronto, la calidad de las voces de la pareja protagonista —Aryeh Nussbaum Cohen, contratenor que sustituye al castrato barroco (Julio César), y Marina Monzó, soprano (Cleopatra)— lleva a olvidar cualquier veleidad. Vincent Boussard, director de escena, y Frank Philipp Schlößmann, encargado de la escenografía, trasladan la acción a escenarios de abstracta geometría distribuidos con marcos móviles que separan ambientes y tonalidades cromáticas. Se van pergeñando así postales de una rara belleza: no ya de Alejandría —a excepción de unas esquemáticas pirámides, no hay rastro de Egipto—, sino de las pasiones del alma: tristeza, desesperación, enloquecimiento, ira, alegría.

El primer acto se cierra con una cima de la narrativa musical y escenográfica: el dúo «Son nata a lagrimar» entre la romana Cornelia y su hijo Sesto. Sara Mingardo, contralto, y Arianna Vendittelli, soprano, tejen un diálogo que deslumbra y conmueve. Cuando se abre el segundo acto, el aria estrella «V’adoro, pupille» —que Monzó borda en técnica y melisma— se mueve en una esfera semejante de emocionante armonía. Hasta el final, los intérpretes compiten por emularse unos a otros en perfección. Detrás de ellos, una Orquesta de Valencia tocada de gracia. Su virtuosismo y el trabajo del director musical, Marc Minkowski, logran niveles de excelencia en la instrumentación historicista, la precisión contrapuntística y el equilibrio sonoro.

Georg Friedrich Händel estrenó la ópera Giulio Cesare in Egitto, en el King’s Theatre de Londres, el 20 de febrero de 1724. El 7 de abril, en San Nicolás de Leipzig, Johann Sebastian Bach dirigía la primera ejecución de la Pasión según San Juan. Monumentos de la música barroca; tiempo de genios. Arte que pide ser recreado en cada generación. Postales de Alejandría, cartografía de las pasiones del alma, en Valencia.


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Artículo propio publicado en el diario Levante (20/03/2026). En la imagen, detalle del cuadro de Lawrence Alma-Tadema Moisés salvado de las aguas (1904). Aunque recrea a la hija del faraón en el relato bíblico, la editorial Planeta la eligió para ilustrar la portada de la novela de Terenci Moix, protagonizada por Cleopatra, No digas que fue un sueño


Postals d'Alexandria a València

 


Fa uns mesos, fèiem un acudit amb una benvolguda amiga. Ens imaginàvem quin aspecte tindria Cleòpatra a la producció Giulio Cesare in Egitto, prevista per a febrer i març al Palau de les Arts. Atès el gust del coliseu valencià per les escenografies minimalistes i trencadores, Cleòpatra apareixeria tal vegada —vàrem bromejar— com a secretària a l’oficina d’un tal Cèsar. No podíem albirar que seria més o menys així: en la seua primera aparició a l’escenari, l’encarnació de la deessa Isis duu un senzill vestit de jaqueta i dansa entorn d’una cadira de rodes tipus oficina.

En encetat l’espectacle, les tries escenogràfiques —a cavall entre ball venecià de màscares, disseny de Christian Lacroix, i mobiliari funcional— no farien presagiar més que un correcte espectacle musical. Tanmateix, la representació procedeix in un veritable crescendo. Una de les progressions més esbalaïdores a què mai he assistit, al nivell de les millors produccions de la Staatsoper de Viena.

Ben aviat, la qualitat de veus de la parella protagonista —Aryeh Nussbaum Cohen, contratenor substitutiu del castrato barroc (Julius César), i Marina Monzó, soprano (Cleòpatra)— fa oblidar qualsevol vel·leïtat. Vincent Boussard, director d’escena, i Frank Philipp Schlößmann, encarregat de l’escenografia, traslladen l’acció cap a escenaris d’abstracta geometria distribuïts amb marcs mòbils que separen ambients i tonalitats cromàtiques. Es van engiponant així postals d’una rara bellesa: no ja d’Alexandria —llevat d’unes esquemàtiques piràmides, d’Egipte no n’hi ha deixalla—, sinó de les passions de l’ànima: tristesa, desesperació, embogiment, ira, joia.

El primer acte es clou amb una cimera de la narrativa musical i escenogràfica: el duo «Son nata a lagrimar» entre la romana Cornèlia i son fill Sesto. Sara Mingardo, contralt, i Arianna Vendittelli, soprano, teixeixen un diàleg que enlluerna i commou. Quan s’obri el segon acte, l’ària estrela «V’adoro, pupille» —que Monzó broda en tècnica i melisma— es mou en una esfera semblant de trasbalsadora harmonia. Fins a la cloenda, els intèrprets competeixen per a emular-se en perfecció. En el rerefons, una Orquestra de València tocada de gràcia. El seu virtuosisme i el treball del director musical, Marc Minkowski, aconsegueixen nivells d’excel·lència en la instrumentació historicista, la precisió contrapuntística i l’equilibri sonor.

Georg Friedrich Händel estrenà l’òpera Giulio Cesare in Egitto, al King’s Theatre de Londres, el 20 de febrer del 1724. El 7 de abril, a sant Nicolau de Leipzig, Johann Sebastian Bach dirigia la primera execució de la Passió segons San Joan. Monuments de la música barroca; temps de genis. Art que demana de vindre reviscolat en cada generació. Postals d’Alexandria, cartografia de les passions de l’ànima, a València.


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Article propi publicat al diari Levante (20/03/2026). En la imatge, detall de l'obra de Lawrence Alma-Tadema The Finding of Moses (1904). Tot i recrear la filla del faraó en el relat bíblic, l'editorial Planeta la trià per a il·lustrar la portada de la novel·la de Terenci Moix, protagonitzada per Cleòpatra, No digas que fue un sueño


domingo, 8 de marzo de 2026

Trump i el Lebensraum

 


Quan Adolf Hitler i el seu exèrcit desfilaren per la Ringstraße de Viena, els aclamà una gentada de desenes de milers. Hi veien el reunificador del poble de mateixa parla, una promesa de prosperitat, la mà forta que podria fer de nou gran el país. Hi ha diferències essencials entre eixe escenari i el que Donald Trump ha engegat al Veneçuela amb l’atac de dissabte 3 de gener. Ací no es tracta pas d’una annexió. Nicolás Maduro és un dictador feroç que ha fet de la corrupció, la tortura i la violència el seu modus operandi; del 2024 ençà es manté al poder de forma il·legítima. No els manca raó a milions de veneçolans que per tot arreu celebren la seua detenció. Com m’escriu un meu benvolgut amic, immigrant veneçolà a València: «Todo sea por un bien».

Tanmateix, no sembla gens clar que tot siga per a bé. La Constitució estatunidenca estableix que un atac militar ha de rebre el vistiplau en seu parlamentària. Trump no ha exposat els seus plans al congrés: sabia que no vindrien recolzats amb majoria suficient. Les raons que al·lega per a la intervenció resulten fal·laces. Ni els opiacis –com ara el fentanil– que han produït estralls a diverses ciutats estatunidenques no provenen majoritàriament de Veneçuela, ni el país caribeny posseeix cap poder per a desestabilitzar la seguretat nacional.

Trump vol imposar la pròpia llei al pati del darrere de casa. Li mou l’objectiu evident del guany. Vol el petroli veneçolà –de retruc, negat a la Xina– i, amb ell, espai vital per a l’economia estatunidenca. Vol Lebensraum. I ha optat per arrabassar-lo amb la violència. Vet ací una volta de femella a la doctrina Monroe i al corol·lari que hi afegí Theodor Roosevelt, el 1904, justament arran del bloqueig naval al Veneçuela. En l’Estratègia de Seguretat Nacional publicada el passat novembre es va recollir el «corol·lari de Trump a la doctrina Monroe». Aquest inclou «establir o expandir l’accés a indrets estratègicament importants» (p. 16).

Tot això succeeix dins d’una grollera barreja entre allò públic i allò privat. La roda de premsa rere la invasió no s’ha tingut a cap edifici del govern, sinó a la mansió de Trump en Mar-a-Lago. Lluny d’exposar un precís full de ruta, ha amollat que els Estats Units «will run Venezuela»: en prendran el control. N’hi ha prou amb comprovar com s’han desestabilitzat amples regions arran de les operacions estatunidenques a Afganistan o Iraq, i les esfereïdores conseqüències globals d’això, per a adonar-se de l’extrema perillositat de tals intervencions.

La ineptitud diplomàtica de Trump i del seu equip només té parangó amb el seu agosarament. Han fet ulls clucs a totes les normes vigents: les de la democràcia estatunidenca i les del dret internacional. S’acosten així, encara més, al Vladímir Putin que envaí Ucraïna en cerca de Lebensraum. Vet ací l’esglaiadora convergència entre dictadors d’ahir i ara.

Malauradament, la joia dels nostres germans veneçolans pot no trigar gaire a donar pas a la constatació del caos. Nosaltres els desitgem, de tot cor, el millor. A hores d’ara però, allò cert és que s’ha trepitjat la legalitat a la vista de tothom. I això no fa esperar res de bo.


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Article propi publicat al diari Levante (05/01/2026). 

 

Trump y el Lebensraum

 










Cuando Adolf Hitler y su ejército desfilaron por la Ringstraße de Viena, una multitud de decenas de miles los aclamó. En él veían al reunificador del pueblo de la misma lengua, una promesa de prosperidad; la mano fuerte que podría, de nuevo, hacer grande al país. Hay diferencias esenciales entre ese escenario y el que Donald Trump ha puesto en marcha en Venezuela con el ataque del sábado 3 de enero. No se trata ya aquí de una anexión. Nicolás Maduro es un dictador feroz que ha hecho de la corrupción, la tortura y la violencia su constante modo de actuar; desde el 2024 se mantiene en el poder de forma ilegítima. No les falta razón a millones de venezolanos que celebran su detención por todas partes del mundo. Como me escribe un querido amigo, inmigrante venezolano en Valencia: «Todo sea por un bien».

Sin embargo, no parece nada claro que todo sea para bien. La Constitución estadounidense establece que un ataque militar ha de recibir el visto bueno en sede parlamentaria. Trump no ha expuesto sus planes al congreso: sabía que no los respaldaría con mayoría suficiente. Las razones que alega para la intervención resultan falaces. Ni los opiáceos como el fentanilo, que han producido estragos en varias ciudades estadounidenses, provienen mayoritariamente de Venezuela, ni el país caribeño posee poder alguno para desestabilizar la seguridad nacional. 

Trump quiere imponer la propia ley en el patio de atrás de casa. Le mueve el objetivo evidente de la ganancia. Quiere el petróleo venezolano –que, de rebote, se le niega a China– y, con él, espacio vital para la economía estadounidense. Quiere Lebensraum. Y ha optado por arrebatarlo con la violencia. He aquí una vuelta de tuerca a la doctrina Monroe y al corolario que le añadió Theodor Roosevelt, en 1904, justamente a raíz del bloqueo naval a Venezuela. En la Estrategia de Seguretat Nacional publicada el pasado noviembre se recogió el «corolario de Trump a la doctrina Monroe». Éste incluye «establecer o expandir el acceso a enclaves estratégicamente importantes» (p. 16).

Todo ello sucede dentro de una grosera mezcla entre lo público y lo privado. Tras la invasión, la rueda de prensa no tuvo lugar en ningún edificio del gobierno, sino en la mansión de Trump en Mar-a-Lago. Lejos de exponer una precisa hoja de ruta, soltó que los Estados Unidos «will run Venezuela»: tomarán el control. Basta con comprobar cómo se han desestabilizado amplias regiones a raíz de las operaciones estadounidenses en Afganistán o Irak, y sus espeluznantes consecuencias globales, para darse cuenta de la extrema peligrosidad de tales intervenciones. 

La ineptitud diplomática de Trump y de su equipo sólo tiene parangón con su osadía. Han cerrado los ojos a todas las normas vigentes: las de la democracia estadounidense y las del derecho internacional. Se acercan así, aún más, al Vladimir Putin que invadió Ucrania en búsqueda de Lebensraum. He aquí la sobrecogedora convergencia entre dictadores de antes y de ahora.

Por desgracia, la alegría de nuestros hermanos venezolanos puede no tardar demasiado en dar paso a la constatación del caos. Nosotros les deseamos, de todo corazón, lo mejor. Ahora bien: en estos momentos, lo cierto es que se ha violado la legalidad a la vista de todo el mundo. Y eso no hace esperar nada bueno.


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Artículo propio publicado en el diario Levante (05/01/2026). 

domingo, 8 de febrero de 2026

El escándalo de la pobreza y la salida hegeliana




Text original en valencià

Mi querido Higinio Marín ha publicado recientemente un artículo en estas páginas: «El miedo obliga» (Levante-EMV, 07/09/2025). En pocas palabras, y en las mías, su tesis es que lo que no consiguió la ética lo logrará el miedo: el primer mundo no remediará el escándalo de la pobreza por convencimiento moral, sino para que no lo fagociten las masas empobrecidas. Con 'pobreza' no me refiero aquí sólo al hambre y a la carencia de bienes esenciales para la subsistencia biológica: también a la miseria cultural y al desposeimiento de derechos. La tesis de Marín concierne, entre otros, al fenómeno migratorio: será por miedo al inmigrante que los países pudientes se darán cuenta de veras de que hay que promover el tejido político y económico de los territorios de donde aquél proviene. Y es que «ante la inmigración no hay solución perdurable que no sea también una solución para todos: acabar con la pobreza que la causa».

Se trata de una idea enraizada en el pensamiento moderno. Yo diría que en el trasfondo se hallan, al menos, dos hilos conductores. Fue Immanuel Kant quien señaló cómo incluso la vertiente más oscura de la condición humana –no ya pan de ángel, sino leño retorcido– contribuye al progreso de la historia. Lo hace por una astucia de la razón entrelazada con la búsqueda de la propia subsistencia: la supervivencia del individuo sólo viene garantizada si nos encontramos al abrigo de la hostilidad. Se entrevé aquí el papel del miedo hobbesiano al que Marín alude. Ese hilo conductor se radicaliza en la epopeya hegeliana de la historia. Para Georg W. F. Hegel, el movimiento histórico implica negación, contraposición, conflicto; es de ese engranaje dramático que emerge una superación real y efectiva. La historia no deviene lineal sino dialécticamente.

El argumento expuesto por Marín parece conectar con ambos hilos conductores. Formaría parte de la narrativa histórica, aquí y ahora al menos, que lo que la concienciación moral no ha podido lograr –combatir el escándalo de la pobreza en su raíz– sea promovido por el miedo al inmigrante.

Y, sin embargo, creo que esa conexión sólo es aparente.

Para Kant, el progreso humano se da si la acción brota de una intención propiamente ética. Ahora bien, remediar la miseria por conveniencia no viene movido por tal intención. Se podría objetar –y tengo razones para creer que Marín no lo haría– que lo que interesa ahora es la dialéctica histórica y no el talante moral. No obstante, yo diría que ese movimiento narrativo –la promoción del tercer mundo a raíz del miedo al inmigrante– encubre una dialéctica inoperante. El motivo es que no procede del haberse hecho cargo de lo real, de un reconocimiento del otro: es pura autorreferencialidad, apariencia sin avance real, onanismo trumpiano. Se mueve en la mera superficie. Por eso, cuando se dice: «Puede ser que la historia nos conduzca hacia donde no habríamos ido por nosotros mismos», me parece que ese «hacia donde» no señala un lugar de superación y progreso, sino un mero tránsito hacia una involución: un espejismo.

La auténtica dialéctica implica hacerse cargo de lo otro, digerirlo en la conciencia histórica. La crisis migratoria es hija de la radicalización del marco neocapitalista y de sus vicios estructurales. El capitalismo salvaje arraiga en la dinámica de acumulación de bienes y poder, en la explotación del ser humano y de la naturaleza; por eso se opone a la vida, ahoga su pluralidad y agota sus capacidades. Superar la oposición entre vida y capitalismo extractivo quiere decir caminar hacia una cultura del reconocimiento, de la mutua pertenencia, que sólo puede enraizarse en la conciencia de que el otro es otro yo. Quiere decir luchar contra la alienación, pasar del yo al nosotros. Sin esa conciencia de cohumanidad no hay auténtica dialéctica ni progreso duradero: apenas ha pasado el miedo, caen las máscaras y se vuelve a lo de antes.

Y, sin embargo, otra manera de vivir es posible. La historia alberga ese corazón dialéctico movido por el reconocimiento del otro. Éste palpita más fuerte: y es que lo mueve la sangre de la humanidad entera, sin exclusiones de ningún tipo. El propio Marín lo ha puesto de relieve en otros lugares. La condición humana tiene una raíz más profunda que el miedo.

 

Artículo propio publicado en el diario Levante (23/09/2025, p. 4). En la imagen, fotomontaje de Josep Renau conservado en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM).