Desde hace un tiempo, el lenguaje político ha recuperado el campo semántico de la prioridad nacional. Prioridades siempre ha habido, como disponer de abastecimiento alimentario, de fuentes de energía o de medios para garantizar la seguridad. Lo novedoso es agudizar el contraste de todo ello con elementos externos, parasitarios, que habrían venido a fagocitar los recursos: los inmigrantes.
Fue Donald Trump quien, con el lema electoral «America First», popularizó el concepto. Siguieron deportaciones masivas y el desmantelamiento de USAID, la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional («Vots que poden matar», Levante-EMV, 09/07/2025: traducción aquí). En nuestro país, el vocero de este discurso es VOX, lo cual explica su animadversión hacia las instituciones que apoyan la acogida de inmigrantes. En 2024, el portavoz de VOX en la Comisión de cooperación internacional, José Alcaraz, defendió descolgarse de la Agenda 2030 de la ONU, que incluye 169 medidas para erradicar la pobreza y contrarrestar el cambio climático.
Y, sin embargo, la acogida a los inmigrantes genera riqueza. El informe Funcas La inmigración en España: retos, impacto y políticas pone en evidencia cómo desde el año 2022 la mitad del crecimiento del PIB, a la avanzadilla de Europa, se debe a la aportación laboral de los recién llegados. Según datos de enero recogidos por el INE, la Comunidad valenciana lidera la recepción de inmigrantes, en torno a un 20% de la población. La regularización en marcha permitirá que muchos puedan trabajar en condiciones legales y que aporten así su propia contribución a través de los impuestos.
Pero todo eso no convencerá a quienes están envenenados por la retórica xenófoba. Ésta rechaza la presencia de lo extraño, la diferencia cultural y el diferente color de la piel («No blanc ni negre: ésser humà», Levante-EMV, 28/02/2026: traducción aquí). Quizá deberían adoptar otro punto de vista.
El pasado 17 de mayo, la Organización Mundial de la Salud declaró un brote del virus Ébola en el Congo. Hacía meses que ya circulaba; los sistemas de detección, erosionados por la financiación decreciente, llegaron tarde. Se trata de la cepa Bundibugyo, para la cual no hay vacuna, y el brote se extiende por África central. La República Democrática del Congo, casi cinco veces más grande que España y con más de ciento cinco millones de habitantes, es heredera del Estado esclavista establecido durante la dominación belga. Desde que se independizó, en 1960, no ha dejado de sufrir guerras civiles. A pesar de sus reservas de cobalto, se halla entre los quince países más pobres del mundo. Cuando Trump escenificó el acuerdo entre Congo y Ruanda en la casa Blanca, respaldando así su aspiración al Nobel de la Paz, su gobierno ya había desmantelado USAID.
Las epidemias amenazan a todo el mundo. En un contexto de movilidad global, la propagación de un virus está siempre al acecho. Así que lo del Congo es prioritario. Ahora bien, ¿cómo queremos resolverlo? Si no permitiésemos que los inmigrantes, con su trabajo aquí, contribuyeran a sus economías de origen, y si no contribuyésemos nosotros por medio de la ayuda humanitaria, condenaríamos a los más pobres a hundirse en su propia miseria. Ésa sería también nuestra miseria, en todos los sentidos.
Sin embargo, se trata sobre todo de una cuestión de dignidad. En su visita a España, y después de la recepción en el Palacio real, el primer lugar donde se dirigió Robert Prevost, Papa León XIV, fue un centro de acogida de Cáritas. Allí escuchó, entre otros, el testimonio de un joven senegalés sobre su propia llegada: «Me sentía solo. Había dejado todo atrás y no sabía ni por dónde empezar. Pero encontré personas que me acogieron, me miraron con respeto y me hicieron sentir que mi vida importaba». ¿Qué prioridad puede haber por encima de ésta...?
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Artículo propio publicado en el diario Levante, Valencia, 18 de junio de 2026, p. 4. En la imagen, una proyección cartográfica de la ubicación de la República Democrática del Congo (fuente: Wikipedia).
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