
Eso es lo que hacen las hermanas protagonistas de Gritos y susurros. La mediana, Agnes, aquejada por una dolencia grave y aguda; la mayor, Karin, y la pequeña, María, invadidas por una enfermedad letal del espíritu y del cuerpo: la imposibilidad de donarse a los demás. Karin y María ejemplifican bien la faceta nihilista de los personajes bergmanianos: el infierno son los otros. Frente ellas se alza, con enorme altura moral, la sirvienta Anna: sólo ella acompañará a Agnes en su último trance, componiendo con ella una sublime imagen de la piedad humana.
El pasado viernes vimos Gritos y susurros en nuestro ciclo “Noventa años con Ingmar Bergman”, que de este modo concluía su sexta semana. Esta vez me tocaba a mí la conferencia. Quise partir del análisis filosófico de la temporalidad como dato estructural, constitutivo, del ser humano y entroncar desde ahí con el modo en el que Bergman afronta el carácter temporal de la existencia. Todo ello nos llevó muy lejos. Como siempre, la mesa redonda y el diálogo final fueron gozosos. A ello hay que sumar que entre el público se encontraba un buen número de “bergmanianos sobrevenidos”: mis padres, mis primos e incluso alumnos aventajados y amigos a los que aún no conozco (Septembrino).
Ni las palabras ni las imágenes transmiten la densidad de todo cuanto se halla expuesto, de modo magistral, en la soberbia película del director sueco. He tenido oportunidad de asistir a una Pietà similar a la compuesta por Anna y Agnes: ha sido el desenlace, reciente y siempre vivo en la memoria, de nuestro hermano Fran. Pero tampoco es suficiente para entender. ¿O quizá sí...? Fue Unamuno el que habló del compadecer –padecer-con– como sinónimo del amor; de manera que “quien se acerque al infinito del amor, al amor infinito, se acerca al cero de la dicha, a la suprema congoja” (Del sentimiento trágico de la vida, capítulo séptimo).
Esta afirmación del gran Unamuno daría mucho que hablar. No puedo sino asentir a la intención que la guía: aterrizar el amor en el mundo de los hombres, en la concreción de nuestra vida de carne y hueso. De manera que para aprender a amar –más allá del amor melifluo e irreal de los estereotipos– es necesario aprender a compadecerse, aprender a apiadarse. Apiadarse del otro para no morir en vida.
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En la imagen: fotograma de Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1973).