viernes, 14 de julio de 2017

Marzà, ¿Séneca o Maquiavelo?


En sus cartas a Lucilio, Séneca acuñó la hermosa expresión de un ideal: «Sea ésta la regla de nuestra vida: decir lo que sentimos, sentir lo que decimos. En suma, que la palabra vaya de acuerdo con los hechos». Más de catorce siglos después y en su obra El príncipe, Maquiavelo imprimía una vuelta de tuerca a esa regla: puesto que los hombres no suelen cumplir su palabra, el gobernante podrá contradecirla si eso le beneficia.
Una política errática ha conducido al sistema educativo a una emergencia social; de ella forma parte relevante la asignatura de Filosofía. Acreditada por una historia milenaria, la reflexión filosófica ha contribuido de manera eminente a la formación de millones de personas; y si es cierto que todos, antes o después, nos planteamos preguntas de cariz filosófico, también lo es que hacerlo trasluce lo más propio del homo sapiens. La filosofía es escuela de reflexión, es servicio en orden a la libertad; así lo ha reconocido la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que le ha reconocido un papel fundamental en los sistemas educativos de todo el mundo.
Mi experiencia personal me convierte en deudor de esa historia y de ese servicio, al cual he querido dedicarme. Poder hacerlo en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universitat de València es un honor. Constatar la entrega de los profesores y las profesoras, la implicación de los y las estudiantes, el modo en que todos –docentes y discentes, personal de administración y servicios– contribuyen al objetivo común, es para mí un espectáculo magnífico y edificante por el que me siento muy agradecido. Observar el entusiasmo por la filosofía que han sabido prender en los jóvenes sus profesores y profesoras en ESO y Bachillerato, comprobar el excelente trabajo que han llevado a cabo con ellos, hace que tomar parte en esta gozosa cadena educativa constituya para mí un membrete de orgullo.

El pasado 16 de abril, la comisión de Educación de las Cortes valencianas aprobó por unanimidad una Proposición No de Ley en la que se urgía a la Conselleria a reformar el currículo para que la Filosofía sea obligatoria en cuarto curso de ESO y se introduzca la Historia de la Filosofía en segundo de Bachillerato. Con dicha medida, promovida por el diputado de Podemos Antonio Estañ, se combatiría eficazmente la insensata defenestración de las asignaturas filosóficas obrada por la LOMCE.
Al día siguiente, el conseller Vicent Marzà anunciaba que la Conselleria estaba trabajando en un nuevo decreto de currículo de Secundaria por cuyo medio se podría “blindar los conocimientos en Bachillerato”, teniendo en cuenta que “una de las reivindicaciones que se hacen desde hace mucho tiempo es el caso de la Filosofía”. Fuimos muchos los que sentimos un íntimo orgullo por trabajar en la Comunitat valenciana –mi querida tierra de adopción–, que daba tal espaldarazo a la presencia de la filosofía en el sistema educativo.
Todo eso ha quedado en agua de borrajas. A instancias de la Asamblea de Profesores de Filosofía de la Comunitat, la Secretaría Autonómica de Educación, dirigida por Miguel Soler, ha informado –y así lo ha recogido este diario– de que la reforma del currículum no está ni de lejos lista (pese a que se ha contado con más de dos meses para trabajar en ella). No entrará en vigor, en su caso, hasta el año académico 2018-2019. Y, sin embargo, el director general de Política Educativa, Jaume Fullana, había comunicado a la Asamblea que el nuevo decreto –en el que se decía trabajar desde julio de 2016– estaba ya listo y que “incluía la obligatoriedad para todos los alumnos de la Filosofía en 4º de ESO (ahora es optativa) y la Historia de la Filosofía como específica de obligatoria elección en 2º de Bachillerato” (Levante, 31/05).

¿Qué está sucediendo? ¿Cuáles son los objetivos que subyacen a este cambio de estrategia, que contradice tan a las claras la palabra dada? Sean cuales fueren, no se compadecen con la transparencia que buscamos los que hemos votado a un gobierno progresista. Envían un perturbador mensaje a los ciudadanos: poco importa atenerse a lo prometido cuando se dispone de las herramientas del poder. Y sientan un peligroso precedente para la política del Gobierno valenciano, un precedente que nos retrotrae a épocas pasadas – ésas que se pretendía haber superado a favor de la transparencia.
Espero y deseo que los implicados tengan el sentido común preciso para rectificar. Hacerlo es de sabios y les dignificará. Lo espero por el bien de los y las estudiantes en nuestra Comunitat: la filosofía es escuela de reflexión y de libertad, ambas tan necesarias en un entorno global que plantea desafíos históricos. Lo espero por el futuro de nuestro sistema educativo, que requiere de pactos unánimes como el adoptado por la comisión de Educación de Les Corts. Lo espero por la salud de nuestras instituciones políticas, en cuya renovación democrática hemos puesto tantas esperanzas.
En la encrucijada entre Séneca y Maquiavelo, el consejero de Educación se halla frente a un espejo. De su compromiso político depende la imagen que acabe por reflejarse en él y que terminará mostrándonos. Esa imagen valdrá más que las muchas palabras. Los que nos sentamos en la escuela de la filosofía –donde todos somos siempre estudiantes– mantendremos nuestro compromiso con la reflexión y la libertad.
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Artículo propio publicado el 08/06/2017 en el diario Levante (p. 3). En la imagen, "La muerte de Séneca", obra pintada en 1871 por Manuel Domínguez Sánchez (Museo del Prado).

domingo, 21 de mayo de 2017

Europa, del adiós a la prórroga


Adiós a Europa es el título de un film conmovedor a su pesar. Su directora, la alemana Maria Schrader, ha querido rendir homenaje a un convencido europeísta, Stefan Zweig. Lo hace de forma aséptica, exenta de alharacas, de dramatismo. Y, sin embargo, emociona. El refinado cosmopolita judío recorre los países de su exilio –de Argentina o Estados Unidos hasta su morada postrera en Brasil– mientras asiste desde lejos al ascenso del nacionalsocialismo, paseando su nostalgia y su callada desesperación por lo que considera, con creciente amargura, el triunfo de la barbarie.
El título del film evoca interrogantes recientes. La desazón de amplias capas sociales en toda Europa, el ascenso de la extrema derecha en Francia, Reino Unido, Alemania o la propia Austria, la alocada carrera británica fuera de la Unión –poco british en su génesis y desarrollo– y los peores augurios desde la otra orilla del Atlántico –materializados en la presidencia del errático Trump– hacían auspiciar lo peor. Y, con todo, los primeros meses de 2017 ofrecen razones para la esperanza. ¿Se trata de augurios de un cambio de tendencia o de los últimos destellos de una luz que agoniza?
En Holanda, la movilización del electorado ha dado al traste con lo que parecía inevitable: que el partido de extrema derecha liderado por Geert Wilders se hiciera con el control del Parlamento. En Francia, Marine Le Pen acaba de encontrar la horma de su zapato en una mayoría de votantes que ha preferido la continuidad con los valores de la V República.

¿Se ha salvado la Unión? Por el momento. El volumen de los problemas pendientes –desde los desequilibrios económicos en el seno de los espacios nacionales hasta las incertidumbres asociadas a la inmigración, pasando por la erosión producida por la corrupción política– resulta demasiado visible como para soslayarlos. Las elecciones francesas han proporcionado un balón de oxígeno que puede pinchar con los repuntes de antieuropeísmo.
El antieuropeísmo no ofrece alternativas al proyecto de progreso más exitoso de la historia europea. Con sus errores y fracasos, la Unión ha alentado un período de cohesión social, bonanza económica y armonía internacional que no halla parangón en el devenir del abigarrado mosaico de naciones y lenguas que integran la vieja Europa. Las propuestas de Wilders o Le Pen –desde fomentar la autarquía económica o volver a la moneda nacional hasta abandonar la Unión– están llamadas a generar fracaso porque ignoran sus consecuencias en un entorno en el que no se puede cerrar los ojos a la globalización sin despeñarse por el precipicio de la irrelevancia política, es decir: de la pérdida de voz allí donde se juega aquello que importa, desde el bienestar hasta la paz.
No obstante, la irracionalidad de una opción no la desactiva; incluso puede avivar el fuego cuando la indignación arrecia. De ahí que los próximos años resulten cruciales. En esta encrucijada importa mucho, a mi entender, el modo en que el socialismo europeo resuelva su crisis de identidad. Los procesos que han conducido a doblegarse ante las exigencias del neocapitalismo, la falta de imaginación a la hora de proseguir el proyecto emancipatorio de la socialdemocracia y el desdibujamiento de sus perfiles ideológicos han dado lugar a una pérdida de sentido cristalizada en debacle –la del PASOK griego– o en lenta agonía, como en el caso del PS francés o del PSOE español.
En su obra La idea del socialismo. Ensayo de una actualización (2015) –cuya traducción valenciana, auspiciada por la fundación Alfons el Magnànim, acaba de aparecer–, Axel Honneth, discípulo de Habermas y actual director del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Fráncfort, disecciona esa crisis. Sus ideas bien pueden servirnos de acicate. Más allá del diagnóstico, un socialismo “revisado” o “renovado” habría de fomentar las condiciones para que los actores sociales –en las esferas de las relaciones personales, de la producción y el intercambio económicos y de la configuración de la democracia– se escuchen mutuamente en sus respectivas demandas. Ello habría de contribuir a generar colectivos articulados al modo de un organismo: entidades en las que, por emplear la expresión de Valls Plana en su obra sobre Hegel, se pase “del yo al nosotros”. Para ello, Honneth aboga por mediaciones inspiradas en la iniciativa, localmente incardinada y supranacionalmente interconectada, de organizaciones sin ánimo de lucro como Greenpeace.
Pienso que esa articulación orgánica, basada en una escucha recíproca que reconozca la mutua interdependencia, podría sustanciarse en proyectos valiosos. Con ellos se habría de salir al encuentro de aquellos ciudadanos que ven ahora en el antieuropeísmo su salvavidas.

Un botón de muestra. En Francia, el suicidio de agricultores –tercera causa de muerte en esa profesión: 737 sólo en 2016– ha encendido las alarmas en torno a la depauperación que campa a sus anchas en las zonas rurales, las mismas que prefieren a Le Pen. Haríamos mal en lanzar la pelota al tejado ajeno: no es el triunfador bursátil o el futbolista millonario –quienes, aunque vengan mal dadas, siempre caen de pie– sino el ciudadano corriente quien mejor puede empatizar con las víctimas de la globalización. Una vía, entre otras, para dotar al reconocimiento de traducción efectiva la brinda la recaudación tributaria. Valdría la pena ensayar aquí nuevas iniciativas concretas: desde diseños de redistribución más sociales y eficaces, consensuados en procesos de deliberación ciudadana fraguados en la transparencia informativa y el debate leal, hasta impuestos solidarios libremente asumidos.
Escuchar con receptividad las demandas de los otros implica hacerse disponibles para ayudar a responderlas. Las democracias europeas pueden ensayar vías de empoderamiento social y retroalimentar recíprocamente sus experiencias. Pero esto sólo sucederá a instancias de la ciudadanía.
Aquejado por la nostalgia del mundo de ayer, Stefan Zweig no pudo, no quiso, esperar a que pasara esa noche caída a plomo cuyo fin no albergaba la esperanza de presenciar. Nosotros y nosotras hemos podido acceder a condiciones de vida y libertad que le hubieran deslumbrado. Ahora, la prórroga concedida a Europa abre una encrucijada –incierta, como el pálpito de la historia– entre el mundo de hoy y el de mañana.

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Artículo propio publicado en el diario Levante (11/05/2017, p. 3). En la imagen, Stefan Zweig.



lunes, 20 de marzo de 2017

Los nombres de Pepa

















Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

La vida se declina de muchas maneras. Cada una de ellas expresa el modo en que conjugamos nuestra relación con los demás. Y cada una nos cosecha un nombre que dice algo de nuestra identidad. Hay personas muy agraciadas: cuando su final aquilata lo que han llegado a ser, cuentan en su haber con muchos nombres.
Hace una semana que nos dejaste. Tu existencia ha sido una bendición y has dejado tras de ti una estela de bendiciones. Hoy te llamamos, finalmente, por tus nombres. Y son algunos de ellos: hija, hermana, esposa, madre, abuela, amiga. Y también: trabajadora infatigable, cobijo para los otros, buscadora de la paz.
Esos nombres son prenda, delicada y preciosa, de ti misma. Se suman a tantas bendiciones que tu familia estirpe de mujeres y hombres fuertes nos deja como herencia. Por eso nosotros, de este lado de la no muerte, os llamamos bienaventurados y benditos.

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Los versos iniciales pertenecen al poemario de Pedro Salinas La voz a ti debida (1933). En la imagen, "Albox: flor del almendro" (fuente: www.oria.es).