viernes, 14 de julio de 2017

Marzà, ¿Séneca o Maquiavelo?


En sus cartas a Lucilio, Séneca acuñó la hermosa expresión de un ideal: «Sea ésta la regla de nuestra vida: decir lo que sentimos, sentir lo que decimos. En suma, que la palabra vaya de acuerdo con los hechos». Más de catorce siglos después y en su obra El príncipe, Maquiavelo imprimía una vuelta de tuerca a esa regla: puesto que los hombres no suelen cumplir su palabra, el gobernante podrá contradecirla si eso le beneficia.
Una política errática ha conducido al sistema educativo a una emergencia social; de ella forma parte relevante la asignatura de Filosofía. Acreditada por una historia milenaria, la reflexión filosófica ha contribuido de manera eminente a la formación de millones de personas; y si es cierto que todos, antes o después, nos planteamos preguntas de cariz filosófico, también lo es que hacerlo trasluce lo más propio del homo sapiens. La filosofía es escuela de reflexión, es servicio en orden a la libertad; así lo ha reconocido la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que le ha reconocido un papel fundamental en los sistemas educativos de todo el mundo.
Mi experiencia personal me convierte en deudor de esa historia y de ese servicio, al cual he querido dedicarme. Poder hacerlo en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universitat de València es un honor. Constatar la entrega de los profesores y las profesoras, la implicación de los y las estudiantes, el modo en que todos –docentes y discentes, personal de administración y servicios– contribuyen al objetivo común, es para mí un espectáculo magnífico y edificante por el que me siento muy agradecido. Observar el entusiasmo por la filosofía que han sabido prender en los jóvenes sus profesores y profesoras en ESO y Bachillerato, comprobar el excelente trabajo que han llevado a cabo con ellos, hace que tomar parte en esta gozosa cadena educativa constituya para mí un membrete de orgullo.

El pasado 16 de abril, la comisión de Educación de las Cortes valencianas aprobó por unanimidad una Proposición No de Ley en la que se urgía a la Conselleria a reformar el currículo para que la Filosofía sea obligatoria en cuarto curso de ESO y se introduzca la Historia de la Filosofía en segundo de Bachillerato. Con dicha medida, promovida por el diputado de Podemos Antonio Estañ, se combatiría eficazmente la insensata defenestración de las asignaturas filosóficas obrada por la LOMCE.
Al día siguiente, el conseller Vicent Marzà anunciaba que la Conselleria estaba trabajando en un nuevo decreto de currículo de Secundaria por cuyo medio se podría “blindar los conocimientos en Bachillerato”, teniendo en cuenta que “una de las reivindicaciones que se hacen desde hace mucho tiempo es el caso de la Filosofía”. Fuimos muchos los que sentimos un íntimo orgullo por trabajar en la Comunitat valenciana –mi querida tierra de adopción–, que daba tal espaldarazo a la presencia de la filosofía en el sistema educativo.
Todo eso ha quedado en agua de borrajas. A instancias de la Asamblea de Profesores de Filosofía de la Comunitat, la Secretaría Autonómica de Educación, dirigida por Miguel Soler, ha informado –y así lo ha recogido este diario– de que la reforma del currículum no está ni de lejos lista (pese a que se ha contado con más de dos meses para trabajar en ella). No entrará en vigor, en su caso, hasta el año académico 2018-2019. Y, sin embargo, el director general de Política Educativa, Jaume Fullana, había comunicado a la Asamblea que el nuevo decreto –en el que se decía trabajar desde julio de 2016– estaba ya listo y que “incluía la obligatoriedad para todos los alumnos de la Filosofía en 4º de ESO (ahora es optativa) y la Historia de la Filosofía como específica de obligatoria elección en 2º de Bachillerato” (Levante, 31/05).

¿Qué está sucediendo? ¿Cuáles son los objetivos que subyacen a este cambio de estrategia, que contradice tan a las claras la palabra dada? Sean cuales fueren, no se compadecen con la transparencia que buscamos los que hemos votado a un gobierno progresista. Envían un perturbador mensaje a los ciudadanos: poco importa atenerse a lo prometido cuando se dispone de las herramientas del poder. Y sientan un peligroso precedente para la política del Gobierno valenciano, un precedente que nos retrotrae a épocas pasadas – ésas que se pretendía haber superado a favor de la transparencia.
Espero y deseo que los implicados tengan el sentido común preciso para rectificar. Hacerlo es de sabios y les dignificará. Lo espero por el bien de los y las estudiantes en nuestra Comunitat: la filosofía es escuela de reflexión y de libertad, ambas tan necesarias en un entorno global que plantea desafíos históricos. Lo espero por el futuro de nuestro sistema educativo, que requiere de pactos unánimes como el adoptado por la comisión de Educación de Les Corts. Lo espero por la salud de nuestras instituciones políticas, en cuya renovación democrática hemos puesto tantas esperanzas.
En la encrucijada entre Séneca y Maquiavelo, el consejero de Educación se halla frente a un espejo. De su compromiso político depende la imagen que acabe por reflejarse en él y que terminará mostrándonos. Esa imagen valdrá más que las muchas palabras. Los que nos sentamos en la escuela de la filosofía –donde todos somos siempre estudiantes– mantendremos nuestro compromiso con la reflexión y la libertad.
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Artículo propio publicado el 08/06/2017 en el diario Levante (p. 3). En la imagen, "La muerte de Séneca", obra pintada en 1871 por Manuel Domínguez Sánchez (Museo del Prado).

domingo, 21 de mayo de 2017

Europa, del adiós a la prórroga


Adiós a Europa es el título de un film conmovedor a su pesar. Su directora, la alemana Maria Schrader, ha querido rendir homenaje a un convencido europeísta, Stefan Zweig. Lo hace de forma aséptica, exenta de alharacas, de dramatismo. Y, sin embargo, emociona. El refinado cosmopolita judío recorre los países de su exilio –de Argentina o Estados Unidos hasta su morada postrera en Brasil– mientras asiste desde lejos al ascenso del nacionalsocialismo, paseando su nostalgia y su callada desesperación por lo que considera, con creciente amargura, el triunfo de la barbarie.
El título del film evoca interrogantes recientes. La desazón de amplias capas sociales en toda Europa, el ascenso de la extrema derecha en Francia, Reino Unido, Alemania o la propia Austria, la alocada carrera británica fuera de la Unión –poco british en su génesis y desarrollo– y los peores augurios desde la otra orilla del Atlántico –materializados en la presidencia del errático Trump– hacían auspiciar lo peor. Y, con todo, los primeros meses de 2017 ofrecen razones para la esperanza. ¿Se trata de augurios de un cambio de tendencia o de los últimos destellos de una luz que agoniza?
En Holanda, la movilización del electorado ha dado al traste con lo que parecía inevitable: que el partido de extrema derecha liderado por Geert Wilders se hiciera con el control del Parlamento. En Francia, Marine Le Pen acaba de encontrar la horma de su zapato en una mayoría de votantes que ha preferido la continuidad con los valores de la V República.

¿Se ha salvado la Unión? Por el momento. El volumen de los problemas pendientes –desde los desequilibrios económicos en el seno de los espacios nacionales hasta las incertidumbres asociadas a la inmigración, pasando por la erosión producida por la corrupción política– resulta demasiado visible como para soslayarlos. Las elecciones francesas han proporcionado un balón de oxígeno que puede pinchar con los repuntes de antieuropeísmo.
El antieuropeísmo no ofrece alternativas al proyecto de progreso más exitoso de la historia europea. Con sus errores y fracasos, la Unión ha alentado un período de cohesión social, bonanza económica y armonía internacional que no halla parangón en el devenir del abigarrado mosaico de naciones y lenguas que integran la vieja Europa. Las propuestas de Wilders o Le Pen –desde fomentar la autarquía económica o volver a la moneda nacional hasta abandonar la Unión– están llamadas a generar fracaso porque ignoran sus consecuencias en un entorno en el que no se puede cerrar los ojos a la globalización sin despeñarse por el precipicio de la irrelevancia política, es decir: de la pérdida de voz allí donde se juega aquello que importa, desde el bienestar hasta la paz.
No obstante, la irracionalidad de una opción no la desactiva; incluso puede avivar el fuego cuando la indignación arrecia. De ahí que los próximos años resulten cruciales. En esta encrucijada importa mucho, a mi entender, el modo en que el socialismo europeo resuelva su crisis de identidad. Los procesos que han conducido a doblegarse ante las exigencias del neocapitalismo, la falta de imaginación a la hora de proseguir el proyecto emancipatorio de la socialdemocracia y el desdibujamiento de sus perfiles ideológicos han dado lugar a una pérdida de sentido cristalizada en debacle –la del PASOK griego– o en lenta agonía, como en el caso del PS francés o del PSOE español.
En su obra La idea del socialismo. Ensayo de una actualización (2015) –cuya traducción valenciana, auspiciada por la fundación Alfons el Magnànim, acaba de aparecer–, Axel Honneth, discípulo de Habermas y actual director del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Fráncfort, disecciona esa crisis. Sus ideas bien pueden servirnos de acicate. Más allá del diagnóstico, un socialismo “revisado” o “renovado” habría de fomentar las condiciones para que los actores sociales –en las esferas de las relaciones personales, de la producción y el intercambio económicos y de la configuración de la democracia– se escuchen mutuamente en sus respectivas demandas. Ello habría de contribuir a generar colectivos articulados al modo de un organismo: entidades en las que, por emplear la expresión de Valls Plana en su obra sobre Hegel, se pase “del yo al nosotros”. Para ello, Honneth aboga por mediaciones inspiradas en la iniciativa, localmente incardinada y supranacionalmente interconectada, de organizaciones sin ánimo de lucro como Greenpeace.
Pienso que esa articulación orgánica, basada en una escucha recíproca que reconozca la mutua interdependencia, podría sustanciarse en proyectos valiosos. Con ellos se habría de salir al encuentro de aquellos ciudadanos que ven ahora en el antieuropeísmo su salvavidas.

Un botón de muestra. En Francia, el suicidio de agricultores –tercera causa de muerte en esa profesión: 737 sólo en 2016– ha encendido las alarmas en torno a la depauperación que campa a sus anchas en las zonas rurales, las mismas que prefieren a Le Pen. Haríamos mal en lanzar la pelota al tejado ajeno: no es el triunfador bursátil o el futbolista millonario –quienes, aunque vengan mal dadas, siempre caen de pie– sino el ciudadano corriente quien mejor puede empatizar con las víctimas de la globalización. Una vía, entre otras, para dotar al reconocimiento de traducción efectiva la brinda la recaudación tributaria. Valdría la pena ensayar aquí nuevas iniciativas concretas: desde diseños de redistribución más sociales y eficaces, consensuados en procesos de deliberación ciudadana fraguados en la transparencia informativa y el debate leal, hasta impuestos solidarios libremente asumidos.
Escuchar con receptividad las demandas de los otros implica hacerse disponibles para ayudar a responderlas. Las democracias europeas pueden ensayar vías de empoderamiento social y retroalimentar recíprocamente sus experiencias. Pero esto sólo sucederá a instancias de la ciudadanía.
Aquejado por la nostalgia del mundo de ayer, Stefan Zweig no pudo, no quiso, esperar a que pasara esa noche caída a plomo cuyo fin no albergaba la esperanza de presenciar. Nosotros y nosotras hemos podido acceder a condiciones de vida y libertad que le hubieran deslumbrado. Ahora, la prórroga concedida a Europa abre una encrucijada –incierta, como el pálpito de la historia– entre el mundo de hoy y el de mañana.

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Artículo propio publicado en el diario Levante (11/05/2017, p. 3). En la imagen, Stefan Zweig.



lunes, 20 de marzo de 2017

Los nombres de Pepa

















Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

La vida se declina de muchas maneras. Cada una de ellas expresa el modo en que conjugamos nuestra relación con los demás. Y cada una nos cosecha un nombre que dice algo de nuestra identidad. Hay personas muy agraciadas: cuando su final aquilata lo que han llegado a ser, cuentan en su haber con muchos nombres.
Hace una semana que nos dejaste. Tu existencia ha sido una bendición y has dejado tras de ti una estela de bendiciones. Hoy te llamamos, finalmente, por tus nombres. Y son algunos de ellos: hija, hermana, esposa, madre, abuela, amiga. Y también: trabajadora infatigable, cobijo para los otros, buscadora de la paz.
Esos nombres son prenda, delicada y preciosa, de ti misma. Se suman a tantas bendiciones que tu familia estirpe de mujeres y hombres fuertes nos deja como herencia. Por eso nosotros, de este lado de la no muerte, os llamamos bienaventurados y benditos.

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Los versos iniciales pertenecen al poemario de Pedro Salinas La voz a ti debida (1933). En la imagen, "Albox: flor del almendro" (fuente: www.oria.es).


jueves, 10 de noviembre de 2016

Donald Trump, de espejismo a error




















En el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) se puede contemplar varios trabajos de Martha Rosler pertenecientes a la serie Trayendo la guerra a casa (1967-1972). Uno de ellos lleva por título Primera dama (Pat Nixon). Se trata de una fotocomposición en tonos dorados, en la que el personaje posa junto a la chimenea en una luminosa y confortable sala de estar. El entorno –quintaesencia del sosiego pequeñoburgués– resultaría apacible si no fuera porque sobre la chimenea cuelga una fotografía en blanco y negro: un terrorífico plano de una mujer de rasgos asiáticos con el rostro deforme, las manos rígidas y una mueca de horror.
                A veces, para mantener el propio tren de vida hay que hacer oídos sordos al sufrimiento ajeno: así sucedió con parte de los estadounidenses que jalearon la intervención en Asia durante la Guerra fría, y así lo critica Rosler. En nuestros días, Donald Trump ha hecho gala de una indiferencia semejante. No sólo ha concentrado sus esfuerzos de campaña en el “hacer grande de nuevo a Estados Unidos” (cosa que de suyo no tiene por qué extrañar a nadie), sino que lo ha hecho focalizando, entre otros aspectos, el coste de la protección interna (a despecho de la inversión en cooperación), demonizando la inmigración laboral (contra la dinámica misma de la configuración histórica del país) y desoyendo el clamor del Tercer mundo. 
                En septiembre e invitado por el presidente Peña Nieto, Trump visitó Ciudad de México. Se dio la circunstancia de que me encontraba entonces allí; pude asistir in situ a la expectación generada por el político que había denigrado, equiparándolos a delincuentes, a los emigrantes mexicanos. El tan cacareado muro de separación –que Trump haría construir entre ambos países para frenar la inmigración ilegal, a gastos pagados por México– quedó fuera de las conversaciones. Quizá por eso fue aún mayor mi indignación cuando, en la tarde del mismo día de su regreso, Trump declaró ante su enfervorizada clientela que el muro sería construido y que lo pagarían, sí, los mexicanos… sólo que ellos no lo sabían aún.
                La chabacanería ha dominado el discurso del candidato republicano ahora victorioso. Ni propios ni extraños se han salvado de sus invectivas, comenzando por sus competidores: así, Barack Obama habría fundado el Estado Islámico y Hillary Clinton sería una cualquiera a la que él mismo llevaría a la cárcel en caso de ser elegido. En todo ello, se ha presentado como defensor de la causa del ciudadano medio, gran víctima de las ansias de poder de magnates y corruptos. 
                Trump ha roto algo más que las convenciones de lo políticamente correcto: ha pisoteado públicamente la exigencia de veracidad. Con el agravante de que, en este caso, la ciudadanía informada sabe que no dice la verdad: no hay evidencia alguna que conecte a Obama con el terrorismo; no hay datos que permitan identificar inmigración y delincuencia; aun en el caso de que hubiera motivos para ello, el presidente de los Estados Unidos no tiene –no debe tener– atribuciones judiciales para encarcelar a nadie. Más aún: Trump pertenece a la élite que dice combatir, y lo hace desde su vertiente más sombría: son (re)conocidos sus fraudes fiscales, para los que aprovechó a su favor las rendijas de la Hacienda estadounidense.



EN LA MADRUGADA española del martes 8 al miércoles 9 de noviembre se han cumplido los peores presagios. Y, con ello, salen perdiendo la verdad y la política. La primera, porque cobra carta de ciudadanía la mentira zafia y pública: no importa que Trump se burle de la realidad, de los inmigrantes, de los afroamericanos o de las mujeres; todo se le disculpa en virtud de una pretendida bonhomía que le acreditaría exactamente como lo que no es, un “hombre del pueblo”. El populismo de Silvio Berlusconi, Marine Le Pen o Geert Wilders alcanza así inéditas cotas de poder.
También sale perdiendo la política. Y esto, al menos, por dos motivos. En primer lugar, Trump sienta un peligroso precedente para las democracias del planeta. Algunos pueden sentir la tentación de emularle en otros entornos; a su modo, partidos como el Movimento Cinque Stelle o Alternative für Deutschland han comenzado a ensayar esa vía. Gracias a su éxito al otro lado del Atlántico, las cotas de desprecio a la verdad y de falta de civismo se convierten ahora en un (mal) ejemplo planetario y en un deleznable modelo para nuestros jóvenes.
Pero queda mucho por decir – y, quizá, lo más relevante. Sería superficial pretender que el fenómeno Trump ha emergido de la nada. Hay motivos que explican su auge. Existe una percepción pública de la degradación de la convivencia a raíz de motivos geoestratégicos (la inseguridad generada por el fanatismo islámico), institucionales (la sensación de impunidad en las altas esferas del poder) o económicos (la creciente brecha entre ricos y pobres), causas que han dado al traste con las legítimas expectativas de muchos ciudadanos. En este contexto y para muchos indignados –negligentemente o no– poco informados, Trump ha emergido como un espejismo.
Todo ello brota de un fenómeno más profundo, a saber: de la inadecuación sistémica del capitalismo avanzado para responder a las necesidades socioeconómicas que él mismo genera. Hay aquí un problema –Karl Marx dixit– que tiene todo que ver con la apropiación de nuestra relación efectiva con el mundo a través del trabajo y con la dignificación de éste. De ahí que Wolfgang Fritz Haug afirmara el pasado martes en la Universidad de Valencia que el autoritarismo populista de Trump es hijo del capitalismo de la alta tecnología.
Urge pensar estas cosas a la altura de los tiempos; urge una reflexión de calado sobre los derroteros del neocapitalismo. Esperar que “salvadores de la patria” como Trump supongan un revulsivo que ponga en marcha una dialéctica de superación es un acto de sartreana mala fe, una insensata delegación de responsabilidades. Trump contribuirá a degradar la escena política internacional. Quizá haya, sí, un sentido en que pueda ser peldaño de un progreso hacia algo mejor: y es que nuestros errores pueden ayudarnos, con la condición de que los reconozcamos como tales. Mientras ese momento no llegue, el error Trump traerá consigo más víctimas: fotografías, fijas y mudas, en el confortable salón de sus colmadas aspiraciones de poder.

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Artículo propio publicado en el diario Levante (10/11/2016, p. 3). En la imagen: First Lady (Pat Nixon), de la serie Bringing the war home (1967-1972), obra de Martha Rosler (IVAM, Valencia). 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Independentismo e imaginación



















A partir de las invasiones napoleónicas, la historia del nacionalismo quedó entreverada con las vicisitudes europeas. Se encendió entonces una fiebre que eclosionaría, una centuria después, en las guerras mundiales. Ya en los años veinte del pasado siglo, un grupo de intelectuales liderados por Richard von Coudenhove-Galergi vislumbró en la solidaridad el camino para evitar repetir la historia; Aristide Brian fue uno de los primeros en prestarles voz política. Ahora bien: para alcanzar una paz duradera se haría preciso depositar parte de la soberanía en una entidad supranacional que vehiculase la cooperación. Fue el rumbo que se retomó tras la segunda guerra mundial para dar lugar –bajo los auspicios de Schuman, Adenauer, Monnet y De Gasperi– a diferentes formas de unión comercial y a su precipitado político en la Unión Europea.

Estoy convencido de que ésta es la senda del futuro. Mis años de residencia en otros países de la UE me han persuadido de que los europeos somos primos hermanos. A los múltiples lazos que nos unen –carácter, cosmovisión, historia, intercambios de todo tipo– se suman hoy objetivos estratégicos insoslayables. El patrimonio espiritual, científico y jurídico de Europa no ha sido conquistado de una vez por todas; no promoverlo equivale a dejarlo a merced de fluctuaciones de poder que pueden arrinconarlo por la fuerza de las armas, la adormidera del consumo o la furia de nuevos nacionalismos. A ese bagaje pertenece el haber edificado la convivencia –parcial y faliblemente, sí, pero con éxito– sobre la autonomía de la conciencia individual, la dignidad de la persona y la cura de los desfavorecidos. Tener una voz en el mundo implica disponer de la capacidad para intervenir en los procesos globales que nos afectan; sólo unidos podremos hacer oír nuestra voz en el concierto mundial.

Fomentar la disgregación es, en este contexto, un modo eficaz de recular hacia el pasado. Se recula porque se da pie a repetir errores históricos; y se hace de modo eficaz porque la apelación nacionalista al sentimiento hurta a la ciudadanía la auténtica trama del proceso.


A la luz de todo ello, la deriva que durante los últimos años ha experimentado la vivencia legítima de la legítima identidad catalana me parece un despropósito. Nada obstaba a que distintas y atendibles reivindicaciones económicas y sociales hubieran recibido una respuesta razonable en el marco de una convivencia enriquecedora para todos. En lugar de eso, la falta de imaginación de los gobernantes implicados ha dado lugar a un desgarro –cuyas heridas tardarán en cicatrizar– solemnemente escenificado en la conferencia de Artur Mas en el Fòrum de Barcelona el 25 de noviembre de 2014.

Para ello se ha seguido una serie de pasos que ilustran lo que no se debe hacer en política. Entre ellos se encuentran los siguientes: (1) se ha asumido que la propia identidad hunde sus raíces en un pasado traumático que no sólo condiciona sino que determina el rumbo del futuro; (2) a la hora de proyectar ese futuro se ha recurrido a un sentimiento pretendidamente inapelable, a saber, el de pertenencia unívoca a una identidad catalana que excluiría la vinculación identitaria a España; (3) con ello, la perspectiva ha quedado restringida a un ámbito subjetivo y localista, poco atento a las tendencias geopolíticas globales; (4) en ese cálculo se ha perdido de vista el horizonte de la solidaridad, obstaculizando no sólo la identificación con el proyecto supranacional español sino socavando también el fundamento teórico que podría hacer viable y creíble una futura reincorporación a la UE.


Como alambicada síntesis de esos errores, el horizonte de problemas se ha reducido a la tensión política entre independencia y continuidad y al conflicto social entre referéndum popular y régimen constitucional. En cambio, el auténtico desafío tiene que ver con el modo en que se pueda gestionar de forma progresista sociedades culturalmente específicas y globalmente interconectadas. El dilema catalán discurre por vía muerta a causa de la carencia de imaginación política de tirios y troyanos. Pero hay ideas originales que ayudarían a reorientar el rumbo. Pienso, por poner un ejemplo, en la propuesta de Pasqual Maragall en 1992 de convertir Barcelona en co-capital de España, recogida por Pere Navarro veinte años después y recordada por Higinio Marín en un reciente artículo de prensa. La riqueza cultural y las raíces históricas de Cataluña lo justificarían; se trataría de un gesto simbólico en la dirección de un federalismo al que estamos de hecho muy próximos y que requiere un articulado legal. Es sólo un ejemplo. Se podría y debería ensayar vías imaginativas de entendimiento para las que se precisa coraje y visión a largo plazo.

Tras décadas de tiempo mal empleado, plantear el asunto de un modo que responda mínimamente a la complejidad de nuestro siglo XXI costará años de trabajo; por el camino quedarán conflictos personales, familiares y colectivos a los que se ha dado pábulo reeditando una fiebre del siglo XIX. Puesto que los procesos históricos no se hallan determinados por ninguna lógica forzosa, nuestra sociedad está a tiempo de impedir que este sueño genere monstruos. Pero no lo logrará sin cultivar una virtud política que hoy parece olvidada: la imaginación a la hora de buscar el bien común.


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Artículo propio publicado en el diario Levante de Valencia (29/11/2014). En la imagen: detalle del retrato de Luis XIV de Francia pintado por Hyacinthe Rigaud en 1702 y conservado en el Palacio de Versalles. 

El despotisme il·lustrat i Catalunya, avui


















La fortalesa d’un ésser humà és la seva paraula. Tan sols quan una persona s’até a allò que ha promès pot esperar de la resta ser reconegut com a interlocutor vàlid en les qüestions que concerneixen a tots – molt en particular, en el debat polític. Fins i tot els aspirants a dictadors n’hi han sigut conscients. És precisament per açò que han esperat a obtenir el poder per a desvetllar allò que abans havien amagat: llur programa ocult.

Al meu parer, l’aspecte més inquietant de l’actual deriva política en Catalunya té tot a veure amb aquest component bàsic de l’honestedat política. És cert que s’hi barregen variables de gran complexitat, com ara quines hagin de ser les condicions per a que una generació de ciutadans es pronunciï sobre el tipus d’unitat política en la qual viuran els seus descendents. No crec pas que sigui un debat tancat: l’autodeterminació ha de ser un dret pels individus i pels pobles. Nogensmenys és una responsabilitat històrica, que aconsella de dissenyar amb molta cura les condicions del debat: com s’hagi de realitzar, quin tipus de resultats deguin ser assolits per a engegar una opció independentista, quins compromisos hagin de ser garantits pels interlocutors, etc. Un disseny d’una complexitat paral·lela al caràcter elusiu de la noció contemporània de ‘poble’ i ‘nacionalitat’ en el context de la globalització política, econòmica i cultural.

El problema és que la condició bàsica per a establir un debat com a aquest –la honestedat dels interlocutors– no s’hi acompleix. I no ho fa pel que concerneix a la part independentista. En canvi, cal reconèixer –s’estigui o no d’acord amb llur preses de posició– que els representants del govern estatal han mantingut una postura que es coneix de bestreta i que implementen de forma coherent; més aviat se’ls podria retreure, com he fet en aquestes pàgines (Levante 29/11/2014), una contraproduent rigidesa que denota manca d’imaginació política.


No obstant això, el desajust fonamental prové de les files d’Artur Mas i els seus aliats. En llur argumentació ha sigut una constant l’apel·lació a la voluntat comú dels catalans: es tractava d’escoltar llur opinió –motiu pel qual les eleccions municipals del 27-S esdevingueren un plebiscit en la percepció col·lectiva– i d’actuar en conseqüència. El criteri era doncs la majoria a favor dels partits independentistes (de la coalició liderada per Convergència i Esquerra en Junts pel Sí). Ja va constituir doncs un error no fixar-hi els criteris; la pràctica política els estableix en una majoria qualificada de dos tercis, com s’ha mostrat en el recent referèndum escossés. No ha succeït així en Catalunya, on a més a més es tractava tan sols d’uns comicis municipals.

Ateses eixes variables, la reacció de Junts pel Sí no pot sinó suscitar un profund rebuig. L’elit política encapçalada per Mas ha tancat els ulls als resultats electorals (el 52% dels votants ha optat per partits no independentistes) i s’ha refugiat en la distribució d’escons per a afirmar la voluntat de dur endavant la declaració unilateral d’independència. Per a pactar la investidura no dubta a demanar el recolzament de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), malgrat el seu tarannà regressiu, antieuropeista i contrari als acords internacionals de tota mena. Tot això resulta més eloqüent si recordem que l’opció independentista ha assolit tan sols ara un màxim significatiu: fins fa poc anys, en les estadístiques no es superava el 15% de ciutadans favorables. Una altra raó per a emprar un seny al qual Junts pel Sí sembla haver renunciat.


La paraula de Mas ha esdevingut paraula de més. No era pas cert que volien donar veu als ciutadans: es tractava d’una estratègia. I és que no ha importat pas que llur majoria no defensi postures independentistes. La concepció que Mas i els seus tenen del poder n’hi fa una eina per a assolir els propis objectius, que identifiquen amb el bé comú. Succeeix com en l’època de la monarquia absoluta: al mode d’un Lluís XIV, es conceben com a el Sol de l’Estat, capaç d’il·luminar l’obscuritat en la qual viu el poble – un poble que ni tan sols sap allò que li convé, de manera que la voluntat del monarca hi ha de suplir graciosament la manca d’intel·ligència. De la mateixa manera en què la construcció del magnífic palau de Versalles contrastava amb la feixuga misèria en què malvivia la població dels suburbis de París, la creació de les administrativament supèrflues ambaixades catalanes en l’estranger ho fa amb les fretures en l’àmbit sanitari o assistencial en Barcelona. Aleshores com ara però, el dèspota il·lustrat sap on es troba el veritable bé del poble.

La pregunta és si estem disposats a permetre la instal·lació en el si de la nostra societat d’una opció que menysprea d’aquest mode la veu dels ciutadans i que lluny de cercar la conciliació de les postures oposades no fa altre que exasperar-ne les diferències. El diàleg polític no sols és benvingut: resulta necessari, és l’esperit de la democràcia. En canvi, el pregon desajust entre les paraules i les obres de Mas i els seus amaga un tarannà profundament aliè a l’orientació democràtica de la nostra època. Potser no podia ser d’altra manera: i és que el nacionalisme és una solució política d’altre segle. En aquest sentit, la paraula declamada per Mas i els seus resulta, sí, coherent. Diuen la (seva) veritat: una veritat a mitges que amaga d’altres més fosques. Es tracta, en quant actors polítics, de personatges d’una altra època.

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Article propi publicat al diari Levante de València (17/11/2015, p. 30). En la imatge: detall del retrat de Louis XIV de França realitzat per Hyacinthe Rigaud el 1702 i conservat al Palau de Versalles. 


martes, 14 de julio de 2015

Matar a un estudiante




En la entrañable novela de Harper Lee Matar a un ruiseñor –llevada con gran sensibilidad al cine por Robert Mulligan–, la joven e inquieta Scout quedaba a punto de morir a manos de un atacante sin escrúpulos. Se salvaba de ello gracias a su vecino Boo, un huraño pero bondadoso discapacitado psíquico; éste protegía a la muchacha, con la mala suerte de asestar un golpe que acababa con la vida del agresor. Ante la perspectiva de que Boo fuera condenado en juicio, ella salía en su defensa comparándolo con un ave pacífica: hacerle daño sería “como matar a un ruiseñor”, que no perjudica a nadie y alegra a todos con su canto. Esta descripción, en realidad, se ajustaba bien a ella misma.

Como la simpática Scout, los estudiantes universitarios son pájaros inquietos. Cada uno y una lo es a su manera. Las más de las veces son curiosos, se interrogan. Casi siempre se indignan con la injusticia. En ocasiones se toman las cosas a broma, incluso las más serias. A menudo son conscientes del privilegio de poder estudiar y la responsabilidad que conlleva. Sosegados o bulliciosos, recatados o llenos de desparpajo, día tras día se reúnen para tejer la trama de su juventud; y lo hacen en una institución que los acoge bajo el signo del aprendizaje. Crecer y aprender son vertientes de lo mismo. Así lo han entendido nuestras sociedades, que les reservan un espacio intocable donde formarse en libertad.

Trabajar en la Universidad es una gloria. Tras más de diez años como profesor, constato que cada curso trae consigo un descubrimiento, una comprensión más honda, una renovada sorpresa: ¡cuánto hemos de aprender del trato con nuestros estudiantes! Estar con ellos, acompañarles en el camino de la siempre exigente formación científica, dejarnos interpelar por sus necesidades: a cada paso nos devuelven, como en un espejo, la auténtica imagen de nosotros mismos y nos sitúan frente a la estatura que deberíamos alcanzar. Es un espectáculo magnífico. Una experiencia en ocasiones frustrante, otras sublime, siempre transida por la herida de la fugacidad.

Matar a un estudiante es un acto de saña; como querer cercenar el futuro. Ciertamente, todas las vidas humanas valen lo mismo – es decir: no valen nada, puesto que no tienen precio (su valor se sitúa más allá de cualquier precio). Ahora bien, la crueldad añadida puede provenir de la intención del criminal y de la índole de su horrible proyecto. Es por ello que me ha estremecido especialmente la noticia de los asesinatos de Jueves santo en Garissa (Kenia). Esos crímenes están gravados por dos motivos que, si bien no hacen más odiosos los asesinatos –cualquiera lo es–, sí acrecen la zozobra de quien reflexiona sobre ellos.

El primero tiene que ver con las víctimas: ciento cuarenta y siete chicos y chicas, estudiantes universitarios, vanguardia de un país –lastrado por conflictos étnicos– que los necesita para emerger. Fueron seleccionados por sus verdugos en el curso de un interrogatorio destinado a separar musulmanes de cristianos para masacrar seguidamente a estos últimos. No podían imaginarse que ese Jueves de Pasión concluiría con ellos como víctimas en aras de un sinsentido. Poniéndoles en su punto de mira, los terroristas han enviado un mensaje muy claro al mundo, una declaración de guerra a las libertades implícitas en un modelo educativo –el de la Universidad libre y abierta– que desprecian profundamente.

El segundo motivo tiene que ver con la índole de los verdugos. No se trata de personas aisladas o de un grupo insignificante. Los guerrilleros de Al Shabab son la avanzadilla somalí de un movimiento que suma decenas de miles de fanáticos, cuya organización más poderosa se considera a sí misma un Estado (el Estado Islámico). El de estas milicias es un macabro acto constituyente: ejercitar la violencia sería para ellos el acto fundacional de una realidad política cuya razón de ser consiste en la imposición de la pureza legal, encarnada en la interpretación fundamentalista del Corán. Una pureza en cuyo nombre asesinan a hermanos de raza e incluso a otros musulmanes, como han demostrado hasta la saciedad en Oriente medio, África o Europa.

La elección de las víctimas y la índole de los verdugos colocan ante nosotros un espejo deformado de nuestros ideales. Encarnan la negación de la cultura de libre pensamiento y convivencia pacífica en que Europa ha reconocido la razón de ser de su existencia política. Si, como quiere Hegel, la Historia avanza por medio de negaciones que vertebran sus fases de superación, el Estado Islámico bien puede constituir el momento negativo en que Occidente vea objetivada la alienación de su esencia; un momento que debería dar paso a una nueva negación por cuyo medio los pasos previos vendrían a ser asumidos y superados.

Cuál sea la dinámica de la Historia que vehicule ahora esa dialéctica resulta incierto. Con todo, sí me parecen claras dos cosas: que el avance ha de implicar una intervención humanitaria en Oriente medio y que ésta debe ir acompañada por una profunda renovación intelectual en el Islam. La primera ha de consistir no sólo en el apoyo a las minorías aplastadas sino también en la desactivación militar del poderoso terrorismo islámico, en el que podemos reconocer una seria amenaza a la seguridad global. La segunda viene siendo reclamada desde hace décadas por los musulmanes ilustrados. La lectura fundamentalista del Corán no sólo no hace justicia a la mejor inspiración del Islam –a la comprensión de Dios como creador misericordioso– sino que, además, lo invalida como interlocutor en las sociedades contemporáneas y lo condena a convertirse en indeseable reliquia y en rémora histórica de la que desprenderse. Esto se reflejará, a mi juicio, en una secularización aún en germen y en una polarización interna que protagonizará las próximas décadas de evolución de las sociedades musulmanas.

Sin renovación intelectual del Islam, derrotar a Al Shabab o al Estado Islámico será como cavar un cortafuegos que no podrá contener nuevos brotes de violencia fanática; ya hemos comprobado cómo en pocos años se ha ido desandando el camino recorrido a lo largo de varias décadas en distintos países del norte de África, de Oriente próximo y medio. A la vez, sin desactivación militar del terrorismo fundamentalista la renovación del Islam florecerá sólo en los países occidentales, sin poder echar raíces en las regiones en que resulta más urgente.

Ambos movimientos contribuirían decisivamente a superar la encrucijada actual. Una encrucijada que nos ha horrorizado con la bárbara negación de lo mejor de nosotros mismos. Ante las imágenes en que aparecen las estancias desoladas, cubiertas por cadáveres de jóvenes, no puedo evitar pensar en nuestros estudiantes. Que sus vidas no se vean segadas, como las de sus coetáneos keniatas, en la flor de sus aspiraciones; que no hayan de ser llorados prematuramente por sus padres; que –cada uno a su manera– pueda aportar un verso al canto de una Humanidad más pacífica y justa.

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Artículo propio publicado en el diario Levante de Valencia (23/05/2015). En la imagen: Mary Badham en el papel de Scout en la versión cinematográfica de To kill a Mockingbird. Hoy, 14 de julio, se pone a la venta la novela de Harper Lee –hasta ahora inédita– que le sirvió como base para Matar a un ruiseñor. Lleva por título Ve y pon un centinela: «La isla de cada ser humano», le dice en ella Atticus a su hija, «el centinela de cada uno, es su conciencia».

viernes, 12 de junio de 2015

Cristina recobrada















Te buscamos en la carne herida de tu cuerpo; pero ya no la habitas. 

Ponemos el oído, atendiendo una palabra tuya; pero has enmudecido y tus cosas no quieren decirnos nada. 

Interrogamos a las calles y plazas de tu barrio; nadie te ve pasar por ellas (tú, que eras tan fiel a los lugares). 

¿Dónde hallarte entonces? ¿Dónde buscarte que no aceche la sombra? Hay un lugar. Te recobramos, ya transfigurada, en el claro espejo del amor que diste. Tus años postreros lo hicieron recio y alto, inasequible al desaliento. ¿Qué mejores padres, hermanas, marido, hija, amigos...? Tu gratitud se derramaba como un torrente. El amor es la prenda de la inmortalidad: nos deja barruntar nuestra vocación más honda, que es llamada a una vida desbordante. Tu hogar se fue poblando de vida, más palpitante cuanto más entreverada con el dolor. Y ¡cuánto amor hay en él, Cristina!

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En la imagen: "Christina's world", por Andrew Wyeth (MoMA, Nueva York). 

jueves, 26 de marzo de 2015

El Termidor de Pablo Iglesias



























Toda sociedad democrática halla en la pena de muerte uno de sus límites. El poder del Estado ha de retroceder llegado a él. En la maduración histórica de sus raíces culturales y en la reflexión sobre los horrores pasados y recientes, la cultura europea ha alcanzado a este respecto una saludable madurez: a la mayoría de los europeos nos parece que un castigo ejemplar a los delitos más graves ha de pasar por apartar al delincuente de la comunidad, y es en la duración máxima de ese alejamiento que difieren las sensibilidades políticas; ahora bien, hay amplio consenso en que un poder civilizado y responsable no puede, no debe mancharse de sangre.

Con todo, la historia reciente del poder exhibe juicios sumarios sobre la vida y la muerte –¡demasiados!– que avergüenzan nuestra conciencia moral. Y en el momento fundacional de los regímenes modernos emergen los años de terror que acompañaron a la convulsa Revolución francesa.

A la declaración de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad siguió el atroz contrapunto de las luchas intestinas entre girondinos y jacobinos. Estos últimos prevalecieron durante poco más de un año gracias a la mano de hierro y a la ausencia de escrúpulos de Maximilien de Robespierre, quien instauró el “terror revolucionario”: un régimen que derogó las garantías ciudadanas para atajar de inmediato cualquier (presunto) intento de sabotear reformas. Bajo su instigación y tan sólo durante ese período (1793-1794) fueron asesinados decenas de miles de franceses: no ya miembros del derrocado poder monárquico o nobiliario, sino compañeros de partido (como Hébert, portavoz radical de las clases populares), intelectuales y librepensadores, campesinos y obreros.

Algunas de las víctimas son tan notorias como Antoine de Lavoisier. Entre otros logros, en 1787 Lavoisier había coeditado el Sistema de nomenclatura que incluye la tabla de elementos con la cual arranca la historia de la química moderna y que fundamentó en su Tratado elemental de química de 1789. Cinco años después, tras haber sido denunciado por colaborar con el sistema de aranceles aplicados a los productos agrícolas, fue condenado a muerte. Lavoisier suplicó un aplazamiento de quince días para terminar unos estudios de utilidad pública, a lo cual el juez, Jean-Baptiste Coffinhal, habría sentenciado: “La República no necesita sabios ni químicos. La justicia no puede detener su curso” (Montgaillard: Histoire de France, p. 198). Fue decapitado ese mismo día, 8 de mayo de 1794. El 28 de julio –el mes de Termidor en el calendario republicano– lo sería Robespierre, considerado ya un peligro por sus propios correligionarios. Hasta entonces, Francia ardió en años de furia aherrojados por la delación y el empleo de la guillotina, arma y símbolo del terror.


A la luz de todo ello resultan sorprendentes las afirmaciones con las que Pablo Iglesias abrió el programa “Fort apache” el 27 de enero de 2013 en HispanTV [cadena pública iraní que emite en español desde Madrid]. El vídeo está colgado en internet. Tras referirse –entre jocosa e irónicamente– al ingenio sugerido por el diputado Guillotin para evitar sufrimientos a los ajusticiados, Iglesias alude a los horrores que “nos habríamos evitado los españoles de haber contado a tiempo con los instrumentos de la justicia democrática”. Y es que, tal y como sostuviera Robespierre, “castigar a los opresores es clemencia, perdonarlos es barbarie”. Concluye el breve exordio ponderando a ese “gran revolucionario”.

Esas reflexiones prologaban una entrega de “Fort apache” dedicada a Juan Carlos I bajo el título “¿Un rey en la guillotina de la historia?”. Bien es cierto que para ese viaje no hacían falta tamañas alforjas. Los no monárquicos no precisamos para serlo que se nos encarezca las ventajas de un ingenio macabro; como tampoco necesitamos lecciones políticas a cuenta de una cadena financiada por un régimen, el iraní, que ignora la división de poderes (el Líder Supremo supervisa tanto el parlamento como la judicatura y el ejército) y que se articula de forma teocrática (las sentencias del tribunal especial del clero, por ejemplo, son inapelables y se rigen por la ley islámica).

Pero dejemos al margen esos asuntos y centrémonos en lo dicho por Iglesias. Llama la atención el trazo grueso de sus afirmaciones. ¿Realmente podemos creer que el objetivo de Robespierre –ese “gran revolucionario”– era derramar clemencia sobre la sociedad francesa, o que sus adversarios fuesen los opresores de la voluntad popular…? Lo que sabemos parece apuntar más bien a un ansia de poder incontestado propia de una casta. Por otra parte, el hecho de que los juicios sumarios camparan a sus anchas hace inviable la apropiación de la fase jacobina como luminoso modelo de justicia. No se entiende el elogio al principal instigador de la incertidumbre y del miedo que protagonizaron aquellos años; más aún: la inestabilidad generada entonces proporcionó el combustible al caudillismo militar de Napoleón y a la autoafirmación del Estado francés como Imperio que buscó expandirse –otra vez a sangre y fuego– a lo largo y ancho de Europa. La herencia progresista legada por la Revolución francesa no está en Robespierre. Resulta chocante que Iglesias, profesor de Ciencias políticas, haga un tal alarde de tosquedad intelectual.


Las palabras son poderosas: crean marcos de sentido que transforman la realidad. Pero la transformación a la que alude aquella desafortunada arenga televisiva no es progresista ni apunta hacia lo mejor: rescata de la historia de Europa unas páginas atroces –en el sentido freudiano, siniestras– y las reviste con una pátina de gloria. No se puede, no se debe jugar con las palabras. Máxime, cuando se trata de algo tan crucial para una democracia como el poder sobre la vida y la muerte.

Imagino que su propósito era abrir el programa de forma ingeniosa; empleó para ello una ironía de alcance, eso sí, mal calculado. Pero ni siquiera esta suposición disipa las dudas. De un político se pide discernimiento antes de hablar, justeza al hacerlo y coherencia a la hora de poner en práctica lo dicho. Las palabras de Iglesias no denotan lo primero ni lo segundo. Que en el futuro disponga de poder para lo tercero no depende de él sino de los votantes. Ojalá la esperanza de tantos que han aupado a su partido en las encuestas no haya de ser preámbulo –tal y como sucedió con el “gran revolucionario”– de la decepción y el abandono; y ojalá el Termidor de la desafección ciudadana no llegue cuando sea demasiado tarde.


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Artículo propio publicado en el diario Levante (Valencia, 12/03/2015). En la imagen: La muerte de Marat, óleo pintado por Jacques-Louis David en 1793 (Museo Real de Bellas Artes, Bruselas). Durante la Revolución, Jean-Paul Marat descolló como periodista radical y apoyó activamente las masacres jacobinas; fue asesinado por la joven girondina Charlotte Corday. 


miércoles, 11 de marzo de 2015

La bendición griega de Papandreu (3 de 3)














Resulta inevitable proyectar previsiones, a partir de los indicios ofrecidos por los comicios helenos, sobre los escenarios español y europeo; así lo han hecho analistas y portavoces políticos. De entre ellas, las que tienen que ver con el futuro de los partidos que han protagonizado la vida pública en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial me interesan sobremanera; muy en concreto, las que tienen que ver con la socialdemocracia, cuyo empuje cohesionador y progresista se ha visto sumido en una profunda crisis con raíces ideológicas y causas fácticas. A muchos nos defraudó en España el pobre sentido de Estado, el débil nervio internacional y la falta de espíritu conciliador y de imaginación política –por citar algunos motivos– evidenciados durante las legislaturas encabezadas por Rodríguez Zapatero. Sin embargo, no seré yo quien salude alegremente una debacle del partido socialista.

La socialdemocracia ejerce de saludable contrapeso a la virulencia de un neocapitalismo que resulta devastador por múltiples razones; la moderación pragmática de sus propuestas y su vocación integradora la convirtieron en eficaz instrumento de cohesión y justicia en la Europa postrada tras la guerra. Una moderación y una vocación que no acompañan a los populismos de toda laya reforzados al abrigo de la crisis: Syriza o Aurora Dorada en Grecia, los Piratas en Alemania, el UKIP en Gran Bretaña, el Partido por la Libertad en Holanda, el Frente Nacional en Francia o el Movimiento Cinco Estrellas en Italia. Por lo que respecta a Podemos, su filiación ideológica bolivariana, las inquietantes iniciativas de su pasado reciente y la ambigüedad de sus posturas suscitan el interrogante de si podrá alumbrar una propuesta moderna y progresista; está por ver hacia dónde inclinarán la balanza sus debates internos.

Quizá la mayor lección que nos dejan los sucesos de Grecia relativos al PASOK tenga que ver con la ciudadanía. El espíritu del tiempo requiere de nosotros, los ciudadanos, un compromiso coherente y profundo con lo público: abandonar la estática posición del coro que asiste a un drama –como durante décadas ha sucedido en nuestro país, acostumbrado a ello por otras tantas de dirigismo franquista– para ocupar el único lugar adecuado, a saber, el de protagonista de la iniciativa social.

Que ese protagonismo sea vil o heroico depende, a la postre, de nosotros. No se debe implorar la bendición a un Estado para que vele de forma paternalista por los intereses de los que acceden así a convertirse en sus súbditos. Lo hicieron los campesinos griegos que acudieron a visitar a Papandreu el día de su onomástica; lo hicieron, y siguieron aguardando infructuosamente hasta paladear la decepción más amarga.

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Artículo propio [tercera y última parte] publicado en el diario Levante de Valencia (30/01/2015), p. 26. En la imagen: detalle del mosaico La batalla de Issos, en el que aparece representado Alejandro Magno en la célebre contienda en la que se impuso a los persas el año 333 a.n.e.

lunes, 9 de marzo de 2015

La bendición griega de Papandreu (2 de 3)

















Cuando los invasores nazis huyeron de Grecia, en 1944, dejaron tras de sí un vaivén de conflictos internos. Esos conflictos, ya ensayados en el seno mismo de la resistencia, desembocaron en una lacerante guerra civil, un prolongado intervencionismo de los militares en la vida pública y una polarización ideológica que sólo a partir de los años setenta pareció dar visos de remitir. Y lo hizo alentada por un partido, el PASOK (Movimiento Socialista Panheleno) que lideró la vida política durante décadas.

Precisamente uno de los más recientes episodios de la debacle griega lo ha protagonizado ese partido. Fue gracias al carisma de Andreas Papandreu y a la modulación socialdemócrata de su discurso que pasó de un 14% de los votos en el año de su fundación (1974) a la mayoría absoluta (con un 48% de los votos en 1981), una mayoría revalidada en distintas ocasiones hasta la más reciente en 1996 (bajo dirección del hijo de Andreas, Yorgos Papandreu). Las luchas intestinas, el escándalo de la corrupción y el falseamiento de las cuentas hicieron trizas las aspiraciones de los votantes. En las elecciones del pasado 25 de enero, el PASOK obtuvo un escaso 5% de los votos que lo convierte en primer ejemplo de aplastante descalabro de un clásico partido mayoritario europeo.

Cuenta Angelopoulos que antes de emerger como líder Papandreu ya concitaba el apoyo popular. Con motivo de su onomástica, en el hogar familiar se congregaron numerosos campesinos de los alrededores; además de iconos de san Andrés, le llevaron ovejas y otros animales y le pidieron... que los bendijera. Buena prueba –argumenta Angelopoulos– de que el exhausto pueblo griego necesitaba un padre de la patria, un Alejandro redivivo que restaurase las aspiraciones fallidas. Lo reconoció, al menos durante un tiempo, en Papandreu. Aquella herencia y aquel crédito de confianza han quedado dilapidados en pocos años.

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Artículo propio [segunda parte] publicado en el diario Levante de Valencia (30/01/2015), p. 26. En la imagen: detalle del mosaico La batalla de Issos, en el que aparece representado el rey persa Darío III en la batalla que le enfrentó a Alejandro Magno el año 333 a.n.e.

jueves, 5 de marzo de 2015

La bendición griega de Papandreu (1 de 3)














En un hermoso film de madurez, Theo Angelopoulos conduce a su protagonista a la frontera montañosa de Grecia para lanzar desde allí una mirada, desapasionada y triste, sobre los fracasados sueños de la Hélade. Observando las cumbres cubiertas de nieve, el taxista que le ha llevado hasta allí confiesa su decepción. "Grecia se muere", le dice, "se acabó el ciclo. Miles de años entre ruinas y estatuas y ahora nos morimos". Y el viaje por fronteras y ruinas confirma ese devastador diagnóstico sobre la madre de la razón europea, enfangada en una impotencia que ya causaba estragos.

Para entonces, los índices macroeconómicos mostraban a las claras la distancia respecto de los países de su entorno sociocultural. En 2010 las exportaciones, botón de muestra del nervio creador y productivo de un país, alcanzaban apenas los 24 mil millones de euros. Ese mismo año España exportaba por un valor de casi 250 mil millones. Aun teniendo en cuenta el número de habitantes –11,2 millones por 43,6 ese año, respectivamente– la (des)proporción resulta llamativa; más aún si se coteja las finanzas griegas con las de países parecidos en tamaño como Bélgica (con menor población, exportó ese año por un valor 17 veces superior). 

Similar divergencia aflora en otras parcelas. Por ejemplo, sorprende el hecho de que Grecia –depositaria de la herencia clásica, de sus obras intelectuales y artísticas– ejerza como país una tan escasa atracción sobre los intelectuales de todo el mundo. No ofrece referencias institucionales o académicas que hayan aprovechado ese fabuloso bagaje para concitar sinergias; cuando un filósofo se especializa en pensamiento clásico, su mirada se dirige antes a Alemania o a Inglaterra. Ni siquiera cuando se trata de aprender su preciosa lengua. Un amigo, estudioso de Aristóteles, me comentaba hace poco que en breve llevará a cabo un curso intensivo de griego clásico; lo hará en Roma.

Indagar en los motivos de la dificultad griega para sentar las bases de un Estado moderno constituye un fascinante desafío. Sin duda, uno de ellos tiene que ver con la inestabilidad política. 

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Artículo propio [primera parte] publicado en el diario Levante de Valencia (30/01/2015), p. 26. En la imagen: La batalla de Issos, mosaico hallado en la Villa del Fauno de Pompeya y conservado en el Museo arqueológico de Nápoles. Representa el momento en que las tropas de Alejandro Magno (a la izquierda) se impusieron a las del persa Darío III en el año 333 a.n.e.


lunes, 16 de febrero de 2015

Deshonor universitario


























Desde sus inicios, la Universidad ha enarbolado como bandera la producción y difusión del conocimiento al más alto nivel. Lo que en ella se hace tiene una insoslayable vocación pública. En nuestros días, eso se ha traducido en procesos de transparencia en la gestión y de publicidad en el acceso a los resultados científicos, procesos supervisados por las propias instituciones y por agencias externas de calidad. Todo ello afecta, de manera muy señalada, a las tesis doctorales: son resultados de una investigación, larga y ardua, que nace para ser comunicada; y esto, con la única excepción de las tesis que entrañan patentes y que por este motivo se blindan con acceso restringido.

Por todo ello, lo sucedido con la tesis doctoral de Francisco Camps, presentada en la Universidad Miguel Hernández (Elche, 10/02/2012), raya en lo inaudito. Bajo el título “Propuestas para la reforma del sistema electoral”, dicha tesis no puede acogerse, en buena lógica, al acceso restringido. Sin embargo, su autor vetó explícitamente cualquier tipo de consulta: no puede ser leída ni siquiera por otros investigadores que se personen en la biblioteca donde está depositada. Es secreta.

El veto ha resultado notorio a raíz de la intención de un profesor de Filosofía del Derecho –Jorge Urdánoz, de la Universidad Pública de Navarra– de consultar la tesis de Camps con vistas a su propia investigación. Yo mismo he podido corroborarlo a través del registro bibliográfico publicado en la web de la UMH, en el que se indica que “no se permitirá la consulta ni la reproducción del texto, por ningún medio, ni total ni parcialmente”. El diario El país lo ha dado a conocer en una documentada crónica (02/02/2015) que recoge declaraciones de la directora de la biblioteca, Encarna Rodríguez (“no se puede consultar ni prestar por deseo del autor”), y del propio Camps, que afirma desconocer esa circunstancia (“es la primera información que tengo”). En esa misma crónica, Alfred Giner, jefe de Postgrado de la Universitat de València, subraya el carácter público de las tesis doctorales y la inviabilidad del blindaje voluntario.

El hecho no es baladí. Desvela aberrantes entresijos de poder que pervierten algo tan sagrado en el mundo académico como el acceso a las investigaciones distinguidas con el rango de tesis doctoral – distinción avalada, por otra parte, por la firma de las más altas autoridades del Estado. Resulta aún más hiriente cuando se trata de una persona que ocupó un relevante cargo institucional (presidente de la Generalitat valenciana) y que sigue ocupándolo (miembro nato del Consejo Jurídico Consultivo de la Comunitat). El desdoro salpica a otra Universidad, la Católica de Valencia. Camps ha participado ahí en distintos programas relacionados con la formación pre- y postdoctoral. Este año forma parte del claustro de profesores responsables de un postgrado en legislación marítima, amén de dirigir el seminario permanente “Grandes temas de actualidad”.

La UMH y la UCV son Universidades en las que trabajan académicos de reconocida valía. De algunos de ellos, colegas y amigos, he podido conocer en primera persona el interés de sus aportaciones científicas. El vergonzoso veto impuesto por Camps a su tesis, consentido por las autoridades de la UMH y no repudiado por las de la UCV, arroja una sombra (más) de sospecha sobre el ya erosionado Partido Popular y constituye un deshonor para las Universidades implicadas. No sólo para ellas: es un insulto a los jóvenes investigadores que se comprometen, en buena ley, a exponer al juicio de la comunidad académica los resultados de estudios en los que invierten años de empeño. Algo que tanto aquella formación política como esas Universidades harían bien en tomar en cuenta. Todos nos equivocamos. Pero una cosa es cometer errores y otra, más grave, empecinarse en ellos.

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Artículo propio publicado en el diario Levante de Valencia (10/02/2015). En la imagen: Pitágoras, según recreación realizada por José de Ribera en torno a 1630 (Museu de Belles Arts, Valencia).