jueves 4 de febrero de 2010

La plegaria de Rodríguez Zapatero



La intervención de José Luis Rodríguez Zapatero en el Desayuno Nacional de Oración, en Washington, me suscitaba no poca curiosidad. Así que he navegado por la web, en busca de la versión íntegra del discurso, y me he encontrado –a pocos minutos del final del acto– con un video puntualmente colgado en internet por C-Span Video Library, al que se puede acceder desde esta entrada.

Resulta bastante interesante seguir el cronograma del acto y la índole de los discursos que lo han compuesto. La intervención de Rodríguez Zapatero, que tuvo lugar a escasos veinte minutos de la llegada del presidente Obama, ha sido precedida por un breve elogio pronunciado por una política estadounidense. Mientras él hojeaba –con aparente inquietud– los folios de su discurso, la consorte Obama le ha dirigido una mirada cariñosa, acompañada por unas palmadas en la espalda para infundirle ánimo. La referencia de la presentadora a la amplia presencia femenina existente en el gobierno de España ha arrancado los aplausos del público, que con toda caballerosidad se ha puesto en pie para acoger la llegada del orador a su sede. Con una carcajada general han acogido la sonrisa, cual la de colegial pillado en una situación embarazosa, a la que ha seguido el anuncio de que iba a hablar en castellano.

De forma clásica ha comenzado Rodríguez Zapatero su alocución: con el elogio –captatio benevolentiae– de la democracia estadounidense, pronunciado por boca del presidente “de una de las naciones más antiguas de la Tierra” (sorprende, a este punto, su orgullosa recuperación del término ‘nación’, que cuestionara hace no tanto), país al que se ha referido –en una sentencia demasiado aventurada– como “la más multicultural de las tierras de Europa”, fruto de la fecundación de numerosas culturas, pero “cristiana, sobre todo cristiana”.

El pasaje del Deuteronomio (24, 14-15a) en el que se hace referencia al trato que se debe dar al necesitado le ha servido para enlazar con la preocupación por los inmigrantes, las víctimas de la miseria y los desempleados. Ha presentado entonces su plegaria: por la libertad para buscar el bien y la verdad, compartir la vida con la persona amada, crear y cuidar el entorno familiar. La libertad –ha repetido en Washington– “nos hace verdaderos”, es la “verdad cívica”. El enlace entre la inversión del dicho evangélico con el membrete “autonomía moral” y su desconexión respecto de la verdad –que suscita serias perplejidades éticas– no habrá pasado desapercibido al selecto público.

Rodríguez Zapatero ha dedicado la última sección del discurso a aquello que de él se esperaba: la defensa de la alianza de civilizaciones frente al fundamentalismo –que utiliza espuriamente la fe religiosa–, la violencia y la exclusión. La tolerancia “es mucho más que la aceptación del otro. Es el descubrir, conocer y reconocer al otro (…) El odio nace de la ignorancia y la concordia se construye sobre el conocimiento; también la paz”. Ha concluido con un alegato por la libertad: “Ya sea con una dimensión trascendente o cívica, la libertad es siempre el fundamento de la esperanza”. La libertad, por la que se debe y se puede –recogiendo las palabras del Quijote– aventurar la vida, “es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

Se trata de la declaración de intenciones del presidente de un país –de un gran país, se apostillaba en la presentación– en un entorno que la hace aún más digna de ser escuchada. Con atención la he escuchado. Y mi plegaria es ésta: que Rodríguez Zapatero haga suyas las palabras pronunciadas en Washington.

La paz se construye sobre la aceptación del otro, sobre una acogida que no está basada en la mera tolerancia fáctica sino en el conocimiento y la apertura. ¡Cuánto desearíamos que ese elevado ideal se encarnase en la política española! Y ¡cuántos esfuerzos se han derrochado en conflictos fratricidas! La partitocracia española ha derivado en una hosca pelea de gallos alimentada por la demagogia. Y la errada estrategia de los actuales dirigentes socialistas –que han tendido a cerrar las puertas del diálogo en asuntos sociales de grave importancia– ha contribuido no poco a todo ello. La desatención a los auténticos desafíos de nuestra sociedad –muy en particular, la educación de nuestros jóvenes, la protección de la vida humana en todos sus estadios y el avance científico– ha traído consigo consecuencias que estamos pagando en el ámbito social y económico.

Quiero creer que las palabras de Zapatero tendrán su reflejo en la política doméstica. Que no han de convertirse en fósil de una especie que no prosperó, ni en la ocurrencia de una mañana de café y pastas que pronto se olvida.

martes 19 de enero de 2010

A qué sombra dormimos
















Los comentarios que Rafael y Alejandro han dedicado a mi último post me han dado que pensar. Me refería yo a las que considero virtudes del film Avatar: entre ellas, la llamada de atención sobre la necesidad de volver al sentido y el sabor de la Naturaleza. Comentaba Rafael: “Deseamos un cambio. Creo que muchos queremos mudar la piel y respirar con fuerza”. Alejandro, en cambio, reconocía en la película “una impugnación de la cultura occidental y una expresión más del odio que el hombre contemporáneo siente contra sí mismo (contra su historia, sus valores, sus formas de vida...), llevado al paroxismo en la película por el ‘cambio de cuerpo’ del protagonista”, en una argumentación que prolonga en su propio blog.

Hay mucho de cierto en esa sospecha de repudio, que apunta a un pavoroso desconocimiento de nosotros mismos y de nuestro entorno. Sin embargo, la Naturaleza es también el hostil escenario de la cadena de depredación, o de horrores como el terremoto de Haití. En cambio, la cultura humana promueve reacciones que van más allá de la lógica de supervivencia personal: la oleada de solidaridad desatada por la debacle en Puerto Príncipe así nos lo muestra, una vez más. Que la compasión y la ayuda tengan su trasfondo biológico-evolutivo –como ya adelantara Darwin– no niega la mayor: la evolución cultural perfecciona y mejora nuestro bagaje natural. Y aquí entran en juego todos los beneficios (sociales, educativos, científicos, urbanísticos, políticos, sanitarios…) que la cultura trae consigo.

Contraponer cultura y Naturaleza nos lleva, pues, por un camino errado. Todo esto tiene que ver con la cuestión hermenéutica ligada a la interpretación del Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, redactado por J. J. Rousseau en 1754 para participar en el concurso de la Academia de Dijon. Llamando la atención sobre los efectos perversos de la generación social de necesidades artificiales, Rousseau en modo alguno propugnaba el retorno a un hipotético estado natural, ingenuamente idealizado. Más bien, como comentaba Rafael, “la mayor sofisticación consistirá en lograr un equilibrio entre la Naturaleza y nuestra condición humana”.

Se presenta aquí uno de los mayores retos de nuestra civilización, al que está asociada incluso nuestra viabilidad como especie. Ese reto se halla conectado con el redescubrimiento de nuestra interioridad. La alienación de sí mismo, en pos de necesidades artificiales creadas por la lógica consumista, se encuentra en la raíz de muchas insatisfacciones y pretensiones de dominio. Magistralmente lo musicalizó Haendel en una bellísima aria de Rodelinda:

Pastorello di povero armento
pur dorme contento
sotto l’ombra di un faggio o d’alloro.
Io, d’un regno monarca fastoso,
non trovo riposo
sotto l’ombra di porpora e d’oro.

(Pastorcillo de un pobre rebaño / duerme, no obstante, tranquilo / a la sombra de un haya o de un laurel./ Yo, de un reino monarca fastuoso, / no hallo reposo / a la sombra de púrpura y oro.)

A qué sombra dormimos: en descubrir la respuesta a esta pregunta –y en buscar la sombra mejor– se cifra el éxito de nuestra vida.
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En la imagen: “Foreign Land / Neighboring Land”, por Zachstern (fuente: flickr.com).

jueves 7 de enero de 2010

Avatar














Ayer, y en buena compañía, asistí a la proyección de Avatar. Lo cierto es que el film me ha llamado la atención. No por la filigrana de sus efectos especiales: que la industria de animación llegaría a cotas de virtuosismo como las que aquí se exhiben se dejaba vaticinar ya, hace siete décadas, a partir de los delicados movimientos de Blancanieves en el film homónimo de Disney. No se trata de eso.

A mi modo de ver, Avatar plantea una pregunta importante: qué entendemos por progreso. En el film, qué significa progresar queda encarnado por la tribu indígena y por los humanos que se unen a su causa frente a la voracidad depredadora de los invasores. Los indígenas no quedan retratados en términos ingenuos; disiento, en este punto, de una penetrante crítica escrita por Juan Manuel de Prada en Abc. Ellos se sirven de la Naturaleza, la utilizan – eso sí, con la conciencia viva y agradecida de ser sus deudores. El trasfondo panteísta de la trama queda hábilmente diluido en una vaga concepción espiritualizada de la Naturaleza: los miembros de la tribu se saben conectados, entre sí y con el mundo que les rodea, por lazos espirituales que resulta preciso cultivar. ¡Y qué necesario resulta, en nuestra sociedad, atender al sentido de la tierra, contemplar el mundo en su despliegue natural para desplegar nosotros nuestra interioridad!

La estructura del film recoge, además, uno de los temas clásicos de la cinematografía: la lucha por las causas perdidas. A menudo soslayamos lo que podríamos hacer de grande y bueno porque estamos absorbidos por nuestras mezquindades. La peripecia del protagonista puede ser leída, a esta luz, como un segundo nacimiento posibilitado por el encuentro con la Naturaleza y el amor. Atreverse a arriesgar por aquello que lo merece, aunque no tengamos garantías de ganar: he aquí una de las enseñanzas que el acomodamiento propio de nuestra sociedad nos hurta de continuo.

En Avatar hallamos algunos destellos de lo mejor que una obra de la imaginación puede transmitir. Súmese a ello su fulgurante envoltorio virtual: no es poco para una tarde de palomitas en un cine a rebosar.
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En la imagen: imagen promocional de Avatar (James Cameron, 2009). Fuente: peliculas.info.

lunes 4 de enero de 2010

Infancia















Ayer tuve oportunidad de participar en una celebración de Reyes Magos. En ella hacían acto de presencia los pajes correspondientes a Melchor, Gaspar y Baltasar. Cada niño, de los muchos presentes, saludaba al paje de su elección, que le dirigía algunas preguntas y le transmitía algún mensaje de parte de los Reyes. ¡Qué cosas fueron dichas allí! ¡Con cuánta transparencia e ilusión se expresaban! ¡Qué hermosa inocencia, la de los niños!

Son muchas las interpretaciones que se ha dado al dicho evangélico sobre los niños: a los que son como ellos pertenece el Reino de los cielos. Una de ellas resuena en mí de manera especial a raíz de la experiencia de ayer. Ellos tienen sensibilidad al misterio. No porque algo les supere lo descartan de manera automática; quizá porque son conscientes –con una forma incipiente de autoconciencia reflexiva– de su pequeñez, de lo mucho que les queda por aprender.

Esa actitud infantil halla sus polos extremos, mutuamente contrapuestos, en la credulidad irreflexiva y en la necedad. El excesivamente crédulo está dispuesto a aceptarlo todo sin disponer de fundamento suficiente; de este modo, devalúa el objeto de su creencia y queda a merced del viento de las opiniones. El necio, en cambio, no acepta aprender nada, porque pretende saberlo todo; esa cerrazón lo impermeabiliza frente a la posibilidad de crecer intelectualmente y de experimentar lo nuevo, lo nunca antes imaginado.

En la mirada inquisitiva de los niños se refleja algo del origen primigenio, de la criatura paradisíaca, del hombre auténtico que estamos llamados a ser. Pregunta, apertura, acogida, conciencia de la propia pequeñez y de lo mucho que se ha recibido: con ellas se teje la estructura de lo auténticamente humano.
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En la imagen: “Las líneas blancas, ¡casa!”, por Etringita (fuente: flickr.com).

jueves 24 de diciembre de 2009

Nochebuena















Parménides y Zenón a una se interrogan.
En aldea mísera
la dialéctica del ser y la nada
recibe un inesperado requiebro.
El eterno devaneo del tiempo cíclico
estalla desde dentro.

También nosotros nos hacemos preguntas:
¿Quién calmará hoy
del corazón marchito los anhelos?
¿Quién, dime, podrá desentrañarnos
de la angustia de nuestro tiempo exhausto
el tríplice secreto?

Constelaciones a una su nombre proclaman:
consejero, dios fuerte,
de la paz es príncipe y mensajero.
En aquella mísera aldea el niño
bajo las estrellas en silencio duerme.
Se aleja el miedo.

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En la imagen: "M45-Pleiadi", por Skiwalker79 (fuente: flickr.com).

lunes 14 de diciembre de 2009

Hetairoi















Durante los últimos meses, salgo de una conferencia para entrar en otra. A mi participación en el congreso de Ávila sobre Edith Stein siguió la ponencia en el simposio sobre mente y materia en Sevilla. Ya en casa, hace algo más de una semana pude reencontrarme con el maravilloso público de La Ñora: asistió, animoso e interesado, a un buen rato de reflexiones sobre evolución y cristianismo en el doble aniversario de Darwin que celebramos este año.

El pasado viernes tuvo lugar otro de esos reencuentros. Uno de los más esperados. Con motivo de una mesa redonda en torno a Ágora, el último film de Amenábar, nos reunimos en la Biblioteca regional de Murcia. Éramos cinco en la mesa –Enrique, Marcelo, Feli, Higinio y yo–, cinco de los de antes, cinco de los de ahora. Fue emocionante comprobar que el paso del tiempo –en apariencia una vida, en realidad sólo unos años– ha ido dejando tras de sí un rastro de transformada firmeza, de anhelo de pureza espiritual, de serena conciencia de las heridas, de renovada juventud.

Muchos de los asistentes eran partícipes del cariz de nuestro reencuentro, y nos arroparon con afecto e interés. La cena posterior, un prodigio de amabilidad de los anfitriones, fue otra apoteosis gozosa con personas entrañables. Otros no pudieron estar, aunque hubieran querido.

Me dio por pensar que no estamos lejos de asemejarnos a los hetairoi que coprotagonizan la historia de Hipatia de Alejandría. Ellos constituían un grupo de camaradas guiados por la misma búsqueda intelectual, científica y espiritual, que Hipatia –llamada por Sinesio hermana, maestra y madre, bienaventurada– supo unir en la conciencia de su radical hermandad. Quizá también nosotros seamos hetairoi. Claro que lo somos: hermanados por una llamada que nos supera, que nos levanta de nuestra pobreza y día a día nos renueva.
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En la imagen: catarata Kjofossen, por Jürgen Kurlvink (fuente: flickr.com).

jueves 3 de diciembre de 2009

Por una auténtica economía sostenible



José Luis Rodríguez Zapatero ha presentado en el Parlamento español una esperada novedad. Se trata de la Ley de Economía Sostenible [LES], cuyo anteproyecto fue aprobado el pasado viernes. La LES ha de poder convertirse en el vehículo capaz de reorientar la economía española hacia un nuevo paradigma, dado que el actual modelo productivo ha demostrado su incapacidad para asegurar un crecimiento duradero.

Se trata, pues, de ofrecer un marco normativo que permita vehicular un nuevo modelo. Un marco normativo es una estructura jurídica racionalmente organizada con arreglo a una idea rectora (una estructura, no una sucesión de disposiciones más o menos conexas). Un cambio de modelo productivo consiste en modificar la orientación de las actividades, en orden a alcanzar cierta cantidad y cualidad en los bienes o servicios que se consigue con el trabajo.

Sobre esta base, opino que la esperada Ley es poco más que un flatus vocis: una emisión de aire (eso sí, solemne). No es que las medidas que la LES incluye me parezcan erróneas: está muy bien que se acelere y abarate los trámites para crear empresas, que se fomente las rehabilitaciones arquitectónicas y las prácticas relacionadas con el ahorro energético, o que se procure moderar el gasto en las administraciones públicas. Nada en contra. Pero la ley debía convertirse en un marco normativo para lograr un cambio de modelo económico.

Un cambio real debería pivotar, a mi modo de ver, sobre la educación y la investigación. Resulta prioritario fomentar las condiciones necesarias para que los jóvenes, preparados a la altura de nuestro tiempo, se incorporen a proyectos (individuales, empresariales, institucionales) capaces de producir cultura, bienes y servicios de forma inteligente, solidaria, innovadora. Los Presupuestos generales del Estado para 2010 han reducido drásticamente la asignación al ministerio de Ciencia y Tecnología. Algunos analistas afirmaron entonces que dicha reducción podría verse compensada por una batería de medidas incluida en la LES. Por eso esperaba yo con interés las primeras declaraciones oficiales al respecto.

Pero no hay en la LES ambición real de cambio de paradigma, ni un proyecto progresista. Parafraseando a Juan Carlos Jirauta y Juan Manuel de Prada –ayer, en La tarde con Cristina–, la política española se parece cada vez más a una sucesión de macguffins [término de Hitchcock que alude a una excusa argumental que en sí no posee relevancia] o, si se prefiere, de inanes fistros [Chiquito dixit].

El cambio económico ha de provenir de una renovación moral, que priorice lo importante: la preparación esforzada y competente de los jóvenes, la dignidad de las condiciones laborales, la ética en las relaciones profesionales, la redistribución responsable de la riqueza, el valor de la cultura, la reprobación social de la usura y del despilfarro... La crisis actual ha mostrado con claridad meridiana que la especulación –nutrida de consumismo irresponsable– conduce a burbujas que fácilmente explotan. ¿Aprenderemos la lección? ¿O seguiremos entreteniéndonos con macguffins...?
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En la imagen: “Los Reyes magos son... los banqueros”, por Jaume d'Urgell (fuente: flickr.com).

martes 24 de noviembre de 2009

Renacer



Ayer recibí un lacónico sms de una persona que me quiere bien, y que tuve el honor de contar entre mis estudiantes. El mensaje sonaba más que escueto: “Escribe”. Escribe, sí. Debo escribir. En mi descargo (por el silencio de las últimas semanas) diré que han supuesto para mí una experiencia del tiempo inédita en su vertical intensidad.

Sólo dos meses y pocos días distan de aquel 18 de septiembre, gozne de una nueva –y ya gozosa– etapa de mi vida. La reorganización en múltiples ámbitos, con la consiguiente quiebra de la rutina, ha provocado en mí una sensación de desfondamiento temporal y de apertura de cauces nuevos y meandros insospechados. La vida fluye enigmática, grave y ligera a un tiempo.

Sí, con gusto obedezco a la categóricamente imperativa estudiante de mi ya antigua Universidad. En realidad, no había dejado de escribir. Una súbita oleada de trabajo me ha mantenido haciéndolo durante las últimas semanas: sobre Kant, sobre Darwin –hoy se cumple el sesquicentenario de la aparición de On the Origin of Species en las librerías de Londres–, sobre Stein, sobre el problema mente-cerebro. Nuevos horizontes se abren. El desfondamiento servía de transición hacia una realidad más vasta. Morir para vivir: la cadencia perpetuamente renovada de la Naturaleza.

Ésta es una de las enseñanzas que las peripecias de los dos últimos meses me corroboran. La exhortación bíblica a no hacerse imágenes de los ídolos de este mundo posee un calado mayor de lo que quizá pensamos. Yo sólo consigo atisbarlo. El idólatra queda aferrado a una representación rígida de lo que le rodea y de sí mismo, que deviene mueca privada de espontaneidad. Ningún proyecto, ninguna imagen compensa esa privación. La libertad espiritual, tal y como la entiende el Cristianismo, aúna la grave responsabilidad de sí con una despreocupada confianza en la Providencia. He ahí el fundamento de una perseverancia insobornable e ingrávida. A ese volar libre se le llama nacer de lo alto.
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Ilustro esta entrada con una perspectiva de la costa mediterránea, que tomé junto a La Manga del Mar Menor (Murcia) el 01/11/2009.

jueves 5 de noviembre de 2009

El desafío del crucificado



Desde ayer, Italia está siendo escenario de un significativo fenómeno popular. Se da la circunstancia de que una ciudadana de origen finlandés, Soile Lautsi, había solicitado en 2002 que se retirase el crucifijo del aula donde recibían clase sus hijos (en Abano Terme, Padua). La negativa de las autoridades locales, regionales y nacionales y su perseverancia había llevado el caso hasta el Tribunal de Derechos Humanos que tiene su sede en Estrasburgo, Tribunal que recientemente ha fallado a favor de la madre. La reacción de los italianos –tanto de un signo político como de otro– ha sido sorprendentemente rotunda: la mayoría parece considerar el fallo de Estrasburgo una injerencia en las tradiciones culturales del país.

Personalmente, no soy hombre de muchos símbolos. Es más, a veces me comporto de forma calladamente iconoclasta. En casa no los tengo, a excepción de un icono. Reconozco –¡por supuesto que sí!– su valor antropológico; no obstante, pesa más en mí la idea de que el cristiano está llamado a encarnar a Cristo en su persona. Se trata de que los hombres reconozcan a Cristo en otros hombres.

Soy consciente de lo lejos que me encuentro de ese ideal. Mis pecados me resultan demasiado evidentes, y me pesan. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer la fuerza que brota del Evangelio, y la misericordia que experimento a diario. Esa fuerza y esa misericordia están grabadas a fuego en la historia de mi vida, con sus grandezas y sus miserias.

Por eso, la cuestión de los símbolos me resulta algo ajena. Con todo, hay en esta polémica un aspecto importante, que –a mi juicio– la ideología suele hurtar a la mirada. Me refiero a lo siguiente: ¿por qué resulta incómoda la presencia de un crucifijo en un aula? La sentencia de la Corte de Estrasburgo establece que constituye “una violación de la libertad de los padres para educar a sus hijos según sus convicciones y [una violación] de la libertad de religión de los alumnos”. Pretender que la presencia de un crucifijo en un aula coarte la libertad educativa o religiosa me parece, sencillamente, surrealista.

Pero intentemos razonar con algo más de rigor. Alguien me podría decir que el crucifijo es un símbolo cuyo valor no reconocen todos los estudiantes ni profesores. Es cierto: no todos los miembros de la comunidad educativa reconocen el mismo contenido en un símbolo religioso como el crucifijo. Sin embargo, todos ellos pueden encontrar en él un valor: para unos, el lugar donde Dios mostró su amor incondicional hacia el mundo, amor encarnado en el rostro del Cristo exánime; para otros, la prueba del heroico y ejemplar olvido de sí de un hombre que predicó la fraternidad activa; todavía para otros, el recordatorio subversivo de que los poderes de este mundo acogen mal la crítica de sus corrupciones y mezquindades. El crucifijo encierra un simbolismo polivalente. Pero entonces, ¿a qué se debe el rechazo…?

Mucho me temo que, en muchos casos –y más allá del lícito debate en torno al carácter secular de las aulas–, el rechazo del crucifijo se deriva de una radical incomprensión de lo que es el Cristianismo. Se lo considera una institución de poder, que pretendería extender (o mantener) sus tentáculos incluso en los ámbitos simbólicos (asimilados, pues, a órganos de propaganda). Se trata de una deformación de la esencia del Cristianismo, que pesa sobre algunos grupos sociales. No por casualidad, Soile Lautsi forma parte de la Unión de Ateos Racionalistas.

Me pregunto, entonces, qué actitud adoptar en esta coyuntura. Aprecio el valor cultural de la presencia del crucifijo, y reconozco que puede inspirar tanto a creyentes como a no creyentes. Ahora bien: me da la impresión de que, en nuestra polarizada España, una defensa militante del mantenimiento del crucifijo en las escuelas emitiría un mensaje ambiguo: no sólo no acercaría a Cristo a los hombres –que sólo pueden descubrirlo encarnado en otros hombres–, sino que podría sugerir que está en juego una cuota de poder (visual). Y el poder no es el camino. El camino es el servicio, que con tanta generosidad está prestando la Iglesia a nuestra sociedad en crisis. Un servicio que brota del amor y de la unidad.

La sentencia de Estrasburgo será recurrida. Suceda lo que suceda en esta partida, el auténtico desafío se juega en otra parte. Y ahí no se trata ya de símbolos, sino de realidad encarnada. Bellamente se dice en el título de una cantata de Bach: “Corazón y boca y hechos y vida”.
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En la imagen: “Cristo muerto”, de Antonello da Messina (1476).

viernes 30 de octubre de 2009

¿Ángel? Gabilondo



Me cae usted muy bien, Ángel. Saludé con esperanza su llegada al Ministerio de Educación. Y es que usted desentona en el plantío de Ministros del actual Gobierno (lo cual sólo puede ser entendido como un piropo). Su iniciativa de favorecer un gran pacto de Estado en torno a la educación responde a una auténtica urgencia nacional, y le honra. Además, se ha dedicado muchos años a la Metafísica, cosa que también yo me enorgullezco de hacer – en mi caso, en diálogo con algunos grandes problemas de la Historia de la ciencia y de la Antropología filosófica (cosa que probablemente le agrade).

Por todo ello, me interroga su planteamiento sobre la duración de la enseñanza obligatoria. Sugiere que se podría ampliar ese período hasta los 18 años. Me pregunto a qué tipo de argumentación puede responder esa idea.

Si se ha seguido un itinerario formativo correcto, a los 18 años se posee un bagaje considerable y se está ya en condiciones de incorporarse al ejercicio de un trabajo. La inclinación a proseguir estudios no ha de ser presupuesta en todos los jóvenes; más bien corresponde a una cierta forma de ver el mundo y de verse en él. Por otra parte, la inclusión en las aulas de un número considerable de personas que no se sienten llamadas a ese tipo de formación no haría otra cosa que complicar aún más el ya depauperado último tramo de la formación pre-universitaria.

Una de las misiones de la educación estatal consiste en proporcionar a todos los que quieran servirse de ella –independientemente de su condición social– herramientas intelectuales suficientes para labrarse un futuro. Por eso, un buen sistema educativo estatal constituye una óptima plataforma de crecimiento y promoción personal. Ésta fue mi experiencia, como estudiante, en el excelente Instituto en que cursé el Bachillerato. Que los últimos Gobiernos, con su errática legislación al respecto, hayan depauperado el sistema hasta desactivarlo como plataforma de promoción, y que esto haya sucedido –muy en particular– durante las legislaturas socialistas, es algo que los ciudadanos con sensibilidad socialdemócrata no podemos justificar ni excusar.

Así pues, le pediría que devuelva esa idea al lugar del que no debió salir: el baúl de las ocurrencias. Tenemos ya suficientes. La sugerencia denota, en el mejor de los casos, un angelismo que mal se compadece con la realidad. (Algunos proponen una interpretación turbadora: según ellos, se trataría de una estratagema, sugerida por alguno de los miembros del Gobierno, para aligerar la creciente bolsa de parados; a una afirmación tan truculenta prefiero no darle el menor crédito.)

Tenemos muchas esperanzas depositadas en usted, Ángel. Ojalá haga honor a su nombre de pila.
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En la imagen: Ángel Gabilondo, 21/04/2009 (fuente: Ministerio de Educación).

jueves 22 de octubre de 2009

Identidad



¿Qué somos? Dime, ¿qué somos? ¿En qué consiste este fiero persistir, y esta querencia de aferrarnos a la vida? Dime de dónde procede la conciencia reflexiva de sí, el aguijón que nos mantiene dolorosamente anclados a nuestra finitud – y que nos hace, a la vez, nuestros, presentes. Un yo que fundamenta el ser del que me lee, mi propio ser.

Salgo hoy hacia Sevilla, para participar en el estupendo Simposio anual que organiza Juan Arana en la Facultad de Filosofía. Me ocuparé en mi ponencia de la relación entre materia e identidad, a la luz de la evolución como clave hermenéutica. Qué pequeños son nuestros intentos frente a la inmensidad del océano.

Prodigiosamente lo ha representado Tarkovsky en su Solaris: somos recuerdos cristalizados en la superficie del cosmos. A nosotros compete la tarea de abrazar amorosamente el mundo que nos es dado, antes de que las aguas lo acojan de nuevo en su regazo. Esa tarea justifica la vida y el ansia de pervivencia. Somos, sí, el uno contenido en el otro: sinfonía de notas que se entretejen en el canto, común y al fin perfecto, con el que reconocemos nuestra propia insuficiencia y la gran deuda contraída.
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En la imagen: fotograma de Solaris, de Andrei Tarkovsky (Rusia, 1972).

viernes 16 de octubre de 2009

Querido Alejandro, querida Hipatia



Esperaba desde hace meses la ocasión de ver el último estreno de Alejandro Amenábar, Ágora. Le precedían las noticias sobre el protagonismo de una filósofa de la que se tiene pocas noticias, Hipatia, que vivió los momentos precedentes al declive cultural de la Alejandría clásica y murió en el año 415 d. C. a manos de enfervorecidos fanáticos. Un elevado presupuesto y aires de peplum completaban las no demasiado entusiastas crónicas procedentes de la presentación en Cannes. Finalmente, ayer pude ver el film.

Mi primera reacción ha sido un sentido agradecimiento hacia Amenábar. En primer lugar, por llevar a la gran pantalla el periplo de una mujer comprometida con la búsqueda de la verdad (“¿No crees en nada?”, le preguntan sus desquiciados oponentes – “Creo en la filosofía”, responde ella). La pasión insobornable por la verdad nos une a los filósofos de todos los tiempos. Una verdad que en la narración queda encarnada en la incansable búsqueda del modelo cosmológico más acorde con los datos observacionales. En imaginativa pirueta histórica, Amenábar pone en relación a Hipatia con el heliocentrismo casi olvidado de Aristarco de Samos y con la introducción del modelo elíptico, llevada a cabo por Johannes Kepler trece siglos más tarde.

Pero Ágora entraña, también, el planteamiento de problemas intelectuales de primer orden. Entre ellos, la relación entre razón y fe y la posibilidad de corromper la experiencia religiosa, poniéndola al servicio de los poderes mundanos. Ante la interpretación torticera de las Escrituras, el prefecto Orestes –que, como la confundida protagonista de Los otros, ya no sabe en qué creer– acierta en su diagnóstico: los fanáticos sacan las cosas de contexto, confunden lo accesorio con lo esencial (cuestión ésta, la de la hermenéutica de los textos sagrados, que con justicia ha atraído una atención siempre creciente a lo largo de la historia de la Iglesia). E Hipatia sentencia: “Se trata de mercadear con la fe, ¿verdad?”

También hoy existen mercaderes que trapichean con lo sagrado, poniendo el lenguaje religioso al servicio de turbios intereses. No en otra cosa consiste el tomar el nombre de Dios en vano: en usarlo con objetivos espurios, de modo que el buen nombre de Cristo es mancillado en el ágora de este mundo.

Por eso, el film nos presta un saludable servicio: el de la voz profética que nos pone en guardia. Y es que en la búsqueda de la verdad estamos todos unidos. En palabras de Edith Stein –otra mujer filósofa, víctima de una cruel intolerancia, y cristiana–, en la búsqueda del creyente y del no creyente hay “una medida común” a cuya luz se puede examinar los resultados de sus respectivas investigaciones: la razón.

Soy consciente de que el film presenta de manera sesgada, o simplemente errónea, aspectos importantes. Más allá de las abundantes licencias biográficas que se concede el director –que, a mi modo de ver, aportan imaginación y lirismo a la obra–, la presentación de los datos históricos y del papel del obispo Cirilo en el desenlace distorsiona no poco la imagen de la vida en las comunidades cristianas de la época. Sobre eso se podría decir –y se ha dicho– mucho, desde la evidencia historiográfica y desde la comprensión de lo que el cristianismo ha significado y significa para el progreso de la Humanidad. En este sentido se puede consultar, por ejemplo, el minucioso análisis del film llevado a cabo por Juan Orellana o la documentada síntesis historiográfica recogida por Pablo Ginés. Esas distorsiones resultan dolorosas para los que buscamos la verdad y nos sentimos orgullosos de ser cristianos.

Pero no es esto lo que quiero resaltar ahora. Recibo con entusiasmo la llamada a la pureza de la fe y a la concordia entre los hombres –entre los hermanos– que se desprende del film. Bellamente lo dice Hipatia: es más lo que nos une que lo que nos separa. Gracias, filósofa casi desconocida, soñadora de la música celeste. Y gracias a ti, Alejandro.
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En la imagen: Rachel Weisz en Ágora, de Alejandro Amenábar (España, 2009).

sábado 19 de septiembre de 2009

El día de ayer




Ayer fue un día muy hermoso. Un día lleno de paz y alegría. (Algunos de los que me leen dirán: pero, ¿cómo puedes decir eso? ¿No fueron horas tristes, de rabia e indignación ante la injusticia? Eres un providencialista, Pedro Jesús: un irenista fuera del mundo.)

Un gran día. Uno de esos que me gustaría recoger, con cierto detalle, cuando escriba –cosa que me gustaría, llegado el momento– mis memorias. (¡Qué despropósito!, dirán. Habría que borrarlo del calendario, como todas las horas de impostura y oprobio.)

A partir de las tres de la tarde, la jornada fue un sucederse de llamadas y visitas de amigos. No eran los primeros: desde las doce y diez me acompañaba un consuelo que yo no hubiese podido fabricar, una seguridad que me superaba: con su asistencia serena –abogado y defensor le llaman– me sentí llevado de la mano: “Pero yo estoy siempre contigo, de la mano derecha me has tomado” (salmo 73).

Lo guardaré todo conmigo, como estos últimos ocho años, con admiración y afecto. Siempre recordaré este día. Me acordaré de esta paz. De vuestros rostros a esta última luz. Conservaré el recuerdo de todo lo que hemos hablado. Lo llevaré entre mis manos, amorosamente, como se lleva un cuenco lleno hasta el borde de leche recién ordeñada.

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En la imagen: fotograma de El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1956).

miércoles 16 de septiembre de 2009

Rodríguez Zapatero, Bobbio y la paz social



El pasado lunes formé parte del Tribunal que juzgaba una sobresaliente Tesis de máster. Se trataba de un trabajo de Tomás Rubio sobre los conceptos de igualdad y libertad en la obra de Norberto Bobbio. Con este motivo, durante los últimos días me he estado ocupando del prolífico autor italiano. Leyendo sus ensayos sobre la figura del intelectual y su relación con el poder no he podido evitar traer a la mente algunas cuestiones de actualidad.

Entre sus influencias, Bobbio reserva un especial afecto a pensadores como Julien Benda. El intelectual francés defendió posturas radicalmente racionalistas frente a los que consideraba síntomas de irracionalismo, avivados en el paso del siglo XIX al XX por la reacción a la corriente neopositivista. Tal irracionalismo se manifestaba, en política, en el auge del chauvinismo, del populismo, de una falsa tolerancia que pone en tela de juicio incluso los pilares de la democracia.

Benda -recoge Bobbio- "no pierde ocasión de protestar contra el falso liberalismo de los que, en nombre de una mal entendida libertad (que es amor a los propios intereses) toleran a los sepultureros de la libertad; contra el falso pacifismo de los humanitarios que predican la paz por encima de todo, cuando los valores supremos son la justicia y la libertad, no la paz" (La duda y la elección. Intelectuales y poder en la sociedad contemporánea, Paidós, Barcelona 1998, p. 37).

Personalmente, considero que la paz social es un bien nunca suficientemente ponderado y buscado. La cuestión estriba en si se puede mantener la paz social a cualquier precio. Benda -y, con él, Bobbio- pone de relieve que la paz brota de la justicia (entendida como igualdad proporcional) y de la libertad. ¿Se puede fomentar la paz con medidas que perjudican a la igualdad o a la libertad? No, desde luego, a medio o largo plazo. Cualquier intento de hacerlo proporcionará una tranquilidad frágil y efímera.

Me pregunto si el modo en que el Gobierno español ha decidido afrontar la crisis económica -por ejemplo, a través del incremento del IVA- consigue el efecto deseado. Dicha subida grava por igual a todas las rentas, a las bajas como a las altas. Con ese igualitarismo indiferenciado, la medida termina por resultar injusta (como lo eran las deducciones fiscales a todos los grupos de renta). Además, contribuye a ralentizar el consumo y, con ello, a ahondar en la espiral que amenaza con convertir en endémica nuestra elevadísima tasa de paro. De este modo, una medida publicitada como social e irenista se desvela como injusta y posible generadora de futuros conflictos sociales.

Algo similar se puede decir del episodio protagonizado el pasado viernes, en Madrid, por nuestros más altos mandatarios y el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Existe unanimidad en los medios de comunicación occidentales en la consideración de Chávez como un dictador populista. En un reciente artículo en Unidad, el disidente venezolano y filósofo amigo Carlos Casanova aportaba suficientes argumentos de primera mano. Recibir al dictador entre alharacas puede parecer prudente: un modo de cicatrizar heridas y evitar conflictos. Con todo, me pregunto si nuestros dirigentes no estarán echando así una nueva palada de arena sobre la tumba de la democracia venezolana. Y, todo ello, por intereses de grupo: los de las empresas españolas asentadas en Venezuela (un botón de muestra: ese mismo viernes, en entrevista a El país, Chávez hizo público el hallazgo de un yacimiento de petróleo que aportará pingües beneficios a Repsol).

Se puede actuar contra la igualdad y la libertad bajo la excusa de la búsqueda de la paz social. Nuestro personalista Gobierno actual está dando suficientes motivos para corroborar esa sospecha. Que intelectuales tan próximos a la izquierda -como Bobbio y Benda- nos llamen la atención sobre este asunto ha de movernos, cuando menos, a reflexionar.

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En la imagen: dibujo de Rafael Alberti. Fuente: http://nadiesalvoelcrepusculo.blogspot.com.

miércoles 9 de septiembre de 2009

El descubrimiento de la novedad




El pasado fin de semana fue muy hermoso. Desde varios rincones de España nos reunimos en Córdoba para asistir a la boda de Nacho y Ana. ¡Cuánto nos alegramos de estar con ellos! Y, por si fuera poco, pudimos disfrutar de algunas horas de turismo, en compañía inmejorable.

La mezquita-catedral de Córdoba proporciona una excusa más que suficiente para que la ciudad sea patrimonio cultural de la Humanidad. Tuvimos oportunidad de identificar las distintas fases de la construcción, con las sucesivas ampliaciones de su famoso “bosque de columnas” rematadas por policromados arcos superpuestos. No resultaba difícil imaginarse la mezquita tal y como debía haber sido durante sus primeros siglos: un espacio amplísimo, recorrido por hileras de columnas equidistantes, diáfano y solemne.

La conquista de la ciudad por parte de Fernando III (1236) tuvo que suponer un considerable quebradero de cabeza para los responsables del culto: ¿qué hacer con aquella obra impresionante? El modus operandi propio de la época (y el resentimiento hacia unos invasores que habían ocupado la ciudad durante más de cuatro centurias) aconsejaba quizá destruir el símbolo de la ocupación; la belleza del recinto, y la obligación que la captación de ese valor trae consigo, movía a respetarlo. Se optó por una vía innovadora: conservar el monumento, adaptándolo al culto cristiano. Y así se hizo. La aportación de mayor envergadura tendría lugar en el siglo XVI, de la mano del arquitecto Hernán Ruiz y de su hijo; bajo su dirección se incrustó en el interior de la mezquita una catedral renacentista que no tendría nada que envidiar a los grandes templos de Occidente.

El resultado es una combinación asombrosa de estilos, en cuyas junturas se aprecia el esfuerzo por hallar soluciones técnicas que permitiesen articular esa unión casi increíble. Es cierto que se sacrificó parte del recinto, pérdida que Carlos V habría reprochado con frase lapidaria (“habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se ve en todas partes”). Sin embargo, esa solución impidió definitivamente la decadencia del edificio musulmán. Y el producto ha terminado por constituir una unidad fascinante.

Mientras contemplaba tal prodigio arquitectónico no pude evitar hacerme algunas preguntas. En particular, me venían a la mente dos nociones que siguen ocupando un papel inmerecido en la forma mentis de muchos contemporáneos: ‘conservador’ y ‘progresista’. ¿A qué se refieren, en realidad? ¿Es conservar conservador, y cambiar progresista? Más aún: ¿qué es mejor en cada caso...? ¿No se trata de dos etiquetas semánticas volubles, cuyo sentido depende absolutamente del contexto en el que aparezcan? Basta con observar los usos políticos en las épocas de transición –por ejemplo, en los años que siguieron a la caída del muro de Berlín, o durante la época Yeltsin en Rusia– para comprobar que el campo semántico de esos términos se puede desplazar con facilidad.

Descubrir lo valioso en la historia –y en la propia existencia personal– es algo mucho más profundo. No bastan las etiquetas. Hay que mirar más lejos. Más allá de los tópicos está la precisa estatura de las personas y de sus ideas, el estancamiento de las sociedades o su apertura a novedades edificantes. Es necesario aprender a mirar, a reconocer, a descubrir.

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En la imagen: “Contraste”, detalle del interior de la mezquita-catedral de Córdoba, por SantiMB (fuente: flickr.com).

miércoles 2 de septiembre de 2009

Vida




En la escena final de su admirable film Ordet, Carl Theodor Dreyer muestra al matrimonio protagonista en primer plano. La exangüe Inger se deja abrazar por su marido, a quien literalmente se come a besos. Ha redescubierto el don de la vida, que de nuevo se abre ante ella, grávida de promesas.

También yo me siento así, hoy 2 de septiembre. Comienza de nuevo un curso. Empieza de nuevo la vida ("La vida, sí", repite Inger, "la vida").

Hace ya meses que he descuidado mi blog. Volveré a cultivarlo a partir de ahora. Durante mi ausencia, algunas entradas se han enriquecido con nuevos retoños, como si tuvieran vida propia - y es que, en cierto sentido, la tienen. Es el caso, en particular, de la entrada que publiqué el viernes 3 de abril de este año, bajo el título "Carta abierta a Manuela: Mosterín, aborto, potencia y acto". Que haya dado lugar a un diálogo tan fructífero muestra bien la eficacia del intercambio sereno de opiniones. Es, como tantas cosas, una promesa esperanzadora.

La vida empieza de nuevo. La vida, sí: la vida.

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En la imagen: fotograma de Ordet, de Carl Theodor Dreyer (Dinamarca, 1955).

lunes 15 de junio de 2009

Existir humanamente



La introducción a Ser y tiempo es una casa confortable, abierta a vistas amplias y amenas. Martin Heidegger emprende ahí una búsqueda –de resultados desiguales– en torno a una pregunta básica. Su intención: despojarse de los lastres de la tradición metafísica (cosificadora, objetivante) y hallar el sentido originario del ser. Ya en las primeras páginas identifica en la persona –el Dasein– el interlocutor privilegiado al cual interrogar, el ente que será preciso analizar, puesto que toda pre-comprensión del ser tiene en él su origen. De esta forma, la pregunta ontológica adquiere, desde el principio, relevancia antropológica. Y el Dasein se manifiesta originariamente como el ser que se interroga, que hace de sí mismo una incumbencia óntica.

Hay momentos en los que esa incumbencia óntica se sustancia con toda su gravedad. Akira Kurosawa hace de ella un objeto privilegiado de indagación en su primera década de trabajo fílmico como director. Entre esos momentos destaca la peripecia del señor Watanabe en el hermoso film Vivir. La inminencia de la muerte –introducida en escena por el diagnóstico de un cáncer terminal– planta de bruces al reservado funcionario en medio de un interrogante más grande que su pequeña figura: la pregunta por el sentido de la vida pasada. E inmediatamente se transforma en una tarea que involucra a la totalidad de su ser individual: tarea que se resolverá –otra vez Heidegger– gracias a la cura, al cuidado por los demás.

Esos momentos se presentan sin avisar. Agustín de Hipona pasó por un trance similar cuando murió su amigo del alma; la vida se le convirtió entonces –recuerda en sus Confesiones– en una gran pregunta. Dámaso Alonso habla de la pobre mujer que, en su incertidumbre, anda curvada como un signo de interrogación.

También yo ando así curvado. Era necesario: la vida –existir humanamente– lo requiere. Es entonces cuando emergen, con mayor nitidez, las grandes evidencias. El vacío ser-para-sí permite que se muestre, con claridad y volumen, el ser-de-los-otros. Soy en el “vosotros”. Lo que soy me ha sido donado: a través de mis padres, de mis hermanos de sangre y de fe, de mi familia y amigos; por medio de la tradición cultural, de las instituciones; en el seno de una corriente secular de pensamiento y acción.

Dar las gracias es entonces la única respuesta real y certera. Aunque no baste: vivimos, nos movemos y existimos bajo el cielo protector. Ante la mirada amorosa de Dios, ningún agradecimiento es suficiente: dar por este amor todos los bienes sería despreciarlo.

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En la imagen: "BlueS", por Chaosinjune (fuente: www.flickr.com).

lunes 25 de mayo de 2009

A nuestros primos hermanos europeos



El pasado sábado (23/05/09) publiqué "Ofensa a Europa: mi desagravio" en el diario La verdad de Murcia.

No salgo de mi asombro. He visto varias veces el video promocional del PSOE para las elecciones europeas y no doy crédito. En la filmación, ciudadanos de diferentes países europeos expresan en su lengua –a veces, con violencia gestual, o con resabio caricaturesco– opiniones cuestionables o radicales. Voy a centrarme en tres de ellos: los que representan a países europeos en los que he tenido la dicha de vivir meses o años.

Abre el video un joven holandés, apoyado sobre la barra de un bar, que –según se traduce a pie de pantalla– afirma lo siguiente: “Los inmigrantes nos roban el trabajo”. En realidad, a quien se refiere en su hermoso idioma no es a los inmigrantes, sino a los extranjeros en general (buitenlanders). Poco después, un campesino italiano, sobre el trasfondo de un extenso campo cultivado: “Creo que el cambio climático es una gran mentira”. Sigue un joven alemán, caracterizado –por el atuendo, por su ademán y por su dicción– como filonazi: “Pienso que la homosexualidad es una enfermedad”; y, por los gestos con los que concluye el video, nos da a entender qué es lo que haría con un homosexual si se topara con él por la calle. Habría que votar en las elecciones europeas, pues, para impedir que estos extremistas se hicieran con el poder.

Me he sentido muy dolido. Holanda, Italia y Alemania son países que amo. Sólo una deplorable ignorancia histórica y social puede caricaturizar de este modo a sus habitantes. ¡Holanda…! Quizá el país europeo con mayor tradición –plurisecular– de acogida de refugiados e inmigrantes; en cambio, queda relacionada aquí con la xenofobia. A la culta Italia, cuna de filósofos, científicos y artistas, se la intenta asociar –con mayor o menor fortuna– con cierto oscurantismo. Y Alemania, un país que tras la segunda Guerra mundial emprendió la tarea de recobrar su tradición tolerante desde la reflexión colectiva y la inequívoca voluntad política, esa Alemania aparece representada por un violento filonazi. Qué vergüenza.

Deseo expresar públicamente mi indignación. También, mi cariño hacia nuestros queridos primohermanos europeos. Un video de este tipo revela una mentalidad destructiva, a la que no interesa el proyecto común, que sólo busca llamar la atención de una ciudadanía considerada por sus artífices tan iletrada como ellos. Un método, como recuerda Hermann Tertsch, muy cercano a la descalificación caricaturesca de la que los nacionalsocialistas hacían blanco a los judíos. Con este tipo de acciones, el PSOE está deslegitimando irresponsablemente el proyecto socialdemócrata en España.

Sólo una cosa me hace albergar alguna esperanza en este sentido. He tenido ocasión de hablar largamente con un alto cargo socialista: una política de raza, buena conocedora de la estructura del partido, que me ha manifestado su sincera solidaridad. No todos somos así, me ha venido a decir: los responsables son indocumentados que están traicionando nuestro ideal europeísta, que nos están traicionando a todos.

Quiero creer que sus palabras se corresponden con la realidad, y que cada vez más personas toman conciencia de la gravedad del momento. Necesitamos aunar esfuerzos, desde la pluralidad de nuestras visiones del mundo, en torno a una racionalidad amplia y serena, realmente moderna y a la altura de los tiempos. No dejaremos que nos empujen a una irracionalidad cainita; no con nuestro consentimiento.
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Se puede consultar el texto en la página web de La verdad. En la imagen: Bandera de Europa, por Palm Z (fuente: www.flickr.com).

miércoles 20 de mayo de 2009

Violentar la verdad



Mi tan querido Ingmar Bergman es autor de varios guiones de cariz autobiográfico, que han sido llevados al cine por otros directores. Entre ellos se encuentra el guión de Enskilda Samtal, vertido delicadamente en imágenes por Liv Ullmann. En una escena de gran altura filosófica, el anciano Jacob dialoga con su atribulada sobrina Anna. “Inscrita en lo sagrado está la verdad”, le dice Jacob, “y no se puede cometer un acto violento contra la verdad sin sufrir o sin hacer sufrir”.

Viene esto a colación por recientes declaraciones de la joven Bibiana Aído, ministra de Igualdad. En una entrevista concedida ayer a la cadena SER ha afirmado que un feto de 13 semanas, concebido por seres humanos, “no es un ser humano” sino sólo “un ser vivo”. Desde el ministerio de Igualdad se habría conectado después esas declaraciones con el manifiesto En contra de la utilización ideológica de los hechos científicos. En dicho manifiesto se afirma que “el momento en que puede considerarse humano un ser no puede establecerse mediante criterios científicos”.

No me extraña la polvareda que las declaraciones de Aído han levantado en la comunidad científica. Uno de los grandes problemas de nuestro país es el bajo perfil del sistema educativo, debido a las múltiples reformas y al sucesivo torpedeo a la cultura de la ciencia, el esfuerzo y el mérito. Por desgracia y antes del plazo previsto, los frutos de la degradación educativa han llegado ya al cuerpo ministerial. Padecemos desde hace años los efectos de una proverbial ignorancia de distintos ministros, que han sembrado la desunión entre la ciudadanía con declaraciones y actuaciones destinadas a alimentar pugnas ideológicas que España no necesita en este momento tan grave.

De esa laya son las afirmaciones de ayer de Bibiana Aído. Me parece inaudito que una persona con tal responsabilidad –y en asunto tan grave– se descuelgue con un error de ese calibre. No nos encontramos en el siglo XIII, en el que el relativo desconocimiento empírico del desarrollo del feto y las sólo especulativas nociones en torno a la herencia podían suscitar algunas ambigüedades sobre la generación humana. No. Somos los herederos de los trabajos genéticos de Mendel y De Vries, de la estructura helicoidal del ADN de Watson y Crick, de la secuenciación del genoma humano. Desde el punto de vista biológico y genético no cabe duda sobre la pertenencia del embrión a la especie humana.

Las consecuencias de nuestro conocimiento sobre el embrión en el plano moral son de hondo calado; tuvimos ocasión de debatirlo hace algunas semanas en este mismo blog. Quizá para evitar esas consecuencias, la ministra de Igualdad se ha visto forzada a cerrar los ojos ante la verdad. Pero no se puede cometer un acto violento contra la verdad sin sufrir o sin hacer sufrir. Ése es su error, y nuestro drama.

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En la imagen: cartel anunciador de Encuentros privados (Enskilda Samtal, Suecia-Noruega 1997).

lunes 11 de mayo de 2009

Con tu secreta tristeza



Durante los últimos días me he acordado de ti. Nos conocimos hace un año. Caminábamos juntos por el bulevar, sintiendo la proximidad reconfortante del agua salada. Este fin de semana estuve allí de nuevo, y me pregunté por los últimos meses de tu camino entre nosotros, y por la secreta tristeza que se ocultaba en tu corazón.

¡Nos dejaste tan de repente! Sin un ademán que nos permitiera entender.

Un día sucede
Las esferas celestes dejan de producir su música
La rueca se para
El hilo de oro se corta
Y la eléctrica orquesta de nuestro cerebro enmudece
Como se apagan en un pueblo las luces cansadas
Al llegar el alba.

La Naturaleza sigue exuberante en ese rincón junto al océano. Tú reposas bajo un nuevo sol protector, disuelto ya el hielo que habitaba en tu vientre. Ahora sabes de nuestro dolor y nuestra culpa. Ahora comprendes toda la hermosura y por qué este anhelo de eternidad. Acuérdate de nosotros, afectuosamente tuyos, María Jesús.

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En la imagen: Fotografía de Tonyç (fuente: www.flickr.com).