jueves, 26 de marzo de 2015

El Termidor de Pablo Iglesias



























Toda sociedad democrática halla en la pena de muerte uno de sus límites. El poder del Estado ha de retroceder llegado a él. En la maduración histórica de sus raíces culturales y en la reflexión sobre los horrores pasados y recientes, la cultura europea ha alcanzado a este respecto una saludable madurez: a la mayoría de los europeos nos parece que un castigo ejemplar a los delitos más graves ha de pasar por apartar al delincuente de la comunidad, y es en la duración máxima de ese alejamiento que difieren las sensibilidades políticas; ahora bien, hay amplio consenso en que un poder civilizado y responsable no puede, no debe mancharse de sangre.

Con todo, la historia reciente del poder exhibe juicios sumarios sobre la vida y la muerte –¡demasiados!– que avergüenzan nuestra conciencia moral. Y en el momento fundacional de los regímenes modernos emergen los años de terror que acompañaron a la convulsa Revolución francesa.

A la declaración de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad siguió el atroz contrapunto de las luchas intestinas entre girondinos y jacobinos. Estos últimos prevalecieron durante poco más de un año gracias a la mano de hierro y a la ausencia de escrúpulos de Maximilien de Robespierre, quien instauró el “terror revolucionario”: un régimen que derogó las garantías ciudadanas para atajar de inmediato cualquier (presunto) intento de sabotear reformas. Bajo su instigación y tan sólo durante ese período (1793-1794) fueron asesinados decenas de miles de franceses: no ya miembros del derrocado poder monárquico o nobiliario, sino compañeros de partido (como Hébert, portavoz radical de las clases populares), intelectuales y librepensadores, campesinos y obreros.

Algunas de las víctimas son tan notorias como Antoine de Lavoisier. Entre otros logros, en 1787 Lavoisier había coeditado el Sistema de nomenclatura que incluye la tabla de elementos con la cual arranca la historia de la química moderna y que fundamentó en su Tratado elemental de química de 1789. Cinco años después, tras haber sido denunciado por colaborar con el sistema de aranceles aplicados a los productos agrícolas, fue condenado a muerte. Lavoisier suplicó un aplazamiento de quince días para terminar unos estudios de utilidad pública, a lo cual el juez, Jean-Baptiste Coffinhal, habría sentenciado: “La República no necesita sabios ni químicos. La justicia no puede detener su curso” (Montgaillard: Histoire de France, p. 198). Fue decapitado ese mismo día, 8 de mayo de 1794. El 28 de julio –el mes de Termidor en el calendario republicano– lo sería Robespierre, considerado ya un peligro por sus propios correligionarios. Hasta entonces, Francia ardió en años de furia aherrojados por la delación y el empleo de la guillotina, arma y símbolo del terror.


A la luz de todo ello resultan sorprendentes las afirmaciones con las que Pablo Iglesias abrió el programa “Fort apache” el 27 de enero de 2013 en HispanTV [cadena pública iraní que emite en español desde Madrid]. El vídeo está colgado en internet. Tras referirse –entre jocosa e irónicamente– al ingenio sugerido por el diputado Guillotin para evitar sufrimientos a los ajusticiados, Iglesias alude a los horrores que “nos habríamos evitado los españoles de haber contado a tiempo con los instrumentos de la justicia democrática”. Y es que, tal y como sostuviera Robespierre, “castigar a los opresores es clemencia, perdonarlos es barbarie”. Concluye el breve exordio ponderando a ese “gran revolucionario”.

Esas reflexiones prologaban una entrega de “Fort apache” dedicada a Juan Carlos I bajo el título “¿Un rey en la guillotina de la historia?”. Bien es cierto que para ese viaje no hacían falta tamañas alforjas. Los no monárquicos no precisamos para serlo que se nos encarezca las ventajas de un ingenio macabro; como tampoco necesitamos lecciones políticas a cuenta de una cadena financiada por un régimen, el iraní, que ignora la división de poderes (el Líder Supremo supervisa tanto el parlamento como la judicatura y el ejército) y que se articula de forma teocrática (las sentencias del tribunal especial del clero, por ejemplo, son inapelables y se rigen por la ley islámica).

Pero dejemos al margen esos asuntos y centrémonos en lo dicho por Iglesias. Llama la atención el trazo grueso de sus afirmaciones. ¿Realmente podemos creer que el objetivo de Robespierre –ese “gran revolucionario”– era derramar clemencia sobre la sociedad francesa, o que sus adversarios fuesen los opresores de la voluntad popular…? Lo que sabemos parece apuntar más bien a un ansia de poder incontestado propia de una casta. Por otra parte, el hecho de que los juicios sumarios camparan a sus anchas hace inviable la apropiación de la fase jacobina como luminoso modelo de justicia. No se entiende el elogio al principal instigador de la incertidumbre y del miedo que protagonizaron aquellos años; más aún: la inestabilidad generada entonces proporcionó el combustible al caudillismo militar de Napoleón y a la autoafirmación del Estado francés como Imperio que buscó expandirse –otra vez a sangre y fuego– a lo largo y ancho de Europa. La herencia progresista legada por la Revolución francesa no está en Robespierre. Resulta chocante que Iglesias, profesor de Ciencias políticas, haga un tal alarde de tosquedad intelectual.


Las palabras son poderosas: crean marcos de sentido que transforman la realidad. Pero la transformación a la que alude aquella desafortunada arenga televisiva no es progresista ni apunta hacia lo mejor: rescata de la historia de Europa unas páginas atroces –en el sentido freudiano, siniestras– y las reviste con una pátina de gloria. No se puede, no se debe jugar con las palabras. Máxime, cuando se trata de algo tan crucial para una democracia como el poder sobre la vida y la muerte.

Imagino que su propósito era abrir el programa de forma ingeniosa; empleó para ello una ironía de alcance, eso sí, mal calculado. Pero ni siquiera esta suposición disipa las dudas. De un político se pide discernimiento antes de hablar, justeza al hacerlo y coherencia a la hora de poner en práctica lo dicho. Las palabras de Iglesias no denotan lo primero ni lo segundo. Que en el futuro disponga de poder para lo tercero no depende de él sino de los votantes. Ojalá la esperanza de tantos que han aupado a su partido en las encuestas no haya de ser preámbulo –tal y como sucedió con el “gran revolucionario”– de la decepción y el abandono; y ojalá el Termidor de la desafección ciudadana no llegue cuando sea demasiado tarde.


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Artículo propio publicado en el diario Levante (Valencia, 12/03/2015). En la imagen: La muerte de Marat, óleo pintado por Jacques-Louis David en 1793 (Museo Real de Bellas Artes, Bruselas). Durante la Revolución, Jean-Paul Marat descolló como periodista radical y apoyó activamente las masacres jacobinas; fue asesinado por la joven girondina Charlotte Corday. 


miércoles, 11 de marzo de 2015

La bendición griega de Papandreu (3 de 3)














Resulta inevitable proyectar previsiones, a partir de los indicios ofrecidos por los comicios helenos, sobre los escenarios español y europeo; así lo han hecho analistas y portavoces políticos. De entre ellas, las que tienen que ver con el futuro de los partidos que han protagonizado la vida pública en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial me interesan sobremanera; muy en concreto, las que tienen que ver con la socialdemocracia, cuyo empuje cohesionador y progresista se ha visto sumido en una profunda crisis con raíces ideológicas y causas fácticas. A muchos nos defraudó en España el pobre sentido de Estado, el débil nervio internacional y la falta de espíritu conciliador y de imaginación política –por citar algunos motivos– evidenciados durante las legislaturas encabezadas por Rodríguez Zapatero. Sin embargo, no seré yo quien salude alegremente una debacle del partido socialista.

La socialdemocracia ejerce de saludable contrapeso a la virulencia de un neocapitalismo que resulta devastador por múltiples razones; la moderación pragmática de sus propuestas y su vocación integradora la convirtieron en eficaz instrumento de cohesión y justicia en la Europa postrada tras la guerra. Una moderación y una vocación que no acompañan a los populismos de toda laya reforzados al abrigo de la crisis: Syriza o Aurora Dorada en Grecia, los Piratas en Alemania, el UKIP en Gran Bretaña, el Partido por la Libertad en Holanda, el Frente Nacional en Francia o el Movimiento Cinco Estrellas en Italia. Por lo que respecta a Podemos, su filiación ideológica bolivariana, las inquietantes iniciativas de su pasado reciente y la ambigüedad de sus posturas suscitan el interrogante de si podrá alumbrar una propuesta moderna y progresista; está por ver hacia dónde inclinarán la balanza sus debates internos.

Quizá la mayor lección que nos dejan los sucesos de Grecia relativos al PASOK tenga que ver con la ciudadanía. El espíritu del tiempo requiere de nosotros, los ciudadanos, un compromiso coherente y profundo con lo público: abandonar la estática posición del coro que asiste a un drama –como durante décadas ha sucedido en nuestro país, acostumbrado a ello por otras tantas de dirigismo franquista– para ocupar el único lugar adecuado, a saber, el de protagonista de la iniciativa social.

Que ese protagonismo sea vil o heroico depende, a la postre, de nosotros. No se debe implorar la bendición a un Estado para que vele de forma paternalista por los intereses de los que acceden así a convertirse en sus súbditos. Lo hicieron los campesinos griegos que acudieron a visitar a Papandreu el día de su onomástica; lo hicieron, y siguieron aguardando infructuosamente hasta paladear la decepción más amarga.

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Artículo propio [tercera y última parte] publicado en el diario Levante de Valencia (30/01/2015), p. 26. En la imagen: detalle del mosaico La batalla de Issos, en el que aparece representado Alejandro Magno en la célebre contienda en la que se impuso a los persas el año 333 a.n.e.

lunes, 9 de marzo de 2015

La bendición griega de Papandreu (2 de 3)

















Cuando los invasores nazis huyeron de Grecia, en 1944, dejaron tras de sí un vaivén de conflictos internos. Esos conflictos, ya ensayados en el seno mismo de la resistencia, desembocaron en una lacerante guerra civil, un prolongado intervencionismo de los militares en la vida pública y una polarización ideológica que sólo a partir de los años setenta pareció dar visos de remitir. Y lo hizo alentada por un partido, el PASOK (Movimiento Socialista Panheleno) que lideró la vida política durante décadas.

Precisamente uno de los más recientes episodios de la debacle griega lo ha protagonizado ese partido. Fue gracias al carisma de Andreas Papandreu y a la modulación socialdemócrata de su discurso que pasó de un 14% de los votos en el año de su fundación (1974) a la mayoría absoluta (con un 48% de los votos en 1981), una mayoría revalidada en distintas ocasiones hasta la más reciente en 1996 (bajo dirección del hijo de Andreas, Yorgos Papandreu). Las luchas intestinas, el escándalo de la corrupción y el falseamiento de las cuentas hicieron trizas las aspiraciones de los votantes. En las elecciones del pasado 25 de enero, el PASOK obtuvo un escaso 5% de los votos que lo convierte en primer ejemplo de aplastante descalabro de un clásico partido mayoritario europeo.

Cuenta Angelopoulos que antes de emerger como líder Papandreu ya concitaba el apoyo popular. Con motivo de su onomástica, en el hogar familiar se congregaron numerosos campesinos de los alrededores; además de iconos de san Andrés, le llevaron ovejas y otros animales y le pidieron... que los bendijera. Buena prueba –argumenta Angelopoulos– de que el exhausto pueblo griego necesitaba un padre de la patria, un Alejandro redivivo que restaurase las aspiraciones fallidas. Lo reconoció, al menos durante un tiempo, en Papandreu. Aquella herencia y aquel crédito de confianza han quedado dilapidados en pocos años.

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Artículo propio [segunda parte] publicado en el diario Levante de Valencia (30/01/2015), p. 26. En la imagen: detalle del mosaico La batalla de Issos, en el que aparece representado el rey persa Darío III en la batalla que le enfrentó a Alejandro Magno el año 333 a.n.e.

jueves, 5 de marzo de 2015

La bendición griega de Papandreu (1 de 3)














En un hermoso film de madurez, Theo Angelopoulos conduce a su protagonista a la frontera montañosa de Grecia para lanzar desde allí una mirada, desapasionada y triste, sobre los fracasados sueños de la Hélade. Observando las cumbres cubiertas de nieve, el taxista que le ha llevado hasta allí confiesa su decepción. "Grecia se muere", le dice, "se acabó el ciclo. Miles de años entre ruinas y estatuas y ahora nos morimos". Y el viaje por fronteras y ruinas confirma ese devastador diagnóstico sobre la madre de la razón europea, enfangada en una impotencia que ya causaba estragos.

Para entonces, los índices macroeconómicos mostraban a las claras la distancia respecto de los países de su entorno sociocultural. En 2010 las exportaciones, botón de muestra del nervio creador y productivo de un país, alcanzaban apenas los 24 mil millones de euros. Ese mismo año España exportaba por un valor de casi 250 mil millones. Aun teniendo en cuenta el número de habitantes –11,2 millones por 43,6 ese año, respectivamente– la (des)proporción resulta llamativa; más aún si se coteja las finanzas griegas con las de países parecidos en tamaño como Bélgica (con menor población, exportó ese año por un valor 17 veces superior). 

Similar divergencia aflora en otras parcelas. Por ejemplo, sorprende el hecho de que Grecia –depositaria de la herencia clásica, de sus obras intelectuales y artísticas– ejerza como país una tan escasa atracción sobre los intelectuales de todo el mundo. No ofrece referencias institucionales o académicas que hayan aprovechado ese fabuloso bagaje para concitar sinergias; cuando un filósofo se especializa en pensamiento clásico, su mirada se dirige antes a Alemania o a Inglaterra. Ni siquiera cuando se trata de aprender su preciosa lengua. Un amigo, estudioso de Aristóteles, me comentaba hace poco que en breve llevará a cabo un curso intensivo de griego clásico; lo hará en Roma.

Indagar en los motivos de la dificultad griega para sentar las bases de un Estado moderno constituye un fascinante desafío. Sin duda, uno de ellos tiene que ver con la inestabilidad política. 

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Artículo propio [primera parte] publicado en el diario Levante de Valencia (30/01/2015), p. 26. En la imagen: La batalla de Issos, mosaico hallado en la Villa del Fauno de Pompeya y conservado en el Museo arqueológico de Nápoles. Representa el momento en que las tropas de Alejandro Magno (a la izquierda) se impusieron a las del persa Darío III en el año 333 a.n.e.


lunes, 16 de febrero de 2015

Deshonor universitario


























Desde sus inicios, la Universidad ha enarbolado como bandera la producción y difusión del conocimiento al más alto nivel. Lo que en ella se hace tiene una insoslayable vocación pública. En nuestros días, eso se ha traducido en procesos de transparencia en la gestión y de publicidad en el acceso a los resultados científicos, procesos supervisados por las propias instituciones y por agencias externas de calidad. Todo ello afecta, de manera muy señalada, a las tesis doctorales: son resultados de una investigación, larga y ardua, que nace para ser comunicada; y esto, con la única excepción de las tesis que entrañan patentes y que por este motivo se blindan con acceso restringido.

Por todo ello, lo sucedido con la tesis doctoral de Francisco Camps, presentada en la Universidad Miguel Hernández (Elche, 10/02/2012), raya en lo inaudito. Bajo el título “Propuestas para la reforma del sistema electoral”, dicha tesis no puede acogerse, en buena lógica, al acceso restringido. Sin embargo, su autor vetó explícitamente cualquier tipo de consulta: no puede ser leída ni siquiera por otros investigadores que se personen en la biblioteca donde está depositada. Es secreta.

El veto ha resultado notorio a raíz de la intención de un profesor de Filosofía del Derecho –Jorge Urdánoz, de la Universidad Pública de Navarra– de consultar la tesis de Camps con vistas a su propia investigación. Yo mismo he podido corroborarlo a través del registro bibliográfico publicado en la web de la UMH, en el que se indica que “no se permitirá la consulta ni la reproducción del texto, por ningún medio, ni total ni parcialmente”. El diario El país lo ha dado a conocer en una documentada crónica (02/02/2015) que recoge declaraciones de la directora de la biblioteca, Encarna Rodríguez (“no se puede consultar ni prestar por deseo del autor”), y del propio Camps, que afirma desconocer esa circunstancia (“es la primera información que tengo”). En esa misma crónica, Alfred Giner, jefe de Postgrado de la Universitat de València, subraya el carácter público de las tesis doctorales y la inviabilidad del blindaje voluntario.

El hecho no es baladí. Desvela aberrantes entresijos de poder que pervierten algo tan sagrado en el mundo académico como el acceso a las investigaciones distinguidas con el rango de tesis doctoral – distinción avalada, por otra parte, por la firma de las más altas autoridades del Estado. Resulta aún más hiriente cuando se trata de una persona que ocupó un relevante cargo institucional (presidente de la Generalitat valenciana) y que sigue ocupándolo (miembro nato del Consejo Jurídico Consultivo de la Comunitat). El desdoro salpica a otra Universidad, la Católica de Valencia. Camps ha participado ahí en distintos programas relacionados con la formación pre- y postdoctoral. Este año forma parte del claustro de profesores responsables de un postgrado en legislación marítima, amén de dirigir el seminario permanente “Grandes temas de actualidad”.

La UMH y la UCV son Universidades en las que trabajan académicos de reconocida valía. De algunos de ellos, colegas y amigos, he podido conocer en primera persona el interés de sus aportaciones científicas. El vergonzoso veto impuesto por Camps a su tesis, consentido por las autoridades de la UMH y no repudiado por las de la UCV, arroja una sombra (más) de sospecha sobre el ya erosionado Partido Popular y constituye un deshonor para las Universidades implicadas. No sólo para ellas: es un insulto a los jóvenes investigadores que se comprometen, en buena ley, a exponer al juicio de la comunidad académica los resultados de estudios en los que invierten años de empeño. Algo que tanto aquella formación política como esas Universidades harían bien en tomar en cuenta. Todos nos equivocamos. Pero una cosa es cometer errores y otra, más grave, empecinarse en ellos.

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Artículo propio publicado en el diario Levante de Valencia (10/02/2015). En la imagen: Pitágoras, según recreación realizada por José de Ribera en torno a 1630 (Museu de Belles Arts, Valencia).


domingo, 25 de enero de 2015

La raíz irracional del fanatismo (3 de 3)







Quizá lo mejor que podamos hacer sea preguntarnos cómo podemos contribuir a un mejor desenlace. Ni que decir tiene que los argumentos sobre seguridad global y protección de las libertades que se han esgrimido estos aciagos días son legítimos y necesarios. Pero quizá haya más.

Son millones los musulmanes que viven en Occidente; y millones sus hijos e hijas que se educan con nosotros. Hace poco, una amiga maestra me contaba que en su colegio –a causa de una deficiente planificación– se ha creado un auténtico gueto de alumnos de origen musulmán; eso incide en el cada vez más residual número de alumnos autóctonos, en las dificultades crecientes a la hora de enseñar y en la menguante efectividad de la enseñanza impartida. 

No se trata de un caso aislado. Sobre esto podemos, debemos hacer mucho aún. El fracaso a la hora de favorecer la integración social de los musulmanes nacidos en Europa –patente en Alemania, en Holanda o en la misma Francia– tiene todo que ver con la incapacidad de generar una educación significativa: una educación que remueva sombrías adherencias culturales para sembrar el germen del pensamiento crítico.

Invertir en educación –también por este motivo– resulta, pues, crucial. Con ella se puede ayudar a tender puentes sin menoscabar la diversidad, a desplegar una vivencia religiosa cribada y abierta; en este caso, una vivencia nutrida por lo que el Islam posee de más preciado: la fe en ese Dios que es “el pietoso”, “el misericordioso”, “el agradecido”. Dar pasos en esta dirección será el mejor modo de honrar la memoria de los asesinados en el corazón de Francia.

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Artículo propio publicado en el diario Levante de Valencia (16/01/2015). En la imagen: "San Sebastián atendido por santa Irene y su criada" [detalle], óleo de José de Ribera pintado entre 1630 y 1640 (Museu de Belles Arts, València). 


miércoles, 21 de enero de 2015

La raíz irracional del fanatismo (2 de 3)














Se ha subrayado en estos días la distancia que media entre el terrorismo islámico y la pacífica vivencia religiosa de muchísimos musulmanes. Sin embargo, las últimas décadas han sido escenario de una radicalización creciente del Islam, que ha marchitado la prometedora y fugaz “primavera árabe”. La razón última de esta deriva no ha de ser buscada en los conflictos bélicos o las relaciones geoestratégicas de poder tal y como se han desarrollado en los últimos decenios. Por supuesto, estos procesos tienen mucho que ver. Ahora bien, considerar que ellos –y sólo ellos– explican la polarización del Islam es un análisis parcial, a menudo deudor de una lectura marxista de la Historia que no basta para entenderla; por otro lado, contrastan con los datos de que disponemos sobre la extracción social de muchos terroristas. Para comprender la deriva extrema del islamismo se hace preciso atender a la intrahistoria del Islam.                 

A diferencia de lo que ha sucedido en Occidente, la religión musulmana no ha tenido ilustración. No me refiero con ella tan sólo al período que como tal se conoce en la historia europea –el Iluminismo, el Siglo de las luces– sino, sobre todo, al fermento de la razón crítica. Son muchos los motivos (políticos, institucionales, económicos, teológicos) que han conspirado en contra y que han abortado los períodos luminosos de la cultura islámica. Se ha seguido de ello la insuficiente o inexistente división entre lo público y lo privado, entre lo estatal y lo confesional, y –aún en un nivel más hondo– la deficiente comprensión del carácter histórico y, por tanto, evolutivo del dogma religioso. 

De este modo, el fanático siente como su deber (¡un deber del que pende su destino!) la defensa a ultranza de la literalidad del Corán: de un texto sobre el que no ha pensado críticamente. Así, no reflexiona sobre la divergencia entre unos escritos sagrados y otros: entre aquellos que propugnan la persecución y el sometimiento del infiel (judío, cristiano o ateo) y aquellos otros que hablan de Alá como “el pietoso” o “el misericordioso” y que cifran en el amor al prójimo la medida de la fe.

Sólo un pensar entreverado con la reflexión crítica es capaz de distinguir las adherencias culturales de la esencia de la fe. Su ausencia es la tragedia del extremismo. La historia del mundo contiene páginas dictadas por esa tensión no resuelta, protagonizadas por la ciega furia del fanático; una de sus primeras víctimas fue esa admirable filósofa, enraizada en el paganismo y abierta a la trascendencia, llamada Hipatia. Hoy día, el Islam escribe algunas de las páginas más sangrientas a cuenta de esa misma furia ciega.

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Artículo propio publicado en el diario Levante de Valencia (16/01/2015, p. 33). En la imagen: "San Sebastián atendido por santa Irene y su criada" [detalle], óleo de José de Ribera pintado entre 1630 y 1640 (Museu de Belles Arts, València). 


sábado, 17 de enero de 2015

La raíz irracional del fanatismo (1 de 3)


























El lema más coreado durante los últimos días, y el más compartido en las redes sociales durante toda su historia, es ya “Je suis Charlie Hebdo”. Se trata de una preciosa muestra de solidaridad con los asesinados en París. Yo argumentaré ahora que ese lema funciona como las muñecas rusas: incluye otros que a su vez albergan, como en una matriz, otras ideas de mayor calado si cabe. La primera de ellas ha de ser expresada también en francés, puesto que así nos la ha transmitido la tradición que se remonta a Descartes: Je pense, donc je suis – “Pienso, luego existo”. Pero este pensar va aquí más allá del sentido en el que Descartes, en el contexto de su teoría del conocimiento, se refirió a él: no se trata ya de sólo de un proceso cognitivo consciente de sí mismo sino, sobre todo, de un pensar crítico.

La historia de Occidente está grávida de esta forma de pensamiento. La crítica –actividad intelectual de cribar, tamizar, discernir– ha permeado desde sus albores griegos todas las manifestaciones de nuestra cultura. Sus grandes realizaciones –como el derecho romano, la cosmovisión judeocristiana y la ciencia experimental– se han sometido al tamiz de la crítica y han desarrollado a su luz lo mejor de sí mismas. Gracias a ella han sido capaces de distinguir entre lo accesorio y lo esencial, entre lo que pertenece a la coyuntura mudable de los tiempos y lo que de mejor se encuentra en sus propias tradiciones. Así, el derecho ha sabido desprenderse de los ropajes de su génesis romana; de ésta hemos aprendido mucho sobre el aspecto que debe tener un sistema jurídico justo, pero hemos prescindido de sus adherencias culturales (como la justificación de la esclavitud o de la inferioridad jurídica en función de género o patrimonio). 

La historia del cristianismo es incomprensible sin esa fecundación del pensar crítico; gracias a ella, el cristiano reconoce que distintas afirmaciones de las Escrituras –como algunas sentencias de san Pablo relativas a la mujer y su puesto en la familia y la sociedad– no pertenecen al núcleo del Evangelio sino a esquemas mentales de un cierto lugar y época. El germen del pensar crítico ha abonado el humus de nuestras democracias – tan imperfectas, sí, pero tan fecundas a la luz de sus frutos en el orden de la paz, la libertad o la solidaridad.

Es precisamente esa matriz –el razonar reflexivo y crítico– la diferencia radical respecto del pensamiento fanático; muy concretamente, respecto de amplios sectores del Islam que no se han configurado a la luz de la crítica. Me referiré a ella en el siguiente post. 

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Artículo propio publicado en el diario Levante de Valencia (16/01/2015, p. 33). En la imagen: "San Sebastián atendido por santa Irene y su criada" [detalle], óleo pintado por José de Ribera entre 1630 y 1640 (Museu de Belles Arts, València). 


miércoles, 10 de diciembre de 2014

La música i l'esperit de la Universitat

















Hi ha ocasions en les quals, ho sentim ben bé, no hem de passar al costat de la bellesa sense fer-ho notar. No donar-ne cap notícia seria una mena d’arrogància, de desdeny envers allò que ens ha sigut donat sense cap mèrit. El darrer 15 d’octubre va tindre lloc al Palau de la Música el concert d’obertura de l’any acadèmic. L’orquestra filharmònica de la Universitat de València, dirigida per Hilari Garcia Gázquez, va interpretar un repertori exquisidament triat al voltant d’una idea: la variació. En un petit assaig que acompanyava el programa i recolzant-se en cites de Schönberg i Schopenhauer, Hilari Garcia va referir-se a la variació –mutatis mutandis– com a el mode de repetició, mai igual a si mateixa, que constituïx el teixit tant de la música com de l'existència. Al voltant d’aquest fil conductor es van executar una sèrie de peces, des de l’estrena d’una obra del jove compositor valencià José M. Fayos a la Guia d’orquestra per a joves de Benjamin Britten i la quarta Simfonia de Johannes Brahms.

És l’orquestra filharmònica de la UV una formació composta per 80 joves, la major part estudiants, que es reunixen dues vegades a la setmana per a assajar. I quin meravellós exemple ens donen! Una orquestra és un calidoscopi de diversitat que es reflectix no tan sols en les diferències fisiognòmiques sinó també i sobretot en la materialitat dels instruments i en els registres sonors. No és fàcil posar-se d’acord en la vida. Aquests joves ens permeten assistir a un experiment –mai igual a si mateix, sempre renovat en cada concert– de concòrdia en la diversitat. Gràcies al seu esforç, a la seua disciplina i entrega emergix una unitat que no és homogènia sinó plural, una harmonia que no és plana sinó rica i enriquidora. 

Aquest assumpte –la unitat en la pluralitat que esdevé visible en un concert– té multitud de projeccions existencials. Potser la més cridanera en aquests dies siga la política. ¡Com es serviria comptar amb polítics que en lloc de fer insistència sobre allò que ens dividix saberen emprar-ne les potencialitats per a construir una realitat plural i alhora convergent, més forta gràcies a les diferències! La problemàtica del separatisme català, i de la seua (absència de) resposta institucional estatal, té molt a veure amb aquesta manca d’imaginació per a ajuntar i construir. Però d’això vull ocupar-me’n en un proper article. Hui els meus pensaments tornen a la Universitat, a allò que a la Universitat es fa i que n’hi és el motiu de l’existència.

Sovint desitge que la nostra activitat docent i investigadora s’assemble al tipus de treball que es fa a una orquestra. És clar que l’aprenentatge i sobretot la recerca té una dimensió individual; més encara, és en la solitud de la reflexió, del treball intel·lectual ben conduït en primera persona, dels temps en diàleg amb si mateix i amb els resultats de la recerca realitzada pels altres que s’aconseguix una part considerable, sinó la més fructífera, de la pròpia inspiració i creativitat. Sense aquesta solitud fecunda, la curiositat intel·lectual esdevé tafaneria i el coneixement profund es canvia per un xarrar superficial que, com deia Heidegger, no és més que un viure acríticament instal·lats en un impersonal “es fa”, “es pensa”, “es diu”... Ara bé, no és menys cert que perquè el diàleg siga enriquidor cal comptar amb un interlocutor crític, capaç d’obrir-hi perspectives noves i encoratjadores. Cadascú de nosaltres duu una sèrie de dons per al món. Cadascú pot contribuir al drama de l'existència –Whitman dixit– amb un vers de la seua collita. Per això l’actitud d’aquell que vull arribar a saber quelcom és l’obertura d’esperit.

La Universitat –una Universitat que no siga mera anella dels engranatges de producció neocapitalista– és el lloc per excel·lència d’aquesta obertura d’esperit. Però per a que puga desenvolupar eficaçment aquesta seua tasca cal treballar en eixa mena d’unitat no uniforme, de diversitat no centrífuga que es fa visible en una bona orquestra. Aleshores esdevé –parafrasejant l’expressió musical– una Universitat ben temprada, capaç de produir concòrdia en la diferència; una concòrdia que no és impostura perquè no tan sols respecta la pluralitat sinó que en fa la clau de la pròpia força.

La fortuna va voler que durant el concert al Palau estiguera assegut al costat de l’autor de l’obra que va ser estrenada (Sull’ombra di un ricercare). És la seua una exigent recreació del ricercare renaixentista i doncs una mena de variació recolzada en l’estratègia del contrapunt. Variacions i retorns a un passat que ja no és el mateix perquè és viscut a la llum del present: Purcell rellegit per Britten, Bach revisitat per Brahms. “Oh, si jo sabera el camí de tornada!”: és la vella cançó alemanya, gràvida d’enyorances, que Brahms va fer servir pel primer moviment de la seua Simfonia núm. 4. Camins de tornada que ens reporten un passat que fa llum sobre el present i ens ajuda a crear el futur.

La Universitat es l’encreuament d’aquests camins, l’escenari d’un diàleg que cada vegada ha d’esdevindre més plural i enriquidor. Les corrents de renovació pedagògica, amb les quals no poques persones hi estan compromeses, apunten a aquest espai d’intercanvi –veritable comunitat d’aprenentatge– com a mig per a actualitzar una institució la qual força es troba en la seua capacitat de preservar el millor de si mateixa mitjançant el canvi. Així ho ha fet en el passat; així hem de fer-ho en el present.

La música i la Universitat compartixen un esperit que en aquesta vetllada ha esdevingut gojosament palpable. És l’esperit de la joventut sempre renovada en la recerca humana del saber. Gaudeamus igitur.

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En la imatge: detall del jardí de la Facultat de Filosofia i Ciències de l'Educació de la Universitat de València (fotografia pròpia). 


miércoles, 8 de octubre de 2014

La incierta gloria de Podemos

















Como muchos otros, durante el pasado verano me zambullí en una novela “de cabecera”. En mi caso, una de las grandes obras en lengua catalana: Incerta glòria, de Joan Sales. Se trata de un magnífico fresco histórico, protagonizado por tres barceloneses a los que la guerra sorprende en los años de una juventud efímera como la primavera en un día de abril. Mientras tanto, en España la estrella de Podemos brillaba en los sondeos con un resplandor que parece augurarle días de gloria. Desde su eclosión en las elecciones europeas me he venido interesando por el partido y su líder, a los que desconocía por completo. He recopilado impresiones, he leído escritos suyos y sobre ellos.

Simpatizo con los movimientos asamblearios. Expresan algo de lo que andábamos faltos en la España burguesa del ladrillo y el consumismo exacerbado del tránsito de siglo. Frente a la cortedad de miras de los principales partidos –demasiado ocupados con sus litigios intestinos e incapaces de elaborar políticas a largo plazo– y ante el bárbaro avance del neocapitalismo, el descontento simbolizado por el 15-M fue una ráfaga de aire fresco que Podemos ha capitalizado con acierto. Revisando la participación de Pablo Iglesias en tertulias televisivas constato que su modo de hablar ha introducido una saludable enmienda a la crispación; su figura se agiganta de manera proporcional a la breve talla de los voceros de la política española, del mismo modo que Beppe Grillo pudo hacerse un hueco en la Italia regida por Berlusconi y no hubiera podido hacerlo en la de De Gasperi.

Sin embargo, varios de los audiovisuales que encuentro en internet acrecientan en mí un embarazoso desasosiego. En uno de ellos, y con ocasión de una charla en junio de 2013 en una herriko taberna, Iglesias elogia a ETA por haber percibido que la autodeterminación no formaba parte de los derechos promovidos por el “papelito” de 1978. “Estamos en un momento leninista”, afirmaba, aludiendo a la coyuntura –favorable al asalto al poder– creada por la crisis económica y la debilidad del Estado. En otro de esos vídeos, de octubre de 2010, el (entonces futuro) líder parecía supervisar a los furibundos estudiantes que reventaron una conferencia de Rosa Díez en la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense. Uno de los portavoces leía un comunicado en que se le conminaba a no volver a la Facultad “nunca más”; el lector era Íñigo Errejón, años después director de campaña de Podemos en las elecciones europeas. La exhibición de intolerancia de esos estudiantes no me dejó menos perplejo que las declaraciones del propio Iglesias, quien, ya convertido en líder político, sostenía en una rueda de prensa que no había tenido nada que ver.

Esas formas encajan en el panorama ideológico a la luz del cual Podemos se entiende a sí mismo: el populismo de izquierdas latinoamericano. No en vano sus dirigentes han estudiado –y admirado– las dinámicas de asalto al poder en Venezuela, Ecuador o Bolivia. Los mecanismos representativos expuestos en el pre-borrador de sus estatutos políticos confirman esta impresión: desde la entrega puramente nominal del poder decisorio a las bases del partido (reunidas en Asamblea ciudadana cada tres años) a la práctica dejación del órgano ejecutivo al portavoz (flanqueado por un Consejo de hasta 15 personas, elegidas de entre los candidatos propuestos por el propio portavoz). El esquema es personalista de facto; lo llamativo es que apele al espíritu asambleario y a la eliminación de la “casta”.

En uno de sus artículos sobre Podemos en El país, Antonio Elorza –catedrático de Ciencias Políticas en la Complutense y, por tanto, compañero de claustro de Pablo Iglesias– ha afirmado que a éste “le repugna la democracia como procedimiento”. Se trata de un arriesgado juicio de valor: aún no sabemos qué decisiones de gobierno tomaría de tener potestad para ello. Eso sí, sus maestros nos dan pistas para adivinarlo. En la medida en que estas pistas sean certeras, nos hallaremos ante un proyecto personalista en lo político, colectivizante en lo económico y restrictivo de la libertad de expresión en lo social. Independientemente de los objetivos programáticos de Podemos (sólo desvelados en cuanto encajan con los resortes del descontento popular), el modus operandi defendido por sus líderes dice mucho. Refiriéndose –en un artículo en Rebelión– al recibimiento dispensado a Rosa Díez en la Complutense, Errejón e Iglesias lo vinculan a “prácticas de democracia participativa” que “abren vías de rendición de cuentas por las que los ciudadanos pueden interpelar a los políticos, reprocharles, alabarles o discutir con ellos”. Pero lo que yo vi fue el acorralamiento y la vejación de una persona, no la apertura de un cauce de diálogo.

Quizá se refleje en esto lo más oscuro de esa incierta gloria que han pretendido los regímenes totalitarios de toda laya: el desprecio por la opinión ajena, el dogmatismo ciego, la sorda rabia del antisistema. Prefiero equivocarme. De Podemos depende que su gloria de estos días no devenga el incierto presagio de una dolorosa vuelta atrás.  

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Artículo propio publicado en el diario Levante de Valencia el 04/10/2014. En la imagen: "Lluvia, vapor y electricidad", óleo pintado en 1844 por Joseph W. Turner (National Gallery, Londres). 


jueves, 28 de agosto de 2014

La claror que ens ve de dalt. Reflexions al voltant d'«Incerta glòria» (Joan Sales)



La meua immersió en la gran literatura en català m'ha dut a una obra que de segur m'ha d'acompanyar ja sempre. En Incerta glòria, única novel·la de Joan Sales, es descobreixen resonàncies de Dostoievski o Kierkegaard tan del meu gust! que reverberen al llarg d'un extens monòleg; perquè monòlegs són les narracions dels protagonistes que ens parlen, tres joves catalans sorpresos per la guerra del 36 a Barcelona, les existències dels quals queden lligades per sempre als anys que van viure el somni d'una glòria (la del coratge, la innocència i l'heroisme) mai assolida i mai oblidada. 

La uncertain glory of an april day del vers de Shakespeare serveix a Sales per a desenvolupar amb esment un fresc de vàlua literària i històrica. Vaig començar a llegir el llibre a València; n'he conclòs la lectura a les muntanyes del nord d'Andalusia. Llegint-hi he recordat la història del meu avi per part materna, al poble almeriens d'Albox: essent d'idees republicanes, un cop acabada la guerra fou denunciat anònimament i ficat al calabós; reconeguda la impostura del denunciant, van oferir-li l'oportunitat de conèixer-ne la identitat, cosa que ell va refusar. He recordat el germà del meu avi patern, seminarista a Almeria, mort en el transcurs del bombardejament de la ciutat per part del bàndol revoltat. Víctimes d'un costat i l'altre, foscor esglaiadora de la guerra!

I com és de veritable, de propera i a la vegada universal la història d'en Lluís i de la Trini, d'en Soleràs i d'en Cruells! La darrera part, El vent de la nit, és un afegit de la cinquena edició protagonitzat per un dels personatges en les darreries de la seua vida, trenta anys després de la fi de la guerra però envellit de molts més per la decepció. Com és d'entranyablement estremidor i humà aquest mossèn, que va combatre al front amb els rojos per a trobar-se finalment en terra de ningú!
¿Quantes vegades no haurem sentit al llarg dels segles que el "jour de gloire" era pròxim, que ja havia arribat i sempre sempre sempre ha resultat una matança bruta?

És el somni de la terra promesa i mai assolida, al què tanmateix no es pot renunciar sense perdre quelcom de decisiu. El cristianisme d'en Cruells és tan poc de convicció ideològica i tant de fe evangèlica com a el pare Gallifa de la seua joventut, que ens fa albirar de llunyà l'estarec Zòsima del Germans Karamàzov, és tan del Jesús vençut i amagat, que reeix a aproperar-nos una fe comunicada com ho fa una llum, d'home a home, de nàufrag a nàufrag. Esgarria la narració de la seua pèrdua existencial i el seu retrobament, estranger en aquest món que, a diferència d'aquell altre estranger el Mersault de Camus—, tria estar-se'n al costat de les víctimes i no pas esdevindre llur botxí.
La Veritat és amor i en això la coneixereu sempre; no vulgueu res amb l'odi, que és el pare de la Mentida. Estimeu la pàtria i estimeu la llibertat, estimeu-les amb tot el cor i amb tota l'ànima; però us enganya tot aquell que us diu que per servir-les heu de recòrrer a l'odi. L'amor és la claror que ens ve de dalt; aquest món no seria més que un mal somni sense aquesta claror.

És una fe de la qual brolla esperança, font d'una glòria arrelada més enllà de totes les vanaglòries del món. Com no hauria d'acompanayar-me ja sempre aquesta història? 

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Incerta glòria eixí l'any 1956 amb talls de la censura franquista; la versió definitiva, que arreplega i completa la reeixida edició francesa, és de 1970. Els fragments reproduïts es troben a les p. 255 i 347 (Edicions 62/La Caixa, Barcelona 1982). Imatge: "Milicianes el 1936", de la fotògrafa Gerda Taro (font: Wikipedia). 

miércoles, 21 de mayo de 2014

Mayo, mes de Europa (7 de 7): El europeísmo de UPyD





















El programa de UPyD está compuesto por 52 páginas con escasas concesiones estéticas. Las precede un índice de horma casi académica; no en vano el cabeza de lista, Francisco Sosa Wagner, es catedrático de Derecho administrativo, circunstancia que impregna el texto. En él se conjuga pragmatismo y amplitud de miras; las propuestas se hallan articuladas en un auténtico plan de acción. Abarcan un amplio abanico de asuntos en perspectiva netamente europea – y éste es, a mi modo de ver, su valor distintivo: UPyD ha conseguido modular su programa en clave europea y de forma constructiva (¿qué otra cosa se busca unas elecciones como éstas...?). 


Dos ámbitos se me antojan decisivos, ambos detenidamente desglosados: el marco político y el tejido cultural; se dedica también amplios apartados a las cuestiones financieras, energéticas y económicas. Así, el hincapié en la ciudadanía europea “real y efectiva” se sustancia en numerosas propuestas: fortalecimiento del Parlamento frente al Consejo Europeo; simplificación administrativa; inicio de un proceso constituyente; unificación de la política exterior, migratoria, de defensa y solidaridad internacional; unión fiscal; cohesión laboral y sanitaria; promoción educativa de los valores que fundamentan “lo europeo”. Todo ello queda hilvanado por la propuesta marco de caminar hacia unos Estados federales, conscientes de su herencia cultural y solidarios interna y externamente. 

Tomando distancia, parece que en el cotejo de los programas emerge un fenómeno: la inanidad de los grandes partidos para afrontar con ideas los desafíos europeos. Si atendemos a los discursos de estos días, esa impresión se refuerza; y es que las campañas pivotan en torno a lemas y descalificaciones que aburren. Quizá resulte excesivo el peso burocrático de PP y PSOE e inasumibles sus intereses internos; quizá llegue ya para ellos, hinchados y abotargados por el éxito, el cambio de ciclo. Las formaciones que ocupan posiciones intermedias jugarán en estos comicios –y aún más en los próximos– un papel crucial. Para que ello contribuya a la renovación de la convivencia será preciso que estos partidos huyan del populismo (talón de Aquiles de IU) y aspiren a metas razonables (fortaleza programática de UPyD). 

Serán buenas noticias para los que nos sentimos ilusionados por un proyecto común basado en la cultura compartida y en la solidaridad. Cien años después del inicio de la Gran guerra, Europa se encuentra, de nuevo, en un cruce de caminos.

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Extracto del artículo propio “Cuatro programas para Europa”, publicado en el diario Levante de Valencia (16/05/2014, p. 30). En la imagen: mapa de Europa realizado en 2009 por Septem Trionis empleando el programa Textorizer (fuente: flickr.com).

Mayo, mes de Europa (6 de 7): IU, luces y sombras




















Son 80 las páginas, en tipo de letra bastante reducido, que los de IU dedican a su programa. Lo cual revela dos asuntos: primero, que no han escatimado esfuerzos intelectuales; segundo, que no subestiman a los ciudadanos. Con mucho interés he leído los capítulos sobre investigación, cultura o promoción de la paz, cruciales para una reflexión política a gran escala, que a PP y PSOE –a juzgar por el espacio que les reservan– no les deben haber parecido tales. No pocas de las medidas resultan lúcidas. Destaco aquí la consideración de los contratos de deuda pública para rescatar el sistema financiero como “deuda odiosa”, que habría de ser pagada por los propios bancos; varias de las propuestas sobre instituciones, empleo, asilo, vivienda, justicia y medio ambiente son muy atractivas. 


Sin embargo, hay algo que me inquieta en el programa de IU. Aquí y allá aparecen “relámpagos de fanatismo” que parecen cegar al redactor. Así, la propuesta de nacionalizar las grandes empresas en ámbitos como sanidad, banca, energía y educación (p. 18) no augura eficiencia ni casa con la libertad de emprendimiento; derogar los registros de terroristas de la UE, alegando que se trata de grupos de liberación nacional (p. 43), denota peligrosos supuestos ideológicos; retirar la calificación de patrimonio nacional a los edificios con uso cultual (p. 72) haría peligrar un grueso porcentaje de monumentos y, con ellos, uno de nuestros principales atractivos turísticos; reducir aún más el gasto en defensa y desmantelar las estructuras militares (p. 80) dejaría a Europa en una situación insostenible para su seguridad. 

Son botones de muestra de un texto meritorio pero muy desigual. Un texto que, por otra parte, merecería una corrección de erratas. 

Comparado con los demás, el programa de UPyD me ha parecido notable. Será la siguiente y última parada de esta serie.

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Extracto del artículo propio “Cuatro programas para Europa”, publicado en el diario Levante de Valencia (16/05/2014, p. 30). En la imagen: mapa de Europa publicado en 1640 en Ámsterdam por Willem Janszoon Blaeu en la obra Theatrum Orbis Terrarum y conservado en la Biblioteca Nacional de España (fuente: flickr.com).