sábado, 1 de enero de 2011

El tiempo de la danza: mi felicitación de Año nuevo


















Empezar el año asistiendo a la retransmisión del concierto de Año nuevo desde la Musikverein de Viena devuelve al tiempo su sentido primigenio: el de ser tiempo para la danza. Quien lo vive se olvida de sí, en un gozoso automatismo que deja espacio a la acción para entregarse a la acogida del otro: es el tiempo del amor y de la paz. Precisamente hoy se celebra la Jornada mundial por la paz. A estas convergencias se añade que acabo de terminar de leer El tiempo de la danza, obra del polifacético intelectual italiano Paolo Bertezzolo [Il tempo della danza. Storie per chi vuole sperare, Gabrielli Editori, Verona 2004].

En El tiempo de la danza se entrelazan una serie de relatos aparentemente lejanos entre sí: las vicisitudes vitales y filosóficas de Hipatia de Alejandría y su discípulo Sinesio de Cirene, la segunda guerra mundial y la campaña del ejército italiano en África, la posguerra y la paulatina articulación del sistema sindical y de partidos en Italia – hilos argumentales engarzados por la admirable y amarga historia de amor y de compromiso social protagonizada por Guido Biancardi, en el escenario entrañable de las aldeas y ciudades del Véneto. La compleja urdimbre diegética no obsta para que emerja con vigor una reflexión de largo alcance sobre el sentido de la historia, el valor de la política y el modo en que contemplación y acción se hallan enlazadas.

Todo ello se perfila sobre el trasfondo de una penetrante perspectiva sobre la esencia del cristianismo y su insoslayable relación con la laicidad: “El Dios que se ha manifestado en el Sinaí no pide violencia. Pide, esto sí, que nos liberemos de los dioses. Es decir, que nos liberemos de los falsos absolutos, que sepamos contemplar todas las cosas en su justo valor, que es siempre relativo. He aquí porqué la laicidad, que es esta capacidad de aprehender el justo valor de las cosas y de no absolutizar jamás ninguna de ellas, afecta íntimamente a la fe” (pp. 368-369). Estas palabras de Guido entrañan una tarea secular de la conciencia cristiana y una radical llamada de atención sobre la radicalidad del Evangelio, sobre su independencia de una u otra forma mentis culturalmente mediada.

Con esta obra, de hermosura cautivadora y punzante, el autor se revela como auténtico discípulo de Sinesio y se refleja por su medio en el fascinante espejo de Hipatia. “Dos son las partes de la filosofía”, afirmaba Sinesio, “contemplación y acción”. Como si se hiciera eco de estas palabras, recogidas en una carta escrita hace mil seiscientos años, Bertezzolo apunta finalmente al amor como fuente oculta de la que mana toda renovación radical de la historia: “El amor te puede asegurar que es posible cambiar el curso injusto del mundo. La totalidad a la que tiende suscita la pretensión de una condición humana feliz, sin engaños, sin violencia ni dolor. Es capaz de hacerte actuar de manera potente contra lo que no funciona. Porque sabes que esa condición no es un sueño. La puedes vivir ya aquí. Entonces entiendes que las injusticias y los sufrimientos son intolerables y que no prevalecerán”.

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En la imagen: Goldener Saal, Wiener Musikverein, fotografía de d6g (fuente: flickr.com).

2 comentarios:

Leo García dijo...

Querido Pedro: feliz año para ti también! Qué gustazo pasarme por tu blog, hacía tiempo que no me dejaba caer por aquí. Ya sabes que regreso el 19 de enero. Nos vemos sin falta entonces, no debemos dejarlo ni para principios de febrero, ok? un abrazo

Raquel dijo...

Qué envidia de comienzo de año... dan ganas de ponerse a bailar ya.

Un saludo!