miércoles, 8 de octubre de 2014

La incierta gloria de Podemos

















Como muchos otros, durante el pasado verano me zambullí en una novela “de cabecera”. En mi caso, una de las grandes obras en lengua catalana: Incerta glòria, de Joan Sales. Se trata de un magnífico fresco histórico, protagonizado por tres barceloneses a los que la guerra sorprende en los años de una juventud efímera como la primavera en un día de abril. Mientras tanto, en España la estrella de Podemos brillaba en los sondeos con un resplandor que parece augurarle días de gloria. Desde su eclosión en las elecciones europeas me he venido interesando por el partido y su líder, a los que desconocía por completo. He recopilado impresiones, he leído escritos suyos y sobre ellos.

Simpatizo con los movimientos asamblearios. Expresan algo de lo que andábamos faltos en la España burguesa del ladrillo y el consumismo exacerbado del tránsito de siglo. Frente a la cortedad de miras de los principales partidos –demasiado ocupados con sus litigios intestinos e incapaces de elaborar políticas a largo plazo– y ante el bárbaro avance del neocapitalismo, el descontento simbolizado por el 15-M fue una ráfaga de aire fresco que Podemos ha capitalizado con acierto. Revisando la participación de Pablo Iglesias en tertulias televisivas constato que su modo de hablar ha introducido una saludable enmienda a la crispación; su figura se agiganta de manera proporcional a la breve talla de los voceros de la política española, del mismo modo que Beppe Grillo pudo hacerse un hueco en la Italia regida por Berlusconi y no hubiera podido hacerlo en la de De Gasperi.

Sin embargo, varios de los audiovisuales que encuentro en internet acrecientan en mí un embarazoso desasosiego. En uno de ellos, y con ocasión de una charla en junio de 2013 en una herriko taberna, Iglesias elogia a ETA por haber percibido que la autodeterminación no formaba parte de los derechos promovidos por el “papelito” de 1978. “Estamos en un momento leninista”, afirmaba, aludiendo a la coyuntura –favorable al asalto al poder– creada por la crisis económica y la debilidad del Estado. En otro de esos vídeos, de octubre de 2010, el (entonces futuro) líder parecía supervisar a los furibundos estudiantes que reventaron una conferencia de Rosa Díez en la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense. Uno de los portavoces leía un comunicado en que se le conminaba a no volver a la Facultad “nunca más”; el lector era Íñigo Errejón, años después director de campaña de Podemos en las elecciones europeas. La exhibición de intolerancia de esos estudiantes no me dejó menos perplejo que las declaraciones del propio Iglesias, quien, ya convertido en líder político, sostenía en una rueda de prensa que no había tenido nada que ver.

Esas formas encajan en el panorama ideológico a la luz del cual Podemos se entiende a sí mismo: el populismo de izquierdas latinoamericano. No en vano sus dirigentes han estudiado –y admirado– las dinámicas de asalto al poder en Venezuela, Ecuador o Bolivia. Los mecanismos representativos expuestos en el pre-borrador de sus estatutos políticos confirman esta impresión: desde la entrega puramente nominal del poder decisorio a las bases del partido (reunidas en Asamblea ciudadana cada tres años) a la práctica dejación del órgano ejecutivo al portavoz (flanqueado por un Consejo de hasta 15 personas, elegidas de entre los candidatos propuestos por el propio portavoz). El esquema es personalista de facto; lo llamativo es que apele al espíritu asambleario y a la eliminación de la “casta”.

En uno de sus artículos sobre Podemos en El país, Antonio Elorza –catedrático de Ciencias Políticas en la Complutense y, por tanto, compañero de claustro de Pablo Iglesias– ha afirmado que a éste “le repugna la democracia como procedimiento”. Se trata de un arriesgado juicio de valor: aún no sabemos qué decisiones de gobierno tomaría de tener potestad para ello. Eso sí, sus maestros nos dan pistas para adivinarlo. En la medida en que estas pistas sean certeras, nos hallaremos ante un proyecto personalista en lo político, colectivizante en lo económico y restrictivo de la libertad de expresión en lo social. Independientemente de los objetivos programáticos de Podemos (sólo desvelados en cuanto encajan con los resortes del descontento popular), el modus operandi defendido por sus líderes dice mucho. Refiriéndose –en un artículo en Rebelión– al recibimiento dispensado a Rosa Díez en la Complutense, Errejón e Iglesias lo vinculan a “prácticas de democracia participativa” que “abren vías de rendición de cuentas por las que los ciudadanos pueden interpelar a los políticos, reprocharles, alabarles o discutir con ellos”. Pero lo que yo vi fue el acorralamiento y la vejación de una persona, no la apertura de un cauce de diálogo.

Quizá se refleje en esto lo más oscuro de esa incierta gloria que han pretendido los regímenes totalitarios de toda laya: el desprecio por la opinión ajena, el dogmatismo ciego, la sorda rabia del antisistema. Prefiero equivocarme. De Podemos depende que su gloria de estos días no devenga el incierto presagio de una dolorosa vuelta atrás.  

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Artículo propio publicado en el diario Levante de Valencia el 04/10/2014. En la imagen: "Lluvia, vapor y electricidad", óleo pintado en 1844 por Joseph W. Turner (National Gallery, Londres). 


2 comentarios:

José Ramos Salguero dijo...

Un análisis ponderado o sopesado, tan amable (demasiado, a mi gusto) como claro, que contrasta con el prejuicio dogmático insultante (sin metáfora) de un intelectual, J. L. Villacañas, que me ha dejado decepcionado (http://blogs.elconfidencial.com/…/cuadrar-el-circulo-el-ex…/#), al tiempo que me explica o corrobora que lo pavoroso puede tener lugar donde menos se espera uno. Análisis, en fin, es lo que se requiere. Aquí lo hay. Que aproveche.

Samuel Sempere dijo...

Un placer leer cada publicación tuya. Como un placer fue poder asistir a tus clases de Antropología. Se aprende mucho.