viernes, 16 de octubre de 2009

Querido Alejandro, querida Hipatia



Esperaba desde hace meses la ocasión de ver el último estreno de Alejandro Amenábar, Ágora. Le precedían las noticias sobre el protagonismo de una filósofa de la que se tiene pocas noticias, Hipatia, que vivió los momentos precedentes al declive cultural de la Alejandría clásica y murió en el año 415 d. C. a manos de enfervorecidos fanáticos. Un elevado presupuesto y aires de peplum completaban las no demasiado entusiastas crónicas procedentes de la presentación en Cannes. Finalmente, ayer pude ver el film.

Mi primera reacción ha sido un sentido agradecimiento hacia Amenábar. En primer lugar, por llevar a la gran pantalla el periplo de una mujer comprometida con la búsqueda de la verdad (“¿No crees en nada?”, le preguntan sus desquiciados oponentes – “Creo en la filosofía”, responde ella). La pasión insobornable por la verdad nos une a los filósofos de todos los tiempos. Una verdad que en la narración queda encarnada en la incansable búsqueda del modelo cosmológico más acorde con los datos observacionales. En imaginativa pirueta histórica, Amenábar pone en relación a Hipatia con el heliocentrismo casi olvidado de Aristarco de Samos y con la introducción del modelo elíptico, llevada a cabo por Johannes Kepler trece siglos más tarde.

Pero Ágora entraña, también, el planteamiento de problemas intelectuales de primer orden. Entre ellos, la relación entre razón y fe y la posibilidad de corromper la experiencia religiosa, poniéndola al servicio de los poderes mundanos. Ante la interpretación torticera de las Escrituras, el prefecto Orestes –que, como la confundida protagonista de Los otros, ya no sabe en qué creer– acierta en su diagnóstico: los fanáticos sacan las cosas de contexto, confunden lo accesorio con lo esencial (cuestión ésta, la de la hermenéutica de los textos sagrados, que con justicia ha atraído una atención siempre creciente a lo largo de la historia de la Iglesia). E Hipatia sentencia: “Se trata de mercadear con la fe, ¿verdad?”

También hoy existen mercaderes que trapichean con lo sagrado, poniendo el lenguaje religioso al servicio de turbios intereses. No en otra cosa consiste el tomar el nombre de Dios en vano: en usarlo con objetivos espurios, de modo que el buen nombre de Cristo es mancillado en el ágora de este mundo.

Por eso, el film nos presta un saludable servicio: el de la voz profética que nos pone en guardia. Y es que en la búsqueda de la verdad estamos todos unidos. En palabras de Edith Stein –otra mujer filósofa, víctima de una cruel intolerancia, y cristiana–, en la búsqueda del creyente y del no creyente hay “una medida común” a cuya luz se puede examinar los resultados de sus respectivas investigaciones: la razón.

Soy consciente de que el film presenta de manera sesgada, o simplemente errónea, aspectos importantes. Más allá de las abundantes licencias biográficas que se concede el director –que, a mi modo de ver, aportan imaginación y lirismo a la obra–, la presentación de los datos históricos y del papel del obispo Cirilo en el desenlace distorsiona no poco la imagen de la vida en las comunidades cristianas de la época. Sobre eso se podría decir –y se ha dicho– mucho, desde la evidencia historiográfica y desde la comprensión de lo que el cristianismo ha significado y significa para el progreso de la Humanidad. En este sentido se puede consultar, por ejemplo, el minucioso análisis del film llevado a cabo por Juan Orellana o la documentada síntesis historiográfica recogida por Pablo Ginés. Esas distorsiones resultan dolorosas para los que buscamos la verdad y nos sentimos orgullosos de ser cristianos.

Pero no es esto lo que quiero resaltar ahora. Recibo con entusiasmo la llamada a la pureza de la fe y a la concordia entre los hombres –entre los hermanos– que se desprende del film. Bellamente lo dice Hipatia: es más lo que nos une que lo que nos separa. Gracias, filósofa casi desconocida, soñadora de la música celeste. Y gracias a ti, Alejandro.
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En la imagen: Rachel Weisz en Ágora, de Alejandro Amenábar (España, 2009).

9 comentarios:

Ángel dijo...

Aquí tienes un acontecimiento fundamental en la Historia de la Filosofía que has olvidado mencionar en tu excelente y conciliadora crítica a lo último de Amenábar.

Pedro Jesús Teruel dijo...

¡Qué risa! Ángel, es un fantástico regalo. No tiene desperdicio. Y me parece muy bien que Sócrates marque el gol :)

Leo dijo...

Pedro, como siempre, brillante. Dudo que exista mejor crítica de cine que esta entrada tuya. Me quedo con las ganas de verla. Será lo primero que haga cuando pise territorio español.

un abrazo

Pedro Jesús Teruel dijo...

Imagino que el film tendrá una distribución correcta en Estados Unidos (a fin de cuentas, está rodado en inglés). Otra cosa es que quieras oír el doblaje en la lengua madre :) ¡Un abrazo desde España, Leo!

Anónimo dijo...

He llegado a su distinguido "blog" a través de la web de COPE, donde aparece anunciado.
He de decir, de pasada, que me sorprende mucho que un filósofo ejerciente se alboroce tanto por las simplezas vertidas en "Ágora", como el tópicazo de 'es más lo que nos une que lo que nos separa' (perfectamente habitual en series tipo "Al salir de clase"; o en "Física o Química", si sus gustos son más atrevidos...); o el pedante y vacuo anacronismo puesto por Amenábar en boca de Hipatia: "Yo creo en la Filosofía".
Pero el motivo de mi intervención era otro: preguntarle si puede especificar qué tipo de intolerancia cristiana padeció Edith Stein. Porque es poco lo que sé de los entresijos vitales de esta figura, y estoy seguro de que no se refiere usted a su trágico final en Auschwitz. Gracias.

Pedro Jesús Teruel dijo...

Estimado internauta:

Bienvenido a este blog. No sólo le agradezco su comentario, sino también que se haya molestado en expresar sus discrepancias. De este modo, nos enriquecemos todos.

Es cierto que mi entusiasmo por el regusto filosófico de "Ágora" puede resultar algo pueril. A fin de cuentas, las frases que usted cita son, en cierto sentido, obvias. Pero yo tengo una tendencia bastante arraigada –que deseo afianzar aún más– a entusiasmarme por lo obvio. Por ejemplo: el hecho de sentirme vivo –de saberme– me entusiasma. De igual forma, reconocerme vinculado a una larga serie de pensadores que han sido perseguidos por el mero hecho de poner la verdad por encima del interés propio me hace sentir muy orgulloso. De ahí que la reconstrucción de la figura de Hipatia –aun con los (graves) errores historiográficos de que adolece el film de Amenábar– me haya resultado tan simpática.

Por lo que respecta a la obviedad contenida en la afirmación de que "es más lo que nos une que lo que nos separa": ¡ojalá fuese una evidencia activa en las vidas de los que provocan los conflictos bélicos, de los que maltratan o engañan, de los difamadores, de los que generan desunión en nuestras sociedades...!

Por otra parte, la expresión de amor por la filosofía como guía existencial no es anacrónica en Hipatia. ¡Cuántos pensadores la pronunciaron antes que ella! Y se encuentra, literalmente, en testimonios escritos de filósofos cristianos de la época antigua. Por ejemplo, en su Alabanza de san Basilio Magno, san Gregorio Nacianceno afirma de ambos –algunas décadas antes del apogeo de Hipatia– que "su más profundo deseo era alcanzar la filosofía". No hay motivo, pues, para ver en esa frase la extrapolación de un motivo moderno.

Me pregunta por el tipo de persecución que sufrió Edith Stein. Ella encontró en la Iglesia católica una madre amorosa y acogedora, que fomentó sus investigaciones filosóficas en un período en que casi estaba por abandonarlas. En cambio, se le cerraron muchas puertas por ser mujer, primero, y por tener ascendencia judía, después. Se trata de una figura fascinante, situada en la encrucijada de muchos de los caminos –existenciales, religiosos, filosóficos, políticos– del siglo XX. Hace algunos años pronuncié una conferencia sobre el camino vital de Stein, que puede consultar en Internet ("El camino de Edith Stein", en http://pedrojesusteruel.googlepages.com). ¡Un saludo cordial!

Anónimo dijo...

Gracias por haberme dado la oportunidad de dialogar con usted, don Pedro (y gracias redobladas por el estupendo enlace). Sólo dos breves consideraciones finales:

SOBRE "ÁGORA": Creo que las razones y ejemplos que usted aporta para contextualizar históricamente la frase "Creo en la Filosofía" no despintan en absoluto el profundo anacronismo ideológico que contienen, tratándose de Amenábar. Él ha presentado a una Hipatia rotundamente atea (algo extraño cuando va referido a una conspicua neoplatónica). Ahí la supuesta "creencia" laica en la Filosofía viene a sustituir y sobre todo a liberar de los credos trascendentes, presentados como fuente exclusiva de las inacabables violencias que afligen la historia humana. ¿Y qué me dice entonces de la taimada e igualmente manida frase final que Hipatia/Amenábar dirige al obispo Sinesio ("tú no puedes dudar, etc."), conceptuando a los creyentes como ciegos robots incapaces de pensar que sólo pueden asimilar y obedecer sus irracionales Escrituras?

SOBRE STEIN: ¿Cree usted que las discriminaciones que sufrió en vida pueden ser calificadas sin más de "cristianas", dado el lugar y sobre todo la época y los conciudadanos entre los que a esta mujer le tocó vivir, por muy bautizados que estuviesen?
Le reitero mi gratitud.

Pedro Jesús Teruel dijo...

¡Gracias a usted, estimado internauta!

Con las puntualizaciones que me plantea no puedo sino estar de acuerdo. Efectivamente, la postura de Hipatia parece quedar más cercana a un ateísmo "avant la lettre" que al paganismo que debió profesar la filósofa. Y la frase que cita al final -según la cual, el interlocutor de Hipatia no podría dudar, precisamente, por ser cristiano- no hace justicia a la realidad objetiva de la filosofía cristiana, que era ya muy pujante en época de la pensadora.

Sobre Edith Stein: aquí se debe haber colado un malentendido sintáctico. Cuando me refería a ella, diciendo que se trata de "otra mujer filósofa, víctima de una cruel intolerancia, y cristiana", el adjetivo 'cristiana' se refiere al sustantivo 'filósofa'... y no al sustantivo 'intolerancia'. En absoluto creo que se pueda establecer una relación directa entre las distintas persecuciones que sufrió y la (pretendida) mentalidad cristiana de la sociedad del momento. Muy al contrario: Stein fue apoyada por creyentes convencidos -y ella misma se convirtió al cristianismo-, hasta el final de sus días. Este episodio sirve para ilustrar incluso el papel que muchos cristianos desempeñaron en la resistencia al nazismo. Recordemos que la redada de los nazis en los conventos de Holanda se debió justamente a la oposición pública al racismo nazi que había expresado con rotundidad el obispo de Utrecht, de Jong. De tal manera que, en este punto, no hay más que un malentendido lingüístico.

Gracias de nuevo por sus aportaciones, que sirven para matizar -y muy bien- mi irenista post sobre Hipatia y Amenábar :) ¡Un saludo muy cordial!

Arkadia dijo...

Gracias, me ha encantado el artículo.

Cierto es que llegué buscando un dato concreto sin más intención que encontrarlo. Pero aunque no suelo comentar en blogs, me veo en mi obligación moral de exponer aquí que el debate abierto entre ustedes dos, el señor Pedro y el señor Anónimo, me ha hecho disfrutar de otros gratos minutos al igual que ha surgido en mi cierta curiosidad a continuar explorando el blog.

Un saludo.