¿Qué pasaría si los extranjeros se fueran…? En 2023, en un debate televisivo, una chica preguntó al líder del partido austríaco FPÖ, Gottfried Waldhäusl, qué sucedería si los extranjeros abandonasen la capital del país. Él respondió: «Entonces Viena sería aún Viena». Siguió una oleada de indignación. El diario Der Standard publicó una proyección estadística: sin la población de origen extranjero, tanto la administración pública como los servicios de salud colapsarían. A raíz del proceso de regularización de medio millón de inmigrantes en España, el presidente Pedro Sánchez lo planteó, el pasado 30 de junio, en términos análogos: si los extranjeros que trabajan se fuesen, en torno a 2050 el PIB se habría reducido un 19%.
Este experimento mental no es nuevo. Con un escenario similar aparece en la novela de Hugo Bettauer La ciudad sin judíos (1922). Las autoridades de un lugar imaginario llamado Utopía deciden expulsar a la población de origen judío. Recordemos la larga trayectoria del prejuicio antisemita, enraizado tanto en difamaciones de índole cultural como en prácticas usureras desde la Edad Media y agudizado por la heterogénea inserción de los grupos de población judía en las regiones europeas. Se trata de un asunto complejo, de múltiples aristas, caldo de cultivo de un cliché presente incluso en textos del judío Karl Marx. Breslauer se atrevió a imaginar qué sucedería si se quitase de la ecuación el pretendido problema. En la novela, resultaba la implosión de la vida económica y cultural de la ciudad. A él le esperaba un final trágico: moriría asesinado a tiros por un miembro del partido nacionalsocialista.
El director de cine Hans Karl Breslauer llevó la novela a la gran pantalla en formato mudo y clave expresionista. Estrenada el 25 de julio de 1924 en Viena, la película enfatiza el final: las autoridades de Utopía acaban por llamar a los vecinos exiliados y pedirles que vuelvan. Se cierra con un canto a la reconciliación: «¡Mi querido judío!», exclama el alcalde de la ciudad cuando acoge al primero de los que regresan. Demasiado dulce para el racismo nazi. La última exhibición tuvo lugar en el Teatro Carré de Ámsterdam, en 1933, como acción de protesta contra el nazismo. El film desapareció.
En 1991 se encontró una copia, muy fragmentada, en el Museo Holandés del Cine. En 2015 apareció una completa en un mercado de viejo de París. Comenzó entonces un proceso que conduciría a la primera restauración cinematográfica financiada por crowfunding. Gracias a tal esfuerzo colectivo, el film fue reestrenado el 21 de marzo de 2018 en el Metro-Kino-Theater de Viena. La Filmoteca austríaca programó una exposición memorable en torno al acontecimiento. Tuve ocasión de visitarla. Conmovía comprobar cómo ambas obras, novela y film, trataban con imaginativa compasión lo que ya devenía espantosa realidad. Nueve años tras el primer estreno, con el ascenso nazi al poder, los judíos empezarían a ser expulsados: primero, de la administración; después, de la ciudadanía; finalmente, de la misma vida.
Cuando la xenofobia envenena las redes; cuando se vincula falsamente inmigración con delincuencia; cuando se amenaza con privar de ciudadanía a los extranjeros; cuando muchos cierran los ojos a la riqueza humana, económica y cultural de los recién llegados, ver La ciudad sin judíos es un acto de resistencia. En nuestra ciudad se estrena el 8 de septiembre, a las 18:15 h., en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Valencia. Será en el marco del congreso internacional «Raíces filosóficas del nacionalsocialismo».
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Artículo propio publicado en el diario Levante, Valencia, 21 de agosto de 2026, p. 3. En la imagen, un fotograma de la versión cinematográfica de La ciudad sin judíos.




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