miércoles, 16 de septiembre de 2009

Rodríguez Zapatero, Bobbio y la paz social



El pasado lunes formé parte del Tribunal que juzgaba una sobresaliente Tesis de máster. Se trataba de un trabajo de Tomás Rubio sobre los conceptos de igualdad y libertad en la obra de Norberto Bobbio. Con este motivo, durante los últimos días me he estado ocupando del prolífico autor italiano. Leyendo sus ensayos sobre la figura del intelectual y su relación con el poder no he podido evitar traer a la mente algunas cuestiones de actualidad.

Entre sus influencias, Bobbio reserva un especial afecto a pensadores como Julien Benda. El intelectual francés defendió posturas radicalmente racionalistas frente a los que consideraba síntomas de irracionalismo, avivados en el paso del siglo XIX al XX por la reacción a la corriente neopositivista. Tal irracionalismo se manifestaba, en política, en el auge del chauvinismo, del populismo, de una falsa tolerancia que pone en tela de juicio incluso los pilares de la democracia.

Benda -recoge Bobbio- "no pierde ocasión de protestar contra el falso liberalismo de los que, en nombre de una mal entendida libertad (que es amor a los propios intereses) toleran a los sepultureros de la libertad; contra el falso pacifismo de los humanitarios que predican la paz por encima de todo, cuando los valores supremos son la justicia y la libertad, no la paz" (La duda y la elección. Intelectuales y poder en la sociedad contemporánea, Paidós, Barcelona 1998, p. 37).

Personalmente, considero que la paz social es un bien nunca suficientemente ponderado y buscado. La cuestión estriba en si se puede mantener la paz social a cualquier precio. Benda -y, con él, Bobbio- pone de relieve que la paz brota de la justicia (entendida como igualdad proporcional) y de la libertad. ¿Se puede fomentar la paz con medidas que perjudican a la igualdad o a la libertad? No, desde luego, a medio o largo plazo. Cualquier intento de hacerlo proporcionará una tranquilidad frágil y efímera.

Me pregunto si el modo en que el Gobierno español ha decidido afrontar la crisis económica -por ejemplo, a través del incremento del IVA- consigue el efecto deseado. Dicha subida grava por igual a todas las rentas, a las bajas como a las altas. Con ese igualitarismo indiferenciado, la medida termina por resultar injusta (como lo eran las deducciones fiscales a todos los grupos de renta). Además, contribuye a ralentizar el consumo y, con ello, a ahondar en la espiral que amenaza con convertir en endémica nuestra elevadísima tasa de paro. De este modo, una medida publicitada como social e irenista se desvela como injusta y posible generadora de futuros conflictos sociales.

Algo similar se puede decir del episodio protagonizado el pasado viernes, en Madrid, por nuestros más altos mandatarios y el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Existe unanimidad en los medios de comunicación occidentales en la consideración de Chávez como un dictador populista. En un reciente artículo en Unidad, el disidente venezolano y filósofo amigo Carlos Casanova aportaba suficientes argumentos de primera mano. Recibir al dictador entre alharacas puede parecer prudente: un modo de cicatrizar heridas y evitar conflictos. Con todo, me pregunto si nuestros dirigentes no estarán echando así una nueva palada de arena sobre la tumba de la democracia venezolana. Y, todo ello, por intereses de grupo: los de las empresas españolas asentadas en Venezuela (un botón de muestra: ese mismo viernes, en entrevista a El país, Chávez hizo público el hallazgo de un yacimiento de petróleo que aportará pingües beneficios a Repsol).

Se puede actuar contra la igualdad y la libertad bajo la excusa de la búsqueda de la paz social. Nuestro personalista Gobierno actual está dando suficientes motivos para corroborar esa sospecha. Que intelectuales tan próximos a la izquierda -como Bobbio y Benda- nos llamen la atención sobre este asunto ha de movernos, cuando menos, a reflexionar.

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En la imagen: dibujo de Rafael Alberti. Fuente: http://nadiesalvoelcrepusculo.blogspot.com.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El descubrimiento de la novedad




El pasado fin de semana fue muy hermoso. Desde varios rincones de España nos reunimos en Córdoba para asistir a la boda de Nacho y Ana. ¡Cuánto nos alegramos de estar con ellos! Y, por si fuera poco, pudimos disfrutar de algunas horas de turismo, en compañía inmejorable.

La mezquita-catedral de Córdoba proporciona una excusa más que suficiente para que la ciudad sea patrimonio cultural de la Humanidad. Tuvimos oportunidad de identificar las distintas fases de la construcción, con las sucesivas ampliaciones de su famoso “bosque de columnas” rematadas por policromados arcos superpuestos. No resultaba difícil imaginarse la mezquita tal y como debía haber sido durante sus primeros siglos: un espacio amplísimo, recorrido por hileras de columnas equidistantes, diáfano y solemne.

La conquista de la ciudad por parte de Fernando III (1236) tuvo que suponer un considerable quebradero de cabeza para los responsables del culto: ¿qué hacer con aquella obra impresionante? El modus operandi propio de la época (y el resentimiento hacia unos invasores que habían ocupado la ciudad durante más de cuatro centurias) aconsejaba quizá destruir el símbolo de la ocupación; la belleza del recinto, y la obligación que la captación de ese valor trae consigo, movía a respetarlo. Se optó por una vía innovadora: conservar el monumento, adaptándolo al culto cristiano. Y así se hizo. La aportación de mayor envergadura tendría lugar en el siglo XVI, de la mano del arquitecto Hernán Ruiz y de su hijo; bajo su dirección se incrustó en el interior de la mezquita una catedral renacentista que no tendría nada que envidiar a los grandes templos de Occidente.

El resultado es una combinación asombrosa de estilos, en cuyas junturas se aprecia el esfuerzo por hallar soluciones técnicas que permitiesen articular esa unión casi increíble. Es cierto que se sacrificó parte del recinto, pérdida que Carlos V habría reprochado con frase lapidaria (“habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se ve en todas partes”). Sin embargo, esa solución impidió definitivamente la decadencia del edificio musulmán. Y el producto ha terminado por constituir una unidad fascinante.

Mientras contemplaba tal prodigio arquitectónico no pude evitar hacerme algunas preguntas. En particular, me venían a la mente dos nociones que siguen ocupando un papel inmerecido en la forma mentis de muchos contemporáneos: ‘conservador’ y ‘progresista’. ¿A qué se refieren, en realidad? ¿Es conservar conservador, y cambiar progresista? Más aún: ¿qué es mejor en cada caso...? ¿No se trata de dos etiquetas semánticas volubles, cuyo sentido depende absolutamente del contexto en el que aparezcan? Basta con observar los usos políticos en las épocas de transición –por ejemplo, en los años que siguieron a la caída del muro de Berlín, o durante la época Yeltsin en Rusia– para comprobar que el campo semántico de esos términos se puede desplazar con facilidad.

Descubrir lo valioso en la historia –y en la propia existencia personal– es algo mucho más profundo. No bastan las etiquetas. Hay que mirar más lejos. Más allá de los tópicos está la precisa estatura de las personas y de sus ideas, el estancamiento de las sociedades o su apertura a novedades edificantes. Es necesario aprender a mirar, a reconocer, a descubrir.

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En la imagen: “Contraste”, detalle del interior de la mezquita-catedral de Córdoba, por SantiMB (fuente: flickr.com).

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Vida




En la escena final de su admirable film Ordet, Carl Theodor Dreyer muestra al matrimonio protagonista en primer plano. La exangüe Inger se deja abrazar por su marido, a quien literalmente se come a besos. Ha redescubierto el don de la vida, que de nuevo se abre ante ella, grávida de promesas.

También yo me siento así, hoy 2 de septiembre. Comienza de nuevo un curso. Empieza de nuevo la vida ("La vida, sí", repite Inger, "la vida").

Hace ya meses que he descuidado mi blog. Volveré a cultivarlo a partir de ahora. Durante mi ausencia, algunas entradas se han enriquecido con nuevos retoños, como si tuvieran vida propia - y es que, en cierto sentido, la tienen. Es el caso, en particular, de la entrada que publiqué el viernes 3 de abril de este año, bajo el título "Carta abierta a Manuela: Mosterín, aborto, potencia y acto". Que haya dado lugar a un diálogo tan fructífero muestra bien la eficacia del intercambio sereno de opiniones. Es, como tantas cosas, una promesa esperanzadora.

La vida empieza de nuevo. La vida, sí: la vida.

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En la imagen: fotograma de Ordet, de Carl Theodor Dreyer (Dinamarca, 1955).

lunes, 15 de junio de 2009

Existir humanamente



La introducción a Ser y tiempo es una casa confortable, abierta a vistas amplias y amenas. Martin Heidegger emprende ahí una búsqueda –de resultados desiguales– en torno a una pregunta básica. Su intención: despojarse de los lastres de la tradición metafísica (cosificadora, objetivante) y hallar el sentido originario del ser. Ya en las primeras páginas identifica en la persona –el Dasein– el interlocutor privilegiado al cual interrogar, el ente que será preciso analizar, puesto que toda pre-comprensión del ser tiene en él su origen. De esta forma, la pregunta ontológica adquiere, desde el principio, relevancia antropológica. Y el Dasein se manifiesta originariamente como el ser que se interroga, que hace de sí mismo una incumbencia óntica.

Hay momentos en los que esa incumbencia óntica se sustancia con toda su gravedad. Akira Kurosawa hace de ella un objeto privilegiado de indagación en su primera década de trabajo fílmico como director. Entre esos momentos destaca la peripecia del señor Watanabe en el hermoso film Vivir. La inminencia de la muerte –introducida en escena por el diagnóstico de un cáncer terminal– planta de bruces al reservado funcionario en medio de un interrogante más grande que su pequeña figura: la pregunta por el sentido de la vida pasada. E inmediatamente se transforma en una tarea que involucra a la totalidad de su ser individual: tarea que se resolverá –otra vez Heidegger– gracias a la cura, al cuidado por los demás.

Esos momentos se presentan sin avisar. Agustín de Hipona pasó por un trance similar cuando murió su amigo del alma; la vida se le convirtió entonces –recuerda en sus Confesiones– en una gran pregunta. Dámaso Alonso habla de la pobre mujer que, en su incertidumbre, anda curvada como un signo de interrogación.

También yo ando así curvado. Era necesario: la vida –existir humanamente– lo requiere. Es entonces cuando emergen, con mayor nitidez, las grandes evidencias. El vacío ser-para-sí permite que se muestre, con claridad y volumen, el ser-de-los-otros. Soy en el “vosotros”. Lo que soy me ha sido donado: a través de mis padres, de mis hermanos de sangre y de fe, de mi familia y amigos; por medio de la tradición cultural, de las instituciones; en el seno de una corriente secular de pensamiento y acción.

Dar las gracias es entonces la única respuesta real y certera. Aunque no baste: vivimos, nos movemos y existimos bajo el cielo protector. Ante la mirada amorosa de Dios, ningún agradecimiento es suficiente: dar por este amor todos los bienes sería despreciarlo.

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En la imagen: "BlueS", por Chaosinjune (fuente: www.flickr.com).

lunes, 25 de mayo de 2009

A nuestros primos hermanos europeos



El pasado sábado (23/05/09) publiqué "Ofensa a Europa: mi desagravio" en el diario La verdad de Murcia.

No salgo de mi asombro. He visto varias veces el video promocional del PSOE para las elecciones europeas y no doy crédito. En la filmación, ciudadanos de diferentes países europeos expresan en su lengua –a veces, con violencia gestual, o con resabio caricaturesco– opiniones cuestionables o radicales. Voy a centrarme en tres de ellos: los que representan a países europeos en los que he tenido la dicha de vivir meses o años.

Abre el video un joven holandés, apoyado sobre la barra de un bar, que –según se traduce a pie de pantalla– afirma lo siguiente: “Los inmigrantes nos roban el trabajo”. En realidad, a quien se refiere en su hermoso idioma no es a los inmigrantes, sino a los extranjeros en general (buitenlanders). Poco después, un campesino italiano, sobre el trasfondo de un extenso campo cultivado: “Creo que el cambio climático es una gran mentira”. Sigue un joven alemán, caracterizado –por el atuendo, por su ademán y por su dicción– como filonazi: “Pienso que la homosexualidad es una enfermedad”; y, por los gestos con los que concluye el video, nos da a entender qué es lo que haría con un homosexual si se topara con él por la calle. Habría que votar en las elecciones europeas, pues, para impedir que estos extremistas se hicieran con el poder.

Me he sentido muy dolido. Holanda, Italia y Alemania son países que amo. Sólo una deplorable ignorancia histórica y social puede caricaturizar de este modo a sus habitantes. ¡Holanda…! Quizá el país europeo con mayor tradición –plurisecular– de acogida de refugiados e inmigrantes; en cambio, queda relacionada aquí con la xenofobia. A la culta Italia, cuna de filósofos, científicos y artistas, se la intenta asociar –con mayor o menor fortuna– con cierto oscurantismo. Y Alemania, un país que tras la segunda Guerra mundial emprendió la tarea de recobrar su tradición tolerante desde la reflexión colectiva y la inequívoca voluntad política, esa Alemania aparece representada por un violento filonazi. Qué vergüenza.

Deseo expresar públicamente mi indignación. También, mi cariño hacia nuestros queridos primohermanos europeos. Un video de este tipo revela una mentalidad destructiva, a la que no interesa el proyecto común, que sólo busca llamar la atención de una ciudadanía considerada por sus artífices tan iletrada como ellos. Un método, como recuerda Hermann Tertsch, muy cercano a la descalificación caricaturesca de la que los nacionalsocialistas hacían blanco a los judíos. Con este tipo de acciones, el PSOE está deslegitimando irresponsablemente el proyecto socialdemócrata en España.

Sólo una cosa me hace albergar alguna esperanza en este sentido. He tenido ocasión de hablar largamente con un alto cargo socialista: una política de raza, buena conocedora de la estructura del partido, que me ha manifestado su sincera solidaridad. No todos somos así, me ha venido a decir: los responsables son indocumentados que están traicionando nuestro ideal europeísta, que nos están traicionando a todos.

Quiero creer que sus palabras se corresponden con la realidad, y que cada vez más personas toman conciencia de la gravedad del momento. Necesitamos aunar esfuerzos, desde la pluralidad de nuestras visiones del mundo, en torno a una racionalidad amplia y serena, realmente moderna y a la altura de los tiempos. No dejaremos que nos empujen a una irracionalidad cainita; no con nuestro consentimiento.
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Se puede consultar el texto en la página web de La verdad. En la imagen: Bandera de Europa, por Palm Z (fuente: www.flickr.com).

miércoles, 20 de mayo de 2009

Violentar la verdad



Mi tan querido Ingmar Bergman es autor de varios guiones de cariz autobiográfico, que han sido llevados al cine por otros directores. Entre ellos se encuentra el guión de Enskilda Samtal, vertido delicadamente en imágenes por Liv Ullmann. En una escena de gran altura filosófica, el anciano Jacob dialoga con su atribulada sobrina Anna. “Inscrita en lo sagrado está la verdad”, le dice Jacob, “y no se puede cometer un acto violento contra la verdad sin sufrir o sin hacer sufrir”.

Viene esto a colación por recientes declaraciones de la joven Bibiana Aído, ministra de Igualdad. En una entrevista concedida ayer a la cadena SER ha afirmado que un feto de 13 semanas, concebido por seres humanos, “no es un ser humano” sino sólo “un ser vivo”. Desde el ministerio de Igualdad se habría conectado después esas declaraciones con el manifiesto En contra de la utilización ideológica de los hechos científicos. En dicho manifiesto se afirma que “el momento en que puede considerarse humano un ser no puede establecerse mediante criterios científicos”.

No me extraña la polvareda que las declaraciones de Aído han levantado en la comunidad científica. Uno de los grandes problemas de nuestro país es el bajo perfil del sistema educativo, debido a las múltiples reformas y al sucesivo torpedeo a la cultura de la ciencia, el esfuerzo y el mérito. Por desgracia y antes del plazo previsto, los frutos de la degradación educativa han llegado ya al cuerpo ministerial. Padecemos desde hace años los efectos de una proverbial ignorancia de distintos ministros, que han sembrado la desunión entre la ciudadanía con declaraciones y actuaciones destinadas a alimentar pugnas ideológicas que España no necesita en este momento tan grave.

De esa laya son las afirmaciones de ayer de Bibiana Aído. Me parece inaudito que una persona con tal responsabilidad –y en asunto tan grave– se descuelgue con un error de ese calibre. No nos encontramos en el siglo XIII, en el que el relativo desconocimiento empírico del desarrollo del feto y las sólo especulativas nociones en torno a la herencia podían suscitar algunas ambigüedades sobre la generación humana. No. Somos los herederos de los trabajos genéticos de Mendel y De Vries, de la estructura helicoidal del ADN de Watson y Crick, de la secuenciación del genoma humano. Desde el punto de vista biológico y genético no cabe duda sobre la pertenencia del embrión a la especie humana.

Las consecuencias de nuestro conocimiento sobre el embrión en el plano moral son de hondo calado; tuvimos ocasión de debatirlo hace algunas semanas en este mismo blog. Quizá para evitar esas consecuencias, la ministra de Igualdad se ha visto forzada a cerrar los ojos ante la verdad. Pero no se puede cometer un acto violento contra la verdad sin sufrir o sin hacer sufrir. Ése es su error, y nuestro drama.

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En la imagen: cartel anunciador de Encuentros privados (Enskilda Samtal, Suecia-Noruega 1997).

lunes, 11 de mayo de 2009

Con tu secreta tristeza



Durante los últimos días me he acordado de ti. Nos conocimos hace un año. Caminábamos juntos por el bulevar, sintiendo la proximidad reconfortante del agua salada. Este fin de semana estuve allí de nuevo, y me pregunté por los últimos meses de tu camino entre nosotros, y por la secreta tristeza que se ocultaba en tu corazón.

¡Nos dejaste tan de repente! Sin un ademán que nos permitiera entender.

Un día sucede
Las esferas celestes dejan de producir su música
La rueca se para
El hilo de oro se corta
Y la eléctrica orquesta de nuestro cerebro enmudece
Como se apagan en un pueblo las luces cansadas
Al llegar el alba.

La Naturaleza sigue exuberante en ese rincón junto al océano. Tú reposas bajo un nuevo sol protector, disuelto ya el hielo que habitaba en tu vientre. Ahora sabes de nuestro dolor y nuestra culpa. Ahora comprendes toda la hermosura y por qué este anhelo de eternidad. Acuérdate de nosotros, afectuosamente tuyos, María Jesús.

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En la imagen: Fotografía de Tonyç (fuente: www.flickr.com).

domingo, 12 de abril de 2009

Jesús de Nazaret: veinte siglos de amor



(Tomo cuasi prestado el título de un capítulo de Vida y misterio de Jesús de Nazaret, obra de José Luis Martín Descalzo; los versos, del poemario de Pedro Salinas La voz a ti debida.)

¡Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido!
Rendirse
a la gran incertidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías
—azogues, almas cortas—, aseguran
que estoy aquí, yo inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los hombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy buscando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
(...)
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

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En la imagen: "Je t'aime", por Uploaded (fuente: www.flickr.com).

viernes, 3 de abril de 2009

Carta abierta a Manuela: Mosterín, aborto, potencia y acto



A principios de marzo publiqué una entrada en este blog dedicada a la cuestión del aborto ("Una chica de nuestra ciudad"). No era la primera ocasión; ya la había afrontado, al menos, en otra ("Despreciar la ciencia"). Una lectora, Manuela, ha respondido a ese último post sobre el tema reproduciendo gran parte de un artículo de opinión publicado por Jesús Mosterín el 24 de marzo en El país y disponible en red ("Obispos, aborto y castidad"). Considero un deber moral tomarme en serio a las personas que hablan conmigo, o que me escriben. Por ese motivo he querido exponer a Manuela varias reflexiones. Comencé a escribir... y el resultado excede, a mi modo de ver, la extensión propia de una respuesta en un foro. Así que voy a reproducirlo aquí, a modo de nueva entrada.


Estimada Manuela:

Ante todo, un cordial saludo. La indignación a la que hace referencia es buena señal: significa que es usted una persona sensible a las cuestiones morales (la “justa indignación” constituye, según Aristóteles, una virtud en sentido propio). También a mí me pasa a veces. Con mucho gusto he publicado su entrada en mi blog. Permítame que le haga notar ahora, con la misma disposición, que el artículo que reproduce sí deja cabos sueltos – ¡y cuántos!

Lo leí en El país el mismo día de su publicación. Y es que los defensores de políticas alternativas al aborto no somos –no, desde luego, en mi caso– “fundamentalistas” que no ven más allá de su nariz. ¿Se ha dado cuenta de los apelativos que Jesús Mosterín nos dirige en su artículo (en la parte no reproducida en su mensaje)...? Muy poco caballeroso, y muy poco filosófico. El diálogo en democracia exige respeto, buen trato, sensibilidad hacia los matices. Y exige apertura. Procuro estar informado de los argumentos de los demás. Y procuro seguir la pista a los principales diarios, incluido El país, que en varios sentidos es un excelente periódico del que he sido suscriptor. Eso sí, todo ello no tiene porqué mutilar mi sentido crítico: sentido del que medios como éste y autores como Mosterín han abdicado en esta materia, más preocupados por las resonancias ideológicas de la cuestión.

El argumento central de Mosterín aparece al inicio del texto que usted reproduce: "La campaña episcopal se basa en el burdo sofisma de confundir un embrión (o incluso una célula madre) con un hombre". Dos errores de bulto se cuelan ya aquí. En primer lugar, confundir al Episcopado con los que defendemos políticas alternativas al aborto (¡que yo sepa, no soy obispo!). En segundo lugar, afirmar que identificamos al embrión con un ser humano adulto. ¿En qué cabeza cabe eso? Está claro que el embrión constituye la fase inicial del desarrollo de un organismo, que sólo varios años después llegará a la adultez. Ahora bien: ese organismo pertenece, gracias a la estructura de su ADN, a la especie humana; si dicho proceso no es obstaculizado (por causas naturales o artificiales), dará lugar a un ser humano adulto. Esto es científicamente evidente gracias a la genética. Decir que "el único motivo para prohibir el aborto es el fundamentalismo religioso" no deja de ser una frase sorprendente: el principal motivo para buscar soluciones alternativas al aborto es de orden científico y ético.

El autor intenta fundamentar su postura aludiendo a un filósofo tan respetado como Aristóteles: concretamente, a su distinción entre potencia y acto. Una bellota no es un roble en acto. Es fácil constatar que se trata de un roble en potencia. Del mismo modo –añado– el embrión no es una persona plenamente actualizada: constituye una fase inicial de su proceso de actualización. Por cierto: tampoco un bebé de doce meses es una persona plenamente actualizada; ni un niño de diez años. Más aún: a lo largo del día, usted misma pasa por fases en las que, por decirlo así, “retrocede” en la actualización de sus operaciones superiores (las que Aristóteles relacionaba con el alma racional, específicamente humana); así, por ejemplo, durante el sueño adopta usted una forma de existencia de muy bajo perfil desde el punto de vista de la actualización de sus potencialidades. Lo mismo se podría decir de un ser humano bajo los efectos de la anestesia total. ¿Significa todo ello que matar a un bebé de doce meses, a un niño de diez años o a una persona durmiendo o bajo los efectos de la anestesia total no tiene gravedad moral? ¿Habría que aceptar que un ser en esas fases de su desarrollo, o en períodos de escasa actualización de sus potencialidades, no es un ser humano en absoluto...? Incluso el propio Mosterín tiene que reconocer -no le queda otro remedio- la relación genealógica, ontogenética, entre el embrión y el ser humano adulto.

A lo anterior añade Mosterín un argumento sociológico: otros países permiten el aborto. Se trata de un razonamiento realmente débil. Basta una analogía para mostrar su debilidad: el mundo entero permitió durante siglos que se esclavizase a ciertas razas o clases; ¿significa eso que habríamos tenido que cerrarnos al progreso moral que supuso la abolición de la esclavitud...? Refugiarse en el "muchos lo hacen" no es más que una excusa para evitar pensar por sí mismo.

Por último –por lo menos, en lo que respecta a la parte citada del artículo–, la chusca referencia a la castidad. Claro está que si nuestros padres hubiesen renunciado a las relaciones sexuales, no existiríamos (de igual modo que si nos hubiesen abortado, señala el autor). O si no se hubiesen conocido, añado yo. O si uno de ellos hubiese fallecido antes de nuestra concepción. Pero de ello no se deriva en modo alguno que el aborto sea –ni de lejos– moralmente equiparable a la castidad. En ninguno de tales casos ha llegado a existir un ser humano en desarrollo orgánico unitario (de la potencia al acto, por volver a Aristóteles). En el caso del embrión, sí.

En fin: ya ve usted qué cantidad de cabos sueltos y de pseudo-argumentos. Desde Alemania, el investigador Francisco J. Soler les ha aplicado el bisturí de la crítica en un artículo en prensa digital, al que después ha seguido otro. Pero permítame referirme, por último, a su alusión inicial al derecho de la mujer a elegir libremente. Que un pretendido derecho entre en colisión con derechos fundamentales ajenos es buena muestra de que no era tal. Pero la cuestión es, si cabe, aún más grave. Se publicita el aborto –de auténtica propaganda tildaría esa identificación entre "aborto" y "derecho a la libertad"– como solución a un problema. ¡Qué dramática confusión!

¡Cuántas personas –miles– están sufriendo bajo los efectos del síndrome post-aborto! Se trata de un síndrome con secuelas psicológicas tipificadas; existe abundante literatura al respecto, tanto informes médicos como testimonios de mujeres (por ejemplo, el de Mª Esperanza Puente en "Yo pasé por ahí", Unidad 8 [mayo 2008] 10-12). Otras personas sufren a causa de una decisión precipitada de su pareja. Ojalá todos encuentren pronto la paz interior: nadie está tan lejos de ella que no pueda hallarla. ¿Realmente es tan liberador el aborto? ¿No sería más razonable y más civilizado buscar soluciones alternativas? ¿No las tenemos, hoy, al alcance de la mano? Miles y miles de matrimonios esperan largamente su turno para adoptar bebés. ¿No podrían salvarse todos: madre e hijo? ¿Por qué ese afán por elegir la solución menos razonable, menos aceptada, menos buena para todos…?

No, Manuela. No puedo aceptar argumentaciones tan falaces como las que Mosterín esgrime en este caso. Ni la ciencia ni el sentido común avalan esa postura. Como tampoco legitiman cualquier medida contra el aborto, o la simple inhibición: es preciso ayudar activamente a las madres en apuros. No sería justo que me encasillase: ni soy fundamentalista, ni neocon, ni lindezas similares. Soy una persona de mi tiempo, procuro cultivar mi sensibilidad hacia los matices y el sentido crítico. Precisamente por eso no estoy dispuesto a insultar a nadie ni quiero que se criminalice a víctima alguna. Sólo deseo que logremos ponernos de acuerdo en torno a la racionalidad y al amor por el ser humano.

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En la imagen: "Hope", por Herby_fr (fuente: www.flickr.com).

lunes, 30 de marzo de 2009

Lectura para una road movie



Vuelvo de Gerona, donde he impartido unas clases de Antropología filosófica en un contexto muy grato. Un viaje constituye siempre una ocasión para pararse –qué aparente paradoja– y reflexionar. Precisamente por eso elijo el tren en lugar del avión. Esa función catártica del viaje –salir de la rutina para encontrarse– se halla reflejada en numerosas obras de la literatura y del cine. Pienso, por ejemplo, en ese periplo hacia la propia identidad que se halla contenido en Il fu Mattia Pascal, de Luigi Pirandello; también el profesor Borg prefiere el coche al avión, desencadenando así un decisivo viaje interior, en el hermosísimo film de Ingmar Bergman Fresas salvajes (Smultronstället). Por no hablar de los clásicos.

Durante el viaje de ida aprovecho para terminar de leer en el tren un magnífico libro. Se trata de un texto escrito por Laura Bossi, pensadora milanesa residente en París: Historia natural del alma. Bióloga especializada en neurología, Bossi demuestra ser una intelectual de profunda y amplia formación filosófica. Esta Histoire naturelle de l’âme, publicada en 2003, ha sido traducida al castellano por Eric Jalain y editada en 2008 por Antonio Machado Libros, en Madrid.

La autora parte de lo que denomina “eclipse del alma”: la progresiva desaparición de este concepto del ámbito científico e intelectual, donde viene a ser sustituido por términos sectorialmente más adecuados (mente, psique, estructura psicosomática, cerebro, sinapsis). Su hipótesis de fondo, que acredita a lo largo de la obra, es que ese eclipse corre parejo a una progresiva incapacidad de integrar nuestro conocimiento sobre el ser humano en un modelo conceptual suficientemente preciso y comprehensivo a la vez. El resultado: una empobrecedora parcelación de la persona, hoy a menudo asimilada a la bestia –a su vez, humanizada, como en el caso del Proyecto Gran Simio– o a una inteligencia desencarnada –como en la versión maximalista del proyecto de la inteligencia artificial. En cambio, el ser humano se halla integrado en la Naturaleza orgánico-animal, a la vez que la trasciende.

Bossi no oculta sus simpatías hacia modelos holísticos como el aristotélico, a la vez que presta gran atención al tratamiento moderno de la scala naturae (Leibniz, Bonnet, Robinet, Schelling) y al hilozoísmo postdarwinista (Haeckel, Weismann). Particularmente interesantes me resultan sus reflexiones a caballo entre filosofía, psicología y neurología, como en las páginas (231-233) que dedica a la convergencia de la teoría clásica de las tres almas –en versión esencialista (Platón) u operacional (Aristóteles)– con la “recapitulación” biológico-evolutiva (Haeckel) y la descripción funcional de las áreas del cerebro llevada a cabo por MacLean en los años sesenta.

La obra es tan ambiciosa que en ciertas ocasiones –particularmente, cuando la autora toma en consideración a pensadores que no están próximos a su universo intelectual– resulta superficial e inexacta. Con todo, creo que se trata de un magnífico texto de referencia en el campo de estudios ligado a la antropología filosófica y al problema mente-cuerpo. ¿Qué mejor lectura para una road movie?

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En la imagen: en el tren de camino a Vic (Osona), fotografía de Visualpanic (fuente: www.flickr.com).

lunes, 23 de marzo de 2009

No seré nunca juguete roto




Un juguete es algo muy hermoso. Sin embargo, en castellano reservamos la expresión ‘juguete roto’ para referirnos a algo que, habiendo perdido su función, no posee ya valor alguno.

El primer discurso de Rodríguez Zapatero una vez ganadas las elecciones de 2004 fue, para muchos –entre los que me incluyo–, ilusionante. Yo me encontraba en Pamplona, donde acababa de finalizar un excelente congreso en torno a Immanuel Kant en el año de su bicentenario. El presidente electo hablaba sobre un nuevo talante en las relaciones entre los partidos, sobre una política de diálogo, abierta al ciudadano.

¡Cuántos motivos para sentirnos defraudados! Pensaba esto mientras leía en Abc que sólo un 3,5 por ciento de las leyes previstas en el último programa electoral del PSOE han sido aprobadas. Aunque quizá haya que agradecer esta proverbial pereza de nuestros ministros, mucho más interesados por sus respectivas campañas publicitarias. En este sentido, resulta bastante significativo que el ministerio de Ciencia e Innovación haya optado por inyectar dinero a la campaña que debe ensalzar las excelencias del Plan de Bolonia en lugar de abrir un debate público, riguroso y sereno en torno a las posibilidades del nuevo sistema universitario y a sus aspectos mejorables. Y es que lo que interesa es convencer. Ahora bien, la persuasión basada en lo agradable de las palabras y de las imágenes –y no en la fuerza de la verdad expresada en argumentos públicamente contrastables– ha sido, desde la Grecia clásica, el distintivo de la peor ralea de sofistas.

Ese interés por la faceta publicitaria de la imagen explica el desasosiego producido en varios miembros del Gobierno español por la reciente campaña de la Conferencia episcopal contra la ampliación de la ley del aborto. Basada en dos sencillas imágenes (un bebé y una cría de lince ibérico) y un mensaje inequívoco (el primero merece tanta protección como el segundo), la campaña desembarca en un ámbito –el de los símbolos y las asociaciones visuales– que el partido en el poder ha sabido explotar con eficacia.

Resulta curioso constatar el nerviosismo que esas imágenes desvirtuadas han generado en los altos mandos, poco acostumbrados a verse batidos en su propio –y resbaladizo– terreno. Pero no es un caso aislado. Fijémonos, por ejemplo, en la crisis interna que ha desatado el desapego expresado por el Gobierno de Barack Obama respecto de la poco hábil política de la ministra de Defensa. Recientemente, la famosa foto de aquel otro ministro con los venados provocó polémica y dimisión en un gabinete nada dado a la autocrítica. La reciente noticia de que cofradías de distintas ciudades van a poner en marcha campañas formativas contra el aborto ha provocado el rechazo inmediato de la ministra de Igualdad (¿pero la democracia no implicaba participación ciudadana?); y es que la Semana santa española es otro ámbito social que aúna sensibilidades de varia laya. Por su parte, la ministra de Fomento se ha descolgado con unas declaraciones dignas de elogio múltiple: en el transcurso del anuncio de inversiones para la A-32 y su entorno medioambiental ha afirmado que ocho millones de euros irán destinados a la protección del lince ibérico, “y más ahora, que hay una campaña con la que intentan devaluarlo”. Ha dado en el clavo. Que la susodicha campaña promueva hacer valer los derechos de un embrión humano no puede significar otra cosa que se pretende devaluar al lince. Claro está.

No me resisto a dedicar a nuestro florido plantel de ministros –con el cariño de quien un día confió en el talante– algunos versos de una canción de Víctor Manuel, editada en aquel entrañable álbum con Ana Belén Para la ternura siempre hay tiempo. Dicen así: “No seré nunca juguete roto. / No estaré arriba de cualquier modo. (…) Monto un caballo que yo controlo, / no me deslumbra el brillo del oro”. No, no quiero ser nunca juguete roto. Mientras tanto, nuestros deslumbrados ministros –como le bambole de aquella otra canción– avanzan por el camino de su propia inanidad.

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En la imagen: fotografía de Sylvinwonderland. Fuente: www.flickr.com.

jueves, 5 de marzo de 2009

Una chica de nuestra ciudad



El comité de expertos creado por el Ministerio de Igualdad para debatir la modificación de la ley del aborto ha presentado hoy sus conclusiones. Propone que se legalice la interrupción voluntaria del embarazo –sin justificación alguna– hasta las 14 semanas (22 en caso de anomalía o riesgo para la salud), así como la prestación a chicas a partir de 16 años sin información ni consentimiento de los padres. Por otra parte, se debería sacar el aborto del Código penal – es decir, informa El país, que “en ningún caso las mujeres podrán ser castigadas con penas de prisión por abortar”. En otras ocasiones he tratado aquí la cuestión de fondo.

Todo esto me ha recordado una anécdota. Fue la pasada noche de Navidad. Como todos los días 25 a las nueve, un grupo de ciudadanos se había congregado frente al establecimiento abortivo situado en el barrio de San Diego (Lorca). Puesto que yo pasaba esos días en mi ciudad natal, con mis padres, pude asistir a la concentración.

Tres chicas se incorporaron al grupo y se situaron junto a mí. Una de ellas me preguntó en voz baja qué estábamos haciendo. Les conté que nos reuníamos para rezar por los seres abortados y por sus madres. La chica que hacía las veces de portavoz –tendría en torno a quince años– repuso con desparpajo que no eran seres humanos, sino fetos. Le dije que según la biología esos seres, dotados de ADN, se encuentran en la fase inicial de la vida de una persona. Es más –le pregunté a mi interlocutora–, ¿qué hubiera sucedido si tus padres hubiesen pensado como tú ahora? ¿Qué habría pasado contigo...?

- Bueno...–dudó por un momento–, yo no hubiera sentido nada.

Quien no vive, claro está, no padece dolor alguno (cuando yo estoy, no está la muerte; cuando está la muerte, yo no estoy: Epicuro dixit). Pero ¿es eso todo? ¿Realmente sabemos lo que significa nuestra ausencia eterna? Hay una película que ilustra lo que puede suponer para el mundo la ausencia de una persona: Qué bello es vivir, de Frank Capra. Cada uno de los seres humanos es un don insustituible para los otros.

Según datos publicados el pasado 2 de diciembre, el número de abortos en España ascendió a 112.138 en 2007. Estas cifras ocultan un abismo. El abismo de miles y miles de mujeres que se someten a intervenciones que las marcarán con graves daños psicológicos (síndrome post aborto). El abismo de madres que eliminan a sus hijos ante la soledad propia o la presión del entorno. El precipicio de la ignorancia de jóvenes a las que una información falsa e interesada ha convencido de la inanidad de esa acción.

¿Somos conscientes de la enorme gravedad del proceso que está en marcha? ¿Qué hacemos para evitar esta tragedia social? ¿Realmente nos importa? ¿Estamos ayudando a nuestros adolescentes a comprender que cada ser humano es un don para el mundo...? De la respuesta a estas preguntas no depende sólo el futuro: también nuestro presente.

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En la imagen: “Distant Sun”, por Visualpanic (fuente: www.flickr.com).

viernes, 27 de febrero de 2009

La sombra del rotulista es alargada



Durante la primera edición del Telediario de hoy (TVE 1) ha tenido lugar un leve error técnico. En el transcurso de la información relativa a la campaña electoral en Euskadi, y sobre la imagen del líder del PP, ha aparecido el rótulo “Mariano Rajoy, candidato a lendakari”. No es la primera vez que se producen confusiones chuscas relacionadas con la rotulación de informaciones televisivas concernientes al Partido Popular. Televisión Española se ha apresurado a disculparse ante la formación política. Pues bien, este hecho me ha recordado un incidente similar –y, en cierto sentido, enigmático– que se produjo en nuestro país en 1986.

Se estaba celebrando el Campeonato mundial de fútbol en México, mientras en España se desarrollaba la campaña electoral de los comicios generales. La selección española acababa de vencer a Dinamarca por cinco goles, cuatro de ellos del muy popular Emilio Butragueño. La segunda edición del telediario abrió con las imágenes de la victoria y, en concreto, mostró el primer gol, marcado por el buitre. Mientras el balón entraba en la portería, en la franja inferior de la pantalla se sobreimpresionaba un rótulo inusual: PSOE.

Fueron sólo décimas de segundo, pero aquel fallo dio mucho que hablar. El rótulo “PSOE” no corresponde a objeto informativo alguno que pueda aparecer en una imagen. ¿De dónde procedía entonces? Los defensores del ente público afirmaron que podía ser una reliquia de campañas en las que sí se utilizaban títulos semejantes. Más tarde, el que había sido director de los Servicios informativos de TVE durante aquella campaña electoral, Enric Sopena, expresó sus dudas en torno al suceso: según Sopena, cabía la posibilidad de que se hubiese tratado de una estratagema para desprestigiar al propio PSOE.

Desde entonces, en España quedó claro que un fugaz rótulo televisivo puede esconder enrevesadas estrategias de manipulación política. Aquel incidente fue recogido en un libro, ricamente ilustrado con ejemplos publicitarios, que cayó en mis manos recién publicado y cuya lectura me impresionó no poco. Se trata del volumen de Eduardo García Matilla Subliminal: escrito en nuestro cerebro (Editorial Bitácora, Madrid 1990). La utilización de técnicas subliminales en ámbitos como la publicidad viene siendo objeto de estudio por parte de la psicología experimental, al menos, desde los años cincuenta. En el libro se alude a un artículo en primera página del London Sunday Times (10/06/1956) como primera referencia documentada al respecto. Eso sí, a esto habría que añadir que la reflexión en torno al impacto de lo estético en la formación del carácter y las opiniones nos acompaña desde la Antigüedad clásica – piénsese, por ejemplo, en La república de Platón.

García Matilla había ocupado como periodista distintos puestos en TVE y RNE; puesto hoy a rastrear su pista a través de Internet, constato que diecinueve años más tarde preside Corporación Multimedia. Ha sido grato reencontrar en la web al autor de ese libro que tanto me dio que pensar durante una época en la que orienté mis estudios hacia las Ciencias de la información. Y es que, ayer como hoy, la manipulación acecha con caracteres casi imperceptibles.

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En la imagen: captura de la pantalla en la que apareció sobreimpreso el rótulo objeto de polémica en 1986 (TVE 1, segunda edición del Telediario, 19/06/1986).

lunes, 23 de febrero de 2009

La dimisión y el tendero kantiano



He estado a punto de publicar esta entrada movido por el optimismo. Que un ministro envuelto en un escándalo dimita constituye, en principio, un signo de normalidad democrática: esa normalidad que tan rara parece en los últimos tiempos y que tanto deseamos en nuestro país. Ha tenido que aumentar –hasta niveles inéditos– la tensión entre la Judicatura y el ministerio de Justicia, y han debido salir a la luz irregularidades legales de distinta laya (caza sin licencia, connivencia aparente con el poder judicial) para que se imponga la cordura. Se trata de un sano ejercicio de autocrítica del ministro en cuestión.

Pero, como digo, me estoy dejando llevar por el optimismo. Y el buen Kant me disuade de ello. La imagen del tendero, con la que el filósofo prusiano ilustra la centralidad del deber en la acción moral (primer capítulo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, 1785), resuena aquí con evidente cercanía. Imaginemos un comerciante que aplica a sus productos la tarifa usual de precios, sin elevar la plusvalía de forma arbitraria; aparentemente, actúa conforme a la moral. Ahora bien: puede ser que este tendero no lo esté haciendo porque sea honrado, sino porque elevar los precios le restaría clientela. Esta sencilla imagen, que mis queridos estudiantes de Ética fundamental suelen acoger con interés, ilustra perfectamente las luces y las sombras del caso.

Ojalá brotase la dimisión susodicha de un reparo ético, de una metamorfosis de la intención. Pero los indicios dan al traste con tan felices augurios. El ex ministro los desmiente con impenitentes declaraciones. Y la estrategia política sugiere que lo que molestaba no era la inmoralidad (manifiesta o aparente), sino sus consecuencias electorales en los procesos de Galicia y Euskadi: las fotos y el trasfondo de la dichosa cacería presentaban demasiados resabios caciquiles como para seguir permitiendo que erosionasen la imagen del partido. Ay: de nuevo, el tendero deshonesto.

Al menos, la luz y los taquígrafos han traído consigo la reprobación, por muy interesada que ésta sea. Y aquí, de nuevo, el filósofo de Königsberg nos da una clave de lectura (esta vez, en Idea para una historia universal en clave cosmopolita, 1784): en una sociedad abierta, incluso la megalomanía de los gobernantes –aun cuando sólo les interesase preservar su cuota de poder– ha de contribuir al bien de los ciudadanos. La extremadamente complicada realización de este principio se entreteje con la irregular historia de nuestra democracia.

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En la imagen: “El baile de los zapatos de colores”, por Inti (fuente: www.flickr.com).

lunes, 9 de febrero de 2009

Desconcierto



Hace más de un mes que no escribo en mi blog. He seguido visitando las casas virtuales de mis amigos, que seguían reconfortantemente habitadas. Pero la mía no la he cuidado. Si me pregunto el porqué de esta dejadez transitoria, sólo se me ocurre una respuesta: por el desconcierto.

Durante los últimos meses ha crecido en mí la sensación de desconcierto. A ello ha contribuido decisivamente la preocupante situación de nuestro país. Mutatis mutandis, el dolor Spaniae de los noventayochistas se podría reeditar hoy sin dificultad. La pobre preparación intelectual de nuestros gobernantes y su escasa estatura moral nos han dejado precipitarnos en una crisis que tiene visos de retroalimentarse largamente.

Y no me refiero sólo a la grave recesión económica. Antes aún se encuentra el desplome de un sistema de enseñanza que, pese a la buena voluntad de profesores e implicados, no logra hacer frente a las secuelas de leyes educativas que han relegado la búsqueda del saber, la transmisión de conocimiento y el esfuerzo. Un desplome suficientemente acreditado por distintos organismos internacionales y por el desánimo de tantos profesores de enseñanzas medias. Sólo hace dos meses, un vocal asesor del Ministerio de Ciencia -Gregorio Planchuelo- me dijo, en respuesta a una pregunta que le formulé, que "no le consta" semejante crisis. No resulta extraño. Tampoco divisaban la crisis en el horizonte los "expertos" económicos del ministerio contiguo. Como a muchos no consta desfondamiento moral alguno en la trama errática de nuestra política internacional, en la ruptura de las solidaridades entre las regiones o en el despilfarro masivo de algunos jerarcas territoriales.

Creo que esa inquietante falta de consciencia -sea real o fingida- ha influido no poco en mi desconcierto. Es como si hubiera cada vez más gente que no estuviera en su sitio (Lolamundi dixit). Gente que juega a regir los destinos de un país. Gente que juega a ingeniería social. Que juega el juego del lujo despótico. Que juega a contar mentiras, a manipular las verdades. A entretener en televisión. A captar el voto de los que no saben. A ignorar la realidad de aquellos a los que votan. A disimular. Un disimulo colectivo, alucinante, casi insoportable.

La creciente impunidad de los que destruyen da miedo. Maltratan el tejido político, económico y cultural de nuestra sociedad sin que se les borre la sonrisa de la cara. Sin rendir cuentas (porque, a menudo, tampoco se las pide nadie). Cuando algunos periodistas se atreven a recriminarles en voz alta sus atropellos, ellos miran a otro lado y hablan de "conspiración". Me inquieta la impunidad que se arrogan. La autoexención de responsabilidades -en nombre del colectivo, de la ideología o de un inexorable signo de los tiempos- es síntoma inequívoco de los totalitarismos de toda laya. Y es inhumano. El ejercicio de nuestra libertad nos convierte en sujetos responsables; sólo un materialismo eliminativista -o una hipocresía estólida- puede negar este dato antropológico.

El próximo jueves, 12 de febrero, es de nuevo el aniversario de Immanuel Kant. El ya anciano y consumido filósofo falleció en un gélido Königsberg hace 205 años. Pese al doloroso retroceso de sus capacidades intelectuales, afirmaba con orgullo que no había perdido el respeto hacia la Humanidad. Respeto hacia la Humanidad, reconocida y apreciada en los otros y en nosotros mismos: precisamente aquí se dirime el futuro de una civilización, la diferencia entre una crisis de crecimiento y el abandono culpable a una senilidad que produce monstruos.

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En la imagen: "El sueño de la razón produce monstruos", de Francisco de Goya y Lucientes (capricho nº 43, 1797-1798, dibujo preparatorio). Museo del Prado, Madrid.

lunes, 22 de diciembre de 2008

La nueva sensibilidad



En 1988, el filósofo español Alejandro Llano –acaba de editar sus memorias, Olor a yerba seca, que con gran interés estoy leyendo estos días– publicó una obra adelantada a su tiempo. Su título: La nueva sensibilidad. Llano se refería ahí a los indicios de una forma distinta de entender las interacciones sociales. Entre los síntomas de esa sensibilidad de nuevo cuño se encontraba el avance de los factores cualitativos respecto de los cuantitativos y la importancia concedida a la solidaridad. Qué duda cabe de que fenómenos como el auge de las Organizaciones No Gubernamentales, el creciente valor atribuido a la proyección social de las empresas, el interés por el ecosistema o las características de ciertas tribus urbanas constituyen signos elocuentes de esa mentalidad en ciernes.

A pesar de esos indicios, los años noventa han sido testigos en España de tendencias opuestas a la nueva sensibilidad. La favorable coyuntura económica ha traído consigo, para muchos, un deseo desenfrenado de enriquecimiento rápido y sin trabajo (por ejemplo, a través de la especulación inmobiliaria); para otros, un repliegue en el individualismo (reflejado, por ejemplo, en el clamoroso distanciamiento de los ciudadanos respecto de los asuntos políticos, o en las frecuentes dificultades de las plataformas cívicas y asistenciales a la hora de encontrar apoyo de inversores privados).

En este contexto, hay dos noticias recientes que merecen ser leídas en paralelo. Ambas saltaron a la opinión pública el pasado martes 2 de diciembre. Se trata del registro de dos aumentos estadísticos: el del número de parados y el del número de abortos. El primero se elevó a 2.989.269 personas, dato cuyo precedente más próximo se remonta a febrero de 1996. Se trata de un drama humano de enormes dimensiones. Por su parte, el número de abortos ha alcanzado 112.138 en 2007. Esta cifra se corresponde con una tasa de 11,49 abortos por cada mil mujeres entre 15 y 44 años: aproximadamente el doble que en 1998. En esta estadística, Murcia ocupa el tercer puesto nacional.

No me parece descabellado trazar una línea de conexión entre ambos fenómenos. El desaforado aumento del número de abortos entronca con varios procesos de índole diversa (entre ellos, los relacionados con el incremento de los embarazos no deseados entre adolescentes o con las características de algunos colectivos implicados), pero también enlaza con una tendencia transversal de fondo: el auge del individualismo. Desde el punto de vista científico, no existen dudas en torno al estatuto del embrión: se trata de un organismo vivo, con estructura individual y patrones de desarrollo específicos codificados en su ADN; es digno de la misma protección que se dispensa a un bebé o a un anciano. Sin embargo, muchas jóvenes se sienten incapaces de afrontar su embarazo sin ayuda y abortan debido a la presión (social, económica, de su pareja). No se trata de culpabilizar a las víctimas, sino de ayudarles. Precisamente por esto me interesa referirme aquí a la faceta social del problema.

El individualismo creciente ha insensibilizado a gran parte de la población respecto del drama humano del aborto. A fuerza de vaciar las palabras de significado se ha llegado a confundir la tolerancia con la indiferencia, mientras miles y miles de mujeres se convierten en víctimas de una tragedia de profundas consecuencias psicológicas y espirituales. Emerge aquí esa forma de individualismo que ha dado lugar a la especulación salvaje en el sector inmobiliario y que ha contribuido a generar la crisis económica de la que el paro constituye un dramático reflejo. Un individualismo que corroe el fundamento de los vínculos sociales.

¿Seremos capaces de advertir el alcance de la situación en la que nos encontramos? ¿Podremos aprovechar la oportunidad que la presente crisis trae consigo? ¿Encontraremos el modo de trocar en bien el mal…? Ha llegado el momento de apostar por la nueva sensibilidad: por una civilización que, recogiendo la mejor savia de la tradición europea, promueva relaciones de solidaridad entre las personas y las comunidades; una cultura en la que los colectivos, agrupaciones y agentes sociales recuperen las iniciativas que indebidamente monopoliza el Estado; una sociedad que perciba lo auténticamente importante. Una mentalidad, en suma, sensible hacia la distinción entre precio y valor. Aquello que tiene un precio –señala Kant– puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se eleva por encima de toda cuantificación, y que no puede ser sustituido por cosa alguna, no tiene precio: tiene dignidad.

El ser humano está más allá de todo precio. Su dignidad lo convierte en un microcosmos cargado de sentido. ¿Nos ayudará la actual crisis a gestar una nueva forma de vivir…? En esta pregunta reside, a mi entender, uno de los desafíos cruciales de la época histórica que se abre ante nosotros.
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En la imagen: Óleo de Joachim Patinir: "Paisaje con san Jerónimo", 1515 (detalle).

jueves, 11 de diciembre de 2008

Die Welle



Esta mañana hemos asistido a una proyección cinematográfica particular. He llevado al cine a mis (muchos y queridos) alumnos de Ética fundamental; han abierto la sala para nosotros, y hemos disfrutado. La película: un film alemán rodado en 2007: La ola (Die Welle, dirigido por Dennis Gansel). Se trata de una hermosa y dura llamada de atención. Sobre ella ha publicado una entrada en su blog la periodista Eva Jiménez.

La película recrea ciertos acontecimientos que tuvieron lugar en 1967 en el Instituto Cubberley (Palo Alto, California) y muestra algunos resortes psicológicos que subyacen a las dinámicas sociales y comunitarias. Un proyecto escolar se convierte en un auténtico experimento. El objetivo del profesor: mostrar cómo un grupo de alumnos, convenientemente manipulado, puede impregnarse del espíritu que conduce a una dictadura o un totalitarismo. Nace así 'Die Welle (‘La Ola’), y con ella un monstruo gestado en el seno mismo de una sociedad democrática. “¿Creías que no se podía repetir?” es la frase que acompaña la publicidad del film: el espectro del nazismo, del fascismo, del estalinismo.

La película posee la finura suficiente como para dar pie a varias reflexiones. Me interesa, en particular, lo que de bueno había en La Ola. El grupo respondía a auténticas necesidades de los jóvenes: en particular, a la necesidad de un ideal, de sinceros lazos de amistad, de sentirse valorados. Cuando el profesor pregunta, al inicio, qué factores han de concurrir para que se desarrolle un régimen autocrático, el joven Tim contesta con una palabra muy significativa: “Insatisfacción”. Insatisfacción, anhelos sofocados, ansia de sentido. Él lo sabe mejor que nadie: su existencia desangelada, descuidada por sus padres, ayuna de amistades, encuentra en La Ola un apoyo y un hogar. Por eso repetirá más tarde que el grupo no se puede disolver: la Ola es “su vida”.

Las dictaduras y los totalitarismos germinan en terrenos moralmente corrompidos. Y esa corrupción moral encuentra su mejor abono en una sociedad fragmentada, donde los lazos humanos –familiares, de amistad, de solidaridad y colaboración– están enfermos. Bien lo sabían los líderes nacionalsocialistas: el deseo de integración en el grupo favorecía que los soldados se implicasen en las masacres. (Hace algunos meses me referí a este asunto en otra entrada).

La ola es una llamada de atención. Me preocupa que la política española se esté convirtiendo en un escenario donde priman los intereses egoístas de grupos alucinados (pienso, en particular, en los nacionalistas de toda laya) y en el que cada vez resulta más difícil llegar a consensos razonables. Hoy mismo aparece en ABC una acertada “Tercera” sobre este asunto, escrita por Emilio Lamo de Espinosa. Me lo decía el acomodador del cine esta mañana: qué bueno es que los jóvenes vean esta película. Estamos a tiempo de evitar el horror. Aprovechémoslo.

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En la imagen: “La ola. Evocación de Hokusai”, por González-Alba (fuente: www.flickr.com).

lunes, 24 de noviembre de 2008

Universidad española: tomar la palabra



Los últimos meses están viendo sucederse manifiestos y publicaciones en prensa en torno a la situación actual de la Universidad. Muchos de ellos tienen que ver con la deriva española de la integración en el Espacio Europeo de Educación Superior. Siguiendo el hilo conductor de la escolarización y la privatización, esos análisis ponen al descubierto los males que nuestra educación superior arrastra desde los años ochenta – auténtica masa del problema, del que el proceso de Bolonia, en su precisa versión española, constituye sólo una punta del iceberg.

Hace ya meses que tenía la intención de dedicar una entrada a este asunto. Me ha resuelto a ello la lectura del artículo que Adela Cortina publica hoy en El país. Catedrática de Ética y Filosofía política en la Universidad de Valencia, Adela interviene a menudo en el foro público para defender el espacio de la Filosofía. En su artículo de hoy se refiere a uno de los aspectos que configuran la confusa coyuntura de la Universidad española actual: la acreditación de los docentes y, en particular, de los profesores ligados al ámbito de las Humanidades.

Señala Cortina que el sistema de evaluación del profesorado –conducente a su acreditación– ha hecho extensivos mecanismos de cuantificación que sólo pueden ser aplicados con cierto rigor en el contexto de las ciencias naturales. Entre ellos se encuentra el valor asignado al paper, o artículo de investigación publicado en revistas científicas, que supera relativamente a la importancia concedida a la publicación de libros. Se termina por desconocer así la dinámica propia de la investigación científica: "el historiador o el filósofo que tienen algo importante que decir, amén de escribir artículos, necesitan expresarlo en un libro, o en varios. El progreso en esos saberes requiere la base de una concepción bien explicitada y no un apunte conciso". Desconocer esto equivale a introducir un elemento de distorsión.

¿No se trata aquí de un síntoma del problema general...? Poco más de una semana antes y en las páginas del mismo diario, José Luis Pardo trazaba un análisis de la situación del sistema universitario en nuestro país. Pardo tomará posesión en breve de su cátedra en la facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. En su artículo del 10 de noviembre desmontaba un eslogan tras otro de los que vertebran la publicidad del proceso de Bolonia en su específica aplicación en España. Se refería ahí a "la destrucción de las articulaciones teóricas y doctrinales de la investigación científica para convertirlas en habilidades y destrezas cotizables en el mercado empresarial. La reciente adscripción de las universidades al ministerio de las empresas tecnológicas no anuncia únicamente la sustitución de la lógica del saber científico por la del beneficio empresarial en la distribución de conocimientos, sino la renuncia de los poderes públicos a dar prioridad a una enseñanza de calidad capaz de contrarrestar las consecuencias políticas de las desigualdades socioeconómicas". Su conclusión: "Lo único que por ahora estamos haciendo, bajo una vaga e incontrastable promesa de competitividad futura, es destruir, abaratar y desmontar lo que había, introducir en la universidad el mismo malestar y desánimo que reinan en los institutos de secundaria, y ello sin ninguna idea rectora de cuál pueda ser el modelo al que nos estamos desplazando, porque seguramente no hay tal cosa".

Concluyo este (inacabable) rompecabezas con el artículo que Leonarda García publicó en septiembre en la revista Unidad. Nuestra querida Leo es profesora en la UCAM y se encuentra actualmente, fiel a su pasión investigadora, en la Universidad de Boulder (Colorado). Su fundamentada descripción de la coyuntura actual de la Universidad, con sus claros y sombras, parte del dato objetivo de la masificación. "Esta masificación ha reforzado el carácter de formación profesional que en la actualidad tiene la Universidad española; por otra parte, ha obligado a adaptarse a las necesidades de la empresa. Y ésta, por mal que nos pese, no es la función de la Universidad".

Me parece que uno de los hilos conductores que permiten orientarse en este rompecabezas es la simplificación. O, si se quiere –con un término intelectualmente más preciso–, el reduccionismo. Muchos de nuestros gestores –por no hablar de nuestros responsables políticos– han perdido de vista la misión de la Universidad. Que no consiste en proveer de técnicos a las empresas; que no equivale a "democratizar el saber" haciendo disminuir la calidad y el rigor; que no pasa por homogeneizar los procedimientos metodológicos de las diferentes disciplinas científicas. Por supuesto que de la Universidad salen profesionales que nutren a las empresas; que su desarrollo contribuye a la democratización del saber; que son precisos criterios objetivos de evaluación y acreditación del profesorado. Pero todo ello brota de una corporación que busca la verdad a través del conocimiento científico. Y la búsqueda de la ciencia tiene exigencias específicas de motivación, de tiempo, de método. Traicionar el ideal fundacional –a la zaga de resultados homogéneos, a corto plazo y empresarialmente rentables– no sólo no servirá para cumplir los objetivos que se pretende, sino que contribuirá a secar el árbol de la ciencia. Y, si el árbol se marchita, no habrá frutos que recoger.

Permítanme que termine con un apunte optimista. Se trata de construir, no de destruir. Y la efervescencia a la que me refería al principio bien puede constituir un nuevo comienzo. La Universidad española está aquejada de graves males. Aprovechemos la oportunidad para llamar la atención sobre la necesidad de renovarnos interiormente. Que se consiga esa renovación no está del todo en nuestras manos, pero sí depende de nosotros tomar la palabra.

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En la imagen: monumento en recuerdo de la quema de libros (10/05/1933) en el berlinés Bebelplatz (fotografía de Robert Scoble). Los artículos de Adela Cortina (“¿La calidad de las humanidades?”, El país, 24/11/2008, p. 31), José Luis Pardo (“La descomposición de la Universidad”, El país, 10/11/2008, p. 29) y Leonarda García (“Bolonia y el fin de la Universidad española”, Unidad, 09/2008, p. 3) han sido publicados con el permiso expreso de sus autores.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Las alas de la Filosofía


Hoy se celebra el Día Mundial de la Filosofía, instituido por la UNESCO en 2002. Hay muchas personas a las que no les interesa en absoluto. Por ejemplo, a ciertos poderes políticos. La razón es simple: la Filosofía implica reflexión rigurosa y espíritu crítico. Resulta relativamente sencillo controlar a una sociedad alienada por el consumo o por la retórica totalitaria; mucho más fácil que doblegar la voluntad de un solo hombre que busque vivir virtuosamente (Séneca pixit y dixit). No es de extrañar, pues, que Gobiernos como el nuestro hagan todo lo posible por menoscabar el espacio público de la Filosofía.

La Filosofía tampoco es televisiva. Nuestras televisiones, instaladas en la venta de alpiste a bajo precio, no están dispuestas a cumplir un auténtico servicio público fomentando el pensamiento riguroso y el planteamiento de cuestiones difíciles. Sócrates no es bienvenido en “Gran Hermano”.

El caso es que tampoco soplan vientos favorables en el contexto académico – por lo menos, según los aires que parece traer consigo la hermenéutica popular de la convergencia boloñesa. El famoso sometimiento de la Universidad a los dictámenes de las empresas no parece un gran caldo de cultivo para el pensamiento (¡pobre Humboldt!). Como si la Universidad no estuviera llamada a liderar corrientes de ideas, a abanderar transformaciones, a ayudar a la sociedad a superarse a sí misma. A buscar la sabiduría, en suma.

En fin: la Historia ha tenido siempre a su Anito, su Meleto y su Licón. Pero, para desgracia de sus sempiternos acusadores, la Filosofía es un pájaro libre. Así la caracterizó Ortega y Gasset en ese curso que le llevó de la Universidad a un abarrotado teatro madrileño y del que en breve se cumplirán ochenta años. Precisamente por ser pájaro libre, la Filosofía puede posarse aquí y allá y abarcar la entera realidad, en búsqueda de una cosmovisión lo más completa posible. Por eso, un científico que se precie –sostenía nuestro Ramón y Cajal– termina filosofando, y cualquier persona que mire reflexivamente la realidad se comporta como un filósofo. Y, por eso, la Filosofía es quodammodo omnia. El libre aletear del espíritu: anima mundi.

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En la imagen: ilustración de portada del volumen dedicado a Kant en la Biblioteca de Grandes Pensadores (Planeta DeAgostini, Madrid 2007), por Horacio Cardo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Felicidades



Paso por alto mi costumbre de publicar en el blog los lunes. El motivo: quiero expresar dos felicitaciones. Durante los últimos meses no he encontrado muchas razones para congratularme: la ineptitud de muchos políticos españoles y ciertos síntomas de corrupción social pesan demasiado en mi ánimo. Así que, si se dan motivos para felicitar, mejor cogerlos al vuelo.

El primer motivo me lleva a Estados Unidos. Hay que felicitarse por la victoria de Barack Obama. La cuestión no reside en sus diferencias ideológicas respecto de McCain: una vez más, los arúspices del partido en el poder en España se equivocaron a este respecto (la identificación entre el PSOE y el Partido demócrata, por un lado, y el PP y el Partido republicano, por otro, carece de rigor). Su elección tampoco supone garantías de progreso automático: Obama ha sido un candidato carismático e ilusionante, pero su capacidad real de gobierno ha de mostrarse en la forja.

El gran valor de la elección de Obama es simbólico. Lo cual no es poco. Que un candidato negro se convierta en el presidente de la nación más poderosa del mundo resulta, si se echa un vistazo a la Historia, un triunfo en toda regla. No está lejos la fecha de la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos (1862); aún menos tiempo ha transcurrido desde los disturbios racistas provocados por el Klu Klux Klan, y la lucha por la igualdad encabezada por líderes comprometidos como Martin Luther King. Para la población afroamericana, el derecho al voto está garantizado en los Estados Unidos desde 1965. Sólo 43 años nos separan de esa fecha. Que ya Condoleezza Rice ocupara la Secretaría de Estado (desde 2004) y que Obama sea el presidente electo de Estados Unidos son hechos grávidos de profunda significación histórica.

Me quiero referir ahora a una familia. Ayer falleció mi tío Francisco, después de sufrir dolores cuya intensidad y duración sólo podemos barruntar: no quiso ser de peso para nadie. Hasta el final estuvo acompañado y cuidado. Y no resulta fácil. Todos tenemos mucho que hacer. Nos falta tiempo para abarcar las muchas empresas en las que nos hemos embarcado. Cuidar a un enfermo es una tarea exigente, y es una gran obra de caridad. ¿Cómo no alegrarnos de que siga habiendo personas dispuestas a ello...? Otros han perdido aún más que tiempo. Pienso en la misionera española Presentación López Vivar, que recientemente perdió los pies a causa de la explosión de una bomba en el dispensario en que trabajaba (República democrática del Congo). Pies y manos que valen vidas.

En sus múltiples modalidades, el desprecio destruye. Realidades como éstas construyen, edifican. Y nos enseñan mucho.

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En la imagen: "La rendición de Breda" (detalle), por Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. Óleo pintado entre 1634 y 1635, Museo del Prado.

lunes, 27 de octubre de 2008

La lluvia en Sevilla es una maravilla



Vuelvo de Sevilla tras un viaje relámpago -muy bien acompañado- para participar en el Simposio "Naturaleza y libertad" organizado por Juan Arana en la Facultad de Filosofía. La llegada a la ciudad estuvo acompañada por una lluvia, fina y maravillosa, que daba la razón a la esforzada Audrey Hepburn de My fair Lady. Sevilla ha sido para mí un descubrimiento: la elegancia de la Avenida de la Constitución, los tesoros que alberga el casco histórico -desde la Catedral hasta los innumerables palacios y coquetos rincones- o la diáfana monumentalidad de la Plaza de España, sólo empañada por la desidia del Consistorio, pueden cautivar a cualquiera. Qué mejor marco para un denso e interesante Simposio filosófico, que nos tuvo empeñados desde primera hasta última hora del viernes 24.

De vuelta en Murcia, me desayuno con una noticia publicada en el diario El país. Según EP, sólo el 12,8% de los diputados del Congreso se dedican exclusivamente a su labor parlamentaria. Me llama la atención que, de los más de trescientos pluriempleados, 40 desempeñan una profesión externa, 35 son abogados ejercientes y 17 administran empresas privadas. A uno le gustaría que sus representantes en el Parlamento buscasen dedicarse con exclusividad, siempre que fuese posible, a los asuntos de Estado. Entre otras cosas, porque no son fáciles. Y porque hace falta mucho tiempo para hacerse una idea cabal de las necesidades y de las soluciones. Pero da la impresión de que a algunos les sobra el tiempo. Hasta para dedicarse a tunear sus coches, o a tunear a secas. En fin: tenemos los políticos que nos merecemos. Menos mal que hay excepciones. Y que siempre nos queda Sevilla.

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En la imagen: detalle del interior de la catedral de Sevilla, por uBookworm (fuente: www.flickr.com).

lunes, 20 de octubre de 2008

Despreciar la ciencia



Los acontecimientos político-sociales de las últimas semanas dan para mucho: desde el profundo arañazo de la crisis económica hasta el derecho-ficción garzoniano en España. Por otra parte, la difusión de las pruebas con el denominado “niño medicamento” ha coincidido cronológicamente con el arribo a la costa valenciana del buque abortista Woman on the Waves.

He tenido oportunidad de escuchar por televisión los argumentos de algunos defensores del aborto. Como en otras ocasiones, me sorprende que se pase por alto con tanta facilidad el dato científico. Hoy sabemos, con mucha mayor precisión que hace un siglo, que existe continuidad entre el recién nacido y el embrión, en cualquiera de sus fases de desarrollo. Esa continuidad biológica está vehiculada por la individualidad del embrión, codificada en su estructura genética. Considerarlo una azarosa estructura físico-química –y no el frágil estadio inicial de una vida humana– muestra una trágica ignorancia. En algunos casos, indica que se prefiere mirar a otro lado: un embrión no dice nada, no se queja ni reclama sus derechos. ¡Parias del mundo!

También me sorprende que se apele a la compasión para defender el aborto. Es en el sagrado nombre de la compasión, hacia las madres y hacia sus hijos, que se hace necesario frenar las oleadas de abortos. A la destrucción inmisericorde de una vida humana se suman los daños psicológicos para la madre, suficientemente testimoniados y tipificados. Cierto que detrás de una madre que aborta hay siempre un drama humano. Ayudemos a paliarlo. En España existen suficientes medios materiales para garantizar la asistencia –médica, psicológica o de otro tipo– a las madres en dificultades. Y un adecuado plan de adopción salvaría cientos de miles de vidas, a la vez que cubriría las solicitudes de otras tantas parejas, encalladas en una burocracia costosa e interminable.

Aun así, muchos prefieren seguir mirando a otro lado. El aborto es más simple que todo eso. Y contribuye a mantener los pingües beneficios de clínicas que sólo a veces destapan la caja de los horrores. Mientras tanto, el Gobierno sigue derrochando el (cada vez más escaso) dinero público en gastos de palacio, en ministerios inservibles o en contentar a sus socios nacionalistas. E la nave va. Pero ni la razón, ni la ciencia están de su parte.

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En la imagen: "Embriones de nuestros nuevos bebés", por NomadicEntrepreneur (17/05/2007). Fuente: www.flickr.com.

lunes, 6 de octubre de 2008

Tener buena prensa



Son varios los lujos de los que disfrutamos en España. Uno de ellos es la prensa diaria.

Durante mi último periplo por el mundo (de Alemania hasta Chile) llegué a echar de menos la prensa española. La amplitud de la información internacional, la pluralidad y calidad literaria de las páginas de opinión o el diseño, funcional y elegante, no tienen parangón en la prensa internacional que conozco. (Con gusto recibiré reacciones a este respecto de mis lectores de otros países: me gustará tener motivos para variar mi opinión :)

Por ejemplo, uno de los alicientes de los sábados es la lectura de ABC. Volví a pensarlo, tras varios meses de intermitente ayuno, el sábado pasado. En particular, las firmas de los artículos de opinión configuran un excelente plantel de autores y temas. Desde el análisis político y social en los artículos de Juan Manuel de Prada, M. Martín Ferrand, Ignacio Camacho, Edurne Uriarte, Hermann Tertsch, José María Carrascal o Juan Pedro Quiñonero -siempre escéptico con la "sonámbula" Europa-, hasta el tono pausado -que se degusta, como las horas del finde- en los textos de Blas Matamoro, Laura Campmany o Mónica Fernández-Aceytuno. Una gozada. Sin contar "La tercera". Y dejando aparte el siempre excelente suplemento cultural (ABCD), una auténtica mina de incentivos intelectuales. Entre ellos, los artículos deÁlvaro Delgado-Gal o la siempre sugerente sección de mi admirado Andrés Ibáñez, sobre quien ya he escrito en otras ocasiones.

Y es que un buen periódico es como un librito cotidiano. Desde la coyuntura del momento nos eleva hasta las preocupaciones eternas. Y todo por un euro, o poco más. A prueba de bolsillos en recesión.

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En la imagen: "News", por Kazze (fuente: http://www.flickr.com/).

lunes, 22 de septiembre de 2008

Microcosmos




Lo que son las cosas. He estado un mes danzando por el globo terráqueo (desde España hasta Alemania, y de allí a Chile y vuelta) y no me ha pasado nada. Si uno lo piensa detenidamente, resulta harto improbable seguir vivo e ileso en un modelo de vida tan agitado como el nuestro: tantos son, diariamente, los riesgos para la integridad (en todos los sentidos) y tan vulnerable nuestro cuerpo y nuestra salud.

El caso es que, tras volver de dar tumbos, he enfermado. Sólo un resfriado, pero tan intenso que basta para hacer de uno un pseudo-zombi mientras no termina de curarse. Y ha coincidido, justamente, con mi primera visita a mis padres. Tan convencido estoy de la unidad de nuestro sistema psicofísico, que no puedo resistirme a entrever una lógica en este proceso.

Y es que tenemos una capacidad extraordinaria de "sacar fuerzas de flaqueza" mientras resulta preciso. El nivel de actividad, y la consciencia -explícita o no- de que no podemos permitirnos el lujo de enfermar, nos hace a menudo inasequibles a la debilidad. Según creo, sucede así, particularmente, con los padres de familia. Porque si no se ocupan ellos de sus hijos, ¿quién lo va a hacer...? Así que siguen adelante, sin preocuparse demasiado de sí mismos. Pero cuando estamos a salvo, cuando nos sentimos resguardados y seguros, entonces es posible que bajemos la guardia. Y entonces emerge -"se actualiza"- el cansancio contenido. Y se abren los resquicios por los que penetra más fácilmente la enfermedad.

Por supuesto, en el ser humano se da también el camino inverso: del estado fisiológico al "tono vital" y a las condiciones psicológicas. Somos un sistema de niveles heterogéneos. Un microcosmos. Y tan asombrosa resulta su diferencia como estupor suscita su unidad.

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En la imagen: fotografía de Fernando D. Ramírez (fuente: www.flickr.com).

martes, 9 de septiembre de 2008

Chilenidad



El país andino hierve ya en preparativos de la gran semana de la patria. Las celebraciones giran en torno al 18 de septiembre, fecha en la que tuvo lugar la primera Junta de gobierno en 1810 -mientras la metrópoli seguía bajo control napoleónico- y que señala simbólicamente el inicio del proceso de independencia. Durante estos días, en los medios de comunicación se habla a menudo del espíritu de la chilenidad, mientras los niveles de popularidad de la presidenta, Michelle Bachelet, se encuentran en momentos bajos -a un año de las próximas elecciones generales- y las diferencias económicas entre grupos sociales no parecen remitir al ritmo deseable.

Me he comprado una banderita de Chile, de las que usan llevar algunos automovilistas en la parte trasera de sus coches. Yo también estoy imbuido de chilenidad. Es un lindo país, como dirían por aquí. Y su mejor activo son sus jóvenes. Me admira la apertura al mundo de los valores que muestran muchos de ellos, y que se visibiliza tanto a través de su compromiso político como de su vivencia de la fe. En un país inmerso en transformaciones sociales profundas y veloces, esos jóvenes son ya portadores de una gran responsabilidad.
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En la imagen, la bandera nacional de Chile. Fuente: www.flickr.com.

martes, 2 de septiembre de 2008

Por el mundo



El paso de agosto a septiembre me ha sorprendido desplazándome de un aeropuerto a otro, y ganando horas de reloj a cambio. Pero vayamos por partes. Durante la última semana de agosto he participado en el Kant-Seminar que tiene lugar anualmente en Weltenburg (Baviera) bajo la dirección de Norbert Fischer. Llegué allí tras varias semanas de descanso y gozo familiar en la sierra, al norte de Almería. En Weltenburg han transcurrido días dedicados intensivamente al análisis de la sección más voluminosa de la Crítica de la razón pura, a saber, los capítulos dedicados a la Dialéctica trascendental. En ese contexto tuvo lugar mi conferencia, el lunes 25. Y en ese contexto me zambullí tan ricamente en las aguas del Danubio, que pasaba por allí. Fantástico.

Apenas concluida la semana kantiana me esperaba un viaje a tierras ultramarinas. La Academia Internacional de Filosofía, vinculada a la Universidad Católica de Santiago de Chile, me ha invitado a dictar un curso en torno a Edith Stein durante la primera quincena de septiembre. Así que escribo este post, el primero del año académico, desde la capital chilena.

En la mañana de ayer fui testigo de algunas pequeñeces que me dieron que pensar. Un compañero del Kant-Seminar, el doctor Stabel, nos llevaba a J. Sirovátka y a mí, en su coche particular, a la estación de tren más cercana. Durante el trayecto, la conversación recayó sobre los apacibles pueblecitos del norte de Baviera: "Allí", dijo uno de nosotros con una sonrisa, "todo está aún en orden". Comprendimos inmediatamente a qué se refería, en contraste con el ritmo de las grandes urbes y con cierta desintegración del tejido familiar de la que son víctimas las sociedades occidentales.

Durante esa mañana cogí varios trenes, que me llevaron desde la Baviera profunda hasta el aeropuerto de Múnich. En el último de ellos se sentó frente a mí una pareja de jóvenes japoneses, cargados de maletas... y con un bebé en brazos, que el muchacho entregó a la madre con exquisito cuidado. Ella revisó el atuendo de su pequeño y le recolocó el gorro de lana, con actitud preocupada, mientras el bebé dormía plácidamente. Después, los dos jóvenes se recostaron el uno sobre el otro, hombro con hombro, entre miradas cómplices, sonrisas y comentarios que -a pesar de no saber japonés- entendí con facilidad. No pude evitar pensar: aquí y ahora, el mundo está en orden.

Poco después me encontraba ya en fila frente al mostrador de embarque de Iberia. Frente a mí, una familia española: los padres y dos hijos - la chica mayor, en torno a los catorce años, resolvía sudokus sentada en el suelo; el zagal, en torno a los ocho, hablaba de mil cosas, se metía con su hermana y abrazaba de vez en cuando a su madre. Abrazos largos, acompañados por una sonrisa de confiada felicidad. Y, de nuevo, no pude evitar pensar: aquí, en este momento, el mundo está en orden.

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En la imagen: el río Danubio, a su paso junto al Kloster Weltenburg, sede del Kant-Seminar.