
En 1988, el filósofo español Alejandro Llano –acaba de editar sus memorias, Olor a yerba seca, que con gran interés estoy leyendo estos días– publicó una obra adelantada a su tiempo. Su título: La nueva sensibilidad. Llano se refería ahí a los indicios de una forma distinta de entender las interacciones sociales. Entre los síntomas de esa sensibilidad de nuevo cuño se encontraba el avance de los factores cualitativos respecto de los cuantitativos y la importancia concedida a la solidaridad. Qué duda cabe de que fenómenos como el auge de las Organizaciones No Gubernamentales, el creciente valor atribuido a la proyección social de las empresas, el interés por el ecosistema o las características de ciertas tribus urbanas constituyen signos elocuentes de esa mentalidad en ciernes.
A pesar de esos indicios, los años noventa han sido testigos en España de tendencias opuestas a la nueva sensibilidad. La favorable coyuntura económica ha traído consigo, para muchos, un deseo desenfrenado de enriquecimiento rápido y sin trabajo (por ejemplo, a través de la especulación inmobiliaria); para otros, un repliegue en el individualismo (reflejado, por ejemplo, en el clamoroso distanciamiento de los ciudadanos respecto de los asuntos políticos, o en las frecuentes dificultades de las plataformas cívicas y asistenciales a la hora de encontrar apoyo de inversores privados).
En este contexto, hay dos noticias recientes que merecen ser leídas en paralelo. Ambas saltaron a la opinión pública el pasado martes 2 de diciembre. Se trata del registro de dos aumentos estadísticos: el del número de parados y el del número de abortos. El primero se elevó a 2.989.269 personas, dato cuyo precedente más próximo se remonta a febrero de 1996. Se trata de un drama humano de enormes dimensiones. Por su parte, el número de abortos ha alcanzado 112.138 en 2007. Esta cifra se corresponde con una tasa de 11,49 abortos por cada mil mujeres entre 15 y 44 años: aproximadamente el doble que en 1998. En esta estadística, Murcia ocupa el tercer puesto nacional.
No me parece descabellado trazar una línea de conexión entre ambos fenómenos. El desaforado aumento del número de abortos entronca con varios procesos de índole diversa (entre ellos, los relacionados con el incremento de los embarazos no deseados entre adolescentes o con las características de algunos colectivos implicados), pero también enlaza con una tendencia transversal de fondo: el auge del individualismo. Desde el punto de vista científico, no existen dudas en torno al estatuto del embrión: se trata de un organismo vivo, con estructura individual y patrones de desarrollo específicos codificados en su ADN; es digno de la misma protección que se dispensa a un bebé o a un anciano. Sin embargo, muchas jóvenes se sienten incapaces de afrontar su embarazo sin ayuda y abortan debido a la presión (social, económica, de su pareja). No se trata de culpabilizar a las víctimas, sino de ayudarles. Precisamente por esto me interesa referirme aquí a la faceta social del problema.
El individualismo creciente ha insensibilizado a gran parte de la población respecto del drama humano del aborto. A fuerza de vaciar las palabras de significado se ha llegado a confundir la tolerancia con la indiferencia, mientras miles y miles de mujeres se convierten en víctimas de una tragedia de profundas consecuencias psicológicas y espirituales. Emerge aquí esa forma de individualismo que ha dado lugar a la especulación salvaje en el sector inmobiliario y que ha contribuido a generar la crisis económica de la que el paro constituye un dramático reflejo. Un individualismo que corroe el fundamento de los vínculos sociales.
¿Seremos capaces de advertir el alcance de la situación en la que nos encontramos? ¿Podremos aprovechar la oportunidad que la presente crisis trae consigo? ¿Encontraremos el modo de trocar en bien el mal…? Ha llegado el momento de apostar por la nueva sensibilidad: por una civilización que, recogiendo la mejor savia de la tradición europea, promueva relaciones de solidaridad entre las personas y las comunidades; una cultura en la que los colectivos, agrupaciones y agentes sociales recuperen las iniciativas que indebidamente monopoliza el Estado; una sociedad que perciba lo auténticamente importante. Una mentalidad, en suma, sensible hacia la distinción entre precio y valor. Aquello que tiene un precio –señala Kant– puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se eleva por encima de toda cuantificación, y que no puede ser sustituido por cosa alguna, no tiene precio: tiene dignidad.
El ser humano está más allá de todo precio. Su dignidad lo convierte en un microcosmos cargado de sentido. ¿Nos ayudará la actual crisis a gestar una nueva forma de vivir…? En esta pregunta reside, a mi entender, uno de los desafíos cruciales de la época histórica que se abre ante nosotros.
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En la imagen: Óleo de Joachim Patinir: "Paisaje con san Jerónimo", 1515 (detalle).